Alguien nos escuchó en el baño de ese café
Roma en octubre tiene algo que no tiene ninguna otra ciudad. Una luz amarilla y baja que lo empapa todo, que convierte hasta las piedras más gastadas en algo digno de quedarse mirando. Llegamos un lunes y salimos del aeropuerto directamente al tráfico caótico y hermoso de la ciudad, con el taxi abriéndose paso entre vestigios de siglos que para los romanos son simplemente el camino de casa.
Llevábamos cuatro días recorriendo la ciudad desde primera hora de la mañana, nuestra luna de miel reducida a kilómetros de adoquines, cappuccinos a cualquier hora y conversaciones que se alargaban hasta la madrugada. Cada noche volvíamos al apartamento del Trastevere con los músculos doloridos y la energía de dos personas que todavía no sabían muy bien cómo estar casadas sin que eso les quitara las ganas de todo lo demás.
El matrimonio nos quedaba nuevo. Lo llevábamos como una prenda reciente: con cuidado, con orgullo, mirándola de vez en cuando para asegurarnos de que seguía siendo real.
Adrián se despertó ese domingo con un plan. Uno de esos planes vagos que en su boca siempre terminaban siendo algo más.
—Foro Romano por la mañana —dijo desde el baño, con la voz amortiguada por el agua de la ducha—. Después ya veremos.
Me vestí despacio. Unos pantalones oscuros, un jersey de lana burdeos y el abrigo largo que había comprado específicamente para este viaje. Me recogí el pelo sin demasiado esfuerzo y bajé a la pequeña cocina a esperar que el café se hiciera solo.
Cuando Adrián apareció en la puerta con el pelo todavía húmedo cayéndole sobre la frente, me miró con esa expresión que ya conocía bien: una mezcla de inventario y afecto que me recorría de arriba abajo sin ningún disimulo.
—¿Cuánto tiempo llevas lista?
—Cinco minutos.
—Y yo aquí, perdiéndolos.
Salimos al frío de la mañana romana con las manos entrelazadas desde el primer escalón. Las callejuelas del Trastevere estaban casi desiertas a esa hora: los gatos dormitando en los umbrales, alguna moto perdiéndose entre los callejones, el olor a piedra húmeda y a café de los bares que abrían sus puertas con desgana. Cogimos el autobús hasta el Foro y llegamos antes de que los grupos de turistas invadieran los caminos principales.
A Adrián le gustaba fotografiarme. No de manera obsesiva, sino oportuna: se alejaba unos pasos en mitad de cualquier conversación y levantaba el teléfono sin avisar. Me pedía que mirara hacia el arco del Tito, que apoyara la mano en el muro de travertino, que sonriera a la nada.
Me paré delante de un tramo de columnas y lo encontré a cuatro metros de distancia con el objetivo en alto.
—Quédate así.
—No soy tu modelo.
—Claro que lo eres.
Había algo en su manera de mirarme a través de la pantalla que iba más allá de la fotografía. Un escrutinio. Una atención que no necesitaba palabras. Incluso en mitad de aquel espacio abierto, lleno de historia y de turistas con guía de papel, su mirada tenía un peso físico que me llegaba directamente al pecho.
Esto va a ser un problema.
***
Pasadas las once y media, el frío se instaló en serio. La humedad del río cercano se colaba por entre la ropa con esa insistencia que tiene el frío húmedo de las ciudades de agua, y mis pies empezaban a resentirse de los adoquines.
Doblamos una esquina cerca del Campo de' Fiori y el olor nos golpeó antes de que pudiéramos ver el local: café recién molido, mantequilla caliente y ese aroma a madera y tiempo que tienen los bares que llevan décadas siendo exactamente los mismos. Una pequeña trattoria-bar con la puerta de madera entreabierta, soltando una columna de vapor cálido a la calle fría.
Adrián ni siquiera preguntó. Empujó la puerta y entramos.
El interior era estrecho y largo: el mostrador de mármol a la izquierda, cuatro o cinco mesas pequeñas al fondo, las paredes cubiertas de fotografías en blanco y negro que nadie había alineado nunca con demasiado cuidado. La camarera, una mujer de unos cincuenta años con el pelo teñido de negro y una expresión profesionalmente neutral, nos señaló una mesa del fondo con un gesto mínimo.
Nos sentamos frente a frente. Las rodillas se tocaban bajo la mesa sin que ninguno de los dos hiciera nada para evitarlo. Pedimos dos cappuccinos y nos quedamos en silencio un momento, mirando por el ventanuco empañado cómo la gente pasaba encogida por la calle.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Perfecta. ¿Por qué?
—Tienes esa cara de estar pensando algo que no me vas a contar.
—Estoy pensando en que llevas toda la mañana fotografiándome como si fuera una escultura del Vaticano.
—Un parecido razonable.
La camarera dejó los cappuccinos sobre el mármol con un golpe seco y volvió al mostrador sin más ceremonia. Adrián envolvió la taza con las manos. Yo hice lo mismo. El calor tardó un segundo en llegar a los dedos.
—Esta mañana, cuando te he visto apoyada en esa columna —dijo en voz baja, inclinándose levemente hacia adelante—, he tenido que hacer un esfuerzo considerable para no cruzar los cuatro metros que nos separaban.
—Había cuarenta turistas alrededor.
—Ya lo sé. Por eso fue un esfuerzo.
Apuró media taza de un sorbo. Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Necesito ir al baño —dijo—. Y me pregunto si querrías acompañarme.
Lo dijo con la misma naturalidad con la que podría haber pedido la cuenta. Sin énfasis, sin urgencia. Solo una propuesta que flotó entre los dos cappuccinos como si fuera la cosa más razonable del mundo.
El pulso se me aceleró de golpe.
Somos adultos en un café de Roma. Esto no lo hace nadie.
Llevamos cuatro días casados. Lo hace todo el mundo.
Me puse de pie.
***
El baño estaba al fondo de un pasillo tan estrecho que tuvimos que bajar los hombros para pasar. Una bombilla desnuda, una puerta de madera con el pestillo de latón. Adrián la empujó despacio, asomando la cabeza primero. Vacío. Entramos los dos sin hablar y cerramos.
El chasquido del pestillo resonó en el silencio.
El espacio era ridículo. Un lavabo pequeño, la cisterna de porcelana blanca, nosotros dos ocupando lo que quedaba de suelo. Olía a jabón de lavanda y a desinfectante cítrico, limpio con esa insistencia de los locales que se toman en serio lo que no se ve.
Nos miramos. Él me besó.
No fue el beso apresurado que esperaba. Fue lento, casi paciente, con una mano en la pared detrás de mi cabeza y la otra en mi cadera, como si el tiempo que quedaba fuera mucho más del que era. Me desorientó más que cualquier urgencia.
Sus dedos encontraron el botón de mis pantalones. Lo desabroché yo antes de que él terminara.
—Impaciente —murmuró.
—Eficiente —lo corregí.
Me senté en el borde de la taza, bajé lo que quedaba de pantalón y lo miré desde abajo mientras él se arrodillaba en el suelo frío de baldosa sin que nadie se lo pidiera. Apoyó las manos abiertas en mis muslos y bajó la cabeza con esa lentitud calculada que sabía que me desarmaba. Cerré los ojos.
La lengua encontró exactamente lo que buscaba y no dio ningún rodeo. Lento al principio, midiendo la respuesta, ajustando la presión con una precisión que ya conocía pero que seguía sorprendiéndome cada vez. Noté el contraste entre el frío del azulejo en la nuca y el calor de su boca. Apoyé los talones en el borde del inodoro y dejé de preocuparme por el ruido.
Roma puede esperar.
Llevábamos varios minutos así cuando escuchamos el ruido.
***
La puerta del pasillo exterior. Unos pasos. Y luego el sonido de alguien deteniéndose al otro lado de nuestra hoja de madera.
Nos quedamos quietos. El pulso en la garganta.
Los pasos no continuaron. La persona —quienquiera que fuera— se había detenido y no se movía. Podía ser alguien esperando a que el baño quedara libre. Podía haber llegado hasta allí, darse cuenta de que estaba ocupado y decidir aguardar un momento. O podía ser algo diferente.
Adrián levantó la vista hacia mí.
El silencio al otro lado de la puerta era demasiado perfecto para ser casual. Nadie que espera a que salgas de un baño se queda tan quieto. Nadie que ha llegado por descuido se demora de esa manera sin toser, sin moverse, sin hacer absolutamente nada.
Está escuchando.
El pensamiento me cayó en el estómago como una descarga eléctrica.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba de mí misma: en vez de paralizarme, me encendió.
Adrián leyó mi cara en un segundo, con esa habilidad suya para interpretar lo que yo no decía. Una sonrisa lenta le cruzó la boca. Asintió apenas, sin palabras.
Lo que siguió fue diferente. Más consciente. Más deliberado. Había alguien al otro lado de esa madera prestando atención a cada respiración, a cada sonido que no podíamos —o ya no queríamos— contener del todo. Una presencia sin nombre ni cara que se había convertido en testigo involuntario.
Adrián se puso en pie y me giró despacio hacia la pared. Me apoyé con los antebrazos en el azulejo frío. Sentí su aliento en la nuca, sus manos abriéndose paso.
—¿Segura? —murmuró junto a mi oído.
—Cállate —respondí, y él entendió perfectamente lo que quería decir.
Lo que vino después fue exactamente lo que los dos necesitábamos. Despacio al principio, ajustándose al espacio estrecho y al conocimiento de que había alguien escuchando al otro lado de esa puerta que podría haberse ido y no lo había hecho. Su silencio era una forma de complicidad involuntaria. Un voyeur de pared delgada que cambiaba la temperatura de todo sin saberlo.
Nos movimos juntos con cuidado de no golpear nada, de no hacer más ruido del que ya hacíamos. Era un cuidado que se fue deshaciendo a medida que avanzábamos. El frío del azulejo en la mejilla y el calor de él en la espalda. La combinación de las dos sensaciones tenía una precisión extraña, casi perfecta.
Cuando terminamos, el silencio al otro lado de la puerta duró un momento más. Luego unos pasos. La puerta del pasillo abriéndose y cerrándose.
Se había ido.
***
Nos recompusimos en silencio. Pequeños gestos prácticos: yo me subí los pantalones, él se abrochó el cinturón. Nos miramos en el espejo sobre el lavabo, los dos con el pelo ligeramente revuelto y esa expresión de quien acaba de hacer algo que no estaba en el plan del día.
Abrimos el pestillo y salimos al pasillo.
Volvimos a la mesa. Nuestros cappuccinos seguían allí, completamente fríos, con esa pátina que deja la leche cuando se enfría en cerámica. Nuestros abrigos sobre los respaldos, exactamente donde los habíamos dejado, como si nada hubiera pasado.
La camarera del pelo negro nos miró desde el mostrador. No dijo nada. Adrián pidió la cuenta con un gesto.
Salimos a la calle.
El frío de octubre nos recibió de nuevo, pero ahora me parecía diferente. Más amable, quizás, o simplemente más fácil de ignorar. Adrián pasó el brazo por mi cintura y comenzamos a caminar sin dirección concreta, dejando que la ciudad nos llevara por donde quisiera.
—¿Quién crees que era? —pregunté después de media manzana.
Se encogió de hombros.
—Un curioso con buen oído.
—¿Y si era la camarera?
Pensó en eso un momento.
—Entonces el servicio incluye más de lo que anunciaba la carta.
Me reí. Una risa corta y genuina que me salió desde abajo.
Seguimos caminando por el laberinto de callejuelas que rodean el Campo de' Fiori, sin plan fijo y sin ninguna urgencia. El Tíber brillaba a lo lejos con esa luz plomiza y dorada de la tarde de octubre. Había plazas que todavía no habíamos cruzado, iglesias con las puertas entornadas, mercadillos de libros usados con vendedores que miraban el cielo con desconfianza.
Toda una ciudad por delante.
Y la noche también.