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Relatos Ardientes

Alguien nos escuchó en el baño de ese café

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Roma en octubre tiene algo que no tiene ninguna otra ciudad. Una luz amarilla y baja que lo empapa todo, que convierte hasta las piedras más gastadas en algo digno de quedarse mirando. Llegamos un lunes y salimos del aeropuerto directamente al tráfico caótico y hermoso de la ciudad, con el taxi abriéndose paso entre vestigios de siglos que para los romanos son simplemente el camino de casa.

Llevábamos cuatro días recorriendo la ciudad desde primera hora de la mañana, nuestra luna de miel reducida a kilómetros de adoquines, cappuccinos a cualquier hora y conversaciones que se alargaban hasta la madrugada. Cada noche volvíamos al apartamento del Trastevere con los músculos doloridos y la energía de dos personas que todavía no sabían muy bien cómo estar casadas sin que eso les quitara las ganas de follar como si llevaran semanas sin verse.

El matrimonio nos quedaba nuevo. Lo llevábamos como una prenda reciente: con cuidado, con orgullo, mirándola de vez en cuando para asegurarnos de que seguía siendo real. Pero el deseo no había cambiado nada. Si acaso, se había vuelto más sucio, más impaciente, como si firmar un papel hubiera sido el permiso definitivo para soltarnos del todo.

Adrián se despertó ese domingo con un plan. Uno de esos planes vagos que en su boca siempre terminaban siendo algo más.

—Foro Romano por la mañana —dijo desde el baño, con la voz amortiguada por el agua de la ducha—. Después ya veremos.

Me vestí despacio. Unos pantalones oscuros, un jersey de lana burdeos y el abrigo largo que había comprado específicamente para este viaje. Debajo, un conjunto de encaje negro que me había puesto sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo. Me recogí el pelo sin demasiado esfuerzo y bajé a la pequeña cocina a esperar que el café se hiciera solo.

Cuando Adrián apareció en la puerta con el pelo todavía húmedo cayéndole sobre la frente, me miró con esa expresión que ya conocía bien: una mezcla de inventario y afecto que me recorría de arriba abajo sin ningún disimulo. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en mis tetas bajo el jersey y noté cómo se me endurecían los pezones al instante, como si su mirada los tocara.

—¿Cuánto tiempo llevas lista?

—Cinco minutos.

—Y yo aquí, perdiéndolos.

Se acercó por detrás mientras yo servía el café y me apretó las caderas con las dos manos. Sentí el bulto duro de su polla contra mi culo a través del pantalón y se me escapó un suspiro corto.

—Quieto —murmuré—. Vamos a llegar tarde a todo.

—Te juro que esta noche no vas a poder caminar.

—Promesas, promesas.

Salimos al frío de la mañana romana con las manos entrelazadas desde el primer escalón. Las callejuelas del Trastevere estaban casi desiertas a esa hora: los gatos dormitando en los umbrales, alguna moto perdiéndose entre los callejones, el olor a piedra húmeda y a café de los bares que abrían sus puertas con desgana. Cogimos el autobús hasta el Foro y llegamos antes de que los grupos de turistas invadieran los caminos principales.

A Adrián le gustaba fotografiarme. No de manera obsesiva, sino oportuna: se alejaba unos pasos en mitad de cualquier conversación y levantaba el teléfono sin avisar. Me pedía que mirara hacia el arco del Tito, que apoyara la mano en el muro de travertino, que sonriera a la nada.

Me paré delante de un tramo de columnas y lo encontré a cuatro metros de distancia con el objetivo en alto.

—Quédate así.

—No soy tu modelo.

—Claro que lo eres.

Había algo en su manera de mirarme a través de la pantalla que iba más allá de la fotografía. Un escrutinio. Una atención que no necesitaba palabras. Incluso en mitad de aquel espacio abierto, lleno de historia y de turistas con guía de papel, su mirada tenía un peso físico que me llegaba directamente al coño. Sentí cómo me iba humedeciendo bajo la ropa, despacio, como si el deseo no necesitara mucho más que sus ojos para ponerse a trabajar.

Esto va a ser un problema.

***

Pasadas las once y media, el frío se instaló en serio. La humedad del río cercano se colaba por entre la ropa con esa insistencia que tiene el frío húmedo de las ciudades de agua, y mis pies empezaban a resentirse de los adoquines.

Doblamos una esquina cerca del Campo de' Fiori y el olor nos golpeó antes de que pudiéramos ver el local: café recién molido, mantequilla caliente y ese aroma a madera y tiempo que tienen los bares que llevan décadas siendo exactamente los mismos. Una pequeña trattoria-bar con la puerta de madera entreabierta, soltando una columna de vapor cálido a la calle fría.

Adrián ni siquiera preguntó. Empujó la puerta y entramos.

El interior era estrecho y largo: el mostrador de mármol a la izquierda, cuatro o cinco mesas pequeñas al fondo, las paredes cubiertas de fotografías en blanco y negro que nadie había alineado nunca con demasiado cuidado. La camarera, una mujer de unos cincuenta años con el pelo teñido de negro y una expresión profesionalmente neutral, nos señaló una mesa del fondo con un gesto mínimo.

Nos sentamos frente a frente. Las rodillas se tocaban bajo la mesa sin que ninguno de los dos hiciera nada para evitarlo. Pedimos dos cappuccinos y nos quedamos en silencio un momento, mirando por el ventanuco empañado cómo la gente pasaba encogida por la calle.

Bajo la mesa, su mano subió desde mi rodilla hasta la cara interna de mi muslo y se quedó ahí, quieta, ejerciendo apenas una presión que era una promesa.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Perfecta. ¿Por qué?

—Tienes esa cara de estar pensando algo que no me vas a contar.

—Estoy pensando en que llevas toda la mañana fotografiándome como si fuera una escultura del Vaticano.

—Un parecido razonable.

Sus dedos subieron un poco más. Apreté los muslos sin querer y él sonrió.

—Estás mojada.

—No me toques ahí en público.

—No te estoy tocando ahí. Todavía.

La camarera dejó los cappuccinos sobre el mármol con un golpe seco y volvió al mostrador sin más ceremonia. Adrián retiró la mano con una lentitud calculada y envolvió la taza. Yo hice lo mismo, intentando disimular el temblor de los dedos. El calor tardó un segundo en llegar a las manos.

—Esta mañana, cuando te he visto apoyada en esa columna —dijo en voz baja, inclinándose levemente hacia adelante—, he tenido que hacer un esfuerzo considerable para no cruzar los cuatro metros que nos separaban, levantarte la falda y follarte contra el travertino delante de medio Foro.

—Había cuarenta turistas alrededor.

—Ya lo sé. Por eso fue un esfuerzo.

Apuró media taza de un sorbo. Sus ojos no se apartaron de los míos.

—Necesito ir al baño —dijo—. Y me pregunto si querrías acompañarme.

Lo dijo con la misma naturalidad con la que podría haber pedido la cuenta. Sin énfasis, sin urgencia. Solo una propuesta que flotó entre los dos cappuccinos como si fuera la cosa más razonable del mundo.

El pulso se me aceleró de golpe. Sentí el latido entre las piernas, una pulsación clara y caliente, y supe que las bragas de encaje ya estaban empapadas.

Somos adultos en un café de Roma. Esto no lo hace nadie.

Llevamos cuatro días casados. Lo hace todo el mundo.

Me puse de pie.

***

El baño estaba al fondo de un pasillo tan estrecho que tuvimos que bajar los hombros para pasar. Una bombilla desnuda, una puerta de madera con el pestillo de latón. Adrián la empujó despacio, asomando la cabeza primero. Vacío. Entramos los dos sin hablar y cerramos.

El chasquido del pestillo resonó en el silencio.

El espacio era ridículo. Un lavabo pequeño, la cisterna de porcelana blanca, nosotros dos ocupando lo que quedaba de suelo. Olía a jabón de lavanda y a desinfectante cítrico, limpio con esa insistencia de los locales que se toman en serio lo que no se ve.

Nos miramos. Él me besó.

No fue el beso apresurado que esperaba. Fue lento, casi paciente, con una mano en la pared detrás de mi cabeza y la otra en mi cadera, como si el tiempo que quedaba fuera mucho más del que era. Me desorientó más que cualquier urgencia. Su lengua se metió en mi boca con una calma deliberada y yo le mordí el labio inferior hasta arrancarle un gemido grave que se le quedó atascado en la garganta.

Su mano abandonó la pared y me agarró una teta por encima del jersey, apretando con esa intención que ya conocía. Me pellizcó el pezón a través de la lana y el encaje y un calambre me bajó directamente al coño.

—Joder —susurré contra su boca.

—Tú me has empezado esto, vestida así.

—No te he obligado a nada.

—Tampoco hace falta.

Sus dedos encontraron el botón de mis pantalones. Lo desabroché yo antes de que él terminara, bajándolos hasta los muslos junto con las bragas empapadas. Él se quedó mirando un segundo, con esa expresión hambrienta que me ponía siempre al borde de pedirle cosas sin dignidad.

—Impaciente —murmuró.

—Eficiente —lo corregí.

Antes de que pudiera moverme, le puse la mano sobre la entrepierna y le apreté la polla a través del pantalón. La tenía tan dura que se me escapó una sonrisa contra su cuello. Le bajé la cremallera y metí la mano por dentro del calzoncillo, sacándosela de una sola maniobra. Estaba caliente, gruesa, con una gota de líquido brillándole en la punta.

—Mírate —dije bajito—. Y dicen que el indecente eras tú.

Me arrodillé en el suelo frío de baldosa antes de que él pudiera reaccionar. Le agarré la base de la polla con una mano y le lamí lentamente la punta, recogiendo esa gota con la lengua mientras lo miraba desde abajo. Sus dedos se enredaron de inmediato en mi pelo.

—Hostia, mi amor —murmuró.

Me la metí en la boca despacio, sin prisa, dejando que el peso me llenara la lengua y empujara hasta el fondo de la garganta. Lo chupé entero, subiendo y bajando con un ritmo lento, sintiendo cómo le temblaban los muslos cada vez que la sacaba hasta la punta y volvía a tragármela hasta abajo. Lo lamí de arriba abajo como si fuera lo único que necesitaba comer en mi vida. Le acaricié los huevos con la otra mano y noté cómo se le tensaba el abdomen entero.

—Para —jadeó—. Para, joder, o me corro en tu boca y no es ahí donde lo quiero.

Lo solté con un sonido húmedo, los labios brillantes. Él tiró de mí hacia arriba y me besó con fuerza, saboreando su propio sabor en mi boca. Me dio la vuelta y me sentó en el borde de la taza, las piernas abiertas, los pantalones todavía colgando de un tobillo.

—Ahora me toca a mí.

Se arrodilló en el suelo sin que nadie se lo pidiera. Apoyó las manos abiertas en mis muslos, separándomelos del todo, y bajó la cabeza con esa lentitud calculada que sabía que me desarmaba. Cerré los ojos.

La lengua encontró exactamente lo que buscaba y no dio ningún rodeo. Empezó por un lametazo largo desde la entrada hasta el clítoris, demorándose ahí un instante, y luego empezó a chupármelo con esa precisión que ya conocía pero que seguía sorprendiéndome cada vez. Me metió dos dedos a la vez, despacio, hasta el fondo, y los curvó buscando ese punto que él sabía encontrar de memoria.

—Joder, joder, joder —murmuré, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar.

Lento al principio, midiendo la respuesta, ajustando la presión y el ritmo de los dedos con una precisión que me hacía dudar de si me iba a correr en cinco minutos o en cinco segundos. Noté el contraste entre el frío del azulejo en la nuca y el calor de su boca devorándome el coño. Apoyé los talones en el borde del inodoro y dejé de preocuparme por el ruido. Le agarré la cabeza con las dos manos y empujé contra su cara sin disimulo.

—Más —jadeé—. Así, no pares, joder.

Su lengua se aceleró sobre el clítoris mientras los dedos me follaban con un ritmo que iba subiendo de revoluciones. Sentí cómo el orgasmo empezaba a construirse desde abajo, una ola caliente trepándome por el vientre.

Roma puede esperar.

Llevábamos varios minutos así cuando escuchamos el ruido.

***

La puerta del pasillo exterior. Unos pasos. Y luego el sonido de alguien deteniéndose al otro lado de nuestra hoja de madera.

Nos quedamos quietos. El pulso en la garganta. Los dedos de Adrián todavía dentro de mí, sin moverse, y su boca a un centímetro de mi coño.

Los pasos no continuaron. La persona —quienquiera que fuera— se había detenido y no se movía. Podía ser alguien esperando a que el baño quedara libre. Podía haber llegado hasta allí, darse cuenta de que estaba ocupado y decidir aguardar un momento. O podía ser algo diferente.

Adrián levantó la vista hacia mí desde abajo, con la barbilla brillante de mí.

El silencio al otro lado de la puerta era demasiado perfecto para ser casual. Nadie que espera a que salgas de un baño se queda tan quieto. Nadie que ha llegado por descuido se demora de esa manera sin toser, sin moverse, sin hacer absolutamente nada.

Está escuchando.

El pensamiento me cayó en el estómago como una descarga eléctrica.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba de mí misma: en vez de paralizarme, me encendió. Sentí cómo me apretaba alrededor de los dedos de Adrián, una contracción involuntaria que él notó al instante porque sonrió contra el interior de mi muslo.

—Te gusta —susurró tan bajo que apenas se oyó—. Te gusta que esté ahí escuchando.

—Cállate —jadeé, pero ya estaba mojándole los dedos hasta la palma.

Adrián leyó mi cara en un segundo, con esa habilidad suya para interpretar lo que yo no decía. Una sonrisa lenta le cruzó la boca. Asintió apenas, sin palabras.

Sacó los dedos de mí y se los llevó a la boca, chupándolos despacio mientras me miraba a los ojos. Casi me corro solo con verlo.

Lo que siguió fue diferente. Más consciente. Más deliberado. Había alguien al otro lado de esa madera prestando atención a cada respiración, a cada sonido que no podíamos —o ya no queríamos— contener del todo. Una presencia sin nombre ni cara que se había convertido en testigo involuntario.

Adrián se puso en pie y me giró despacio hacia la pared. Me apoyé con los antebrazos en el azulejo frío, el culo levantado y separado para él. Sentí su aliento en la nuca, sus manos abriéndose paso. Una me apretó la cadera; la otra me agarró del pelo con suavidad, recogiéndolo en un puño.

—¿Segura? —murmuró junto a mi oído.

—Cállate y métemela —respondí, y él entendió perfectamente lo que quería decir.

Pasó la punta de la polla por entre mis labios mojados, arriba y abajo, untándose de mí. La frotó contra el clítoris hasta arrancarme un gemido que tuve que tragarme contra el antebrazo. Y entonces empujó. Despacio. Hasta el fondo, en un solo movimiento largo que me hizo separar los pies todo lo que el pantalón colgando de un tobillo me permitía.

—Joder —jadeé contra la pared—. Joder, joder.

—Calla —murmuró él, sin sacarla, dejándome sentirla entera dentro—. El de fuera está oyendo todo.

Eso no me ayudó. Sentí cómo me apretaba alrededor de él, un espasmo claro, y él lo notó porque se rió bajito junto a mi oído.

—Mira a la pequeña pervertida —susurró—. Le pone que la escuchen.

Empezó a follarme despacio, salidas largas y entradas hasta el fondo, ajustándose al espacio estrecho y al conocimiento de que había alguien al otro lado de esa puerta que podría haberse ido y no lo había hecho. Su silencio era una forma de complicidad involuntaria. Un voyeur de pared delgada que cambiaba la temperatura de todo sin saberlo.

Nos movimos juntos con cuidado de no golpear nada, de no hacer más ruido del que ya hacíamos. Era un cuidado que se fue deshaciendo a medida que avanzábamos. Cada embestida sonaba más húmeda que la anterior, ese chapoteo inconfundible de carne contra carne mojada que ningún silencio podía esconder del todo. El frío del azulejo en la mejilla y el calor de él en la espalda. La combinación de las dos sensaciones tenía una precisión extraña, casi perfecta.

Adrián cambió el ritmo. Se hundió más fuerte, más rápido, agarrándome del pelo con un puño firme y de la cadera con la otra mano para mantenerme en el sitio. La cisterna empezó a vibrar contra mi cadera con cada embestida y dejé de molestarme en tragarme los sonidos.

—Más fuerte —jadeé—. Quiero que me oiga.

Eso le rompió algo a Adrián. Lo sentí en el ritmo, en la forma en que sus dedos se hundieron en mi cadera, en el gruñido grave que se le escapó contra mi nuca. Me follaba ahora sin disimulo, golpeándome el culo con cada embestida, y la pequeña baldosa del baño romano se llenó de ese sonido inequívoco que cualquier persona del otro lado iba a reconocer al instante.

Me coló una mano por delante y me empezó a frotar el clítoris con dos dedos mientras seguía embistiéndome desde atrás. Sentí el orgasmo subiendo desde los pies, una ola que ya no podía parar.

—Me voy a correr —susurré entre dientes—. Joder, me voy a correr.

—Córrete —jadeó él contra mi oído—. Córrete bien fuerte para él.

Y me corrí. Me corrí mordiéndome el antebrazo para amortiguar un grito que se me escapó igual, apretándome alrededor de su polla en oleadas largas y temblorosas, sintiendo cómo se me doblaban las rodillas y cómo él me sostenía contra la pared para que no me cayera. Adrián siguió un par de embestidas más, profundas, hasta que se hundió hasta el fondo y se quedó quieto, agarrándome la cadera con las dos manos. Lo sentí palpitar dentro de mí, derramándose en oleadas calientes, con la frente apoyada entre mis omóplatos y la respiración rota contra mi piel.

—Joder, mi amor —murmuró por fin—. Joder.

Nos quedamos así un momento, sin movernos, recuperando el aliento. Cuando él salió despacio, sentí cómo un hilo caliente me resbalaba por la cara interna del muslo. Me apoyé contra la pared, todavía con las piernas temblando.

Cuando terminamos, el silencio al otro lado de la puerta duró un momento más. Luego unos pasos. La puerta del pasillo abriéndose y cerrándose.

Se había ido.

***

Nos recompusimos en silencio. Pequeños gestos prácticos: yo me limpié con papel higiénico, me subí las bragas y los pantalones, él se metió la polla todavía a medio bajar en el calzoncillo y se subió la cremallera. Nos miramos en el espejo sobre el lavabo, los dos con el pelo ligeramente revuelto, las mejillas encendidas y esa expresión de quien acaba de hacer algo que no estaba en el plan del día.

—Tienes cara de recién follada —dijo él en voz baja, sonriendo al espejo.

—Tú tampoco pasarías por monaguillo.

Me lavé las manos. Él me lavó las suyas detrás de mí, sin dejar de mirarme la nuca. Abrimos el pestillo y salimos al pasillo.

Volvimos a la mesa. Nuestros cappuccinos seguían allí, completamente fríos, con esa pátina que deja la leche cuando se enfría en cerámica. Nuestros abrigos sobre los respaldos, exactamente donde los habíamos dejado, como si nada hubiera pasado.

La camarera del pelo negro nos miró desde el mostrador. No dijo nada. Adrián pidió la cuenta con un gesto.

Salimos a la calle.

El frío de octubre nos recibió de nuevo, pero ahora me parecía diferente. Más amable, quizás, o simplemente más fácil de ignorar. Adrián pasó el brazo por mi cintura y comenzamos a caminar sin dirección concreta, dejando que la ciudad nos llevara por donde quisiera. Notaba todavía el calor de él entre las piernas, esa sensación de estar usada y satisfecha que solo te dejan los polvos que importan.

—¿Quién crees que era? —pregunté después de media manzana.

Se encogió de hombros.

—Un curioso con buen oído.

—¿Y si era la camarera?

Pensó en eso un momento.

—Entonces el servicio incluye más de lo que anunciaba la carta.

Me reí. Una risa corta y genuina que me salió desde abajo.

—Se te ha escapado un gemido bien fuerte al final, ¿sabes?

—Te he dicho que me follaras más fuerte. Asume tu parte.

—La asumo entera.

Su mano bajó por mi cintura y me apretó el culo a través del abrigo. Le di un manotazo flojo y los dos seguimos caminando como si nada.

Seguimos por el laberinto de callejuelas que rodean el Campo de' Fiori, sin plan fijo y sin ninguna urgencia. El Tíber brillaba a lo lejos con esa luz plomiza y dorada de la tarde de octubre. Había plazas que todavía no habíamos cruzado, iglesias con las puertas entornadas, mercadillos de libros usados con vendedores que miraban el cielo con desconfianza.

Toda una ciudad por delante.

Y la noche también.

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4.4(39)

Comentarios(9)

Noche_Lector

Buenisimo!!! me tenia en vilo desde el primer parrafo

fern10

Se hizo corto... quiero la segunda parte ya! ¿Quien era el que escuchaba?

MiguelViajero

Me recordo a un viaje que hice con mi pareja hace unos años, esas aventuras espontaneas son las mejores. Muy buen relato

Marcos_B

El ambiente lo dice todo. No es lo mismo un cuarto de hotel que un baño con desconocidos al lado jaja. Muy bien logrado

SofiNoche22

que calorrrr!!! sigue escribiendo por favor

Quejigo

Bien narrado y sin vulgaridades innecesarias. Se agradece eso. Un diez

AnitaMedrano

Espero ansiosamente el siguiente. Saludos desde Buenos Aires!

Jorge

jajaja el final me mato, tremendo. No me lo esperaba para nada

Karen931

Una pregunta: ¿van a haber mas relatos en el mismo estilo? Porque este es de los mejores que lei aca

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