El vecino que me miraba desde su balcón
Ese miércoles había sido uno de esos días donde todo pasa demasiado rápido. Habíamos salido temprano con las chicas a buscar disfraces para una fiesta y en el camino me encontré con Rubén, un hombre mayor con el que ya me había visto una vez en el transporte. No era la primera vez que nos veíamos, y cuando me llamó ese mediodía para decirme que estaba a diez minutos, supe que no iba a poder negarme.
Nos encontramos cerca de la lagunilla. Me abrazó por la espalda entre los puestos, me dio un beso antes de que pudiera decir algo y sus manos ya iban por su cuenta. Una se me metió por debajo de la blusa y me apretó una teta por encima del brasier, la otra se deslizó hasta mi entrepierna y me la apretó por encima del short hasta hacerme abrir un poco las piernas en plena calle. Era así, Rubén: sin preámbulos, sin pedir permiso. Me pidió inventar una excusa con las chicas para escaparme, y lo hice.
***
El hotel quedaba a tres cuadras. Subimos sin hablar y apenas cerró la puerta me empujó contra la pared, me agarró la cara con una mano y me metió la lengua hasta el fondo de la boca. Con la otra mano ya me estaba bajando el short y la ropa interior de un tirón. Me lo arrancó. Literalmente: oí el desgarro de la costura y sentí cómo la tela cedía contra mi cadera.
—Te voy a coger como me debes desde la otra vez —me dijo al oído, y me dio una nalgada que me hizo soltar un gemido contra su cuello.
Me arrodilló. Se desabrochó el pantalón y me sacó la verga frente a la cara: gruesa, oscura, ya empapada en la punta. Me agarró del pelo y me la metió hasta el fondo de la garganta de una sola estocada. Tosí, los ojos se me llenaron de lágrimas, y él no aflojó ni un segundo. Me la sacaba para verme la baba colgando del mentón y me la volvía a meter, marcándome el ritmo a tirones del pelo. Yo le chupaba los huevos entre embestida y embestida, le lamía el tronco de arriba a abajo, le pasaba la lengua por el frenillo hasta hacerlo soltar groserías.
—Así, mamacita, así me la mamás vos. Tragátela toda, no me dejés nada afuera.
Me levantó del piso y me tiró boca abajo sobre la cama. Me abrió las piernas con la rodilla y se hundió en mí de una. Sentí cómo me partía en dos: la verga entera hasta el fondo, los huevos chocándome el clítoris, su pelvis aplastándome el culo. Empezó a follarme duro desde el primer minuto, sin tregua, con esa cadencia bestial de los hombres que no buscan que disfrutes sino que aguantes. Yo gritaba contra el colchón, le mordía la almohada, le pedía más.
—Más fuerte, Rubén, partime, no te guardés nada.
Me agarró del pelo, me arqueó la espalda y me la siguió metiendo así, en cuatro, con una mano apretándome el cuello sin lastimarme y la otra apretándome la cintura. El cuarto se llenó del ruido húmedo de su verga entrando y saliendo de mi coño empapado, de mis gemidos rotos, de sus gruñidos de animal viejo que todavía sabe cómo se hace. Me vine la primera vez así, con la cara contra la sábana, temblando alrededor de su polla mientras él seguía clavándomela sin piedad.
Me dio vuelta. Me agarró las piernas, me las puso sobre sus hombros y me la volvió a meter desde arriba, doblándome casi por la mitad. Desde ahí me miraba la cara mientras me la metía hasta donde no debería entrar nada. Me chupaba las tetas, me mordía los pezones, me escupía en la boca y me hacía tragar antes de besarme. Era una guarrada y a mí se me caía la baba de gusto.
—Mirá cómo te traga este coñito, putita —me decía—. Mirá cómo se me la come.
Y yo miraba, con la cabeza alzada, cómo su verga desaparecía entre mis labios mojados, brillosa de mi flujo, entrando y saliendo a un ritmo que ya no era humano. Me vine otra vez. Y otra. Para cuando me dio vuelta de nuevo y me montó como perra contra el borde de la cama, yo ya no sentía las piernas.
Acabó adentro. Pude sentir cómo la verga le palpitaba en chorros calientes, cómo me llenaba el coño hasta desbordarlo, cómo se le escapaba el semen entre mis piernas mientras él seguía empujando hasta sacarse hasta la última gota. Cuando salió, me quedé ahí, con el culo en pompa y el coño abierto chorreando su corrida sobre la sábana. Él me dio una nalgada satisfecha.
—Limpiámela —me ordenó.
Me di vuelta y me la metí en la boca, blanda, salada, todavía con restos de los dos. Se la lamí entera, le chupé los huevos, le pasé la lengua por el tronco hasta dejársela limpia. Él me acariciaba la cabeza como a un perro contento.
Pasamos así un rato más. Él se recuperó, me la volvió a meter otra vez, esta vez despacio, en cucharita, mordiéndome el cuello mientras me la deslizaba adentro como si quisiera dormirme con la verga. Me vine encima de su mano cuando me bajó los dedos al clítoris. Él acabó por segunda vez sobre mi panza, con la respiración rota, salpicándome desde el ombligo hasta entre las tetas.
Cuando salí de ahí llevaba un short que él había dejado en mi bolsa porque había roto el mío. En uno de los bolsillos había un billete doblado y una nota que no necesitaba firma. Me lo puse, pedí un taxi y me fui a casa de Camila con ese calor encerrado en el cuerpo, los muslos todavía pegoteados por dentro y las mejillas todavía rosadas.
***
Camila vivía a dos calles de la escuela. Cuando llegué, solo estaba Fernanda; las demás ya se habían ido. Compramos unas cervezas en la tienda de la esquina, volvimos y nos acomodamos en la azotehuela a hablar. El sol ya bajaba y la tarde tenía esa temperatura tibia que te hace quedarte.
Estábamos en eso cuando el vecino de al lado se asomó desde su balcón.
Era un hombre mayor, debía rondar los sesenta. No muy alto, moreno, con el cabello canoso peinado hacia un lado. Llevaba una camisa a cuadros debajo de un suéter de estambre y pantalón de vestir, como si hubiera salido de la oficina hace treinta años y nunca se hubiera terminado de cambiar. Tenía unos anteojos con cordoncillo y una forma de mirarnos que no disimulaba absolutamente nada.
Nos saludó con una inclinación de cabeza. Le dijimos que buenas. Nos preguntó si quería unirse. Camila le dijo que su mujer podría molestarse, y él respondió con esa seguridad tranquila de los hombres que llevan muchos años haciendo exactamente lo que quieren: que su mujer no llegaba hasta la noche.
Fernanda se levantó y se metió a la casa. Camila entró detrás. Y yo me quedé ahí sentada, con la cerveza a medio tomar, mirándolo desde abajo.
Me dijo que tenía más en su casa si quería.
Le sonreí. Le dije que si me invitaba, iba con gusto.
***
Entramos a la casa de Camila. Fernanda estaba en la sala con el celular en la mano, esperando que su papá la llamara. Camila me jaló al pasillo y me contó en voz baja que el vecino era conocido en el edificio por sus proposiciones. Que varias veces le había dicho algo. Que ella tenía ganas pero le daba miedo por lo cerca que vivía.
—¿Y tú? —me preguntó.
—Yo me animo —le dije.
Su cara cambió. Se puso seria, después curiosa, después emocionada de una manera que intentaba disimular y no podía. Me dijo que si íbamos las dos se sentía más tranquila. Que entre las dos podríamos controlar mejor la situación.
No tuve el corazón de decirle que yo no tenía ninguna intención de controlar nada. Yo iba a dejarme coger.
Fernanda recibió la llamada de su papá justo cuando Camila subía a cambiarse. La acompañamos a la puerta, las tres en shorts y ombligueras, y el padre de Fernanda llegó con cara de enojado que se le fue en cuanto nos vio. Nos despedimos con una sonrisa y él se fue con su hija muy satisfecho de habernos conocido.
Cuando cerramos la puerta, el vecino venía caminando por la banqueta con una bolsa de la tienda. Nos esperó en la entrada y nos enseñó las cervezas. Dijo que nos esperaba cuando quisiéramos.
Camila y yo intercambiamos una mirada. Ella asintió.
***
Tocamos a su puerta cinco minutos después. El hombre —don Rodrigo, nos dijo que se llamaba— nos abrió con una sonrisa pausada, de hombre que no quiere mostrar que lleva toda la tarde esperando esto.
La sala era amplia y ordenada. Tenía los muebles de madera oscura que se ponen de moda una vez por generación y no vuelven a comprarse nunca. En la mesita había una charola con las cervezas y un bol de cacahuates. Nos pidió sentarnos y se sentó frente a nosotras, en el sillón de enfrente, y nos miró con esa tranquilidad de quien sabe que no necesita apresurarse.
Hablamos un poco. Preguntó qué estudiábamos, de dónde éramos. Sus respuestas a nuestras preguntas eran cortas y cargadas de esa ironía suave que tienen los hombres que han visto mucho. Nos halagó con naturalidad, sin exagerar. Nos dijo que éramos las chicas más bonitas que habían entrado a esa sala en años.
Camila le pidió que pusiera música. Don Rodrigo se levantó de un salto.
Puso salsa.
Era buen bailarín. Nos tomaba de la cintura, nos daba vueltas, nos atrapaba de regreso contra su pecho con una mano firme en la espalda. Entre giros y cambios de paso sus manos se acomodaban en lugares que no eran accidentales. A mí me bajó la mano al culo y me lo apretó entero, sin disimulo, y yo sentí la verga ya dura empujándome el muslo por encima del pantalón. A Camila le metió la mano por debajo de la ombliguera y le pellizcó un pezón hasta hacerla soltar un quejido. Ella se encendió rápido: la conocía desde hacía meses y nunca la había visto así, con esa cara de quien por fin está haciendo algo que llevaba tiempo queriendo hacer.
Lo empujó al sillón y se sentó sobre él, a horcajadas, frotándole el coño por encima del short contra el bulto del pantalón.
Yo me quedé parada unos segundos, mirándolos. Don Rodrigo me llamó con la mano.
Me acomodé del otro lado, sobre el brazo del sofá. Él nos abrazó a las dos. Nos besó por turnos, con la lengua, sin pudor, pasando de la boca de una a la boca de la otra con una mano en la nuca de cada una. A Camila le metió la mano por dentro del short y le frotó el coño en directo: yo le veía la cara, el momento exacto en que ella aflojó los hombros y empezó a moverse contra esos dedos. A mí me bajó la otra mano por dentro del brasier y me amasó la teta con la palma entera, agarrándomela con esa seguridad de los hombres que no tienen prisa porque ya aprendieron que la prisa arruina las cosas.
Estábamos así cuando el celular de Camila sonó.
Sus padres. A dos calles.
La cara de Camila fue un mapa. En dos segundos pasó de la excitación al pánico. Se levantó, se acomodó la ropa con torpeza, me miró con una mezcla de disculpa y alivio que no terminé de entender. Don Rodrigo, que lo procesó todo en un segundo, nos dijo que brincáramos por la azotehuela.
Había una escalera plegable en la parte trasera. Camila subió, yo la ayudé a bajar del otro lado, y ella corrió a su casa sin mirar atrás.
Yo volví a entrar a la casa de don Rodrigo.
***
Me metí al baño que daba a la entrada. Escuché la puerta principal cerrarse, pasos en la sala, el clic del estéreo. Cuando asomé la cabeza, él estaba recostado en el sillón con el teléfono en la mano y los ojos cerrados. Se había sacado la verga del pantalón y se la corría despacio, con la resignación de alguien que ya daba la tarde por perdida. Tenía la polla más grande de lo que parecía con la ropa puesta: gruesa en la base, con las venas marcadas, el glande rojo y brillante por una gota que ya le había salido.
Me acerqué sin hacer ruido. Se sobresaltó cuando me paré a su lado.
—No te voy a dejar así —le dije.
Me recosté sobre él y nos besamos. Sus manos me recorrieron como si me estuviera leyendo con los dedos, despacio, aprendiendo cada curva. Levanté los brazos y me quitó la blusa. Me desabrochó el brasier y dejó que me cayera por los brazos. Las tetas se me derramaron contra su pecho y él me las apretó con las dos manos, me pellizcó los pezones, se inclinó y me chupó una entera, con la lengua dando vueltas alrededor del pezón hasta dejármelo duro como una piedra.
—Llevo semanas mirándote desde el balcón —me dijo al oído—. Cada vez que entrabas con shortcito a casa de Camila se me paraba. No podés saber cuántas veces me he hecho una paja pensando en este momento.
Desabroché su pantalón y le quité el suéter junto con la camisa. Tenía la panza de un hombre que come bien y no hace ejercicio y no le importa. El pecho con algo de vello canoso. Me miraba desde abajo con esa mezcla de incredulidad y deseo que tienen los hombres cuando algo supera lo que esperaban.
Bajé por su cuerpo.
Le besé el pecho, le pasé la lengua por una tetilla, le mordí suave la panza, le metí la nariz en el ombligo. Le bajé el pantalón y el bóxer y la verga le saltó delante de la cara, dura, palpitando, con un hilo de líquido pre seminal colgando de la punta. La tomé con la mano —apenas me cerraban los dedos alrededor del tronco— y me lamí el labio antes de mirarlo.
Asintió tan despacio que casi parecía que no se movía.
Le pasé la lengua por la base hasta la punta y lo escuché soltar el aire que había estado aguantando. Le chupé los huevos uno por uno, metiéndomelos en la boca, lamiéndoselos con la lengua plana mientras le acariciaba la verga con la mano. Le subí lamiéndole el tronco, marcándole una vena con la punta de la lengua, hasta el glande, donde lamí la gota que le brillaba antes de tragármelo entero.
Me la metí en la boca poco a poco, abriendo la garganta, sintiendo cómo se le tensaban los muslos y cómo la respiración se le deshacía. Tenía la piel caliente, el miembro duro y palpitante. Empecé a chupársela con la cabeza moviéndose, los labios cerrados apretados sobre el tronco, la lengua trabajándole la parte de abajo, mientras lo miraba desde abajo con los ojos grandes.
Se tapó la cara con las manos. Los dedos abiertos para poder verme.
—Carajo, mamacita, qué bien me la chupás. Cómo se te ve la boca llena de mi polla. Mirá nomás cómo te la metés toda.
Por momentos intentaba controlarse y por momentos tomaba mi cabeza entre sus manos y me empujaba suave hacia su pelvis, hasta hacerme tragar el glande con la garganta. Me llenaba la boca de saliva, dejaba que le chorreara por los huevos, y volvía a metérmela. Me decía cosas en voz baja. Que hacía mucho que no sentía algo así. Que no podía creerlo. Que le gustaba ver cómo me tragaba su verga, cómo me esforzaba por meterlo más adentro, cómo se me caía la baba por el mentón hasta las tetas. Después dejó de hablar y solo gemía, cada vez más roto, hasta que el cuerpo le tembló entero y tuve que sacármela de la boca para que no se viniera.
—Todavía no, viejo —le dije, mirándolo desde abajo con la verga apoyada contra mi mejilla—. Todavía no.
***
Lo dejé levantarse. Me besó de pie, apretando mis nalgas con las dos manos. Me desabrochó el short y lo bajó junto con la ropa interior con una lentitud que no era torpeza sino atención. Yo ya estaba húmeda, empapada y caliente, con las piernas abiertas casi sin darme cuenta. Me metió dos dedos directo, sin aviso, y me los movió adentro hasta arrancarme un gemido.
—Estás chorreando, mamacita. Mirá cómo me empapás los dedos.
Me los sacó y me los pasó por los labios. Yo se los chupé, mirándolo a los ojos, mientras él se reía bajito.
Me pegó a su cuerpo de espaldas, dejó que su verga se acomodara entre mis nalgas y me la deslizó hacia adelante, restregándomela por los labios del coño antes de buscar la entrada. Me penetró despacio, los dos de pie, recostados sobre el brazo del sillón. Sentí la cabeza entrando primero, abriéndome, y luego todo el largo empujando hasta el fondo. Se me escapó un gemido seco. Tuvo que pararse un momento, porque era gruesa y a mí me llevaba un segundo acomodármela.
—Eso es, putita, ahí. Despacito. Mirá cómo te entra entera.
Empezó a metérmela y sacármela con una cadencia lenta, brutal de tan precisa, mientras me lamía el cuello, me mordía el hombro y me apretaba las tetas con las manos abiertas. Una mano se le bajó al clítoris y me empezó a hacer círculos mientras me cogía. Yo giraba la cabeza para buscar su boca, para chuparle la lengua, para volver a tragarme sus jadeos. El sillón crujía debajo de nosotros. Mi coño hacía ese ruido húmedo, obsceno, que solo se escucha cuando una está bien empapada.
—Decime cómo te gusta —me susurró al oído—. Decímelo.
—Más duro, viejo —le pedí—. Cogeme más duro. Metémela toda.
Y me la metió toda. Subimos al primer orgasmo sin apresurarnos. Me cogió con esa cadencia de los hombres que aprendieron que no se trata de llegar rápido, que se trata de que la otra persona no quiera que pare. Cuando sentí el orgasmo venir, empujé la cadera hacia atrás y él aceleró, metiéndomela más hondo, más duro, hasta que me vine apretando el respaldo del sillón, gritando contra el brazo del sofá, temblando alrededor de su polla mientras él seguía entrando y saliendo, mojándome toda por dentro y por fuera, los muslos chorreándome el flujo hasta las rodillas.
Me cargó en brazos y subimos a la recámara.
***
La cama era grande y la ventana daba a la calle. Abrió un poco la persiana antes de recostarse. Yo le chupé la verga unos minutos más porque quería, porque me gustaba su manera de acariciarme el pelo mientras lo hacía, porque me gustaba sentir cómo se le endurecía más entre los labios y cómo intentaba no venirse enseguida. Se la mojaba con saliva, se la pasaba por las tetas, me la frotaba por la mejilla, me la metía hasta la garganta hasta que se me saltaban las lágrimas. Después me monté encima de él de espaldas, con los pies apoyados en la cama para poder moverme como quería, y me la fui acomodando con lentitud, dejándolo entrar otra vez, sintiendo la presión deliciosa cuando por fin me llenó por completo.
Empecé despacio, subiendo y bajando, sintiendo cómo me llegaba hasta el fondo cada vez que me dejaba caer. Él me veía el culo entero rebotando contra su pelvis, las nalgas abriéndose y cerrándose alrededor de su verga, y empezó a nalguearme. Una nalgada, dos, tres, cada vez más fuertes.
—Más, viejo —le dije sin dar vuelta la cara—. Más fuerte. Pegame.
Me dio más. Mis caderas chocaban contra las suyas, el colchón se hundía con cada embestida y sus gemidos llenaron el cuarto. Yo me inclinaba hacia adelante para tocarme el clítoris mientras lo cabalgaba, le apretaba los muslos con las piernas, le ofrecía el culo y el coño al mismo tiempo mientras él se agarraba de mi cintura para marcarme el ritmo. Me pasó un dedo mojado por el ano y empezó a darme círculos suaves ahí, sin meterlo, solo amenazando, y a mí se me apretó todo de gusto.
—Algún día —me dijo con voz ronca—. Algún día este culito también.
Me giré para quedar de frente, sin sacármela. Lo cabalgué así, viéndolo. Me tomó de las tetas y me miró a los ojos mientras yo me movía. Tenía esa cara de hombre que no termina de creer lo que está viviendo. Me apretó las caderas, marcándome el ritmo con las manos, hundiéndome hacia abajo cada vez que él empujaba hacia arriba. Cada estocada me sacudía las tetas en su cara y él se las atrapaba con la boca, chupándome los pezones, mordisqueándomelos hasta dejármelos rojos.
—Te voy a llenar, putita —me dijo al oído—. Te voy a vaciar adentro. Te voy a inundar ese coñito hasta que se te salga por las piernas.
—Sí, viejo —le respondí, sin dejar de moverme—. Llenámelo. Dame toda tu corrida. Vaciate adentro mío. Llename el coño con tu semen.
Sus palabras y las mías se mezclaron en algo que no era conversación sino otra cosa, más sucia, más caliente, más honda. Aceleré el ritmo. Él me agarró del culo con las dos manos y empezó a embestirme desde abajo, clavándomela tan fuerte que el cabezal de la cama golpeaba la pared. Yo apoyé las manos en su pecho y me dejé coger, gimiendo encima de él, sintiendo cómo el segundo orgasmo me trepaba desde el coño hasta la nuca.
Me vine encima de su verga, apretándolo por dentro con esos espasmos largos que no me podía controlar. Y él, justo después, se corrió dentro de mí. Pude sentir cómo la verga le palpitaba en cada chorro, llenándome, calentándome por dentro, y cómo él seguía empujando para meterme hasta la última gota.
Nos quedamos un momento sin movernos. Él respiraba fuerte. Yo lo sentía palpitar adentro, caliente y vivo, mientras me seguía agarrando por las caderas como si no quisiera soltarme. Cuando me levanté despacio, sentí cómo su corrida se me escurría por dentro y empezaba a chorrearme por los muslos. Pasé la lengua por su pecho, recogí una gota que me había caído del coño con dos dedos y me los chupé delante de él, y él me sonrió como si yo fuera lo mejor que le había pasado en semanas.
Puede que fuera verdad.
***
Entramos al baño. El agua caliente, los dos juntos bajo el chorro. Me jaboné las tetas mientras él me veía y se la agarraba con la mano. Su erección volvió rápido. Me miró con una ceja levantada, sin decir nada, dejándome decidir.
Me puse de rodillas.
Lo tomé en la boca con más ganas que la primera vez, mirándolo a los ojos. Él se apoyó en la pared y dejó que el agua le cayera por los hombros mientras yo lo chupaba despacio y después rápido y después despacio otra vez, lamiéndole el glande, recorriendo el tronco con la lengua, metiéndomelo hasta que me rozó la garganta y sacándolo para volver a tomarlo con hambre. Le chupaba los huevos hinchados, le pasaba la lengua entre el escroto y el ano, le volvía a tragar la verga entera. El agua me caía por la cara, se me mezclaba con la saliva, me corría por el mentón hasta las tetas. Él me agarraba el pelo empapado y se la empujaba más adentro, hasta hacerme tener arcadas que ya no me molestaban.
—Qué boca tenés, mamacita. Qué garganta. Esto se lo cuento a mis nietos y no me lo creen.
Cuando creyó que ya no aguantaba más, me levantó, me giró contra la pared y me penetró de un golpe, duro, profundo, haciéndome abrirme con una sacudida que me arrancó un grito. Me agarró las caderas y me empezó a coger ahí, contra los azulejos fríos, con el agua cayéndonos encima, sin ritmo, sin paciencia, ya solo buscando vaciarse.
Acabó en minutos, con una fuerza que no esperaba de alguien de su edad. Me nalgueó mientras se corría. Me llamó cosas al oído que sonaban a halago y a insulto al mismo tiempo —puta, mamacita, putita rica, mi guarra, mi nena hermosa— y que me encantaron por eso. Sentí cómo su semen me llenaba otra vez, caliente, espeso, dejándome las piernas flojas mientras él seguía embistiéndome hasta exprimir hasta la última sacudida. Cuando salió, vi por el rabillo del ojo cómo un hilo blanco me bajaba por el muslo antes de que el agua se lo llevara.
Salimos del baño satisfechos y empapados. Sacó dos toallas y me secó él mismo, despacio, dándome un beso en cada parte. Me besó las tetas todavía rojas, me pasó la toalla entre las piernas con cuidado, me besó la pelvis. Buscó mi ropa, me la dio con cuidado, y cuando terminé de vestirme tomó un peine de su mujer y me cepilló el pelo con esa ternura rara que tienen algunos hombres mayores, esa ternura que no saben que tienen hasta que la muestran.
Me dijo que era pensionado y que su mujer enseñaba en la universidad. Que llegaba tarde todos los días. Que podía venir cuando quisiera.
Bajamos a la sala. Antes de que abriera la puerta, fue al cajón de la mesita y sacó un sobre. Me lo extendió sin decir nada. Lo abrí: un fajo de billetes y una nota corta que decía que me lo había ganado.
Le dije que no podía aceptarlo.
Me dijo que sí podía.
Lo guardé.
***
Me ofreció llevarme a casa. Salimos juntos a la calle y al subir a su coche vi la ventana de Camila. Estaba parada detrás del vidrio, sin moverse, mirándonos. No agité la mano. Me subí al coche y don Rodrigo arrancó.
Hablamos durante el trayecto. Me preguntó por la escuela, por lo que me gustaba, por cómo era mi vida. Le respondí lo suficiente para que la conversación fuera real. En un semáforo me bajó la mano al muslo, me la metió por debajo del short y me tocó el coño todavía hinchado por encima de la ropa interior, y sonrió cuando comprobó que seguía empapada.
—Esto es mío también ahora —me dijo, sin sacarme la mano—. ¿Verdad?
—Cuando quieras, viejo —le dije.
Antes de bajarme me pidió que volviera la semana siguiente.
Le dije que sí.
Entré a casa. Eran poco más de las siete. Me cambié de ropa en el cuarto, guardé el sobre en el fondo del cajón y me senté un momento en la cama en silencio. Sentía la corrida de los dos todavía mezclándoseme adentro, el ardor delicioso entre las piernas, las marcas de los dedos de don Rodrigo en las caderas. Había sido un día muy largo. Había sido, también, un día muy bueno.
Todavía no sabía que la semana no había terminado de sorprenderme.