El vecino que me miraba desde su balcón
Ese miércoles había sido uno de esos días donde todo pasa demasiado rápido. Habíamos salido temprano con las chicas a buscar disfraces para una fiesta y en el camino me encontré con Rubén, un hombre mayor con el que ya me había visto una vez en el transporte. No era la primera vez que nos veíamos, y cuando me llamó ese mediodía para decirme que estaba a diez minutos, supe que no iba a poder negarme.
Nos encontramos cerca de la lagunilla. Me abrazó por la espalda entre los puestos, me dio un beso antes de que pudiera decir algo y sus manos ya iban por su cuenta. Era así, Rubén: sin preámbulos, sin pedir permiso. Me pidió inventar una excusa con las chicas para escaparme, y lo hice.
Pasamos la tarde en un hotel de una zona que él conocía bien. Fue intenso, fue largo, y cuando salí de ahí llevaba un short que él había dejado en mi bolsa porque había roto el mío. En uno de los bolsillos había un billete doblado y una nota que no necesitaba firma. Me lo puse, pedí un taxi y me fui a casa de Camila con ese calor encerrado en el cuerpo y las mejillas todavía rosadas.
***
Camila vivía a dos calles de la escuela. Cuando llegué, solo estaba Fernanda; las demás ya se habían ido. Compramos unas cervezas en la tienda de la esquina, volvimos y nos acomodamos en la azotehuela a hablar. El sol ya bajaba y la tarde tenía esa temperatura tibia que te hace quedarte.
Estábamos en eso cuando el vecino de al lado se asomó desde su balcón.
Era un hombre mayor, debía rondar los sesenta. No muy alto, moreno, con el cabello canoso peinado hacia un lado. Llevaba una camisa a cuadros debajo de un suéter de estambre y pantalón de vestir, como si hubiera salido de la oficina hace treinta años y nunca se hubiera terminado de cambiar. Tenía unos anteojos con cordoncillo y una forma de mirarnos que no disimulaba absolutamente nada.
Nos saludó con una inclinación de cabeza. Le dijimos que buenas. Nos preguntó si quería unirse. Camila le dijo que su mujer podría molestarse, y él respondió con esa seguridad tranquila de los hombres que llevan muchos años haciendo exactamente lo que quieren: que su mujer no llegaba hasta la noche.
Fernanda se levantó y se metió a la casa. Camila entró detrás. Y yo me quedé ahí sentada, con la cerveza a medio tomar, mirándolo desde abajo.
Me dijo que tenía más en su casa si quería.
Le sonreí. Le dije que si me invitaba, iba con gusto.
***
Entramos a la casa de Camila. Fernanda estaba en la sala con el celular en la mano, esperando que su papá la llamara. Camila me jaló al pasillo y me contó en voz baja que el vecino era conocido en el edificio por sus proposiciones. Que varias veces le había dicho algo. Que ella tenía ganas pero le daba miedo por lo cerca que vivía.
—¿Y tú? —me preguntó.
—Yo me animo —le dije.
Su cara cambió. Se puso seria, después curiosa, después emocionada de una manera que intentaba disimular y no podía. Me dijo que si íbamos las dos se sentía más tranquila. Que entre las dos podríamos controlar mejor la situación.
No tuve el corazón de decirle que yo no tenía ninguna intención de controlar nada.
Fernanda recibió la llamada de su papá justo cuando Camila subía a cambiarse. La acompañamos a la puerta, las tres en shorts y ombligueras, y el padre de Fernanda llegó con cara de enojado que se le fue en cuanto nos vio. Nos despedimos con una sonrisa y él se fue con su hija muy satisfecho de habernos conocido.
Cuando cerramos la puerta, el vecino venía caminando por la banqueta con una bolsa de la tienda. Nos esperó en la entrada y nos enseñó las cervezas. Dijo que nos esperaba cuando quisiéramos.
Camila y yo intercambiamos una mirada. Ella asintió.
***
Tocamos a su puerta cinco minutos después. El hombre —don Rodrigo, nos dijo que se llamaba— nos abrió con una sonrisa pausada, de hombre que no quiere mostrar que lleva toda la tarde esperando esto.
La sala era amplia y ordenada. Tenía los muebles de madera oscura que se ponen de moda una vez por generación y no vuelven a comprarse nunca. En la mesita había una charola con las cervezas y un bol de cacahuates. Nos pidió sentarnos y se sentó frente a nosotras, en el sillón de enfrente, y nos miró con esa tranquilidad de quien sabe que no necesita apresurarse.
Hablamos un poco. Preguntó qué estudiábamos, de dónde éramos. Sus respuestas a nuestras preguntas eran cortas y cargadas de esa ironía suave que tienen los hombres que han visto mucho. Nos halagó con naturalidad, sin exagerar. Nos dijo que éramos las chicas más bonitas que habían entrado a esa sala en años.
Camila le pidió que pusiera música. Don Rodrigo se levantó de un salto.
Puso salsa.
Era buen bailarín. Nos tomaba de la cintura, nos daba vueltas, nos atrapaba de regreso contra su pecho con una mano firme en la espalda. Entre giros y cambios de paso sus manos se acomodaban en lugares que no eran accidentales. Camila se encendió rápido: la conocía desde hacía meses y nunca la había visto así, con esa cara de quien por fin está haciendo algo que llevaba tiempo queriendo hacer.
Lo empujó al sillón y se sentó sobre él.
Yo me quedé parada unos segundos, mirándolos. Don Rodrigo me llamó con la mano.
Me acomodé del otro lado, sobre el brazo del sofá. Él nos abrazó a las dos. Nos besó por turnos. Sus manos tenían esa seguridad de los hombres que no tienen prisa porque ya aprendieron que la prisa arruina las cosas.
Estábamos así cuando el celular de Camila sonó.
Sus padres. A dos calles.
La cara de Camila fue un mapa. En dos segundos pasó de la excitación al pánico. Se levantó, se acomodó la ropa, me miró con una mezcla de disculpa y alivio que no terminé de entender. Don Rodrigo, que lo procesó todo en un segundo, nos dijo que brincáramos por la azotehuela.
Había una escalera plegable en la parte trasera. Camila subió, yo la ayudé a bajar del otro lado, y ella corrió a su casa sin mirar atrás.
Yo volví a entrar a la casa de don Rodrigo.
***
Me metí al baño que daba a la entrada. Escuché la puerta principal cerrarse, pasos en la sala, el clic del estéreo. Cuando asomé la cabeza, él estaba recostado en el sillón con el teléfono en la mano y los ojos cerrados. Se masturbaba despacio, con la resignación de alguien que ya daba la tarde por perdida.
Me acerqué sin hacer ruido. Se sobresaltó cuando me paré a su lado.
Le dije que no lo iba a dejar así.
Me recosté sobre él y nos besamos. Sus manos me recorrieron como si me estuviera leyendo con los dedos, despacio, aprendiendo cada curva. Levanté los brazos y me quitó la blusa. Me tocó la espalda, el cuello, las caderas. Me dijo al oído que me había estado mirando desde el balcón desde hacía semanas y que no podía creer que ahora mismo me tuviera así.
Desabroché su pantalón y le quité el suéter junto con la camisa. Tenía la panza de un hombre que come bien y no hace ejercicio y no le importa. El pecho con algo de vello canoso. Me miraba desde abajo con esa mezcla de incredulidad y deseo que tienen los hombres cuando algo supera lo que esperaban.
Bajé por su cuerpo.
Cuando llegué a su verga y lo miré preguntando con los ojos, asintió tan despacio que casi parecía que no se movía. La tomé con la mano, pasé la lengua por la base hasta la punta y lo escuché soltar el aire que había estado aguantando. La tomé en la boca poco a poco.
Se tapó la cara con las manos. Los dedos abiertos para poder verme.
Por momentos intentaba controlarse y por momentos tomaba mi cabeza entre sus manos y me empujaba suave hacia su pelvis. Me decía cosas en voz baja. Que hacía mucho que no sentía algo así. Que no podía creerlo. Después dejó de hablar y solo gemía.
***
Lo dejé levantarse. Me besó de pie, apretando mis nalgas con las dos manos. Me desabrochó el short y lo bajó junto con la ropa interior con una lentitud que no era torpeza sino atención. Yo ya estaba húmeda.
Me pegó a su cuerpo de espaldas, dejó que su verga se acomodara entre mis piernas y me penetró despacio, los dos de pie, recostados sobre el brazo del sillón. Fue un gemido que no pude contener. Empezó a moverse despacito, lamiéndome el cuello, apretando mis tetas con las manos abiertas, y yo giraba la cabeza para buscar su boca.
Subimos al primer orgasmo sin apresurarnos. Me cogió con esa cadencia de los hombres que aprendieron que no se trata de llegar rápido, que se trata de que la otra persona no quiera que pare. Cuando sentí el orgasmo venir, empujé la cadera hacia atrás y él aceleró. Me vine apretando el respaldo del sillón.
Me cargó en brazos y subimos a la recámara.
***
La cama era grande y la ventana daba a la calle. Abrió un poco la persiana antes de recostarse. Yo le chupé la verga unos minutos más porque quería, porque me gustaba su manera de acariciarme el pelo mientras lo hacía, y después me monté encima de él de espaldas, con los pies apoyados en la cama para poder moverme como quería.
Empecé despacio. Él me nalgueaba y me pedía más. Le di más. Sus gemidos llenaron el cuarto.
Me giré para quedar de frente. Me tomó de las tetas y me miró a los ojos mientras yo me movía. Tenía esa cara de hombre que no termina de creer lo que está viviendo. Me apretó las caderas, me dijo al oído que me iba a llenar, yo le dije que sí, que lo hiciera, y sus palabras y las mías se mezclaron en algo que no era conversación sino otra cosa.
Se corrió dentro de mí.
Nos quedamos un momento sin movernos. Él respiraba fuerte. Yo lo sentía palpitar adentro. Después me levanté, pasé la lengua por su pecho, y él me sonrió como si yo fuera lo mejor que le había pasado en semanas.
Puede que fuera verdad.
***
Entramos al baño. El agua caliente, los dos juntos bajo el chorro. Su erección volvió. Me miró con una ceja levantada, sin decir nada, dejándome decidir.
Me puse de rodillas.
Lo tomé en la boca con más ganas que la primera vez, mirándolo a los ojos. Él se apoyó en la pared y dejó que el agua le cayera por los hombros mientras yo lo chupaba despacio y después rápido y después despacio otra vez. Cuando creyó que ya no aguantaba más, me levantó, me giró y me penetró de un golpe.
Acabó en minutos, con una fuerza que no esperaba de alguien de su edad. Me nalgueó mientras se corría. Me llamó cosas al oído que sonaban a halago y a insulto al mismo tiempo y que me encantaron por eso.
Salimos del baño satisfechos y empapados. Sacó dos toallas y me secó él mismo, despacio, dándome un beso en cada parte. Buscó mi ropa, me la dio con cuidado, y cuando terminé de vestirme tomó un peine de su mujer y me cepilló el pelo con esa ternura rara que tienen algunos hombres mayores, esa ternura que no saben que tienen hasta que la muestran.
Me dijo que era pensionado y que su mujer enseñaba en la universidad. Que llegaba tarde todos los días. Que podía venir cuando quisiera.
Bajamos a la sala. Antes de que abriera la puerta, fue al cajón de la mesita y sacó un sobre. Me lo extendió sin decir nada. Lo abrí: un fajo de billetes y una nota corta que decía que me lo había ganado.
Le dije que no podía aceptarlo.
Me dijo que sí podía.
Lo guardé.
***
Me ofreció llevarme a casa. Salimos juntos a la calle y al subir a su coche vi la ventana de Camila. Estaba parada detrás del vidrio, sin moverse, mirándonos. No agité la mano. Me subí al coche y don Rodrigo arrancó.
Hablamos durante el trayecto. Me preguntó por la escuela, por lo que me gustaba, por cómo era mi vida. Le respondí lo suficiente para que la conversación fuera real. Antes de bajarme me pidió que volviera la semana siguiente.
Le dije que sí.
Entré a casa. Eran poco más de las siete. Me cambié de ropa en el cuarto, guardé el sobre en el fondo del cajón y me senté un momento en la cama en silencio. Había sido un día muy largo. Había sido, también, un día muy bueno.
Todavía no sabía que la semana no había terminado de sorprenderme.