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Relatos Ardientes

La noche en que mi mujer salió sin ropa interior

4.6 (7)

Llevamos diecisiete años casados, Clara y yo. Tenemos dos hijos, una hipoteca pagada casi del todo y la clase de vida que cualquiera reconocería como normal. También tenemos una vida en la cama que funciona bien, que siempre ha funcionado bien, pero que a mí me dejaba con algo sin resolver. No una queja, sino más bien una dirección a la que quería ir y que todavía no había encontrado cómo tomar.

Lo que me excitaba no era fácil de explicar. No quería a nadie más. No me aburría de Clara. Lo que quería era que otros la vieran. Que un desconocido la mirara y entendiera lo que yo tenía. Clara es morena, de mediana estatura, con el cuerpo generoso de una mujer de cuarenta y seis años que no necesita demostrar nada. Cuando se ríe mueve los hombros primero. Tiene una manera de moverse por la cocina con el pelo recogido que a mí todavía me afecta después de todos estos años.

El problema era su carácter. Clara es de las que se cubren con la toalla en la playa pública aunque lleven bañador puesto. De las que apagan la luz antes de cambiarse, aunque llevemos casi dos décadas compartiendo todo. Cada vez que yo en la cama le insinuaba algo nuevo, ella me miraba como si no estuviera bien de la cabeza y cambiaba de tema.

Pero fui notando cosas. Que cuando decía esas palabras en voz baja, algo en ella tardaba más en cerrarse. Que su respiración variaba. Que esas noches terminábamos mejor que las otras. Así que seguí, poco a poco, sin presión, como quien deja caer algo en el agua y espera a ver si hay movimiento.

Con el tiempo, empezó a responder. Pocas palabras. Casi en susurros, como si no quisiera ni escucharse a sí misma. Que le había parecido atractivo un compañero de trabajo que vino a cenar a casa el año anterior. Que en el metro una vez un hombre la miró de una manera que no olvidaba. Eran migajas, pero para mí valían mucho más que eso.

***

La playa nudista fue idea mía, del verano pasado. Lo planteé entre otros planes de vacaciones, como quien no quiere la cosa. Ella dijo que no. Lo dejé reposar unos días y volví al tema. Me dijo que ni loca. El tercer intento lo acompañé con el argumento de que podría gustarle más de lo que creía, que era diferente de lo que imaginaba, que la mayoría de la gente que iba no tenía ninguna agenda. El cuarto día hubo silencio, que en Clara suele ser señal de que está pensando en serio. El quinto dijo que bueno, que una vez, pero que tenía que ser un sitio donde no hubiera ninguna posibilidad de encontrarnos con conocidos.

Encontré una cala pequeña en la costa, a la que se llegaba por una pista de tierra entre pinos. Aparqué el coche y Clara bajó con esa expresión que pone cuando ha aceptado algo y ya no puede echarse atrás pero tampoco está contenta con ello. Caminamos por el sendero hasta la playa. Era un día de entre semana y había poca gente: un grupo de nudistas veteranos cerca del agua, una pareja mayor tumbada al fondo, dos hombres jóvenes que jugaban a las palas sin hacerle caso a nadie.

Clara extendió la esterilla, miró alrededor una sola vez y, sin decir nada, se quitó el bañador con movimientos rápidos y se tumbó boca abajo. Me pareció que si no lo hacía deprisa, no lo hacía.

—Tampoco es para tanto —dije.

No respondió.

Estuvimos así cerca de una hora. Ella tenía un libro abierto delante pero yo no la vi pasar una sola página. Yo miraba el mar, la miraba a ella de vez en cuando, miraba si alguien la miraba. El sol caía fuerte y el ruido de las olas llenaba los silencios entre nosotros. Había algo extrañamente tranquilo en estar así, en ese lugar apartado, con el cuerpo de mi mujer visible para cualquiera que pasara.

Entonces llegó el hombre.

Tendría unos treinta y cinco años. Alto, con los hombros anchos, bronceado del tipo que da el sol de muchos veranos. Caminaba por la orilla con la seguridad de quien está completamente cómodo en su propio cuerpo y se detuvo a pocos metros de nosotros para preguntarnos si teníamos fuego para un cigarro. Yo llevaba mechero en la bolsa. Mientras lo buscaba, él se quedó de pie justo al lado de Clara, que hasta ese momento tenía la cara apoyada en el antebrazo, boca abajo.

Y entonces se giró.

No sé por qué lo hizo. Me dijo después que me había oído hablar con alguien y quería comprobar si era conocido. Puede ser. Pero el caso es que se giró y se quedó mirando hacia arriba, y el hombre estaba exactamente en ese ángulo, y los dos se vieron con una claridad que no dejaba nada sin ver.

Le di el mechero al hombre. Lo usó, me lo devolvió, nos miró a los dos con media sonrisa y siguió caminando. Clara volvió a ponerse boca abajo, despacio.

Esperé.

—Tremendo —dijo ella en voz baja, sin que yo preguntara nada.

—¿El qué? —pregunté, aunque sabía perfectamente.

—Ya sabes el qué. Que estaba justo ahí, a esa altura.

—¿Y te ha gustado verlo?

Pausa larga. El sonido de las olas. Alguien riendo a lo lejos.

—Nunca había visto una cosa así tan de cerca —dijo—. Es que no te da tiempo ni a mirar para otro lado.

Me reí. Ella también, aunque lo hizo contra la esterilla, para que no se le notara demasiado.

***

Esa noche cenamos en el pueblo, en un restaurante con terraza frente al puerto. Clara estaba de buen humor, más relajada de lo que esperaba. Hablamos de los chicos, de la reforma del baño que llevábamos posponiendo dos años, de nada en particular. Pero yo llevaba toda la tarde con aquella imagen en la cabeza: la expresión de Clara en el segundo exacto en que se giró y se encontró con lo que no esperaba. Ese momento no fingido, esa fracción de segundo antes de que la cara se recomponga. Eso era exactamente lo que quería desde hacía años.

Cuando el camarero se llevó los platos de los entrantes y nos dejamos solos un momento, le dije que se quitara las bragas.

Clara dejó el tenedor.

—Que te las quites —repetí—. En el baño, ahora. Y luego vuelves y cenas sin ellas.

—Estás de broma.

—No.

—Llevo un vestido que me llega a mitad del muslo y hay gente en todas las mesas.

—Ya lo sé.

Hubo un silencio que duró lo suficiente. Ella miró alrededor, miró la mesa, me miró a mí.

—Eres un caso —dijo, pero sin el tono que habría tenido hace un año.

Fue al baño. Tardó cuatro minutos. Cuando volvió, se sentó con cuidado y recogió las bragas del bolso discretamente, dejándolas debajo de la servilleta entre los dos, sin decir nada, con una expresión que era mezcla exacta de vergüenza y de algo completamente distinto a vergüenza.

Terminamos de cenar. Clara comía pendiente de cómo cruzaba las piernas, cómo se movía en la silla, calculando cada gesto con una atención que no era incomodidad sino algo diferente. Yo la miraba hacer esos pequeños ajustes y me costaba concentrarme en la comida.

Después fuimos a un bar cerca del paseo marítimo. Música baja, la gente del viernes por la noche entrando y saliendo. Cuando llevábamos un rato y el ambiente se había relajado, le dije que abriera un poco las piernas.

—Aquí hay gente —dijo.

—La mesa nos tapa.

—Nos pueden ver.

—Sí.

Silencio. Clara miraba la barra. Luego la puerta. Luego la mesa. Y entonces, muy despacio, separó las rodillas. El vestido era oscuro y la luz del bar era tenue, pero yo estaba en el ángulo exacto y la vi bien, con ese vello oscuro que siempre me había encantado. Me moví en la silla sin poder evitarlo.

—¿Ya? —preguntó en voz muy baja.

—Sí.

—Pues listo.

Pero no cerró las piernas.

Vino el camarero a preguntar si queríamos algo más. Joven, de unos veinticinco años, con esa actitud tranquila de quien trabaja de noche y ya no se asombra de nada. Clara cogió el teléfono y fingió mirar algo, con las piernas todavía entreabiertas y el vestido donde estaba. El camarero dejó dos servilletas nuevas en la mesa y yo lo vi: bajó la vista un instante, uno solo, pero fue suficiente. La vio. No lo disimuló demasiado. Volvió a mirar a Clara a la cara con una expresión que no era del todo profesional.

—¿Nada más? —preguntó.

—No, gracias —dije yo.

Cuando se alejó hacia la barra, Clara cruzó las piernas y dejó el teléfono en la mesa.

—Me ha visto —dijo.

—Sí.

—Lo sabía. Me ha mirado un buen rato.

No dijo nada más. Pero tampoco pidió irnos. Se terminó la copa despacio, mirando de vez en cuando hacia donde estaba el camarero.

***

En el hotel, esa noche, fue diferente. Clara se quitó el vestido antes de que yo encendiera ninguna luz, con una urgencia que no reconocí como la habitual. Nos tiramos en la cama y durante un buen rato no hubo palabras, solo el sonido de la respiración y el ventilador del techo girando despacio.

Cuando el ritmo bajó un poco, le pregunté si le habría gustado hacerlo con el hombre de la playa.

Tardó menos de lo que esperaba.

—Tenía muy buena pinta —dijo—. Así que sí.

—¿Y chupársela?

Pausa corta.

—También.

Me reí contra su cuello. Ella no se apartó.

—¿Y el del bar? ¿El camarero?

Otro silencio. Este más corto todavía.

—También —dijo—. ¿Estás contento ahora?

—Mucho.

—Pues a ver qué haces con eso.

Lo que hice duró bastante tiempo y terminamos bien los dos. Pero lo mejor no fue eso. Lo mejor fue que cuando ya estábamos tumbados en la oscuridad y yo creía que se había dormido, Clara dijo en voz baja, sin que viniera de ninguna conversación previa:

—El camarero se va a acostar esta noche pensando en lo que ha visto.

No lo dijo con vergüenza. Lo dijo como quien enuncia un hecho que es verdad y que ya no le pesa decirlo.

Nunca la había escuchado hablar así. Ni una vez en diecisiete años. Y entendí, sin necesidad de que ninguno de los dos lo nombrara, que algo había cambiado esa noche de una manera que ya no tenía vuelta atrás. No lo que habíamos hecho, sino lo que Clara había encontrado en sí misma: que le gustaba ser vista. Que el deseo de un desconocido no era una amenaza sino algo completamente diferente, una corriente que también le recorría algo a ella por dentro, algo que todavía no tenía nombre pero que claramente quería volver a sentir.

Lo que vino después fue mucho más lejos de todo esto. Pero eso ya es otra historia.

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4.6 (7)

Comentarios (10)

ArgenSex

tremendo relato!!! me atrapó de principio a fin

NocheBCN

Por favor necesito una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio la noche. Que final tan abierto jaja

Carmencita78

Me encantó como va construyendo la tension. Se siente muy real sin pasarse. Enhorabuena!

RubenVoy

Me recordó una situacion parecida que vivi en vacaciones hace unos años. Revivi todo mientras leia, muy bien narrado la verdad

Rodrigo_K

Muy bueno! tiene ese equilibrio entre tension y morbo que no todos saben manejar

Isabel_BA

Hace tiempo que leo en este sitio y casi nunca comento pero este me saco las ganas de escribir algo. Excelente relato!

fern10

cuanto tiempo llevaban casados? me pico la curiosidad jaja

TeoGutierrez

increible!!! sigue escribiendo asi

MartinaPlaya22

la primera parte es lo que mas me gusto, esa indecision y los nervios de ella. Se hizo corto, quiero mas :)

Loki35

Buenisimo. Esperando el proximo

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