La noche en que mi mujer salió sin ropa interior
Llevamos diecisiete años casados, Clara y yo. Tenemos dos hijos, una hipoteca pagada casi del todo y la clase de vida que cualquiera reconocería como normal. También tenemos una vida en la cama que funciona bien, que siempre ha funcionado bien, pero que a mí me dejaba con algo sin resolver. No una queja, sino más bien una dirección a la que quería ir y que todavía no había encontrado cómo tomar.
Lo que me excitaba no era fácil de explicar. No quería a nadie más. No me aburría de Clara. Lo que quería era que otros la vieran. Que un desconocido la mirara y entendiera lo que yo tenía. Clara es morena, de mediana estatura, con el cuerpo generoso de una mujer de cuarenta y seis años que no necesita demostrar nada. Tiene tetas grandes, de pezones oscuros y anchos que se le ponen duros con nada, y un culo redondo y pesado que le tiembla cuando camina descalza por casa. El coño lo tiene con vello oscuro y espeso, como de otra época, y a mí me pone enfermo cuando la veo abrir las piernas para meterse en la cama. Cuando se ríe mueve los hombros primero. Tiene una manera de moverse por la cocina con el pelo recogido que a mí todavía me afecta después de todos estos años.
El problema era su carácter. Clara es de las que se cubren con la toalla en la playa pública aunque lleven bañador puesto. De las que apagan la luz antes de cambiarse, aunque llevemos casi dos décadas compartiendo todo. Cada vez que yo en la cama le insinuaba algo nuevo, ella me miraba como si no estuviera bien de la cabeza y cambiaba de tema.
Pero fui notando cosas. Que cuando le hablaba al oído mientras la follaba y le decía cosas guarras —lo apretado que tenía el coño, lo bien que se la mamaba, lo que me gustaría que otro la viera así, con las piernas abiertas y mi polla dentro—, algo en ella tardaba más en cerrarse. Que su respiración variaba y me clavaba las uñas en la espalda. Que esas noches se corría más fuerte y con menos disimulo, empapándome los dedos, y terminábamos mejor que las otras. Así que seguí, poco a poco, sin presión, como quien deja caer algo en el agua y espera a ver si hay movimiento.
Con el tiempo, empezó a responder. Pocas palabras. Casi en susurros, como si no quisiera ni escucharse a sí misma. Que le había parecido atractivo un compañero de trabajo que vino a cenar a casa el año anterior, y que se había fijado en el bulto que se le marcaba en el pantalón cuando cruzaba las piernas. Que en el metro una vez un hombre la miró de una manera que no olvidaba, y que había cruzado las piernas fuerte porque se le había mojado la braga sin querer. Eran migajas, pero para mí valían mucho más que eso.
***
La playa nudista fue idea mía, del verano pasado. Lo planteé entre otros planes de vacaciones, como quien no quiere la cosa. Ella dijo que no. Lo dejé reposar unos días y volví al tema. Me dijo que ni loca. El tercer intento lo acompañé con el argumento de que podría gustarle más de lo que creía, que era diferente de lo que imaginaba, que la mayoría de la gente que iba no tenía ninguna agenda. El cuarto día hubo silencio, que en Clara suele ser señal de que está pensando en serio. El quinto dijo que bueno, que una vez, pero que tenía que ser un sitio donde no hubiera ninguna posibilidad de encontrarnos con conocidos.
Encontré una cala pequeña en la costa, a la que se llegaba por una pista de tierra entre pinos. Aparqué el coche y Clara bajó con esa expresión que pone cuando ha aceptado algo y ya no puede echarse atrás pero tampoco está contenta con ello. Caminamos por el sendero hasta la playa. Era un día de entre semana y había poca gente: un grupo de nudistas veteranos cerca del agua, una pareja mayor tumbada al fondo, dos hombres jóvenes que jugaban a las palas sin hacerle caso a nadie.
Clara extendió la esterilla, miró alrededor una sola vez y, sin decir nada, se quitó el bañador con movimientos rápidos y se tumbó boca abajo. Me pareció que si no lo hacía deprisa, no lo hacía. Alcancé a verle un segundo las tetas colgando cuando se agachó, y el coño peludo asomando entre los muslos antes de que se aplastara contra la esterilla.
—Tampoco es para tanto —dije.
No respondió.
Estuvimos así cerca de una hora. Ella tenía un libro abierto delante pero yo no la vi pasar una sola página. Yo miraba el mar, la miraba a ella de vez en cuando, miraba si alguien la miraba. El sol caía fuerte sobre su culo desnudo, sobre esa raya oscura entre las nalgas que se le marcaba cada vez que cambiaba mínimamente de postura, y el ruido de las olas llenaba los silencios entre nosotros. Había algo extrañamente tranquilo en estar así, en ese lugar apartado, con el cuerpo de mi mujer visible para cualquiera que pasara. Yo notaba que la polla se me iba poniendo dura debajo de la toalla y tuve que darme la vuelta para que no se notara.
Entonces llegó el hombre.
Tendría unos treinta y cinco años. Alto, con los hombros anchos, bronceado del tipo que da el sol de muchos veranos. Y una polla considerable, larga y gruesa incluso en reposo, colgándole pesada entre las piernas con un balanceo lento a cada paso, la cabeza morada asomando del prepucio. Caminaba por la orilla con la seguridad de quien está completamente cómodo en su propio cuerpo y se detuvo a pocos metros de nosotros para preguntarnos si teníamos fuego para un cigarro. Yo llevaba mechero en la bolsa. Mientras lo buscaba, él se quedó de pie justo al lado de Clara, que hasta ese momento tenía la cara apoyada en el antebrazo, boca abajo.
Y entonces se giró.
No sé por qué lo hizo. Me dijo después que me había oído hablar con alguien y quería comprobar si era conocido. Puede ser. Pero el caso es que se giró y se quedó mirando hacia arriba, y el hombre estaba exactamente en ese ángulo, con la polla colgándole a la altura de su cara, a menos de un metro, y los dos se vieron con una claridad que no dejaba nada sin ver. Vi cómo a Clara se le quedaban los ojos clavados en la polla del tipo, en los huevos gruesos que le colgaban debajo, incapaz de apartar la vista durante un segundo demasiado largo. Y vi cómo el tipo bajaba la mirada a las tetas de mi mujer, a los pezones oscuros que se le habían puesto duros contra la esterilla y ahora quedaban al descubierto, al triángulo de vello negro entre sus muslos.
Le di el mechero al hombre. Lo usó, me lo devolvió, nos miró a los dos con media sonrisa y siguió caminando. Clara volvió a ponerse boca abajo, despacio, pero yo noté que apretaba los muslos.
Esperé.
—Tremendo —dijo ella en voz baja, sin que yo preguntara nada.
—¿El qué? —pregunté, aunque sabía perfectamente.
—Ya sabes el qué. Que estaba justo ahí, a esa altura. La tenía justo delante de la cara.
—¿Y te ha gustado verla?
Pausa larga. El sonido de las olas. Alguien riendo a lo lejos.
—Nunca había visto una polla así tan de cerca —dijo—. Es que no te da tiempo ni a mirar para otro lado. Y encima la tenía gorda, el tío.
Me reí. Ella también, aunque lo hizo contra la esterilla, para que no se le notara demasiado. Metí la mano por debajo de su cuerpo, entre la esterilla y su vientre, y bajé hasta el coño. Estaba mojada. Empapada. Le pasé el dedo por los labios y ella apretó los muslos contra mi mano, sin decir nada, sin protestar.
—Estás chorreando —le susurré al oído.
—Cállate —dijo, pero abrió un poco más las piernas.
Le metí dos dedos despacio. Estaba tan caliente que me quemaban. Se los moví adentro y afuera, muy lento, mientras ella fingía leer el libro. Se le escapó un suspiro que ahogó contra el brazo. La saqué antes de que se corriera, con los dedos brillantes de su flujo, y me los limpié disimuladamente en la toalla. Ella no me miró, pero se le había puesto la cara roja.
***
Esa noche cenamos en el pueblo, en un restaurante con terraza frente al puerto. Clara estaba de buen humor, más relajada de lo que esperaba. Hablamos de los chicos, de la reforma del baño que llevábamos posponiendo dos años, de nada en particular. Pero yo llevaba toda la tarde con aquella imagen en la cabeza: la expresión de Clara en el segundo exacto en que se giró y se encontró con la polla del tipo colgándole delante de la boca. Ese momento no fingido, esa fracción de segundo antes de que la cara se recomponga. Eso era exactamente lo que quería desde hacía años.
Cuando el camarero se llevó los platos de los entrantes y nos dejamos solos un momento, le dije que se quitara las bragas.
Clara dejó el tenedor.
—Que te las quites —repetí—. En el baño, ahora. Y luego vuelves y cenas sin ellas.
—Estás de broma.
—No.
—Llevo un vestido que me llega a mitad del muslo y hay gente en todas las mesas.
—Ya lo sé.
Hubo un silencio que duró lo suficiente. Ella miró alrededor, miró la mesa, me miró a mí.
—Eres un caso —dijo, pero sin el tono que habría tenido hace un año.
Fue al baño. Tardó cuatro minutos. Cuando volvió, se sentó con cuidado y recogió las bragas del bolso discretamente, dejándolas debajo de la servilleta entre los dos, sin decir nada, con una expresión que era mezcla exacta de vergüenza y de algo completamente distinto a vergüenza. Cogí las bragas por debajo de la mesa y las apreté en el puño. Estaban calientes y la entrepierna era una mancha húmeda y espesa. Me acerqué al oído mientras servía el vino.
—Tienes las bragas empapadas —le dije—. ¿Es de esta tarde o de ahora mismo?
—De las dos cosas —contestó sin mirarme, con la vista clavada en la copa.
Terminamos de cenar. Clara comía pendiente de cómo cruzaba las piernas, cómo se movía en la silla, calculando cada gesto con una atención que no era incomodidad sino algo diferente. Yo la miraba hacer esos pequeños ajustes y me costaba concentrarme en la comida. Debajo del mantel le puse la mano en el muslo y la fui subiendo. El coño lo tenía caliente y mojado. Le pasé el dedo por la raja, apenas rozándole, y ella cerró los ojos un segundo.
—Como sigas voy a mojar la silla —susurró.
Aparté la mano.
Después fuimos a un bar cerca del paseo marítimo. Música baja, la gente del viernes por la noche entrando y saliendo. Cuando llevábamos un rato y el ambiente se había relajado, le dije que abriera un poco las piernas.
—Aquí hay gente —dijo.
—La mesa nos tapa.
—Nos pueden ver.
—Sí.
Silencio. Clara miraba la barra. Luego la puerta. Luego la mesa. Y entonces, muy despacio, separó las rodillas. El vestido era oscuro y la luz del bar era tenue, pero yo estaba en el ángulo exacto y la vi bien, con ese vello oscuro que siempre me había encantado, y los labios del coño abultados e hinchados, brillantes de lo mojada que estaba. Se le veía todo. Me moví en la silla sin poder evitarlo, porque la polla la tenía dura como una piedra dentro del pantalón.
—¿Ya? —preguntó en voz muy baja.
—Sí.
—Pues listo.
Pero no cerró las piernas.
—Ábrelas más —le dije—. Un poco más.
Y las abrió. Un centímetro. Otro más. Se le veía el coño entero, el vello, los labios abiertos como una flor húmeda. Yo tenía ganas de meterme debajo de la mesa y comérselo entero ahí mismo.
Vino el camarero a preguntar si queríamos algo más. Joven, de unos veinticinco años, con esa actitud tranquila de quien trabaja de noche y ya no se asombra de nada. Clara cogió el teléfono y fingió mirar algo, con las piernas todavía entreabiertas y el vestido donde estaba. El camarero dejó dos servilletas nuevas en la mesa y yo lo vi: bajó la vista un instante, uno solo, pero fue suficiente. La vio. Vio el coño peludo y mojado de mi mujer abierto para él. No lo disimuló demasiado. Se le quedó la mirada fija un segundo de más, y se le movió algo en la garganta al tragar saliva. Volvió a mirar a Clara a la cara con una expresión que no era del todo profesional. Y yo le vi el bulto marcándosele en el pantalón cuando se giró para irse.
—¿Nada más? —preguntó.
—No, gracias —dije yo.
Cuando se alejó hacia la barra, Clara cruzó las piernas y dejó el teléfono en la mesa.
—Me ha visto —dijo.
—Sí. Y se le ha puesto dura. Míralo.
—Cállate.
—Se le nota el bulto desde aquí.
—Lo sabía. Me ha mirado un buen rato.
No dijo nada más. Pero tampoco pidió irnos. Se terminó la copa despacio, mirando de vez en cuando hacia donde estaba el camarero, y yo la vi apretar los muslos varias veces bajo la mesa.
***
En el hotel, esa noche, fue diferente. Clara se quitó el vestido antes de que yo encendiera ninguna luz, con una urgencia que no reconocí como la habitual. Se tiró en la cama boca arriba, ya con las piernas abiertas, y me dijo que fuera. Yo me arranqué la ropa y me tiré encima. Le agarré las tetas con las dos manos, esas tetas grandes de pezones oscuros, y me metí uno en la boca. Se lo mordí y ella arqueó la espalda. Se lo chupé fuerte, tirando del pezón con los dientes, y ella me agarró de la cabeza y me apretó contra el pecho.
—Bájame —me dijo—. Bájame ya.
Bajé por la barriga besando y mordiendo hasta llegar al coño. Estaba empapado, tan mojado que se le habían pegado los pelos húmedos a los labios. Le abrí las piernas del todo y le pasé la lengua entera de abajo arriba. Sabía a sudor de todo el día, a sal de la playa, a coño caliente. Le clavé la lengua y se la metí adentro. Ella cerró los muslos contra mi cabeza y se puso a gemir bajo, mordiéndose el puño. Le busqué el clítoris con la punta de la lengua y le di vueltas alrededor, despacio primero y después más rápido, mientras le metía dos dedos en el coño y los curvaba hacia arriba. Estaba tan mojada que los dedos entraban y salían haciendo ruido.
—Así —gemía ella—. Ahí, ahí, no pares.
Se corrió con la boca abierta contra la almohada, apretando los muslos alrededor de mi cara, empapándome la barbilla de flujo. Notaba el coño palpitándole contra la lengua, contrayéndose alrededor de mis dedos. No la dejé descansar. Subí, le agarré las piernas por detrás de las rodillas y se las abrí bien. Le apunté la polla al coño y me la clavé de un solo golpe hasta el fondo. Ella soltó un grito ahogado.
—Joder —dijo—. Joder, dámela toda.
La follé duro. Con ganas, con toda la tarde acumulada, cada embestida hasta el fondo, notando cómo mis huevos le golpeaban el culo. Las tetas le rebotaban con cada empujón. Le apreté una entre los dedos y le pellizqué el pezón hasta que se le escapó un quejido. Estuvimos así un rato largo sin palabras, solo el sonido del ventilador del techo girando despacio, el chasquido húmedo del coño de Clara tragándose mi polla, la respiración de los dos.
Cuando el ritmo bajó un poco, la puse a cuatro patas. Le vi el culo redondo levantado, la raja abierta, el coño abajo brillando de lo empapado que estaba. Le agarré las caderas y volví a metérsela. Se la clavé hasta el fondo y le di una nalgada en el culo. Ella gimió y arqueó más la espalda, ofreciéndose. Se la iba metiendo entera y sacándola casi toda, para que ella la sintiera abrirse cada vez. Le pregunté al oído si le habría gustado hacerlo con el hombre de la playa.
Tardó menos de lo que esperaba.
—Tenía muy buena pinta —dijo entre gemidos—. Así que sí. Con esa polla que tenía, cómo no.
—¿Y chupársela?
Pausa corta. Le di otra embestida fuerte.
—También. Me la habría metido entera en la boca.
Me reí contra su cuello y le mordí el hombro. Ella no se apartó, empujó el culo hacia atrás para que yo entrara más adentro.
—¿Y el del bar? ¿El camarero?
Otro silencio. Este más corto todavía. Otra embestida.
—También —dijo—. Me lo habría follado ahí mismo, en el baño, apoyada contra la pared. ¿Estás contento ahora?
—Mucho.
—Pues a ver qué haces con eso.
La follé así un buen rato más, metiéndosela dura de espaldas mientras le hablaba al oído todo lo que quería oír. Que la habrían puesto a cuatro patas los dos a la vez. Que uno le habría metido la polla en la boca mientras el otro se la clavaba por detrás. Que se habría corrido tragándose la leche de un desconocido. Ella gemía cada vez más alto, sin taparse ya, con la cara hundida en la almohada y las manos agarradas al cabecero. Se corrió otra vez, dos veces seguidas, con el coño apretándome la polla en espasmos. Al final la puse otra vez boca arriba, le abrí las piernas y me corrí dentro, hasta el fondo, con embestidas cortas y profundas mientras ella me miraba a la cara. Sentí cómo le llenaba el coño de semen y cómo se le escapaba por los bordes cuando saqué la polla, corriendo por la raja del culo hasta la sábana.
Terminamos bien los dos. Pero lo mejor no fue eso. Lo mejor fue que cuando ya estábamos tumbados en la oscuridad y yo creía que se había dormido, con el semen todavía escurriéndosele entre los muslos, Clara dijo en voz baja, sin que viniera de ninguna conversación previa:
—El camarero se va a acostar esta noche pensando en mi coño. Se la va a estar meneando pensando en cómo me lo abrí para que me la viera.
No lo dijo con vergüenza. Lo dijo como quien enuncia un hecho que es verdad y que ya no le pesa decirlo.
Nunca la había escuchado hablar así. Ni una vez en diecisiete años. Y entendí, sin necesidad de que ninguno de los dos lo nombrara, que algo había cambiado esa noche de una manera que ya no tenía vuelta atrás. No lo que habíamos hecho, sino lo que Clara había encontrado en sí misma: que le gustaba ser vista, que le gustaba que le miraran las tetas y el coño desconocidos que se irían a casa a hacerse pajas pensando en ella. Que el deseo de un desconocido no era una amenaza sino algo completamente diferente, una corriente que también le recorría el coño por dentro, algo que todavía no tenía nombre pero que claramente quería volver a sentir.
Lo que vino después fue mucho más lejos de todo esto. Pero eso ya es otra historia.
