La orgía prometida que se convirtió en algo mejor
La idea empezó con una historia que me contó mi amigo Sebastián. Tenía una conocida que organizaba fiestas privadas en su departamento: ella y dos o tres amigas convocaban a diez, quince hombres. Ponían música, abrían unas botellas, y lo que empezaba como una reunión casual terminaba en algo que Sebastián describía con una sonrisa que no necesitaba explicación. La anfitriona siempre acababa empapada y satisfecha, y todos los invitados se iban con algo de qué acordarse.
Esa imagen se instaló en mi cabeza y no encontró la salida. Cuando Miguel y yo cogíamos por las noches, yo le susurraba esa historia al oído como si fuera un recuerdo propio. Me gustaba notar cómo su respiración cambiaba contra mi cuello, cómo apretaba la cadera un poco más fuerte cada vez que yo la describía con más detalle.
***
Tardamos semanas en encontrar algo similar. Creamos una cuenta en una red social de adultos y empezamos a explorar grupos, foros y eventos. Había un mundo enorme que nosotros no conocíamos, y los únicos puntos de referencia que teníamos eran los clubes a los que habíamos ido alguna vez, donde pasaba mucho menos de lo que prometían en la puerta.
Fue Miguel quien vio el evento. Alguien había publicado el flyer de una fiesta organizada por una exanimadora de un club llamado Zenith, que había tenido bastante fama unos años antes. La entrada costaba quinientos pesos por pareja. El texto prometía sexo en vivo, strippers, juegos y más de treinta parejas. El lugar sería un motel al sur de la ciudad.
Pasamos días fantaseando. Yo le decía lo que quería que pasara; él me decía lo que quería verme hacer. Lo morboseábamos en la cama, en el coche, por mensajes a mediodía. Para cuando llegó la noche del evento ya llevábamos una semana con la cabeza en otra parte.
Me puse un vestido gris, largo, sin tirantes. Sin brasier. Una microtanga debajo. Miguel llegó a las once y media con una bolsa preparada: agua, toallas, toallitas húmedas, condones, lubricante. Hicimos una parada en una tienda de conveniencia a comprar bebidas. Él siempre fue metódico con todo lo que tuviera que ver con salir conmigo de esa manera.
El motel quedaba lejos. Tomamos la autopista y el camino se hizo largo pero no aburrido. A los veinte minutos yo ya tenía la mano sobre su muslo y él tenía una mano libre que no era la del volante. Me ayudó a abrirle el pantalón. Lo tuve en la mano casi todo el trayecto, lento, usando la lengua en los dedos para que no se me secara la palma. Le susurraba las mismas fantasías de siempre, pero esa noche sonaban distintas porque en menos de una hora podrían volverse reales.
Llegamos con ganas de que empezara cuanto antes.
***
El espacio era más pequeño de lo que imaginábamos. Una sala grande con barra, un tubo en el centro, un columpio que colgaba de una viga, el sillón de motel de rigor y tres puertas al fondo que daban a las habitaciones. Dos baños. Habían sacado sillas extras porque ya no quedaba sitio, y a nosotros nos tocaron los lugares del fondo, junto a un grupo de hombres que habían venido solos.
El ambiente era tranquilo. Demasiado tranquilo para lo que prometía el flyer. Las parejas que ya se conocían entre sí hablaban de sus cosas. Varios salían al pasillo a fumar. Nadie hacía nada.
Estuvimos un rato observando el lugar, viendo quién nos miraba y a quiénes nos parecía interesante acercarnos. Miguel es más extrovertido que yo y en un momento ya estaba enredado en una conversación con los solteros de al lado: que si era la primera vez de alguno, que qué esperaban, que si habían ido antes a otros eventos. Yo escuchaba y bebía mi vaso despacio, sin encontrar el momento para unirme.
La anfitriona se presentó. Era una mujer de unos cuarenta años, directa, con energía suficiente para compensar la quietud de todos los demás. Pidió que cada quien se presentara y dijera qué buscaba. Luego repartió shots y les pidió a las mujeres que se quedaran en topless para empezar a calentar el ambiente.
Nadie se movió.
Miguel se giró hacia mí. No me preguntó nada. Solo me miró de una manera que ya conozco y dijo en voz baja:
—Quítatelo todo. Es más fácil que hacerlo a medias.
No sé si fue su tono o el hecho de que yo ya buscaba cualquier excusa para hacer algo, pero me puse de pie. Me quité el vestido. Me quedé en la microtanga, con todo el resto a la vista.
Hubo un segundo de silencio en nuestro rincón. Los solteros de al lado dejaron de hablar. Miguel me rodeó los hombros con un brazo y me apretó un pecho con la mano, despacio, mirando a los demás como si los invitara a observar.
—Qué tetas más bonitas —dijo uno de los solteros, casi con educación.
Otro le preguntó directamente a Miguel si era posible que yo me acercara a ellos un rato.
Miguel los escuchaba con una media sonrisa pero no respondía nada concreto. Solo seguía tocándome. Yo sentía la tanga húmeda contra la piel y trataba de no notarlo demasiado.
***
Pasó otra hora y la noche seguía sin arrancar. La promesa del flyer —sexo en vivo, strippers, juegos, treinta parejas— se iba diluyendo en conversaciones y cigarrillos.
La anfitriona sacó una fusta de cuero. Llamó a varios solteros a la zona del tubo y empezó un juego: bajarse el pantalón, inclinarse, recibir el fustazo. El que lo recibía elegía al siguiente. Por primera vez en la noche algo funcionó. La gente se rio, se animó, empezó a prestar atención.
Había una chica que me había llamado la atención desde que llegamos. Cabello largo y oscuro, cuerpo pequeño, una forma de moverse que era tranquila pero calculada. Se llamaba Gabriela. Cuando le tocó el turno con la fusta, la tomó sin dudar. Al hombre que tenía delante, inclinado y esperando, lo hizo esperar más de lo necesario. Jugó con él, pasó el cuero por sus nalgas sin fuerza, cotorreó con los que miraban. Cuando el golpe llegó, fue tan contundente que todos lo sentimos en el estómago.
Risas. Aplausos. El ambiente cambió un poco.
Le dije a Miguel que tenía curiosidad. Él fue a animarme para que pidiera la fusta, pero eso no era lo que quería. Quería que me la diera Gabriela a mí.
Me acerqué a ella y le pregunté en voz baja:
—¿Me das uno?
Se quedó un momento en silencio, sorprendida. Después sonrió.
—Claro —dijo.
Me arrodillé en el centro de la sala. Me subí el vestido hasta la cintura. Tenía el culo completamente al descubierto, con la tanga cruzándolo en diagonal. Los solteros que habían estado mirando toda la noche tenían ahora la mejor vista que iban a tener.
Gabriela se tomó su tiempo. Me pasó el cuero por la nalga con suavidad, sin prisa, dando pequeños golpes que no llegaban a ser nada. Yo tenía el estómago apretado, una mezcla de nervios y de algo más caliente que los nervios. Escuché la voz de Miguel desde donde estaba sentado:
—¡Encuérenla! Yo doy permiso.
El muy sinvergüenza.
El golpe llegó sin aviso. Se escuchó en toda la sala. Cerré los ojos un segundo y sentí el ardor extenderse por toda la nalga. La sensación duró varios segundos, y sin querer me encontré pensando en que no habría estado mal que viniera otro.
Miguel se levantó, me puso una mano en la espalda y me ayudó a incorporarme. Me acomodó el vestido. Me susurró al oído:
—Estás empapada, ¿verdad?
No respondí. No hacía falta.
***
Nos sentamos de nuevo y el ambiente volvió a enfriarse. Miguel no dejaba de tocarme: me subía el vestido con la mano, me recorría las piernas, me ponía los labios cerca del oído para decirme cosas que yo fingía no escuchar. Tenía vergüenza de ser los primeros en ir a una habitación, aunque nadie nos hubiera prestado atención en ese momento.
En algún momento me levanté a ir al baño y él me siguió.
Entró detrás de mí y cerró la puerta. El baño era pequeño, con un espejo de pared que cubría todo el frente del lavabo. Él se quedó apoyado contra la puerta, mirándome.
—¿Qué haces? —le pregunté.
No respondió. Solo me observaba mientras yo me bajaba la tanga y me sentaba en la taza. Había algo en esa mirada que no era exactamente voyeur; era más íntimo que eso, más extraño. Cuando me levanté y fui al lavabo, se colocó detrás de mí. Vi su cara en el espejo antes de sentir sus manos.
—¿Ya me vas a dejar cogerte? —me dijo contra el cuello.
—Sí. Ya estoy caliente.
—¿Ah sí? ¿Qué te puso así?
—Todo.
Me subió el vestido con una mano. Con la otra me buscó por debajo de la tanga, despacio, sin apresurarse. Primero tocó la tela.
—Esto está empapado —dijo—. Quítatelo, no te está sirviendo de nada.
Me dije a mí misma que iba a esperar, que quería la cama, que quería público. Pero cuando sentí sus dedos en el clítoris, el plan se disolvió solo.
—Me estorba el vestido —añadió—. O te lo quitas o me lo chupas.
No me lo tuvo que decir dos veces. Me arrodillé en el baño. Se lo saqué. Tenía ese olor que me hace perder el razonamiento y me lo metí en la boca de inmediato. Él me cogía la cabeza con las dos manos y controlaba el ritmo, y yo cerraba los ojos y pensaba en que afuera había decenas de personas y que cualquiera podía abrir esa puerta en cualquier momento.
Me levanté, le di un beso y le dije:
—Vamos a la cama.
***
Me sacó el vestido. Me puso en cuatro sobre la colcha. Me usó la lengua en el culo durante un tiempo que se hizo eterno, despacio, hasta que yo ya no podía quedarme quieta. Después me giró para que yo le chupara con el culo hacia la puerta.
Cuando entró la primera pareja al cuarto, fingimos no verlos. Cuando llegaron los solteros al marco de la puerta, ya éramos más conscientes de ellos de lo que queríamos admitir.
Miguel me susurró:
—¿No que no querías público?
Había al menos cinco hombres mirando desde la entrada. Varios se habían sacado la polla y se masturbaban en silencio. Una pareja cogía en la cama de al lado.
Me puso boca arriba. Me tocó con los dedos mientras todos miraban, y después me penetró. Yo solo podía mirar hacia la puerta, hacia esas caras que nos observaban en silencio, y eso hacía que todo fuera más intenso de lo que había sido en toda la noche. Miguel me giró en cuatro de nuevo, volvió a metérmela y me masturbó mientras avanzaba.
—Córrete —me dijo—. Quiero que me mojes.
Los solteros querían entrar. Miguel no los dejaba pasar, pero tampoco los echaba. Le divertía que estuvieran ahí, que nos miraran sin poder hacer nada, que yo me corriera delante de ellos y él fuera el único que me tocara.
En menos de veinte minutos el cuarto estaba lleno. Dos parejas más en la cama, otras en el baño, varios apiñados en la puerta. No había espacio para moverse bien. Recogimos nuestras cosas y fuimos al otro baño.
***
Miguel me limpió con cuidado. Se lavó la cara. Me miró en el espejo y preguntó:
—No te corriste como siempre. ¿Estás bien?
—Sí. Es que el espacio era incómodo.
—A mí me pasó lo mismo. Pero todavía estoy caliente.
Me reí.
—Siempre te dejo sin correrte —le dije—. ¿Quieres que lo haga aquí o en casa?
El cabrón levantó una ceja.
—¿Puedes?
Eso bastó. Me subí al lavabo, lo invité a acercarse y le bajé la bragueta.
—Métela —le dije.
El baño tenía paredes de cristal que daban a una sala lateral. Cuando empezamos, dos solteros que nos habían seguido desde el cuarto aparecieron al otro lado del vidrio, golpeando con los nudillos y haciéndonos señas para que los dejáramos pasar. Miguel los ignoró completamente.
Me agarraba las tetas con fuerza y yo lo veía en el espejo y me gustaba su cara cuando estaba dentro de mí. Me bajó del lavabo, me giró, me apoyó contra el cristal con las nalgas hacia afuera y la siguió metiendo. Yo veía a los solteros al otro lado, a centímetros de mi cara, mirándome los ojos mientras Miguel me abría y decidía qué hacerme.
Me hinqué de nuevo.
—Dame —le dije.
Me miró un momento desde arriba. Se guardó la polla y me levantó del suelo de un tirón.
—En casa —dijo—. Como debe ser.
***
Al salir del baño, los dos solteros nos abordaron en el pasillo. Nos ofrecieron llevarnos a otro lugar, seguir la noche en algún sitio que prometían más animado. Miguel agarró la bolsa, me puso la mano en la espalda y salimos sin responderles.
En el coche yo estaba callada. Él conducía con una mano en mi muslo, sin hablar. La noche era fría afuera.
La fiesta no había sido la orgía que nos prometieron. No hubo treinta parejas, no hubo strippers, no hubo casi nada de lo que decía el flyer que nos hizo pasar días fantaseando. Nos quedamos con las ganas de algo que no llegó a existir.
Pero mientras lo miraba de reojo en la oscuridad del coche, con esa tranquilidad que tenía siempre después de coger, pensé que a veces lo único que necesitaba era que él supiera exactamente cómo usarme.
La orgía podía esperar.