La confesión del viaje de negocios que jamás contaré
Cerramos el trato a media mañana. La finca era un terreno polvoriento al pie de una colina, con un cobertizo apenas en pie que serviría para resguardar la maquinaria de mantenimiento de carreteras que pensábamos colocar en aquella provincia. Damián y yo nos dimos la mano con el vendedor y enfilamos el regreso por una secundaria que serpenteaba entre olivares.
—Ahora otros doscientos kilómetros para volver, qué pereza —rezongó Damián desde el volante de su Range Rover.
—Quéjate menos, que la dieta la paga el ayuntamiento del próximo concejal al que invitemos a comer —contesté.
Damián tenía cuarenta y ocho años, era alto, fornido, con cuello ancho y una nariz aplastada de antiguo boxeador amateur. Yo, Anselmo, había cumplido los mismos años por el lado contrario: bajo, delgado, calva en avance, gafas. Socios desde los veintipocos, llevábamos media vida facturando juntos y mintiendo a las mismas dos mujeres.
—¿Tu hija ya eligió universidad? —pregunté.
—La privada de Castelvera. Administración de empresas. Lo que cueste. Yo no llegué más allá del bachillerato y mira dónde estoy, pero no quiero que tenga que pelear como peleamos nosotros.
—La mía está con arquitectura, también pagada hasta el último crédito.
—A Carmen le acabo de regalar un BMW nuevo. Yo me quedo con estos —añadió dando dos golpecitos al salpicadero del todoterreno—. ¿Y tú con Lucía?
—Mercedes clase A. Es más urbana.
Seguimos con la conversación de siempre: facturas, mordidas, la mujer de cada uno, las amantes de cada uno. Damián me contó con detalle su última visita a un piso discreto en la zona vieja de Marisol, una pelirroja que cobraba bien pero, según él, valía cada euro. Yo me reí; un par de meses antes había estado en la misma cama y prefería el culo a la boca.
—Lo único malo es el preservativo obligatorio —dijo Damián—. A mí me gusta acabar fuera, en la cara, en las tetas, donde sea, pero fuera.
—Yo terminé en la goma. Ya sabes que voy más al asunto trasero.
—Eso lleva mucha gente ahora.
Convenía bajar el ritmo y comer algo. Paramos en una marisquería pegada a un acantilado bajo, con vistas a una cala desierta. Pedimos langosta, vino blanco y un whisky de veinte años para terminar. Después del café salimos a estirar las piernas por la arena.
***
El altavoz portátil de la pareja se oía antes que se les viera. Estaban sentados sobre una toalla a unos veinte metros del agua, con las mochilas tiradas al lado. Ella era pequeña, pelirroja, con pecas hasta la mandíbula, ojos grandes y un piercing en la ceja. Llevaba una camiseta blanca de tirantes sin sujetador y una minifalda vaquera. Él, de estatura media, llevaba el pelo recogido en una coleta, pendientes y un aro plateado entre los orificios de la nariz. Camiseta sin mangas, bermudas, las uñas pintadas de negro.
—Mira los niñatos. Antes los radiocasetes, ahora un altavoz Bluetooth —masculló Damián.
El chico nos vio acercarnos y cambió de canción. Empezó a sonar reggaetón duro, machacón, con una letra que no entendí y que tampoco hacía falta entender. Ella se levantó y se puso a bailar sobre la arena. Se acercó hasta quedarse a tres metros de nosotros, nos dio la espalda, dobló las rodillas y empezó a mover las caderas en círculos cada vez más amplios. La minifalda se le subió y dejó a la vista un tanga rojo de hilo. El chico daba palmadas y nos miraba sonriendo.
—Joder con la cría —murmuró Damián en voz baja.
Ella se agachó del todo, apoyó las manos en la arena y siguió moviéndose un rato más antes de incorporarse riendo.
—¿Nos invitan a fumar, señores? —preguntó el chico.
Damián sacó el mechero. Al darle fuego nos fijamos en que él también llevaba tatuajes en los antebrazos.
—Vaya espectáculo el de tu chica —dije.
—Le gusta perrear duro.
—Para entretener a lo más selecto —soltó Damián con sorna.
—¿De vacaciones? —pregunté.
—Estábamos trabajando aquí, pero ya se acabó la temporada y nos vamos a Vegasol. Está a ochenta kilómetros y no andamos sobrados de pasta. Vimos el todoterreno aparcado al llegar. ¿No les pillaría de paso?
Damián me miró. Asentí con un gesto mínimo. Ya nos entendíamos sin palabras desde hacía veinte años.
—Llamadme Pedro y a este Paco —dijo Damián guiñando el ojo—. Llevamos costo y papel, si queréis liar algo en el coche.
—¡Genial! —celebró el chico—. Yo soy Iván, ella Tania.
—Súbete delante, niña, que vas eligiendo música —añadió Damián, apoyando la mano un instante en su cintura para empujarla suavemente hacia el coche.
***
Paramos en un arcén tras una arboleda y armamos dos canutos. La hierba era buena, y después de la comida, el whisky y la cala vacía, el efecto entró rápido.
—Buena merca —reconocí.
—Ya ves que sabemos lo nuestro, viejo —contestó Iván.
—Si la edad te la da la semana pasada, sí —repliqué.
Tania puso un pendrive en la radio. Sonó otro reggaetón con voz aguda y sintetizadores chillones. Se quedó de copiloto y, aún sentada con el cinturón abrochado, empezó a moverse en el asiento, marcando el ritmo con los hombros y la cadera. Damián la observaba de reojo cada vez que la carretera se enderezaba.
Atrás, yo iba con Iván. Le miré las uñas pintadas, los tatuajes, la coleta. Le puse la mano sobre la pierna y la subí lentamente por el muslo hasta apoyarla encima de la bermuda. Noté el bulto enseguida.
—¿También tienes tatuajes ahí abajo? —pregunté en voz baja.
Iván se rio sin contestar y giró la cara hacia mí. Le comí la boca despacio. Estaba medio fumado, blando, dispuesto. Mi mano siguió bajando hasta encontrar la cremallera.
—Joder con estos dos, ya están mariconeando atrás —comentó Damián mirando por el retrovisor.
—Madre mía, qué intensos —dijo Tania entre risas, girándose para mirar.
—Anselmo va a tope cuando se enciende —contestó Damián.
Le bajé las bermudas a Iván y me agaché entre sus piernas. Tenía la polla bonita, no enorme, pero recta y firme. Me la metí entera y empecé a chuparle despacio, marcando el ritmo del coche. Las luces de un túnel pasaron por encima de nosotros, iluminando el interior por un segundo. Iván jadeaba con la cabeza apoyada en el respaldo, los dedos apretados en el cinturón de seguridad.
—Necesito lubricante —pedí cuando salí a tomar aire.
—En la guantera, niña, pásaselo —dijo Damián.
Tania abrió la guantera y soltó una carcajada al ver el contenido: tubos de gel, preservativos, toallitas, un pequeño botiquín preparado.
—Madre mía, qué equipados vais los señores. ¿No quieres goma? —me preguntó tendiéndome el bote.
—No creo que me preñe —contestó Iván por mí, riéndose.
Lo doblé en el asiento, le levanté las piernas y le engrasé el culo con dos dedos. Estaba abierto, blando, acostumbrado. Le di dos cachetes para verle temblar las nalgas y se rio. Después se puso a horcajadas sobre mí, mirando hacia adelante, y empezó a bajar despacio. La cabeza casi le tocaba el techo, así que se acomodó entre los dos asientos delanteros, con la cara a la altura del freno de mano.
—¿Haces mucho culo? —le preguntó Damián mirándolo de reojo.
—A veces —contestó entre dientes.
Yo le marcaba el ritmo agarrándole de la cintura. Iván se meneaba la suya con la mano libre. Tania, delante, se reía y giraba la cabeza para mirar.
—¿Hace mucho que vais juntos? —le preguntó Damián.
—Desde el instituto. A los dieciocho lo dejamos medio año. Yo me fui a trabajar a la costa.
—Y empezaste a follar con todos.
—Algo de eso. Tú también pareces de los mariposeadores. Ni te has quitado la alianza.
—Chica lista.
—¿Cuando tenéis la oportunidad…?
—He follado con un millón de mujeres —presumió Damián con la voz tomada por la indignación.
—Exagerado.
—Tú también pareces putona.
—Cuando lo dejamos, sí. Casi cada noche. Cogía colocones y al final de la barra siempre había alguien.
—Pues mira qué bien. Cuando estos dos terminen, tú y yo. Carne fresca para el camino, como peaje del viaje.
—Cabronazo —dijo ella riéndose.
Atrás, los movimientos se aceleraban. Iván se masturbaba con golpes secos y respiración cortada. Yo empujaba desde abajo todo lo que el espacio me permitía.
—Me corro —avisó él.
—Encima de mí no, joder —protesté.
Demasiado tarde. Iván soltó un quejido y los chorros pasaron entre los dos asientos delanteros. Uno aterrizó en la palanca de cambios. Yo me derramé dentro de él un segundo después, agarrándolo de las caderas para mantenerlo encajado hasta el final. Quedamos jadeando, sudados, con las pollas fuera y las piernas pegoteadas.
—Limpia esa guarrada de tu novio —le ordenó Damián a Tania mientras giraba bruscamente hacia un camino de tierra que salía de la carretera.
***
Paró en un descampado rodeado de matorrales y maíz alto. Iván y yo bajamos a estirar las piernas y a mear contra la rueda trasera. Tania también bajó y se quedó al lado del coche, encendiendo un cigarrillo. Damián se abrió la bragueta y se sacó la polla, una polla de las que dejan callado a quien la ve por primera vez.
—Madre mía —dijo ella sin disimular.
—No me llaman señor polla grande por casualidad —contestó él, dándose un par de pajas lentas delante de ella.
Iván y yo caminamos un poco para desentumecernos. Damián se acercó a Tania, la sujetó por la nuca y le metió la lengua hasta el fondo. Le agarró el culo con las dos manos. Cuando se separaron, Tania apagó el cigarrillo en la arena y se subió al asiento del copiloto. Damián tiró sus pantalones al suelo del coche y entró detrás.
—Ya está en el picadero, dirás —comentó él al pasar a mi lado.
Tania se desnudó dentro del coche con la puerta abierta. Tenía el cuerpo cubierto de pecas, las caderas estrechas, los pechos pequeños y firmes, un pájaro tatuado en el esternón, un conejito en la ingle, un corazón en la nalga izquierda. Damián le pellizcó un pezón y se metió el otro en la boca.
—No tienes para una rusa, pero parecen agujas —murmuró.
Echó el asiento del copiloto hacia atrás todo lo que daba y se sentó con las piernas abiertas. Tania se arrodilló entre ellas y se la metió en la boca con un giro lento de cabeza. Sabía lo que hacía. Le caían hilos de saliva por la barbilla y bajaba a chuparle los huevos uno a uno antes de volver a subir.
—Tu chica tiene técnica, no es la primera vez —comenté.
—No, hubo una temporada que no se hacía mucho de rogar —contestó Iván encendiendo otro cigarrillo.
—Tu culo tampoco se hace de rogar.
—Tampoco.
Damián la levantó del pelo, la tumbó en el asiento y le dobló las piernas hasta apoyarle las rodillas a los lados de la cabeza. Le hizo un cunnilingus rápido y rabioso. Cuando se incorporó, ya tenía la polla apuntando recta.
—¿Goma? —preguntó ella.
—Soy de los que cabalgan a pelo. Me salgo a tiempo.
Empezó a moverse con un ritmo propio, calculado: cinco bombeos cortos seguidos de dos clavadas a fondo. Tania abría los ojos cada vez que sentía la segunda y soltaba un quejido distinto. Yo me quedé apoyado contra la chapa, mirando.
***
El ruido del motor del tractor lo oímos antes de verlo. Apareció verde y embarrado por el camino, y se paró a unos metros. Bajó un hombre de la edad nuestra, gordo, con gorra, la cara curtida, un cigarrillo liado entre los dedos. Le faltaban dientes y los que conservaba estaban marrones.
—¿Necesitan algo? —preguntó mirando el todoterreno y entornando los ojos.
—Nos hemos parado a echar un rato —contesté—. Mi compañero y la chica.
El tractorista dio dos pasos más y se quedó clavado al ver lo que pasaba dentro del coche. La mano que sostenía el cigarrillo le temblaba.
—Joder, qué potencia —murmuró.
—Tumba hembras. El de la barra es su novio —añadí señalando a Iván con la cabeza.
—¿Y eso te pone, chaval?
—Ya tuve mi parte —contestó Iván—. Por detrás.
—Mariconazos.
—Cualquier agujero vale.
El tractorista se acercó al parabrisas para verlo mejor. Damián seguía con su ritmo metódico. Tania ya tenía las uñas clavadas en su espalda y la respiración entrecortada.
—¿Os importa que me la machaque? —preguntó el tractorista, sacándose la polla por la cremallera.
—Sírvete —le dije, dándole una calada al cigarrillo.
Se quedó al lado de la ventanilla del conductor, dándose pajas al ritmo de Damián. Sudaba. Apretaba la mandíbula. Tania gemía cada vez más alto.
—Me… me voy a venir, no pares —pidió ella con la voz quebrada.
—Termina fuera —le advirtió Damián.
Damián salió en el último segundo y se descargó sobre las tetas y la cara de Tania con un bramido seco. El tractorista soltó un quejido casi al mismo tiempo y se limpió las manos en su propia camisa antes de subirse la cremallera. Damián cogió el tanga rojo del suelo y se limpió la polla con él. Después miró al tractorista como si recién se diera cuenta de que estaba allí.
—Cuando se vayan, no pisen mucho el sembrado. Y la chica —añadió con un asentimiento hacia ella— no es gran cosa, pero está cojonuda.
Encendió el tractor y se fue por donde había venido.
***
Dos días más tarde.
Carmen entró en el lavadero a media mañana, recién salida de la peluquería, vestido de seda con estampados, gafas de sol Chanel, dos pulseras de oro. El recinto olía a jabón y ambientador. Entregó el ticket del Range Rover al encargado.
—Vengo a recogerlo. Mi marido está indispuesto.
—¿Algo grave?
—Un cólico nefrítico. Le dará para unos días.
El encargado entró al recinto con la factura.
—¿Doscientos cincuenta? Es bastante caro.
—Voy a consultar a los chicos un momento.
Adentro habló bajo con el operario que había hecho el trabajo.
—¿Qué tan mal estaba?
—Era un picadero. Apestaba a polla y semen. Salpicadero, palanca, asientos. Tuvimos que sacar la tapicería entera.
—Pues explícaselo a la señora con tacto, que si no nos pide rebaja.
El chico salió. Carmen olía a Chanel desde tres metros.
—Señora, hemos tenido que tratar la tapicería completa. Las manchas estaban hasta en el salpicadero.
—No lo entiendo, pero está bien —contestó ella sacando la tarjeta sin parpadear.
—Hemos puesto en una bolsa una prenda que apareció en el suelo. No quisimos abrir la guantera.
Carmen miró dentro de la bolsa antes de entrar al coche. Un tanga rojo de hilo, lleno de manchas que ya no necesitaban explicación.