Lo que pasó en aquel viaje de carretera al sur
Aurelio y Casimiro llevaban más de dos horas de carretera cuando dejaron atrás el último cartel de la autovía. Habían cerrado esa misma mañana el trato por la finca de Calmares: una parcela inmensa donde pensaban montar el almacén de la maquinaria. Volvían con buen humor, el motor del todoterreno ronroneando bajo, y un kilómetro tras otro de paisaje seco a los lados.
—Otro asunto resuelto —dijo Aurelio—. Mi mujer ya tiene coche nuevo. Yo me quedo con este.
—La mía con su sedán se conforma. —Casimiro se rascó la nuca calva y miró por la ventanilla—. ¿Sabes qué? Llevo desde el desayuno con un sándwich frío. Hagamos una parada, hombre.
—Hay un sitio en la costa, a quince minutos. Langosta y vino blanco. ¿Te apetece?
—No te lo voy a discutir.
Comieron bien. Dos langostas frescas, una botella de vino blanco y, después del café, dos cigarrillos y dos copas de un whisky escocés que el camarero les recomendó con orgullo paternal. Salieron a estirar las piernas por un sendero que bajaba a una cala pequeña, casi escondida entre rocas. Ahí fue donde escucharon la música.
—Críos —masculló Aurelio—. Antes eran radiocasetes y ahora estos altavoces que se oyen a un kilómetro.
Cerca de la orilla había una pareja sentada sobre una toalla. Ella era pelirroja, baja, con piernas finas y pecas en los brazos; llevaba una camiseta de tirantes blanca y una minifalda vaquera. El chico tenía el pelo recogido en una coleta y un piercing en la nariz. Cuando los vieron acercarse, el chico cambió la canción y subió el volumen.
La pelirroja se levantó. Caminó hacia ellos sin prisa, balanceando las caderas al ritmo, hasta que se les plantó delante. Les dio la espalda, dobló las rodillas y empezó a moverse con una soltura que dejó a Casimiro con el cigarro a medio camino de la boca. Se agachó del todo, con el culo casi rozándole la bragueta a Aurelio, y desde ahí subió despacio, restregándose contra el muslo, sin tocarlo con las manos, dejando que la minifalda vaquera se le trepara hasta enseñar el borde de una braguita roja.
—Joder —murmuró Aurelio.
—Bonito espectáculo —añadió Casimiro.
La chica se enderezó, se giró y sonrió como quien acaba de cobrarse algo.
—¿Nos invitan a fumar? —preguntó.
—Os doy fuego, anda. ¿Estáis de paso?
—Veníamos a trabajar, pero ya se acabó la temporada. Nos toca volver a Robles del Páramo. Está a más de cien kilómetros y andamos cortos de dinero. Pensábamos esperar el autobús de noche en alguna gasolinera.
—¿En qué trabajabais? —preguntó Aurelio, fijándose en los tatuajes del chico, las uñas pintadas, el piercing en la ceja de ella.
—Camareros en bares de copas. La temporada da para vivir.
—Pasaría mucha juventud guapa por allí, supongo —dijo Casimiro con media sonrisa.
Aurelio y Casimiro se miraron. La conversación entre ellos no necesitaba palabras: un parpadeo, un asentimiento.
—Mirad, vamos hacia el norte. Os llevamos. Pero el peaje del viaje lo decidimos por el camino. ¿De acuerdo?
El chico se rio.
—Yo soy Tobías. Ella, Lúa. Y vosotros…
—Diego y Germán —contestó Aurelio sin pestañear.
***
Pararon en una carretera secundaria, detrás de unos matorrales, para liar un par de cigarros. Tobías sacó un pellizco de hachís y papel de liar; Casimiro reconoció enseguida la calidad por el olor.
—Buen género, chico.
—Entiendes —contestó Tobías.
—Entiendo de muchas cosas. —Aurelio dio una calada larga y la aguantó.
Cuando volvieron al coche, Lúa se sentó delante. Conectó un pendrive a la radio y eligió una canción de reguetón con un bajo que hacía vibrar los altavoces traseros. Aún sentada, se balanceaba hacia delante y hacia atrás, como si estuviera bailando en un sillón. Aurelio la miraba de reojo entre cambio y cambio de marcha, viendo cómo se abría de piernas en el asiento y cómo la minifalda se le subía cada vez que el coche saltaba en un bache.
Detrás iban Casimiro y Tobías. El humo del último canuto seguía espesando el aire. Casimiro se inclinó y le pasó la mano por debajo de la camiseta sin mangas. Le encontró los pezones pequeños, duros ya, y se los pellizcó despacio, uno y otro, sin dejar de mirarlo a los ojos. Tobías cerró los ojos y separó los labios. Cuando le buscó la boca, ninguno de los dos protestó. Casimiro le metió la lengua hasta el fondo, con la mano derecha bajándole por el vientre plano hasta la cintura de las bermudas, colándose por dentro, apretándole la polla por encima del calzoncillo. La tenía ya media dura, caliente, palpitando bajo la tela.
—Veo que vamos calentando atrás —dijo Aurelio, sin apartar la vista de la carretera.
—Mi amigo es de los que se sueltan rápido —contestó Casimiro entre dientes.
—Ya lo veo, ya.
Lúa miró por encima del asiento y se rio con una mezcla de sorpresa y fascinación. Casimiro le había sacado la polla al chico y se la estaba puñeteando despacio, envolviéndosela con el puño entero, subiendo hasta la punta y bajando hasta la raíz. Tobías tenía el glande brillante, mojado ya de líquido preseminal, y arqueaba las caderas contra la mano del hombre. La intensidad detrás había llegado al pantalón. Tobías levantó las caderas y dejó que las bermudas le cayeran al suelo. Casimiro se desabrochó el cinturón, se bajó la cremallera y sacó la suya: gruesa, más corta que la del chico pero mucho más ancha, con los cojones apretados dentro del bóxer. Le empujó la cabeza sin decir palabra. Tobías se dobló hacia el regazo del hombre y se la metió entera en la boca, hasta la garganta, y desde ahí empezó a subir y bajar, sorbiendo con ruido, chupando con las mejillas hundidas.
—Así, guarro, así —le gruñía Casimiro, con la mano en la coleta—. Mámala bien, hasta abajo.
—Necesito algo, esto va en serio.
—En la guantera —contestó Aurelio—. Pásalo tú, anda.
Lúa abrió la guantera y soltó un silbido al ver lo que había dentro: condones, lubricante, toallitas. Le tiró el bote a Casimiro entre los dos asientos.
—Vais bien preparados.
—Cuestión de oficio.
—¿Funda? —preguntó ella con una ceja levantada.
—No me preocupa preñarle —respondió Tobías, con la voz ronca y un hilo de baba en la comisura, y todos se rieron.
Casimiro se echó lubricante en dos dedos y los hundió en el culo del chico sin ceremonia. Tobías se estremeció, gimió, empujó las nalgas hacia atrás. Le abrió con un dedo, con dos, girándolos dentro, y cuando notó que cedía, sacó los dedos y se untó la polla entera. El túnel los engulló unos segundos y la luz amarilla intermitente del techo le iluminó la cara a Tobías cuando se inclinó sobre las piernas de Casimiro. El chico se sentó a horcajadas de espaldas al hombre, se abrió las nalgas con las dos manos, y fue bajando muy despacio sobre la verga. La punta gorda le forzó la entrada; Tobías apretó los dientes, soltó un gemido largo entre los labios, y se dejó caer hasta que se la tragó entera. Lo que vino después se contó en jadeos, en bufidos cortos, en el sonido rítmico del cuerpo del chico chocando contra el del hombre, en el chasquido húmedo del culo bien follado. Lúa, que había bajado el volumen de la música, se mordía el labio inferior y miraba por el retrovisor. Se había metido una mano bajo la falda y no disimulaba.
—¿Lleváis mucho tiempo juntos? —le preguntó Aurelio.
—Tobías es mi pareja desde los dieciséis. Cuando cumplimos los dieciocho lo dejamos medio año. Yo me fui a trabajar a una zona de hoteles.
—Y allí te lo pasaste bien.
—Casi cada noche. —Lo dijo sin rubor—. Pero volvimos.
—Pues yo, casado y con hija en la universidad, he tirado más de la cuenta. Y tú también pareces bastante…
—Disponible —terminó ella—. Cuando quiero, lo soy.
Atrás, Tobías ya estaba acoplado al regazo de Casimiro, con la espalda apoyada contra él, los pies separados sobre el asiento, la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta. Casimiro le agarraba las caderas con las dos manos y marcaba el ritmo, subiéndolo y bajándolo sobre la polla, clavándoselo hasta el fondo cada vez. La verga entraba y salía brillante, tirando del anillo del culo del chico en cada retirada. Cada movimiento hacía temblar el respaldo del asiento. La polla de Tobías, dura y apuntando al techo, se le sacudía sola contra el vientre en cada embestida.
—¡Joder, joder, joder! —jadeaba Tobías—. ¡Más fuerte, más fuerte, rómpeme el culo!
—Aguanta, niño, aguanta. Te la voy a soltar entera dentro.
—¡No aguanto, no aguanto!
Casimiro se tensó, le clavó los dedos en las caderas, soltó un gruñido largo desde el fondo del pecho, y los dos quedaron quietos durante un par de segundos, jadeando, con la respiración cortada. Se le corrió dentro a chorros, empujando la última descarga con una embestida seca. Tobías estaba tan lanzado que se corrió mientras se masturbaba: un disparo limpio, un lechazo espeso que le salpicó el vientre y dejó un churretón sobre la palanca de cambios. Aurelio bramó.
—¡Limpia esa guarrería! —dijo, y giró bruscamente hacia un camino de tierra que llevaba a un descampado.
Paró el motor. Bajaron los dos de atrás, riéndose, descomponiéndose, intentando ponerse las bermudas y los pantalones a la vez. A Tobías le chorreaba la corrida de Casimiro por la cara interna del muslo. Aurelio bajó del coche, se encendió un cigarro y se acercó a la ventanilla del copiloto. Lúa también encendió uno.
***
—Tu chico ha estado fino —le dijo, exhalando el humo despacio.
—El tuyo le ha sabido tratar.
—¿Y a ti? ¿Hay forma de que te trate alguien?
—Depende de qué prometas.
Aurelio le bajó el humo a la cara y se rio entre dientes. La mano izquierda fue al pomo de la puerta del copiloto, la derecha al cuello de la chica, y la besó con una violencia controlada que la dejó respirando por la nariz. Cuando se separaron, Lúa tenía la boca enrojecida.
—Vas a ver lo que es un peaje —dijo él.
Pasó al asiento del copiloto, lo echó hacia atrás y se quitó los pantalones. Se sacó la polla, larga y venuda, y se la sacudió un par de veces delante de la cara de ella. Le pidió que se desnudara, que se tomara su tiempo, que él quería ver. La chica se quitó la camiseta sin sujetador, la falda, las braguitas rojas pequeñas que tenían un corazón bordado en una cadera y se las tiró al regazo. Tatuajes: un pájaro entre los pechos pequeños de pezones rosados, un conejito en la ingle, justo encima del coño depilado y ya brillante. Aurelio le tiró del pezón con una mano y le pasó la otra por la cintura, bajándola al coño, metiéndole dos dedos de golpe. Estaba empapada.
—Estás como una perra, pelirroja.
—Y tú tienes lo que necesito ahí colgando.
—Tengo lo justo —dijo ella, agarrándosela con la mano y midiéndola.
—Tienes lo necesario.
Lúa se inclinó. Empezó por arriba y fue bajando, con la lengua y con la mano, chupándole primero los pezones a él, después el vientre, hasta que le atrapó los huevos en la boca y se los lamió uno a uno. Luego le subió la polla por toda la lengua, desde la raíz hasta la punta, y se la metió hasta que la nariz le rozó el vello. Mientras él le sujetaba el pelo en una especie de moño improvisado para verle bien la cara, ella se la sacaba y se la volvía a meter, escupiéndose en la palma y puñeteando la base a la vez que sorbía la punta. Lo hacía bien: la técnica venía de aquellos seis meses de hoteles, seguramente. Aurelio respiraba por la boca, sin apartar los ojos, y le movía la cabeza al ritmo que quería, empujándosela hasta el fondo hasta que la chica se ahogaba un poco y la saliva le caía por la barbilla en un hilo largo.
—Así, así, mámala como en tus hoteles —le decía—. Traga, traga bien.
Casimiro y Tobías se habían quedado fumando junto a la rueda trasera. La puerta del copiloto seguía abierta y desde fuera se veía la escena: la chica desnuda, arrodillada de costado sobre el asiento, el culo pequeño en pompa, con la polla del hombre entrando y saliéndole de la boca.
—Tu chica tiene escuela —dijo Casimiro.
—De aquella temporada se la trajo.
***
El motor de un tractor rompió la quietud del descampado. Una máquina vieja, color verde apagado, apareció por el camino lateral. La conducía un hombre de unos cincuenta años, gorra calada, barriga prominente, un cigarro de liar pegado al labio. Apagó el motor y se quedó con las manos sobre el volante, mirando hacia la puerta abierta del todoterreno.
—¿Necesitan algo? —preguntó por puro protocolo, sin apartar la vista.
—Nada —contestó Casimiro sin pestañear—. Estamos descansando.
—Vaya descanso. —Bajó del tractor, se acercó un par de pasos. Lúa, en aquel momento, estaba boca arriba sobre el asiento del copiloto reclinado, con las piernas levantadas hasta los hombros, recibiendo a Aurelio con un ritmo que hacía rebotar los muelles del coche. La polla del hombre se le hundía entera en el coño y salía brillante, con hilos blancos pegados a la carne. Los pechos pequeños le bailaban con cada embestida y la chica se agarraba con las dos manos a los tiradores del techo—. Su puta madre.
—Sírvase usted mismo, si quiere mirar —dijo Casimiro—. El chico de aquí ya tuvo lo suyo.
—No me digas.
—Por detrás. Se lo he dejado el culo abierto.
El tractorista soltó una carcajada áspera, escupió en el suelo y se acercó al cristal del conductor. Sin pedir permiso, se desabrochó el pantalón y se sacó una polla corta y gorda, roja, con los cojones grandes colgando debajo. Empezó a machacársela con el puño, pegado al cristal, sin apartar los ojos del coño de Lúa. Aurelio, que ya había visto al recién llegado por el rabillo del ojo, decidió no detenerse: al revés, alargó el ritmo, hizo una pausa entre embestidas, separó las dos clavadas siguientes con un golpe más sonoro, sacándola casi entera y volviéndosela a clavar de golpe hasta los huevos. Quería público, quería mirada, quería un testigo. Le dio la vuelta a la chica, la puso a cuatro patas sobre el asiento con el culo apuntando hacia la ventanilla, y se la volvió a meter desde atrás, agarrándole el pelo con una mano y una nalga con la otra. Le dio un par de azotes secos que le dejaron los cachetes marcados.
—¡Mira bien, cabrón, mira cómo folla una pelirroja de verdad! —le gritó Aurelio al tractorista.
—Joder, joder —gruñía el del tractor, con una mano contra el coche y la otra sacudiéndose la verga a toda velocidad—. Menudo coño, menudo culo, la madre que la parió.
—¡Me corro! —avisó Lúa, empujando el culo hacia atrás contra las caderas de Aurelio—. ¡Que me corro, que no pares, que no pares, joder!
—Aguanta.
—¡No aguanto, no aguanto!
La chica se corrió con un grito ahogado contra el respaldo, apretando el coño alrededor de la polla, temblándole las piernas. Aurelio salió de ella en el último segundo, la volteó otra vez de espaldas de un tirón, y se descargó sobre los pechos pecosos, sobre el cuello, sobre una mejilla, en tres, cuatro chorros gruesos que le dejaron la piel manchada desde la clavícula hasta el mentón. Soltó un bramido grave y se quedó apoyado, con las dos manos en el respaldo del asiento, la polla goteando todavía sobre el vientre de ella. El tractorista, al lado, terminaba también, jadeando, disparando su corrida contra la puerta del coche y manchándose la camisa.
—Cuando se vayan, no me pisen el sembrado —dijo el hombre limpiándose con la propia camisa—. Y la chiquilla, producto nacional, eso se nota. Está cojonuda.
***
Dos días más tarde, en una nave de lavado a las afueras de la ciudad, una mujer de cuarenta y muchos esperaba con el ticket en la mano. Vestido de seda con estampados, gafas de sol Chanel, joyas en las muñecas, recién salida de la peluquería. Olía a perfume caro a tres metros.
—Vengo a recoger el todoterreno. Mi marido está indispuesto.
—¿Algo grave?
—Un cólico nefrítico. Ya está mejor.
El encargado le entregó las llaves y la factura.
—¿Doscientos cincuenta euros? Me parece mucho.
—Voy a consultarlo, señora.
El encargado se metió dentro, cerró la puerta del despacho y miró a su empleado más joven.
—¿Por qué tanto?
—Aquello era un picadero, jefe. Apestaba a semen y a coño. Había manchas hasta en el techo.
—Anda, díselo tú. Con tacto.
El chico salió. El olor a Chanel le llegó antes que la mujer.
—Señora, perdone. Hemos tenido que limpiar la tapicería entera. Las manchas no salían, había hasta en el salpicadero. La cifra es justa.
Ella sostuvo el silencio un par de segundos, con la mirada fija detrás de las gafas. Sacó la tarjeta sin decir nada.
—Una cosa más, señora. En el suelo, debajo del asiento del copiloto, encontramos esto. No quisimos abrir la guantera.
El chico le tendió una bolsa de plástico transparente. Dentro había unas braguitas pequeñas, rojas, con un corazón bordado en una cadera y manchas inconfundibles de semen.
La mujer las miró un segundo. Solo un segundo. Después firmó el recibo, agarró las llaves y caminó hacia el coche con el mismo paso acompasado con el que había entrado. El encargado, desde el cristal, vio cómo arrancaba sin mirar atrás y se preguntó si esa noche habría cólico nefrítico de verdad.