Lo que mi esposa me pidió para su cumpleaños
Fue un viernes por la noche, dos semanas antes de su cumpleaños, cuando Lucía me soltó la idea. Estábamos en la cama, ella todavía con la respiración agitada después de una sesión larga, y yo le acariciaba la espalda mirando el techo.
—Sebas… quiero algo distinto este año —murmuró.
—¿Cena, viaje, una fiesta?
—Nada de eso. Quiero algo nuestro. Algo prohibido. Como cuando empezamos a jugar, pero más… grupal. Pocos. Escogidos por ti. Y que sea yo el premio.
Sentí el pulso latirme en el cuello. Me giré para mirarla a los ojos.
—¿Me estás pidiendo que te subasten?
Ella sonrió con esa sonrisa nueva que le había salido en el último año, una mezcla de vergüenza y descaro.
—Una noche de casino. Elegantes. Que se apuesten favores por mí. Que sepan que soy tuya, pero que esa noche me compartas.
La besé fuerte, con la cabeza ya hirviendo. Al día siguiente abrí un chat privado en el teléfono: «Festejo de Lucía». Fui escribiendo uno por uno a los que consideraba de confianza total.
Gonzalo, el director de la facultad, que llevaba años mirándola en las reuniones y que ya había tenido lo suyo con ella en una vieja conferencia fuera de la ciudad. Bruna y Damián, la pareja de amigos con los que habíamos cruzado más de una línea en viajes anteriores; él disfrutaba mirando tanto como ella siendo mirada. Tomás, el profesor de literatura con el que Lucía había tomado un curso particular que terminó en algo menos académico. Y Nicolás, mi sobrino, veintidós años y los ojos siempre pegados a su tía desde la adolescencia, que llevaba un tiempo siendo uno de sus secretos favoritos.
Seis más ella. Dos parejas originales, tres hombres solos y mi mujer de cumpleaños. Gonzalo ofreció su casa de campo: alberca climatizada, tres habitaciones, un salón amplio y la privacidad de estar a cuarenta minutos del pueblo más cercano. Quedamos para el sábado siguiente.
***
Llegamos al anochecer. Lucía llevaba un vestido rojo con abertura hasta el muslo y el pelo recogido en un moño bajo. Bruna apareció en negro ajustado, la espalda descubierta, del brazo de un Damián que ya parecía nervioso y sonriente. Los tres hombres solos esperaban con copas en la mano.
Gonzalo había preparado una mesa de blackjack y una pequeña ruleta casera en el centro del salón. Repartió fichas de colores.
—Las reglas son simples —explicó con esa voz grave de quien está acostumbrado a mandar—. Cada ficha vale un favor. Las damas deciden hasta dónde llega cada favor. Blackjack, póker, ruleta. Al final de la noche, el que más fichas acumule pasa un rato con Lucía en la habitación principal. Pero todo con su permiso, siempre.
Lucía levantó la copa y nos miró con los ojos entrecerrados.
—Nada de flojos, eh. Si voy a ser el premio, quiero ganarlo en serio.
La primera mano la ganó Nicolás. Me miró de reojo, pidiendo permiso silencioso. Asentí.
—Tía… siéntate en mis piernas y dame un beso largo.
Lucía se acercó despacio, con los tacones sonando contra el suelo de madera, y se sentó a horcajadas sobre mi sobrino. Le hundió la lengua en la boca mientras él le acariciaba los muslos bajo la abertura del vestido. Bruna soltó una risita nerviosa y le dio un trago largo al champán.
Tomás ganó la siguiente ronda y eligió a Bruna.
—Quítate el vestido. Despacio. Quiero verte en lencería.
Bruna se levantó, puso algo de música y se fue bajando la tela hasta quedar en un conjunto negro diminuto. Damián la miraba desde la butaca, con la mano apretando la copa y los ojos brillantes. No dijo una palabra en toda la ronda.
Gonzalo ganó el póker. Llamó a Lucía con un gesto del dedo.
—Arrodíllate.
Ella obedeció sin pensarlo. Le desabrochó el cinturón, lo miró hacia arriba y le hizo un oral lento, de los que ella sabe hacer cuando quiere que un hombre pierda el control. Gonzalo le sujetó la nuca con suavidad, sin forzar. Yo los observaba desde el otro lado de la mesa y sentía un calor extraño, mezcla de orgullo, celos domados y puro deseo.
Las rondas siguieron. Tomás le desabrochó el brasier a Bruna y le chupó los pezones mientras ella se mordía el labio mirando a Damián. Nicolás deslizó dos dedos debajo de la tanga de Lucía, allí mismo, frente a todos. Las copas se vaciaron, las camisas se abrieron, los vestidos fueron cayendo al suelo.
Cuando terminó la última partida, Gonzalo, Tomás y Nicolás estaban empatados en fichas. Los miré uno por uno y decidí.
—Los tres. Juntos. Yo miro y entro al final.
Lucía me buscó con la mirada, como pidiendo confirmación.
—¿Estás seguro, amor?
—Es tu cumpleaños. Disfrútalo.
***
La habitación principal tenía una cama enorme y una lámpara de pie que daba luz cálida. Lucía se quitó lo poco que le quedaba y se tumbó en el centro. Los tres hombres la rodearon casi con reverencia.
Tomás la besaba en la boca mientras le acariciaba los pechos. Nicolás se ocupó de sus muslos, bajando con la lengua hasta hacerla arquear la espalda. Gonzalo se acomodó detrás, despacio, con esa paciencia de quien sabe que tiene toda la noche. Los tres la tocaban a la vez, y yo escuchaba cómo se le cortaba la respiración a cada ola.
Cambiaron de posición varias veces. Ella encima de Tomás mientras Nicolás se le ponía detrás y Gonzalo le ofrecía la boca. Luego de lado, abrazada a Nicolás, con Tomás lamiéndola por delante. Gemía cosas que nunca le había oído decir, palabras entrecortadas, nombres.
Yo entré cerca del final. Me acosté a su lado, le sostuve la cara con las dos manos y le hice mirarme.
—Mírame, Lucía.
Ella me miró con los ojos vidriosos, la boca entreabierta, a punto de acabar otra vez.
—Te estoy mirando, amor. Te estoy mirando.
Terminé dentro de ella mientras los otros tres la sostenían. Fue raro y fue hermoso al mismo tiempo. No lo voy a saber explicar nunca.
En el salón de abajo, más tarde supimos, Bruna había terminado cabalgando a Damián en el sofá mientras le susurraba cada detalle de lo que imaginaba que estaban haciendo arriba. Damián acabó sin poder hablar. Él es así: disfruta por los oídos tanto como por los ojos.
***
El domingo amaneció lento. Bajamos uno a uno a la terraza que daba a la alberca. Gonzalo había preparado café y fruta. Nadie hablaba mucho; solo nos mirábamos con esa complicidad nueva, esa que se instala entre personas que ya se vieron por dentro.
Lucía bajó con una bata de seda blanca entreabierta. Se sentó en mis piernas, me besó en la boca y me pidió un trozo de melón. Bruna apareció poco después, con una camiseta grande de Damián que le llegaba a medio muslo. Se acomodó al lado de Tomás sin decir nada, apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos.
—¿Todos duermen cómodos? —preguntó Gonzalo, con esa media sonrisa de dueño de casa.
—Yo dormí poco —admitió Nicolás.
—Nadie durmió mucho —respondió Lucía, y todos nos reímos.
Pasamos la mañana en la alberca, entre juegos tontos que fueron perdiendo inocencia con los minutos. Lucía se subió a los hombros de Gonzalo mientras Bruna lo hacía en los de Tomás, y lo que empezó como una batalla acuática terminó con manos que se metían donde no debían bajo el agua tibia. Damián miraba desde el borde, como siempre, con una sonrisa casi agradecida.
A media tarde nos despedimos. Gonzalo nos acompañó hasta el coche.
—La puerta siempre está abierta —me dijo, dándome la mano con firmeza.
—Gracias por todo.
Lucía lo besó en la mejilla, se metió en el asiento del copiloto y se quedó mirando la casa hasta que desapareció entre los árboles.
***
El lunes, en la facultad, todo volvió a su sitio. Casi todo. Lucía caminaba por los pasillos con la misma ropa de siempre y la misma carpeta bajo el brazo, pero había algo distinto en cómo miraba a la gente. Bruna la interceptó junto a la máquina de café.
—¿Todavía caminas? —le preguntó en voz baja.
—Apenas. ¿Y tú?
—Damián no ha podido concentrarse desde entonces. No para de pedirme que le cuente.
Se rieron como dos cómplices y se separaron cuando pasó Gonzalo por el pasillo. Él les dedicó un gesto mínimo con la cabeza, nada que nadie más pudiera leer.
El martes por la mañana, Gonzalo la citó en su oficina. «Revisión de presupuesto», decía el correo. Lucía cerró la puerta con llave en cuanto entró. Me contó después que él ya la estaba esperando con una caja pequeña envuelta en papel negro.
Dentro había un juguete: un plug pequeño de vidrio con una piedra roja en la base, y un vibrador diminuto con control remoto por aplicación.
—Feliz cumpleaños atrasado —le dijo Gonzalo, sentándose al borde del escritorio—. Pero con retraso intencional. Quería dártelo aquí.
Ella se mordió el labio.
—¿Y qué se supone que haga con esto?
—Póntelo ahora. Y camina por el edificio todo el día. El control lo tengo yo.
Lucía lo miró durante un segundo largo, calculando las consecuencias. Luego se giró de espaldas, apoyó las manos en el escritorio y dejó que él la ayudara. No fue rápido. No hacía falta.
Esa tarde, en la cafetería, se sentó frente a mí con más cuidado del habitual. No le pregunté. Ella me pasó el teléfono por debajo de la mesa, con una foto de algo pequeño y rojo brillando contra su piel.
—Tengo compañía —murmuró.
—Ya veo.
—Él decide cuándo.
Sonreí y tomé un sorbo de café. En la mesa de al lado, Bruna nos miraba de reojo, y yo supe que ella también sabía. Que probablemente todos sabían. Y que aquello que habíamos empezado el sábado por la noche no había terminado cuando nos subimos al coche. Solo había cambiado de formato.
Esa misma tarde, al llegar a casa, Lucía me abrazó por detrás mientras yo preparaba la cena.
—Sebas —me dijo contra la espalda—. Este fue el mejor cumpleaños de mi vida.
—Lo sé.
—¿Y el año que viene?
Me giré. La miré a los ojos. Esa sonrisa otra vez, la nueva, la que había nacido en una cama un viernes cualquiera y que ahora vivía con nosotros.
—El año que viene, lo que tú quieras.