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Relatos Ardientes

Lo que vi en el garaje de mi tía me cambió para siempre

4.8(17)

Aviso antes de empezar: esto no es ficción. No es una fantasía elaborada ni un ejercicio literario. Es lo que pasó una tarde de agosto y llevo más de un año sin saber cómo contárselo a nadie. Lo escribo ahora porque necesito sacarlo de donde lo tengo guardado.

Mi madre Laura tiene cincuenta y ocho años. Morena, metro sesenta, complexión de mujer que ha trabajado toda la vida con el cuerpo. Es del tipo de persona que no habla mucho de sí misma y que, cuando está en silencio, resulta difícil saber qué está pensando. La conozco de toda la vida, claro, pero siempre hubo partes de ella que fueron territorio vedado.

Mi tía Rosa es cuatro años mayor. Rubia —teñida desde los cuarenta, con ayuda de su peluquera de siempre— y de la misma estatura que mi madre. Las dos hermanas se llevan bien cuando se llevan bien y fatal cuando se llevan fatal, y ese equilibrio lleva décadas siendo así sin que nadie haya logrado cambiarlo.

Aquella tarde de agosto fui yo el que las llevó a casa de Rosa. Habían quedado para comer y pasar el día juntas. Las dejé en la puerta y les dije que me iba a dar una vuelta. No tenía ganas de pasarme las horas en una cocina ajena escuchando conversaciones sobre recetas o sobre los vecinos.

Estuve fuera casi dos horas. Caminé hasta el parque del barrio, tomé un café en el bar de debajo del puente, volví despacio. Cuando llegué a casa de mi tía, llamé al timbre. Nadie respondió. Probé la puerta principal y estaba entornada. Entré.

El pasillo estaba vacío. La cocina también. El salón también. Pero desde el fondo de la casa llegaba un sonido que no encajaba con una tarde tranquila de visita familiar: algo seco y rítmico, con pausas cortas y luego más golpes, y después un silencio breve antes de que empezara de nuevo.

Seguí el sonido hasta el garaje.

***

Lo que vi al abrir esa puerta tardé varios segundos en procesar.

Mi tía Rosa estaba sentada en lo que solo podía describirse como una esquina de ring improvisado. A su espalda, una silla volcada hacia atrás hacía las veces de poste. Las paredes del garaje eran el perímetro del cuadrilátero, delimitado con cuerdas de tender atadas a las columnas de obra. Rosa llevaba un pantalón corto oscuro, las manos vendadas con cinta de boxeo blanca, y nada más de cintura para arriba. El pelo recogido en una trenza apretada. Descalza. Tenía un golpe en el pómulo derecho que ya empezaba a ponerse morado, y otro en las costillas que adiviné por la forma en que respiraba. Las tetas, generosas y caídas por los años, se le movían con cada respiración pesada, con los pezones oscuros endurecidos por el sudor y el aire frío del garaje.

En la esquina opuesta, mi madre Laura. Igual que su hermana: pantalón corto, manos vendadas, en topless. El pelo suelto, húmedo de sudor, pegado al cuello y a los hombros. Descalza. Un hilo de sangre seca bajo la nariz, ya oscurecida. Los brazos colgando de las cuerdas a cada lado, como alguien que descansa entre esfuerzos. Sus tetas eran más pequeñas que las de Rosa, más firmes, con los pezones rosados y erectos, brillantes de sudor bajo la bombilla desnuda.

Las dos me miraron al mismo tiempo cuando entré. Ninguna se tapó. Ninguna dio explicaciones.

—Menos mal que llegaste —dijo mi madre sin moverse de su esquina—. Trae agua para las dos y date prisa. Queda un asalto.

No pregunté nada. No sé si fui capaz de articular palabra en ese momento. Salí al pasillo, cogí dos botellas de la nevera de la cocina y volví al garaje con las piernas que no me respondían del todo.

Tenía que ser honesto conmigo mismo: desde la adolescencia, una de las imágenes que más me habían perturbado era la de mujeres boxeando. Nunca supe bien por qué. Era algo que mezclaba fuerza y vulnerabilidad de una manera que no encontraba en ninguna otra parte, una combinación de agresión y exposición que me resultaba imposible ignorar. Había fantaseado con ello durante años. Y ahí estaba, hecho realidad, con la particularidad de que las protagonistas eran mi madre y mi tía.

Tenía la polla dura como una piedra dentro del pantalón, marcándose sin remedio contra la tela vaquera. Una erección que no podía disimular si alguien se fijaba en ello.

Nadie se fijó. O nadie lo dijo.

***

Fui primero a la esquina de Rosa, como me había indicado mi madre. Mi tía abrió la boca sin que yo dijera nada y bebió un trago largo directo de la botella. Lo escupió en un cubo que tenía a los pies. Le pasé una toalla que encontré sobre la silla y le limpié el pómulo con cuidado. Tenía también enrojecido el hombro izquierdo y las marcas de varios impactos en las costillas del mismo lado. Sus tetas de tía madura le rozaron el antebrazo cuando se inclinó para escupir y sentí el calor de la piel sudada contra la mía.

—Tu madre no telegrafía cuando va a lanzar —me dijo en voz baja, mientras yo le aplicaba vaselina en la ceja—. Nunca lo hace. Lleva así toda la vida. Eso la hace más peligrosa de lo que parece a primera vista.

Asentí sin saber qué otra cosa hacer. Terminé con ella y me moví a la otra esquina.

***

Mi madre estaba apoyada en las cuerdas con los brazos abiertos a los lados, la barbilla ligeramente levantada. El sudor le bajaba desde la clavícula hasta el vientre en líneas que la bombilla del techo hacía brillar, pasando entre las tetas, rodeándole el ombligo, perdiéndose bajo la cinturilla del pantalón corto. Respiraba despacio, con un control que me pareció casi deliberado, como si estuviera midiendo cada bocanada de aire antes de gastarla.

Le ofrecí la botella. Bebió sin dejar de mirarme a los ojos.

—El labio —dije.

Cogí un algodón del pequeño botiquín que había sobre una caja de herramientas y le limpié la sangre del labio inferior. Ella no se movió durante todo el tiempo que tardé. Me sostuvo la mirada con una expresión que no supe descifrar entonces, aunque más tarde creí entender lo que significaba.

—Los muslos —dijo.

Me arrodillé delante de ella. Le levanté las piernas una a una y las apoyé en mis rodillas. Le masajeé los cuádriceps con los pulgares, trabajando los nudos que el esfuerzo le había dejado en la parte delantera del muslo. La piel le ardía, resbaladiza de sudor, y bajo mis dedos sentí el músculo tenso, castigado. Subí un poco las manos, empujando hacia arriba, hacia la ingle, hasta rozar el borde del pantalón corto con los nudillos. Ella echó la cabeza hacia atrás y exhaló de forma lenta, un sonido que estaba en algún punto entre el alivio físico y otra cosa que no quise nombrar. Desde donde estaba arrodillado tenía la nariz a un palmo de su entrepierna, y notaba el olor a sudor mezclado con algo más denso, más íntimo, que me hizo tragar saliva.

Para. Es tu madre. Para ahora mismo.

Le recogí el pelo en dos coletas para que no le cayera sobre los ojos durante el asalto. Le apliqué vaselina en los pómulos y en el puente de la nariz. Ella me dejó hacer todo sin decir nada, con esa manera suya de estar completamente presente sin necesitar moverse. Cuando le pasé el pulgar untado de vaselina por el labio inferior, ella abrió apenas la boca y me lo mordió un instante, muy suave, casi imperceptible.

Sonó el temporizador: un pitido breve de reloj de cocina que habían puesto sobre una caja de herramientas. Mi madre se puso de pie de un golpe, levantó los puños a la altura de la cara y me miró un segundo antes de avanzar hacia el centro del ring.

En ese segundo entendí que ella sabía exactamente lo que yo estaba sintiendo.

***

El asalto que siguió no se pareció en nada a lo que me había imaginado.

Me había construido en la cabeza una escena torpe, casi cómica: dos mujeres de cierta edad dándose palmadas en el cuerpo, riendo entre golpe y golpe. Lo que vi fue completamente diferente. Las dos se conocían desde que nacieron. Sabían dónde estaba la guardia de la otra, qué dolía y qué no, cómo hacer ceder una posición sin exponerse. Y llevaban la tarde acumulando una rabia que ahora encontraba su cauce de la única manera que podía hacerlo entre ellas.

Rosa atacó primero con una combinación rápida: dos directos al rostro de mi madre seguidos de un gancho al cuerpo. El primero rozó. El segundo entró en la ceja y la hizo parpadear. El gancho lo recibió Laura en las costillas y soltó un golpe de aire por la boca, pero no retrocedió un centímetro.

Mi madre respondió con dos golpes directos al pecho de su hermana, sin apresurarse, con una precisión que venía de conocer bien el objetivo. Los puños vendados impactaron de lleno contra las tetas de Rosa, que rebotaron con la fuerza del golpe. Rosa se tambaleó medio paso y contraatacó con rabia: un cruzado que impactó en la mandíbula de Laura y le hizo perder el equilibrio durante un instante.

Se engancharon cerca de las cuerdas. Los torsos sudados chocaron y se apretaron. Las tetas de las dos hermanas se aplastaron unas contra otras, los pezones rozándose con la fricción del clinch. Las dos mujeres se aferraron con los brazos mientras los pies buscaban apoyo en el suelo húmedo. Se decían cosas al oído que yo no podía escuchar desde donde estaba, palabras cortas y bajas, de esas que solo tienen sentido entre personas que llevan décadas conociéndose demasiado bien.

Se separaron. Volvieron a atacar.

Los golpes que entraban eran duros de verdad. No eran de exhibición ni de práctica. Sonaban secos, concretos, y dejaban marca visible. Las piernas de las dos temblaban del cansancio acumulado durante toda la tarde. El suelo del garaje tenía manchas de sudor que hacían el terreno traicionero. La única bombilla del techo oscilaba cada vez que las cuerdas tensaban por un impacto.

Mi madre recibió un gancho en la mandíbula que la hizo agarrarse a su hermana para no caer. Rosa intentó separarse y no pudo: Laura la retuvo con los brazos, sosteniéndola y sosteniéndose a la vez. Fue un momento extraño, suspendido: la violencia del combate y la cercanía de dos personas que se quieren, todo mezclado en el mismo abrazo.

Luego los golpes empezaron a perder potencia. El cansancio pudo más que la voluntad. Los intercambios se fueron haciendo más espaciados, menos precisos, más parecidos a un forcejeo que a un combate real. Hasta que sonó el temporizador.

Las dos se quedaron en el centro del ring sin hablar. Ninguna levantó los brazos. Ninguna declaró nada. Se miraron durante varios segundos con esa forma de mirarse que tienen los hermanos cuando ya no hace falta decir nada más. Luego se fueron cada una a su esquina.

Empate. Las dos lo sabían. Ninguna lo dijo.

***

El camino de vuelta a casa lo hicimos en silencio. Mi madre se había puesto una camiseta sobre el torso y se había recogido el pelo como podía. Yo conducía con las manos apretadas en el volante intentando pensar en cualquier cosa que no fuera lo que acababa de ver. No lo conseguí. La polla se me había mantenido dura durante todo el trayecto, apretada contra el pantalón, tanto que me dolía.

Cuando llegamos, ella subió directamente al baño sin decir nada. Yo me senté en el sofá del salón y me quedé mirando la pared con la mente fija en una sola imagen que se repetía. Tenía la ropa interior húmeda de líquido preseminal. Hacía tiempo que no me pasaba algo así sin haberme tocado.

Escuché el ruido de la ducha. Después el silencio. Después sus pasos en el pasillo.

Apareció en la puerta del salón con el pelo todavía mojado, pegado a los hombros. Llevaba una camiseta de tirantes gris, fina, con algunas zonas oscurecidas por el agua. Unas braguitas azules. Descalza. Los pezones marcados bajo la tela delgada.

Nunca la había mirado así. Durante años me había prohibido hacerlo. Esa noche no pude.

Se sentó a mi lado en el sofá, muy cerca, y durante un momento ninguno de los dos dijo nada. La televisión estaba apagada. En la calle, alguien pasó con el coche y el ruido del motor se fue perdiendo en el silencio de la noche.

—¿Qué te pareció lo que viste hoy? —preguntó.

Su mano se deslizó despacio entre mi pantalón y mi muslo. No fue accidental. Hubo intención en cada centímetro de ese movimiento. Me miró mientras lo hacía, buscando algo en mi cara, y lo encontró porque yo no aparté la vista ni hice ningún gesto para detenerla.

—No sabes las veces que me he corrido imaginándote así —dije. La voz me salió más firme de lo que esperaba—. En un cuadrilátero, boxeando, como lo has hecho hoy.

Ella no dijo nada durante unos segundos. Su mano llegó donde buscaba y apretó despacio, sin prisa, la polla dura por encima de la tela.

—Lo sé —respondió—. Lo llevo sabiendo mucho tiempo.

Yo metí la mía bajo la tela de sus braguitas y la agarré con firmeza. Encontré el coño empapado, los labios hinchados y calientes, el vello recortado. Deslicé los dedos por la raja de arriba abajo y se los enseñé brillantes ante los ojos. Ella dejó escapar un sonido breve y contenido, como si lo hubiera estado guardando durante horas esperando el momento de soltarlo.

—La noche es larga —dijo—. Y hay cosas que no sabes de mí que ya es hora de que sepas.

Me chupó los dedos uno a uno, mirándome a los ojos, con la boca abierta y la lengua recorriendo cada nudillo hasta dejarlos limpios de sus propios flujos. Después se puso de rodillas en el suelo, delante del sofá, entre mis piernas, y me desabrochó el pantalón con esa misma calma quirúrgica con la que un rato antes había masticado su boquilla de boxeo entre asalto y asalto. Me bajó los vaqueros y los calzoncillos hasta los tobillos. La polla saltó hacia arriba, dura, con el glande hinchado y una gota transparente colgando en la punta.

—Dios, hijo —murmuró, envolviéndola con la mano vendada todavía por marcas de la cinta—. La tienes preciosa. Y lleva horas queriendo salir, ¿verdad?

Bajó la cabeza y me metió la polla entera en la boca de un solo movimiento, hasta que sentí el fondo de su garganta apretarse contra el glande. No hubo tanteo, no hubo preliminares tímidos. Su boca era caliente y firme y sabía exactamente lo que estaba haciendo. Empezó a mamármela con un ritmo constante, subiendo y bajando, con la lengua enroscada bajo el frenillo, haciendo ruido de saliva y de succión. Me clavó los ojos oscuros mientras me chupaba, sin apartarlos ni una vez.

—Mamá, joder... —conseguí decir.

Sacó la polla de la boca y me la sostuvo pegada a la mejilla, mirándome desde abajo con la barbilla brillante de saliva.

—Dilo bien —dijo—. Dime cómo quieres que te la chupe. No te cortes conmigo, no esta noche.

—Chúpamela hasta el fondo. Trágatela entera.

Sonrió apenas y volvió a comérsela, esta vez más despacio, dejando que se le hundiera en la garganta hasta que la nariz le tocaba el vello del pubis. Se quedaba ahí unos segundos, con la polla clavada dentro, tragando alrededor del glande, antes de volver a subir. Se me bajó por los huevos, me los lamió uno a uno, se los metió en la boca por turnos mientras me masturbaba con la mano vendada. Después volvió a subir y a mamármela con verdadera hambre, como si llevara años esperando tenerla en la boca.

La aparté antes de correrme. La agarré por los hombros y la levanté del suelo. Le arranqué la camiseta de tirantes por encima de la cabeza y le quedaron las tetas al aire, más pequeñas que las de su hermana pero firmes, con los pezones rosados y duros. Me lancé sobre ellos, chupándoselos, mordiéndoselos, tirando de ellos con los dientes mientras le bajaba las braguitas con las dos manos. Ella gimió por primera vez con la boca abierta, sin contenerlo.

La empujé hacia atrás sobre el sofá, le abrí las piernas de golpe y hundí la cara en su coño. Estaba tan mojado que se me pegaron los labios a la barba desde el primer roce. Le pasé la lengua por toda la raja, de abajo arriba, deteniéndome en el clítoris hinchado, chupándoselo, mordisqueándoselo con cuidado. Ella se agarró de mi pelo con las dos manos y me apretó la cara contra el coño, empujando la cadera hacia arriba.

—Cómemelo, hijo, cómemelo bien, así, no pares...

Le metí dos dedos dentro mientras le seguía chupando el clítoris. La sentí apretar alrededor, contraerse, y noté cómo empezaba a temblarle todo el cuerpo. Le curvé los dedos hacia arriba, buscando ese punto rugoso, y ella soltó un grito ronco que se le rompió en la garganta. Se corrió en mi boca de una manera que no había visto correrse a ninguna mujer antes, con espasmos que le sacudían el vientre y los muslos, empapándome la barbilla, agarrada al pelo con tanta fuerza que pensé que me iba a arrancar un mechón.

Cuando levanté la cabeza tenía la cara chorreando. Ella se incorporó, me lamió la boca, se chupó a sí misma de mis labios, me metió la lengua hasta la garganta y me la masturbó despacio con la mano.

—Ahora fóllame —dijo con la voz ronca—. Como te lo has imaginado todos estos años. Sin miedo.

La tumbé del todo en el sofá, le pasé los tobillos por encima de mis hombros y le clavé la polla de una embestida hasta el fondo. El coño la recibió apretado, caliente, empapado, ajustándose a la forma de la polla como si estuviera hecho a medida. Ella arqueó la espalda y gimió con los ojos cerrados, mordiéndose el labio inferior.

—Así, hijo, así, dámela toda...

Empecé a follármela con embestidas largas y profundas, sacando la polla casi entera antes de volver a clavársela hasta los huevos. El sofá crujía bajo nuestros cuerpos. Las tetas le rebotaban con cada envestida, moviéndose arriba y abajo, y ella se las agarraba, se pellizcaba los pezones, se retorcía debajo de mí. La cogí de las caderas y aceleré el ritmo hasta que el ruido de los muslos chocando contra su culo se hizo constante, húmedo, obsceno.

—Ponte a cuatro patas —le dije, y la voz me salió más autoritaria de lo que había pretendido.

Ella obedeció sin decir palabra. Se puso de rodillas sobre el sofá, arqueó la espalda y me ofreció el culo. Le agarré una nalga con cada mano, le abrí, y le clavé la polla desde atrás de un solo movimiento. El coño le hizo un sonido húmedo al recibirla. Empecé a follármela con más rabia todavía, agarrada de la cintura, tirándole del pelo mojado con la otra mano, obligándola a arquear más la espalda.

—Dime que llevas años queriéndolo —le exigí, sin dejar de embestir.

—Años, joder, años... —jadeó ella entre golpe y golpe—. Desde que te vi mirándome en el pasillo con dieciocho años. Sabía que te ponía. Sabía que te pajeabas pensando en mí. Fóllame más fuerte, hijo, no te cortes, rómpeme el coño...

Le di una palmada en el culo y la nalga rebotó y quedó marcada de rojo. Le di otra en la otra. Ella soltó un grito de placer y empujó las caderas hacia atrás, follándome ella a mí, con el coño chorreando por dentro de los muslos.

—Me voy a correr otra vez —avisó—. Ay, joder, hijo, dámela así, así, no pares, no pares...

Se corrió con el cuerpo temblando entero, apretando el coño alrededor de mi polla con tanta fuerza que casi me sacó a mí también. Se derrumbó de bruces sobre el sofá con la boca abierta contra el cojín, respirando entrecortada.

Yo la aguanté un momento más, con la polla dentro, latiendo. Después la saqué, la puse boca arriba otra vez, y me arrodillé encima de ella a horcajadas sobre su pecho. Le acerqué la polla a la boca y ella la abrió sin necesidad de que se lo pidiera, sacando la lengua, mirándome desde abajo con esos ojos oscuros que había visto toda la vida y que ahora significaban otra cosa completamente distinta. Me masturbé sobre su cara con la mano hasta que empecé a soltarlo, y la corrida le cayó a chorros en la boca abierta, en la mejilla, en los labios, en la barbilla. Ella tragó lo que le entró y con el resto se limpió pasándose los dedos por la cara y chupándolos después uno a uno, sin apartar la mirada.

Nos quedamos así unos segundos, respirando, en silencio, con la única luz de la lámpara de la mesita. Después ella se incorporó, me besó despacio en la boca —yo me probé a mí mismo en su lengua— y me dijo al oído:

—Todavía no hemos terminado. Sube conmigo.

***

Esto sucedió hace más de un año. Desde esa noche, lo que había entre mi madre y yo cambió de una forma que ninguno planeó y que ninguno se arrepiente. No fue un accidente de una sola vez ni el resultado de un momento de confusión pasajera. Fue una decisión silenciosa que los dos tomamos al mismo tiempo sin necesitar hablarlo.

Mi tía Rosa sigue sin saber nada, o eso creo. Aunque con las hermanas nunca se puede estar del todo seguro de lo que saben y lo que eligen ignorar.

Lo que sí sé es que aquella tarde de agosto, cuando empujé la puerta del garaje y vi lo que vi, algo que llevaba años encerrado dentro de mí encontró finalmente la forma de salir. Y que algunas cosas, una vez que ocurren, ya no tienen vuelta atrás. Ni se busca que la tengan.

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4.8(17)

Comentarios(8)

Daewin

no me lo esperaba jajaja tremendo!!

MaximoLector

necesito la continuacion ya, me quede con demasiadas ganas de saber que paso despues

curiosa88

me recuerda algo que me paso en casa de unos parientes hace años jaja. muy bueno el relato

PacoGT

y despues que hiciste?? te quedaste mirando o saliste corriendo jajaja contame mas

SergioBernal

me engancho desde la primera linea. esperando ansioso la segunda parte

FedeFG

lo que mas me gusto es que se siente real, como si realmente lo hubieras vivido. esos momentos de shock los describis muy bien. seguí así!

Peluca_23

genial!!! mas relatos asi por favor

Marianoo

es real lo que contás o es ficcion? porque se siente muy autentico, no parece inventado

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