El juego que inventamos aquella noche entre copas
Sofía lo llamó «el juego» y lo explicó con esa calma suya que lo hacía todo parecer normal. Nadie dijo que no. Nadie quería ser el primero en decirlo.
Sofía lo llamó «el juego» y lo explicó con esa calma suya que lo hacía todo parecer normal. Nadie dijo que no. Nadie quería ser el primero en decirlo.
El ático tenía doscientos metros cuadrados, seis personas con ganas de explorar y una botella de Jäger que empezó a rodar sin que nadie la detuviera.
Cuando Elena abrió la puerta empapados y sin opciones, su mirada lo dijo todo antes de que ofreciera la noche en palabras. Madre e hija, precio fijo.
Cuando acepté la apuesta no imaginé que terminaría desnuda sobre Mateo con tres pares de ojos siguiéndome y una polla descomunal a centímetros de mi boca.
Martín llegó con una escalera y una caja de herramientas. Doña Carmen lo vio desde la ventana sacarse la remera bajo el sol y supo que el trabajo iba a ser largo.
Llevábamos toda la vida haciendo lo correcto. Nunca habíamos roto un plato. Y de repente eran las tres de la madrugada y los tres desconocidos seguían en la casa.
La cremallera de la tienda se abrió y aparecieron dos cabezas. Vieron a dos chicas desnudas y apenas pestañearon. Era esa clase de festival.
Iban a celebrar un cumpleaños, dijeron. Lo que no dijeron fue que el regalo era yo, subida a ese autobús apagado, rodeada de hombres que me doblaban la edad.
La esposa de mi jefe me llamaba perra en sus mensajes privados. Si creía que era cierto, esa tarde iba a darle toda la razón.
Marcos llevaba meses mirando a sus primas de otra manera. Esa noche, espiando por la terraza, entendió que ya no había vuelta atrás.
Detrás de la puerta de la bodega había otra sala. Y en ella, la mujer más discreta de la ciudad me esperaba con un atuendo que no dejaba dudas.
Me arrimé desnuda contra su espalda, apreté mis pechos contra él y esperé. Nada. Ni un suspiro, ni una mano, ni una palabra. Solo el ruido del reloj.
Fui a pedir una copa y volví con dos hombres pegados a mí. Marcos observaba desde lejos, sin intervenir. No hasta que yo dije basta.
El gas era casi invisible, pero sus efectos no. En segundos, el uniforme dejó de ser una armadura y se convirtió en algo que quemaba la piel desde adentro.