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Relatos Ardientes

El trío que nadie debía saber: dos oficiales y su preso

4.2 (50)

El comisario Héctor Medina dejó caer una carpeta sobre el escritorio y las miró por encima de sus lentes de lectura. Luz fría de tubo, café ya frío en los vasos y la sensación de siempre: que las decisiones que se tomaban ahí nunca eran sencillas.

—Esta tarde trasladamos a Rodrigo Villalba a la Unidad Penal de Los Pinos —anunció sin levantar la vista de los papeles—. Científico. Vinculado con organizaciones criminales de alto perfil. Trayecto de dos horas por rutas secundarias. Ustedes dos llevan el primer móvil.

Las oficiales Valeria Reyes y Mónica Torres estaban de pie frente al escritorio, con el uniforme impecable y la mirada fija. Llevaban meses solicitando ese tipo de asignación.

—No irán solas —continuó Medina, quitándose los lentes—. Los oficiales Ramiro y Ernesto escoltan a diez metros en el segundo patrullero. Si el detenido intenta cualquier cosa, tienen autorización completa. ¿Alguna pregunta?

No hubo preguntas. Las dos oficiales asintieron y salieron.

Lo que Medina no sabía era que Rodrigo Villalba llevaba horas con un problema serio. Su abogado Ignacio, que había demostrado ser eficiente en muchas cosas, había cometido ese martes el peor error de su carrera: en lugar del dispositivo de gas somnífero que Rodrigo le había pedido para facilitar su fuga durante el traslado, le había entregado el prototipo de feromonas concentradas que Rodrigo mismo había desarrollado durante años en su laboratorio clandestino. Un compuesto diseñado para desactivar los inhibidores del deseo en cualquier persona que lo inhalara.

Rodrigo lo descubrió al leer las inscripciones del cilindro en la celda, cuando el guardia giró la cabeza un momento. No había tiempo de cambiar el plan. Solo había tiempo de adaptarse al que tenía.

No es lo que pedí, pero va a funcionar igual.

***

El convoy salió de la comisaría a las cuatro de la tarde. Valeria conducía con las dos manos en el volante y los ojos fijos en la ruta que empezaba a angostarse entre hileras de pinos. Mónica vigilaba al detenido por el espejo retrovisor, con la mano cerca del cinturón. Rodrigo miraba el paisaje por la ventanilla con la calma de alguien que ya sabe cómo termina la historia.

La ruta secundaria estaba desierta. A diez metros atrás, el segundo patrullero seguía el ritmo en silencio. Ramiro conducía con una mano relajada sobre el volante; Ernesto miraba el teléfono. Para ellos era un traslado de rutina.

—¿Cuánto falta? —preguntó Rodrigo desde el asiento trasero, con un tono casi aburrido.

—Los presos no hacen preguntas —respondió Mónica sin mirarlo.

—Qué lástima —dijo él.

Y presionó el botón del cilindro que llevaba escondido en el dobladillo del overol.

El siseo fue casi imperceptible. Una neblina rosada y densa brotó del dispositivo y se expandió por la cabina en menos de dos segundos, cubriendo todo el interior. Mónica giró la cabeza, vio el humo y abrió la boca para gritar, pero ya estaba inhalando. El primer efecto no fue mareo ni pérdida de conciencia: fue calor. Un calor que empezó en los pulmones y bajó con una velocidad cruel hacia el pecho, hacia el abdomen, hacia el interior de los muslos, con una precisión que resultó más perturbadora que cualquier dolor físico.

Valeria sintió que los dedos le ardían sobre el volante. Sintió que la ropa le pesaba de una manera que nunca antes había notado, como si cada centímetro de tela fuera demasiado.

—Valeria... —murmuró Mónica desde el asiento del acompañante, con una voz que sonó espesa, ajena a ella misma.

Valeria giró la cabeza un instante hacia su compañera. Ese instante fue suficiente: el patrullero saltó el borde de la carretera, aplastó dos metros de pasto alto y se hundió entre los arbustos con un crujido de ramas. Las ruedas patinaron sobre la tierra húmeda y el vehículo se detuvo de golpe en un claro abierto junto a una laguna pequeña, rodeada de pinos. El motor se apagó solo. La radio emitió un chirrido de estática y enmudeció.

El silencio del bosque era absoluto.

***

Bajaron del auto casi sin coordinarse, como si los cuerpos actuaran solos. Abrieron la puerta trasera y sacaron a Rodrigo. Él salió sin oponer resistencia y se dejó arrodillar en el pasto con las manos esposadas al frente.

Lo que las oficiales no sabían era que en el caos del humo, cuando Mónica había intentado girarse hacia él, Rodrigo le había sacado las llaves de las esposas del cinturón con un movimiento que ella nunca registró.

—¿Qué nos diste? —preguntó Valeria, apuntándole con el arma. La mano le temblaba. No era miedo.

—Nada peligroso —dijo Rodrigo, mirándola desde abajo con una calma que irritaba—. Solo un compuesto que elimina los filtros. Lo que sienten ahora es exactamente lo que sienten, sin capas encima. Sin uniforme. Sin jerarquía. Sin la obligación de fingir que no sienten nada.

—Cierra la boca —dijo Mónica. Pero no apuntó.

Rodrigo las observó en silencio. El aroma rosáceo del compuesto se estaba pegando a sus uniformes como un perfume invisible. Las pupilas de ambas estaban dilatadas. Sus respiraciones eran cortas y más rápidas de lo normal.

—Bajen las armas —dijo él, con una voz que había descendido de tono—. No las necesitan acá.

Fue Mónica la primera en soltar la pistola. El metal golpeó el pasto con un sonido sordo. Valeria la miró horrorizada, y en esa mirada ya había algo que no era solo horror: era reconocimiento. Soltó la suya también.

Rodrigo se quitó las esposas tranquilamente y se puso de pie frente a ellas.

***

El calor que el compuesto generaba no distinguía entre una y otra. A Mónica, que era morena y llevaba el cabello recogido con un nudo apretado, le llegó primero a la nuca. A Valeria, rubia y de piel clara, le llegó al pecho, un hormigueo insistente que empujaba hacia afuera.

Se miraron. Fue Mónica la que se movió primero.

La tomó de la cara con las dos manos y la besó. No fue suave ni calculado: fue urgente, casi torpe, como si los cuerpos fueran más rápidos que las decisiones. Valeria tardó un segundo en responder, pero cuando lo hizo fue sin reservas: abrió los labios, dejó entrar a su compañera y correspondió con la misma desesperación. El beso era torpe al principio, sin coordinación, y después se volvió profundo y sostenido.

Rodrigo se apoyó en el capó del patrullero y los observó sin apurarse.

Las manos de Mónica encontraron los botones del uniforme de Valeria. El sonido de los cierres tácticos soltándose se fue mezclando con el de los pájaros y el agua quieta de la laguna. Los cinturones cayeron al pasto. Los chalecos, después. Valeria le ayudó a Mónica con el suyo, y las dos quedaron en ropa interior, con las pieles expuestas al sol de la tarde, jadeando contra la carrocería del patrullero.

—Así —dijo Rodrigo, en voz baja.

Mónica bajó la boca por el cuello de Valeria, por la clavícula, por el borde del corpiño negro que le contenía el pecho. Valeria arqueó la espalda contra el metal caliente del auto, con los ojos cerrados y la respiración ya sin ningún control. Sus manos buscaron a Mónica instintivamente, recorriéndole la espalda, apretando la cintura contra ella.

Rodrigo se acercó. Le puso las manos a Mónica en las caderas desde atrás y la atrajo hacia sí. Ella se giró y lo besó antes de que él terminara el movimiento: lo tomó de la camisa del overol con los dedos y lo atrajo con una fuerza que a él le resultó más placentera que cualquier cosa que hubiera anticipado.

Con Valeria inclinada sobre el capó esperando, Rodrigo le desabrochó el cinturón a Mónica con una sola mano mientras la besaba. El material táctico del pantalón cayó al pasto. Le bajó el corpiño blanco despacio, como si quisiera que el aire del bosque llegara a esa piel morena antes que sus manos.

***

Lo que siguió duró más de una hora y no respetó ningún orden preestablecido.

Rodrigo los llevó por donde quiso, pero sin tener que forzar nada: el compuesto hacía que cada indicación suya sonara como la única opción posible. Primero Valeria, de pie contra el capó con las piernas abiertas y los dedos de Mónica trabajando en su interior. Después Mónica, arrodillada en el pasto con la boca en Rodrigo mientras Valeria la sostenía del cabello desde atrás, incapaz de alejarse de la escena.

Luego los tres juntos, de una manera que ninguno podría haber descrito con exactitud pero que resultó perfecta de todas formas.

Rodrigo penetró a Mónica desde atrás con un movimiento lento y deliberado que la hizo soltar un gemido largo contra la piel de Valeria, que estaba tendida boca arriba sobre el capó caliente. El ritmo que construyeron fue irregular al principio y después se asentó en algo más sostenido, casi mecánico, que hacía que el patrullero crujiera con cada empuje. Valeria, con los ojos entreabiertos y la espalda arqueada, sostenía a Mónica por los hombros mientras ella la lamía con una dedicación que no tenía nada de fingido.

Rodrigo no necesitaba imponerse con la voz para sentir que tenía el control. Lo tenía en los detalles: en cómo tomaba a una por el cabello para cambiar el ángulo, en cómo deslizaba la mano libre por el costado de la otra para indicarle sin palabras que se girara, que esperara, que siguiera. Las dos oficiales obedecían con una fluidez que el compuesto facilitaba, pero que también era real: el deseo detrás del gas era genuino, solo estaba desinhibido.

Hubo un momento en que Rodrigo cambió la posición. Sacó a Mónica del capó y la hizo sentarse sobre el pasto, con la espalda apoyada contra la rueda del patrullero. Se paró frente a ella y Mónica lo recibió en la boca sin que tuviera que pedirlo, con Valeria arrodillada a su lado, sus manos en la cadera de Rodrigo, guiando el ritmo. Las dos bocas se alternaban y a veces se encontraban, y el sonido de esa escena en el silencio del bosque resultó más obsceno que cualquier cosa que Rodrigo hubiera planeado en el laboratorio.

Valeria tocaba a Mónica mientras hacía esto: le recorría la espalda con las uñas, le apretaba los pechos morenos, la rozaba en el lugar exacto que la hacía temblar. Mónica respondía con un gemido contra el cuerpo de Rodrigo que le vibraba en el pecho como una descarga eléctrica.

Rodrigo las obligó a intercambiar el lugar. Penetró a Valeria mientras Mónica la besaba en la boca, con sus cuerpos entrelazados sobre el capó. La piel blanca de Valeria contrastaba con las manos morenas de Mónica, que la recorría sin detenerse, y con las manos de Rodrigo, que apretaban las caderas de ambas por turnos como si quisiera dejar una marca física del dominio que el gas le había dado.

El aire del claro estaba cargado del aroma dulzón del compuesto, mezclado con tierra húmeda y el olor de tres cuerpos en tensión. Los pájaros habían enmudecido. La laguna reflejaba el cielo sin moverse.

Cuando Rodrigo llegó al límite, terminó sobre ambas: sobre el cabello rubio de Valeria, sobre los pechos morenos de Mónica. Se dejó caer hacia atrás sobre el capó, jadeando, con los ojos cerrados y la convicción de que el mundo le pertenecía.

***

La primera en recuperarse fue Mónica.

No fue dramático. Fue un parpadeo, una respiración más profunda que las anteriores, y de repente el mundo volvió a tener contornos claros. Vio a Rodrigo tumbado en el pasto con la sonrisa de suficiencia de alguien que cree haber ganado. Vio a Valeria a su lado, empezando a salir del trance. Vio su uniforme tirado a tres metros. Sus armas a cinco. El patrullero con las puertas abiertas.

Tanteó el suelo sin hacer ruido. Sus dedos encontraron una piedra del tamaño de su puño, afilada en un borde. Se levantó despacio, se acercó a Rodrigo y le descargó el golpe en la sien.

El sonido fue seco y definitivo. Rodrigo se desplomó hacia un lado sin decir nada.

—Valeria —dijo Mónica, con una voz que volvía a ser la suya—. Levantate. Ahora.

Valeria parpadeó, miró a su alrededor y se sentó en el pasto. El horror llegó despacio, en capas. Miró su propio cuerpo, miró a Rodrigo inconsciente en el suelo, miró a Mónica que ya buscaba las esposas entre el equipo tirado.

—¿Qué nos...? —empezó.

—Ese dispositivo nos drogó —dijo Mónica con una frialdad que era pura supervivencia—. No fuimos nosotras. Fue el gas. Pero nadie puede saber esto. ¿Entendiste?

Valeria asintió. No necesitó más explicación.

Se vistieron en silencio, con movimientos rápidos y mecánicos. Limpiaron lo que pudieron con las camisas del uniforme. Arrastraron a Rodrigo hacia el patrullero, lo vistieron a medias y le cerraron las esposas con una presión que cortaba la circulación. Valeria encontró las llaves del auto entre el pasto y arrancó el motor a los tres intentos. Mónica llamó por radio.

Cuando las sirenas del segundo patrullero aparecieron entre los árboles con las luces azules y rojas girando, las dos oficiales estaban de pie junto al auto, con los uniformes ajustados y las caras en orden.

—¿Qué pasó? —gritó Ramiro desde la ventanilla—. Perdimos la señal y el rastro del primer móvil.

—Villalba tenía un dispositivo escondido —dijo Valeria, con una calma que ella misma no terminaba de entender—. Gas lacrimógeno. El auto se desvió un momento pero lo controlamos. Intentó bajarse del patrullero en movimiento y tuvo que recibir un golpe. Está vivo y esposado.

Ernesto miró a Rodrigo inconsciente en el asiento trasero, con un corte fino en la sien. Miró a las dos oficiales: los uniformes algo arrugados, las caras sonrojadas. Eso podía explicarse de muchas maneras.

—¿Están bien? —preguntó.

—Perfectamente —dijo Mónica.

***

La entrega en Los Pinos se hizo en quince minutos. Las autoridades recibieron al detenido en camilla, revisaron los formularios y no preguntaron por el golpe en la sien: en ese recinto los presos llegaban lastimados con frecuencia suficiente como para que nadie levantara la vista del papeleo.

En el camino de vuelta, Rodrigo recuperó el conocimiento y decidió intentar una última jugada.

—Qué bien la pasamos, ¿eh? —murmuró desde el asiento trasero, con la voz todavía pastosa—. Les dije que la íbamos a pasar bien...

—Una palabra más —dijo Mónica sin mirarlo, con una voz sin temperatura—, y en el acta figura que intentaste fugarte. En estas rutas, eso tiene consecuencias que no te van a gustar. ¿Quedó claro?

Rodrigo no dijo nada más.

De vuelta en la Jefatura, el comisario Medina las recibió con un apretón de manos y una sonrisa satisfecha. Les dijo que había sido un operativo limpio, que sus nombres iban a quedar en el registro como ejemplo, que tenían el resto del día libre.

Valeria y Mónica salieron juntas al estacionamiento. Afuera, el sol ya había bajado detrás de los edificios. Se quedaron un momento paradas junto al patrullero, sin hablar.

—¿Estás bien? —preguntó Valeria al final.

Mónica tardó en contestar.

—Voy a estar bien —dijo—. Con el tiempo.

Subieron al auto y arrancaron. La laguna quedaba a cuarenta kilómetros de allí, en silencio, entre los pinos, guardando lo que ninguna de las dos nombraría jamás.

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Comentarios (8)

DiegoSR92

que relato!!! me dejo sin palabras

MarcoNoche

La premisa del gas me engancho desde el primer parrafo, muy bien construido el ambiente. Se siente tenso desde el principio.

Karla_noche

No puede terminar asi, necesito la segunda parte urgente

SaraV77

jajaja lo del uniforme como trampa me parecio un giro que no me esperaba

LuisMex

Los relatos con juegos de poder son los que mas me gustan. Este no defrauda.

CuriosaLectora

Lo lei dos veces. Raro pero muy bueno, no???

PatricioK

tremendo!!! sigan escribiendo asi por favor

Romina_84

Se me hizo cortisimo, esperaba mas. Ojalá haya continuacion. Saludos!

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