La casa de la playa donde nos turnamos de a uno
Me despertó su boca alrededor de mi verga y supe que el segundo día en la casa de la playa iba a ser todavía más largo que el primero.
Me despertó su boca alrededor de mi verga y supe que el segundo día en la casa de la playa iba a ser todavía más largo que el primero.
Cuando Renata bajó descalza a la cocina al amanecer, no imaginó que su marido la observaría desde la puerta, ni que esa mañana lo cambiaría todo entre ellos cuatro.
Salí del baño envuelta solo en una toalla y crucé el salón despacio, sabiendo que las miradas de los dos hombres me seguirían hasta el dormitorio.
Volví al chalet pensando que todo había terminado, y me encontré la piscina llena de cuerpos, vasos por el suelo y a la pantera esperándome en el agua con una sonrisa que lo decía todo.
Bajé a la cocina prácticamente desnuda, con tres desconocidos arrodillados en mi salón y mi pareja al otro lado de la pared. Lo que no sabía era que él lo estaba grabando todo.
Le dijo a su marido que dormiría en casa de unas amigas. En realidad estaba desnuda en la caja de un camión, escuchando cómo afuera se formaba la fila.
Adrián nos pidió un favor por teléfono, pero la verdadera sorpresa empezó en nuestra habitación de hotel, mucho antes de la cena que tenía preparada para los seis.
Estábamos solos en la playa hasta que un hombre se detuvo en la orilla a mirarnos. Y en lugar de cubrirnos, decidimos darle algo que mirar.
Le elegí yo el vestido: blanco, ajustado y sin nada debajo. Quería que fuera la más deseada de la cena, y todavía no imaginaba hasta dónde nos llevaría esa noche.
Llevábamos meses con nuestro juego secreto, pero cuando Bruno cerró la puerta del hotel y Tomás se sentó a mirar, entendí que esa noche ya no había marcha atrás.
Mi mujer siempre cortaba la fantasía cuando se ponía seria. Esta vez, cuando le confesé lo que había reservado, se mordió el labio y me preguntó: ¿y si no se conforman con mirar?
Llevábamos veinte años casados y jamás habíamos hecho algo así. Pero esa noche, en el hotel solo para adultos, mi mujer me miró fijo y empezó a quitarse la ropa.
Lucía volvió de su clase con el nombre de otra pareja anotado en el móvil. Esa noche supimos que el sábado dejaría de ser un sábado cualquiera.
Cuando el cerrojo de la tienda giró, supe que ya no había vuelta atrás: estábamos los tres solos y mi marido me miraba con esa sonrisa cómplice.
Cuando su número apareció en la pantalla del celular, supe que la noche terminaría con los tres enredados en el sillón. Y mi esposa también lo sabía.
Cuando Lucía se mudó a nuestro piso, los dos hermanos la deseamos. Nunca imaginé que años después sería ella quien pediría que Bruno se metiera en nuestra cama.
Tenía una cita secreta con mi amante de aquella fiesta en la azotea. Lo que no esperaba era que la otra apareciera tras la roca, dispuesta a no quedarse mirando.
Escribió diciendo que quería ser mi modelo, mi musa. No imaginaba que esa tarde aprendería que el deseo y la cámara son la misma cosa.
Eran las cuatro de la madrugada, la carretera cortada por la nieve y yo llorando en una gasolinera. Entonces una voz grave me preguntó qué me pasaba.
A las tres de la madrugada vi a una mujer enmascarada forzar la puerta de mis vecinos. Cuando la luz le dio en la cara, reconocí a la justiciera más temida de la ciudad.