Trío con mi profesora y una compañera
Cuando tiré las bandejas al suelo, la puerta se abrió y todo lo que habíamos planeado se convirtió en una tarde mucho más sucia de lo esperado.
Cuando tiré las bandejas al suelo, la puerta se abrió y todo lo que habíamos planeado se convirtió en una tarde mucho más sucia de lo esperado.
La empujé contra la pared del baño del gimnasio sin decirle que la rubia del guiño era mi mujer, y que nos esperaba en casa para seguir.
Ella me apretó la mano bajo la mesa cuando él volvió a rozarle el muslo, y supe que esa noche no íbamos a dormir solos.
Cuando mi esposa vio la polla de aquel hombre, su cara cambió; en ese instante supe que nuestra fantasía ya no tenía vuelta atrás.
Cuando dijo que había estado con dos hombres a la vez, dejamos de jugar y le exigimos que contara cada detalle sin saltarse nada.
Tenía sesenta y dos años, una sonrisa descarada y dos cervezas en la nevera. Yo solo había ido a ordenarle los canales de la tele.
Aburrida en casa, acepté tomar algo con él. No conté con que esa cerveza terminaría conmigo de rodillas y, después, en su habitación de hotel.
Cuando el inversor pidió una hora a solas con ella, su jefe ni parpadeó. Sonrió, levantó la copa y respondió: «Hecho. Pero yo participo».
Lo oía cada noche al otro lado de la pared y me imaginaba en el lugar de mi madre, con ese hombre que me devoraba con la mirada cuando creía que nadie lo veía.
Él hablaba de ella con un orgullo extraño, como quien enseña algo que quiere que le envidien. Tardé media tarde en entender qué buscaba realmente ese hombre.
Cuando se quitó el pantalón en el probador, ella tuvo que apartarse de la cortina para que no la oyera contener el aliento.
Esperaba mi turno en la cafetería cuando ella me miró sin prisa, como quien ya ha tomado una decisión y solo espera a que el otro se dé cuenta.
Tenía edad para ser su madre, pero él me miró como se mira a una mujer que uno quiere desnudar despacio. Y yo no hice nada por corregir el malentendido.
Desde la oscuridad los miraba a través del cerco de plantas. Él era pequeño y callado, pero lo que ocultaba bajo el pantalón me quitó el aliento esa noche.
Caminaba por el pasillo alfombrado con el corazón desbocado: al otro lado de esa puerta la esperaba el hombre que llevaba media vida imaginando.
Mi marido dormía la siesta mientras yo caminaba por la arena buscando a los tres hombres que llevaba dos días imaginando. No pensaba volver sin ellos.
Llegué con un vestido negro y la idea de pasar un rato fácil. A las tres de la mañana ya no contaba las botellas ni las manos que me recorrían la espalda.
Apenas puse un pie en la escalera, unas manos me agarraron las caderas por detrás. Ese día, el placer empezaba antes incluso del café.
Tomé la pastilla azul antes de salir del vestuario porque sabía lo que venía. Lo que no sabía era hasta dónde íbamos a llegar Romina y yo esa noche.
Creí que sería un día de mar entre amigos. No conté con el chico de cubierta que no me quitaba los ojos de encima, ni con todo lo que vino después.