Damián me convirtió en la profesora de su fantasía
El mensaje llegó la noche anterior: a las diez en punto, vestida de profesora. Cuando abrí la puerta, supe que esa mañana de febrero iba a marcarme para siempre.
El mensaje llegó la noche anterior: a las diez en punto, vestida de profesora. Cuando abrí la puerta, supe que esa mañana de febrero iba a marcarme para siempre.
Quince años de confianza construida poco a poco. Y una noche de verano en la piscina para descubrir que ya no podíamos llamar a eso solo amistad.
Eran las once cuando empezó a sonar el móvil. Su voz al otro lado, mis dedos sobre el teclado y una pantalla como única barrera entre las dos.
Cuando ella entró desnuda al agua caliente y me miró sin pudor, supe que esa noche en Tokio no tenía nada que ver con la reunión del día siguiente.
Llegó con su mochila al hombro y se encerró en el baño. Cuando salió, la sonrisa ya prometía que esa noche iba a desordenarme la vida entera.
Entró al cuarto, vio el lazo de regalo atado a esa polla negra que salía del agujero, y me miró como si no supiera si besarme o denunciarme.
Pensé que era una excursionista cualquiera hasta que se quitó la gorra y reconocí, debajo de los siete años, a la chica que abandoné en una cama desordenada.
Lo llamaban la Bestia. Cuando aparcó su camión frente a la venta aquella tarde, nadie sospechaba lo que iba a ocurrir esa semana.
Subí las escaleras con un seis pelado en la mano y la rabia en la garganta. No sabía que aquella tarde, en su despacho, iba a aprender lo que ningún chico de mi edad me había enseñado.
La brisa nocturna, dos porros encendidos y la certeza de que todos dormían. Solo faltaba que uno dijera en voz alta lo que ambos pensábamos.