Reencontré en la cumbre a la chica que desvirgué
Pensé que era una excursionista cualquiera hasta que se quitó la gorra y reconocí, debajo de los siete años, a la chica que abandoné en una cama desordenada.
Pensé que era una excursionista cualquiera hasta que se quitó la gorra y reconocí, debajo de los siete años, a la chica que abandoné en una cama desordenada.
Lo llamaban la Bestia. Cuando aparcó su camión frente a la venta aquella tarde, nadie sospechaba lo que iba a ocurrir esa semana.
Subí las escaleras con un seis pelado en la mano y la rabia en la garganta. No sabía que aquella tarde, en su despacho, iba a aprender lo que ningún chico de mi edad me había enseñado.
La brisa nocturna, dos porros encendidos y la certeza de que todos dormían. Solo faltaba que uno dijera en voz alta lo que ambos pensábamos.