Lo que imagino cuando mi marido se va de viaje
Nunca se lo dije a nadie, pero apenas él cierra la puerta para irse, hay un nombre y un cuerpo que ocupan toda mi imaginación.
Nunca se lo dije a nadie, pero apenas él cierra la puerta para irse, hay un nombre y un cuerpo que ocupan toda mi imaginación.
Lo había odiado durante años, pero al verlo sentado en aquel café lo único que sintió fue calor entre las piernas y unas ganas que creía enterradas para siempre.
Esa mañana solo quería una ducha tranquila. No imaginaba que alguien entraría detrás de mí, ni que del otro lado de la puerta había una testigo que no pensaba irse.
Nunca le vi el rostro. Solo su espalda morena respirando entrecortada mientras mis manos bajaban más de lo que un masajista debería atreverse.
Salí del gimnasio con la misma ropa de siempre y todas las miradas encima. Esa noche entendí que ya no quería esconder cuánto me excitaba que me desearan.
Prometí que solo contaría cosas reales, así que les cuento cómo mi mamá descubrió a mi novio mayor… y cómo, sin querer, terminé descubriendo a qué se dedicaba ella de verdad.
Nunca te prometí más de lo que te di, y quizás por eso volviste. Esta es la historia de la mujer a la que jamás llegué a conocer del todo.
«Tú entras con la cara tapada y le das placer delante de él», me dijo como si fuera lo más normal del mundo. Y yo, en lugar de negarme, ya estaba imaginándolo.
Bastó una mentira para que mi padre dejara de mirarnos con rabia. Mi hermana lo supo antes que yo, y me hizo una señal con la cabeza para que siguiera.
Caminé descalza por el pasillo creyendo que encontraría una película. Lo que vi detrás de esa puerta entreabierta lo cambió todo entre nosotros tres.
Esa primera semana bajo su techo lo cambió todo: un abrazo demasiado largo, una copa de más y la certeza de que ella sentía lo mismo que yo callaba.
Tres días con el mismo traje, derrumbado en el sillón. Yo era la única mujer de la casa ahora, y decidí que la vida seguía aunque tuviera que empezar desnudándolo.
Llamó a mi puerta desesperada: a su marido lo habían detenido. Accedí a ir, pero con una sola condición, y ella no estaba en posición de negarse a nada.
Veintiocho años de matrimonio tranquilo, y bastó una foto a escondidas para que Carmen no pudiera quitarse de la cabeza lo que escondía su hermano pequeño.
«No llevo nada debajo», le dijo al oído y siguió de largo hacia sus compañeros, dejándolo clavado en la puerta sin saber cómo iba a aguantar la noche.
Solo quería que me diera un poco de su helado. Lo que pasó después, sobre el sofá y luego en el suelo, todavía me hace sonreír cada vez que abro el congelador.
Me dijo que cerrara los ojos y confiara en él. Lo hice. Lo que vino después fue la fantasía que nunca me había atrevido a pedir en voz alta.
Camila y yo aceptamos la invitación sin imaginar que detrás de esa puerta vivía una familia donde todos compartían bastante más que la mesa del comedor.
La puerta del baño estaba entreabierta, salía vapor, y ella no se cubrió. Me sostuvo la mirada como si toda la escena la hubiera planeado para mí.
Me desperté con una sola idea fija entre las piernas y un nombre en la boca. Esa mañana Pamplona entera me olía a sexo, y yo solo quería encontrarla a ella.