La duda que me llevó al sex shop
Le dije que volvía a casa, pero di la vuelta con el coche antes de salir del aparcamiento y fui directa a cumplir todo lo que llevábamos semanas calentando.
Le dije que volvía a casa, pero di la vuelta con el coche antes de salir del aparcamiento y fui directa a cumplir todo lo que llevábamos semanas calentando.
Entré a cortarme el pelo antes del permiso y salí sabiendo quién me la chupaba, quién me abría el culo y con quién acabaría en un coche.
Creí que la noche acabaría en nuestra terraza, pero él ya había decidido hasta dónde iba a llevar mi obediencia.
Apenas cerramos la puerta, dejó caer el bolso, me miró con hambre y entendí que ya no había vuelta atrás.
Acepté entrar vendada y de rodillas, pero no estaba preparada para descubrir cuánto asco, miedo y excitación podían mezclarse en una sola noche.
Cerré los ojos para relajarme, pero cuando sus manos bajaron por mi espalda supe que esa noche no iba a terminar durmiendo.
Llevaba meses preparándome el mismo almuerzo sin que yo entendiera el mensaje. Esa tarde llegué a casa decidido a contestarle como ella esperaba.
«Quiero oír la voz de mi amo», me escribió a las tres de la madrugada. No sabía que meses después estaría de rodillas en el asiento de mi coche.
Marina no había dormido de la emoción. Lo que ninguna de las tres imaginaba era que aquella cala escondida iba a desnudarnos mucho más que la ropa.
Llevaba semanas viéndola en el semáforo, con ese short de mezclilla y esa sonrisa cansada. Esa tarde me atreví a hablarle, sin imaginar hasta dónde llegaríamos los dos.
Salimos casi sin despedirnos. En el auto, con la rabia todavía ardiéndome por dentro, decidí recordarle a quién pertenecía esa noche.
Fui a su casa para que dejara en paz a mi pareja. Salí de allí sabiendo que volvería el domingo siguiente, y el otro, y todos los que vinieran.
Nunca se lo dije a nadie, pero apenas él cierra la puerta para irse, hay un nombre y un cuerpo que ocupan toda mi imaginación.
Lo había odiado durante años, pero al verlo sentado en aquel café lo único que sintió fue calor entre las piernas y unas ganas que creía enterradas para siempre.
Esa mañana solo quería una ducha tranquila. No imaginaba que alguien entraría detrás de mí, ni que del otro lado de la puerta había una testigo que no pensaba irse.
Nunca le vi el rostro. Solo su espalda morena respirando entrecortada mientras mis manos bajaban más de lo que un masajista debería atreverse.
Salí del gimnasio con la misma ropa de siempre y todas las miradas encima. Esa noche entendí que ya no quería esconder cuánto me excitaba que me desearan.
Prometí que solo contaría cosas reales, así que les cuento cómo mi mamá descubrió a mi novio mayor… y cómo, sin querer, terminé descubriendo a qué se dedicaba ella de verdad.
Nunca te prometí más de lo que te di, y quizás por eso volviste. Esta es la historia de la mujer a la que jamás llegué a conocer del todo.
«Tú entras con la cara tapada y le das placer delante de él», me dijo como si fuera lo más normal del mundo. Y yo, en lugar de negarme, ya estaba imaginándolo.