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Relatos Ardientes

Nunca conté lo que pasó en el yate esa noche

El sol había desaparecido tras los acantilados de Formentera hacía más de dos horas, pero el aire seguía tibio, cargado de sal y resina de pinos. Nuestro yate se mecía despacio en el centro de una cala sin nombre, rodeado de paredes de roca que formaban un anfiteatro natural sobre el agua negra. No había otra embarcación a la vista. Ni una luz en la costa. Solo las estrellas y el sonido del agua contra el casco.

Dentro, todos dormían. Lucía se había desplomado en el camarote principal después de tres botellas de rosado y una tarde que prefiero no detallar aquí. Marta y Paula habían acabado en la suite de invitados, enredadas como siempre que bebían demasiado. Diego y Jaime roncaban en la cubierta de popa, tapados con una toalla que no tapaba nada. El capitán Sergio dormía en su cabina. Claudia, la camarera, se había acurrucado en uno de los sofás de abajo.

Yo llevaba un rato sentado en la proa, solo con un bañador negro y los restos de un porro que había liado más por costumbre que por necesidad. A los cuarenta y cuatro años, mi cuerpo todavía aguantaba bien: hombros anchos, brazos marcados, un par de décadas de natación y artes marciales grabadas en cada fibra. Los tatuajes me cubrían ambos brazos hasta el cuello y medio pecho. El pelo, que me llegaba por debajo de los hombros, se me había secado en mechones desordenados después del último baño.

No podía dormir. El cuerpo estaba relajado, saciado incluso, pero la cabeza me daba vueltas. La tarde había sido un desmadre de los buenos, de esos que solo ocurren cuando llevas tres días fondeado con gente que confía en ti y a la que no necesitas impresionar. Pero había algo que me rondaba y que no tenía que ver con ninguna de las mujeres que habían pasado por mi cama esa tarde.

Oí pasos descalzos sobre la teca. No me giré. Sabía quién era.

Nico apareció por el lateral de la cabina, con un porro encendido entre los dedos y ese andar pausado que tenía cuando no había nadie mirando. Veinticinco años, metro setenta y ocho, el cuerpo esculpido de quien vive en un gimnasio y come limpio. Abdomen plano y definido, pectorales duros, la piel tostada después de un verano entero trabajando en cubierta. Llevaba un bañador gris claro que le caía bajo en las caderas, y el pelo castaño revuelto de la siesta.

—No soy el único insomne —dijo con esa voz ronca que ponía cuando bajaba el volumen.

—Después de un día así, el cuerpo se apaga pero la cabeza no —respondí, haciéndole sitio en la tumbona de al lado—. Siéntate. Sobra espacio.

Se sentó lo bastante cerca como para que nuestros hombros casi se tocaran. Dio una calada larga y soltó el humo hacia arriba, trazando una línea blanca contra el cielo negro. Olía a hierba buena y a protector solar viejo.

—Ha sido una tarde de locos —dijo sin mirarme, con los ojos fijos en las estrellas—. No me la quito de la cabeza.

—¿Qué parte exactamente?

Se tomó un momento antes de contestar. Le vi pasar la lengua por el labio inferior, ese gesto que hacía cuando estaba pensando si decir algo o callarse. Decidió no callarse.

—La parte en la que tú tenías a Lucía contra la barandilla, agarrándola del pelo mientras Paula te lamía la espalda desde atrás. Los tatuajes brillándote de sudor, los músculos tensos, esa forma que tienes de moverte como si cada embestida fuera la última. No podía dejar de mirarte.

Giré la cabeza hacia él. Sus ojos seguían clavados en el cielo, pero la respiración le había cambiado. Más corta. Más consciente.

—¿Y eso te gustó? —pregunté sin inflexión, como quien pregunta por el tiempo.

—Me puso cachondo —dijo, esta vez mirándome—. No sé si debería decirlo, pero me puso más cachondo que todo lo que hice yo con las chicas. Hay algo en cómo follas, Adrián. No es solo fuerza. Es control. Es como si supieras exactamente cuándo apretar y cuándo soltar.

Así que esto era. Llevaba toda la tarde sintiéndolo, esa tensión particular entre dos hombres que se desean y no lo dicen. Lo había notado en cómo Nico me miraba cuando creía que yo no estaba pendiente. En cómo se colocaba siempre dentro de mi campo de visión. En cómo, durante la orgía de la tarde, sus ojos volvían a mí una y otra vez, incluso cuando tenía a Claudia desnuda encima.

Le pasé mi porro. Nuestros dedos se rozaron y ninguno de los dos retiró la mano.

—Tú tampoco estuviste mal —dije, reclinándome un poco más, dejando que el bañador se me ajustara con lo que empezaba a crecer debajo—. Te vi con Claudia, cómo la agarrabas de las caderas mientras el capitán la tenía por delante. Tienes buen ritmo, chaval. Y un cuerpo que sabe moverse.

Nico dio una calada y sonrió de lado, esa sonrisa torcida que le daba un aire de crío travieso metido en cuerpo de hombre.

—¿Me estabas mirando?

—No te quitaba ojo.

El silencio que siguió pesaba. No era incómodo. Era denso, cargado, como el aire antes de una tormenta eléctrica. Podía oír su respiración, el crujido de la tumbona cuando se movió unos centímetros más cerca, el roce de su muslo contra el mío. Piel caliente contra piel caliente.

—Esta noche no hay jefes ni empleados —dije, girándome hacia él—. Solo dos tíos fumando en una cala desierta mientras todos duermen. Dime lo que estás pensando de verdad.

Nico apagó el porro contra el reposabrazos de la tumbona y me miró con una franqueza que no le había visto antes. Se le habían dilatado las pupilas. Cuando habló, la voz le salió más grave, más lenta.

—Estoy pensando en cómo sería arrodillarme entre tus piernas ahora mismo. Bajarte el bañador y sentir el peso de tu polla en mi mano. En mi boca. Quiero saber a qué sabe un hombre como tú, Adrián. Llevo todo el día dándole vueltas y estoy harto de disimular.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Sentí la sangre bajar, la erección creciendo despacio contra la tela fina del bañador. No me molesté en disimularlo. A esas alturas, disimular habría sido insultante para los dos.

—Ven aquí —dije.

No necesitó que se lo repitiera. Se levantó de la tumbona y se arrodilló entre mis piernas con una naturalidad que me sorprendió. Como si llevara ensayándolo toda la tarde. Me puso las manos en los muslos y las deslizó hacia arriba, despacio, recorriendo los tatuajes con las yemas de los dedos. Cuando llegó al borde del bañador, levantó la vista.

—¿Seguro?

—Seguro.

Me bajó el bañador con cuidado, liberando mi erección en el aire nocturno. El contraste entre la brisa fresca y el calor de su aliento cuando se acercó me arrancó un escalofrío. Nico no fue directo. Primero la recorrió con los dedos, aprendiéndola, midiendo el grosor con la mano. Después la besó en la punta, apenas un roce de labios, y me miró desde abajo con una expresión que mezclaba hambre y algo parecido a la devoción.

Cuando se la metió en la boca, cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás. Su lengua era cálida y precisa, y se movía con una seguridad que desmentía cualquier supuesta inexperiencia. Empezó despacio, tomándose su tiempo, hundiendo la boca poco a poco hasta donde podía y volviendo a subir con una succión lenta que me tensaba los abdominales.

Le puse la mano en la nuca, sin empujar, solo para que supiera que estaba ahí. Él respondió acelerando el ritmo, usando la mano en lo que la boca no alcanzaba, alternando succiones largas con lengüetazos cortos en la punta que me hacían apretar los dientes.

—Joder, Nico —murmuré—. Lo haces como si llevaras pensándolo mucho tiempo.

Se apartó un segundo, los labios húmedos y enrojecidos, un hilo de saliva brillando entre su boca y mi polla.

—Desde que te vi el primer día en el puerto —dijo, y volvió a metérsela antes de que pudiera responder.

El ritmo se intensificó. Sus manos me agarraban de las caderas, clavándome los dedos, mientras su cabeza subía y bajaba con una cadencia que iba acelerándose. Yo le sujeté del pelo, enredando los mechones castaños entre mis dedos, guiándolo sin forzar. Él gemía con la boca llena, y la vibración de cada gemido me recorría entero.

En algún momento bajé la vista y lo vi sacándose la polla del bañador, acariciándosela con la mano libre a un ritmo que intentaba sincronizar con el de su boca. Esa imagen —Nico de rodillas entre mis piernas, desnudo bajo las estrellas, con mi polla en la boca y la suya en la mano— fue lo que me empujó al borde.

—Para —le dije, tirándole suavemente del pelo hacia atrás—. Para o me corro.

Se apartó jadeando, con los ojos brillantes y los labios hinchados. Me miró como esperando instrucciones, y en ese gesto encontré algo que no esperaba: confianza absoluta. Se estaba entregando sin reservas, y eso me excitaba más que cualquier técnica.

—Date la vuelta —dije—. Apóyate en la barandilla.

Se levantó y caminó los tres pasos hasta la barandilla de proa. La luna había salido por detrás de los acantilados y le iluminaba la espalda, los omóplatos marcados, la curva de la cintura bajando hasta las caderas estrechas. Se bajó el bañador y lo dejó caer al suelo de teca. Se apoyó en la barandilla con los brazos extendidos y giró la cabeza para mirarme por encima del hombro.

—No tengas cuidado —dijo.

Me acerqué por detrás y le pasé las manos por las caderas, subiendo por los costados, recorriendo cada músculo de su espalda hasta los hombros. Le besé la nuca y bajé por la columna, mordiendo suavemente cada vértebra. Él se arqueó contra mí, empujando su culo contra mi erección, y el contacto directo, piel contra piel, nos arrancó un gemido a los dos.

Lo preparé con los dedos, despacio, atento a cada reacción de su cuerpo. Nico apretaba la barandilla y respiraba por la boca, con esos jadeos cortos que salían cada vez que yo llegaba más profundo. Cuando le pregunté si estaba listo, no contestó con palabras. Empujó las caderas hacia atrás y eso fue respuesta suficiente.

Lo que vino después no fue delicado ni ceremonioso. Fue urgente, tosco a ratos, con ese ritmo irregular de dos cuerpos que se encuentran por primera vez y no quieren perder ni un segundo. Nico apretaba la barandilla con los nudillos blancos mientras yo lo sujetaba de las caderas y encontraba la profundidad que lo hacía temblar. El yate se mecía con nuestro movimiento, o quizás era el mar el que marcaba el tempo y nosotros simplemente lo seguíamos.

En algún momento empezó a repetir mi nombre como si fuera lo único que recordaba. Adrián. Adrián. Cada vez más bajo, más roto, más cerca del final. Yo le rodeé el pecho con un brazo, pegándolo contra mí, y le mordí el hombro cuando sentí que ya no podía contenerme más.

Nos corrimos con menos de un minuto de diferencia, él primero, derramándose contra la barandilla con un espasmo largo que le recorrió todo el cuerpo, y yo después, dentro de él, con la frente apoyada en su nuca y el corazón golpeándome las costillas.

***

Nos quedamos un rato así, respirando, sin movernos. El aire de la noche nos fue enfriando la piel mientras la adrenalina bajaba. Cuando por fin nos separamos, Nico se giró y se apoyó de espaldas contra la barandilla. Me miró con una media sonrisa agotada.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora nada —respondí, buscando el segundo porro que habíamos dejado en la tumbona—. Fumamos otro, miramos las estrellas, y mañana cada uno en su puesto.

—¿Y esto?

—Esto se queda aquí. En esta cala, en esta noche. Un secreto entre tú y yo.

Nico asintió despacio, cogió el porro que le ofrecí y le dio una calada larga. Los dos nos sentamos en el suelo de la cubierta, con la espalda contra la barandilla y las piernas estiradas, mirando el cielo. Nuestros hombros se tocaban. Fumamos en silencio hasta que el horizonte empezó a clarear por el este.

Cuando bajé al camarote, Lucía seguía dormida en la misma posición. Me metí en la cama con cuidado, oliendo todavía a sal, a hierba y a la piel de Nico. Cerré los ojos y por primera vez en mucho tiempo me dormí con una sonrisa que no era para ella.

Han pasado tres meses. No hemos vuelto a hablar de aquella noche. Pero cada vez que Nico me sirve el café en la oficina, nuestras miradas se cruzan medio segundo más de lo necesario, y yo sé que los dos estamos pensando en lo mismo. En la proa del yate, las estrellas sobre Formentera, y esa línea que cruzamos juntos y que ninguno de los dos quiere descruzar.

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