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Relatos Ardientes

Nunca conté lo que pasó en el yate esa noche

4.1(47)

El sol había desaparecido tras los acantilados de Formentera hacía más de dos horas, pero el aire seguía tibio, cargado de sal y resina de pinos. Nuestro yate se mecía despacio en el centro de una cala sin nombre, rodeado de paredes de roca que formaban un anfiteatro natural sobre el agua negra. No había otra embarcación a la vista. Ni una luz en la costa. Solo las estrellas y el sonido del agua contra el casco.

Dentro, todos dormían. Lucía se había desplomado en el camarote principal después de tres botellas de rosado y una tarde que prefiero no detallar aquí. Marta y Paula habían acabado en la suite de invitados, enredadas como siempre que bebían demasiado. Diego y Jaime roncaban en la cubierta de popa, tapados con una toalla que no tapaba nada. El capitán Sergio dormía en su cabina. Claudia, la camarera, se había acurrucado en uno de los sofás de abajo.

Yo llevaba un rato sentado en la proa, solo con un bañador negro y los restos de un porro que había liado más por costumbre que por necesidad. A los cuarenta y cuatro años, mi cuerpo todavía aguantaba bien: hombros anchos, brazos marcados, un par de décadas de natación y artes marciales grabadas en cada fibra. Los tatuajes me cubrían ambos brazos hasta el cuello y medio pecho. El pelo, que me llegaba por debajo de los hombros, se me había secado en mechones desordenados después del último baño.

No podía dormir. El cuerpo estaba relajado, saciado incluso, pero la cabeza me daba vueltas. La tarde había sido un desmadre de los buenos, de esos que solo ocurren cuando llevas tres días fondeado con gente que confía en ti y a la que no necesitas impresionar. Había follado a Lucía contra la barandilla mientras Paula me lamía la espalda, después me había corrido en la boca de Claudia mientras Marta se restregaba contra mi pierna, y al final habíamos acabado los seis enredados en un revoltijo de bocas, coños y pollas que duró hasta que el sol empezó a pegar fuerte. Pero había algo que me rondaba y que no tenía que ver con ninguna de las mujeres que habían pasado por mi cama esa tarde.

Oí pasos descalzos sobre la teca. No me giré. Sabía quién era.

Nico apareció por el lateral de la cabina, con un porro encendido entre los dedos y ese andar pausado que tenía cuando no había nadie mirando. Veinticinco años, metro setenta y ocho, el cuerpo esculpido de quien vive en un gimnasio y come limpio. Abdomen plano y definido, pectorales duros, la piel tostada después de un verano entero trabajando en cubierta. Llevaba un bañador gris claro que le caía bajo en las caderas, marcándole el bulto sin disimulo, y el pelo castaño revuelto de la siesta.

—No soy el único insomne —dijo con esa voz ronca que ponía cuando bajaba el volumen.

—Después de un día así, el cuerpo se apaga pero la cabeza no —respondí, haciéndole sitio en la tumbona de al lado—. Siéntate. Sobra espacio.

Se sentó lo bastante cerca como para que nuestros hombros casi se tocaran. Dio una calada larga y soltó el humo hacia arriba, trazando una línea blanca contra el cielo negro. Olía a hierba buena y a protector solar viejo.

—Ha sido una tarde de locos —dijo sin mirarme, con los ojos fijos en las estrellas—. No me la quito de la cabeza.

—¿Qué parte exactamente?

Se tomó un momento antes de contestar. Le vi pasar la lengua por el labio inferior, ese gesto que hacía cuando estaba pensando si decir algo o callarse. Decidió no callarse.

—La parte en la que tenías a Lucía contra la barandilla, agarrándola del pelo y metiéndosela hasta el fondo mientras Paula te lamía el culo desde atrás. Los tatuajes brillándote de sudor, los músculos tensos, la polla entrando y saliendo de ella como si quisieras partirla en dos. No podía dejar de mirarte.

Giré la cabeza hacia él. Sus ojos seguían clavados en el cielo, pero la respiración le había cambiado. Más corta. Más consciente.

—¿Y eso te gustó? —pregunté sin inflexión, como quien pregunta por el tiempo.

—Se me puso durísima —dijo, esta vez mirándome—. No sé si debería decirlo, pero se me puso más dura que con todas las tías juntas. Hay algo en cómo follas, Adrián. No es solo fuerza. Es control. Es como si supieras exactamente cuándo apretar y cuándo soltar.

Así que esto era. Llevaba toda la tarde sintiéndolo, esa tensión particular entre dos hombres que se desean y no lo dicen. Lo había notado en cómo Nico me miraba cuando creía que yo no estaba pendiente. En cómo se colocaba siempre dentro de mi campo de visión. En cómo, durante la orgía de la tarde, sus ojos volvían a mí una y otra vez, incluso cuando tenía a Claudia desnuda encima, follándosela en cuatro patas.

Le pasé mi porro. Nuestros dedos se rozaron y ninguno de los dos retiró la mano.

—Tú tampoco estuviste mal —dije, reclinándome un poco más, dejando que el bañador se me ajustara con lo que empezaba a crecer debajo—. Te vi con Claudia, cómo la agarrabas de las caderas mientras el capitán se la metía en la boca. Te la follaste como si quisieras vaciarte entero dentro de ella. Tienes buen ritmo, chaval. Y una polla que sabe trabajar.

Nico dio una calada y sonrió de lado, esa sonrisa torcida que le daba un aire de crío travieso metido en cuerpo de hombre.

—¿Me estabas mirando?

—No te quitaba ojo. Sobre todo cuando le metiste la corrida hasta dentro y ella se puso a temblar.

El silencio que siguió pesaba. No era incómodo. Era denso, cargado, como el aire antes de una tormenta eléctrica. Podía oír su respiración, el crujido de la tumbona cuando se movió unos centímetros más cerca, el roce de su muslo contra el mío. Piel caliente contra piel caliente. Bajé la vista un segundo y le vi el bulto marcándose contra la tela gris, una mancha húmeda creciéndole en la punta.

—Esta noche no hay jefes ni empleados —dije, girándome hacia él—. Solo dos tíos fumando en una cala desierta mientras todos duermen. Dime lo que estás pensando de verdad.

Nico apagó el porro contra el reposabrazos de la tumbona y me miró con una franqueza que no le había visto antes. Se le habían dilatado las pupilas. Cuando habló, la voz le salió más grave, más lenta.

—Estoy pensando en cómo sería arrodillarme entre tus piernas ahora mismo. Bajarte el bañador y sacarte la polla. Sentir el peso de tu verga en la mano. En la boca. Quiero saber a qué sabe un hombre como tú, Adrián. Quiero chupártela hasta atragantarme. Llevo todo el día con la polla dura pensando en eso y estoy harto de disimular.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Sentí la sangre bajar de golpe, la polla creciéndome rápido contra la tela fina del bañador hasta que la punta asomó por encima del elástico. No me molesté en disimularlo. A esas alturas, disimular habría sido insultante para los dos.

—Ven aquí —dije.

No necesitó que se lo repitiera. Se levantó de la tumbona y se arrodilló entre mis piernas con una naturalidad que me sorprendió. Como si llevara ensayándolo toda la tarde. Me puso las manos en los muslos y las deslizó hacia arriba, despacio, recorriendo los tatuajes con las yemas de los dedos. Cuando llegó al borde del bañador, levantó la vista.

—¿Seguro?

—Sácamela.

Me bajó el bañador con cuidado y mi polla saltó hacia fuera, dura, palpitando, con una gota gruesa de presemen brillando en el glande. Nico se quedó un segundo mirándola, con la boca entreabierta, como midiéndola. Era gruesa, venosa, con el glande hinchado y oscuro por la sangre acumulada. Le vi tragar saliva.

—Joder —murmuró—. Es más grande de lo que parecía con el bañador.

—Pruébala.

Nico no fue directo. Primero la recorrió con los dedos, aprendiéndola, midiendo el grosor cerrando el puño alrededor del tronco. Después se inclinó y me lamió desde la base hasta la punta con la lengua plana, recogiendo la gota de presemen y saboreándola con los ojos cerrados. Me besó el glande, apenas un roce de labios, y me miró desde abajo con una expresión que mezclaba hambre y algo parecido a la devoción.

Después abrió la boca y se la tragó entera de un solo movimiento. Sentí cómo la punta le golpeaba el fondo de la garganta y cómo aguantaba ahí unos segundos antes de subir despacio, con los labios apretados contra el tronco, dejando un rastro de saliva caliente que goteaba hasta mis huevos. Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás. Su lengua era cálida y precisa, y se movía con una seguridad que desmentía cualquier supuesta inexperiencia.

—Hostia, Nico —gruñí—. La chupas como un puto profesional.

Él gimió con la boca llena y aceleró. Empezó a bombear con la cabeza, hundiendo la garganta hasta el fondo en cada bajada, succionando fuerte al subir, dejándome los huevos chorreando de saliva. De vez en cuando se sacaba la polla de la boca, escupía sobre el glande y se la pasaba por la cara, frotándose la mejilla, la barbilla, dejando que la baba se le mezclara con el sudor. Después volvía a tragarla con más ganas.

Le puse la mano en la nuca, sin empujar, solo para que supiera que estaba ahí. Él respondió cogiéndome la muñeca y apretándomela contra su cabeza, indicándome que apretara, que la usara, que se la metiera hasta el fondo sin contemplaciones. Le agarré del pelo con las dos manos, enredando los mechones castaños entre mis dedos, y empecé a follarle la boca con embestidas largas y lentas, sintiendo cómo su garganta cedía cada vez que entraba a fondo.

—Eso es —jadeé—. Trágatela entera, joder. Más, más profundo.

Nico se ahogaba pero no se apartaba. Las lágrimas le caían por las mejillas, la baba le chorreaba de la barbilla, y aun así seguía pidiendo más con los ojos. La vibración de cada gemido suyo me recorría entera la polla.

—Joder, Nico —murmuré—. La chupas como si llevaras meses pensándolo.

Se apartó un segundo, los labios húmedos y enrojecidos, un hilo grueso de saliva brillando entre su boca y mi polla. Tenía la verga roja, brillante, chorreando.

—Desde que te vi el primer día en el puerto —dijo, y se la volvió a tragar antes de que pudiera responder.

El ritmo se intensificó. Sus manos me agarraban de las caderas, clavándome los dedos en los tatuajes, mientras su cabeza subía y bajaba con una cadencia animal. Yo le marcaba el tempo del pelo, follándole la boca cada vez más fuerte. Él gemía con la garganta llena, y cada gemido me apretaba la polla como un anillo.

En algún momento bajé la vista y lo vi sacándose la polla del bañador, gruesa y curva, masturbándosela con la mano libre, untándose la corrida pre con el pulgar y volviendo a frotársela rápido. Esa imagen —Nico de rodillas entre mis piernas, desnudo bajo las estrellas, con mi polla hasta la campanilla y la suya goteando contra el suelo de teca— fue lo que me empujó al borde.

—Para —le dije, tirándole del pelo hacia atrás—. Para o me corro en tu boca y no voy a poder follarte después.

Se apartó jadeando, con los ojos brillantes y los labios hinchados, la barbilla chorreando de saliva. Me miró como esperando instrucciones, y en ese gesto encontré algo que no esperaba: confianza absoluta. Se estaba entregando sin reservas, y eso me excitaba más que cualquier técnica.

—Quítate el bañador y date la vuelta —dije—. Apóyate en la barandilla. Las piernas abiertas.

Se levantó y dejó caer el bañador gris al suelo de teca. La luna había salido por detrás de los acantilados y le iluminaba la espalda, los omóplatos marcados, la curva de la cintura bajando hasta las caderas estrechas y un culo redondo, duro, de gimnasio. Caminó los tres pasos hasta la barandilla de proa y se apoyó con los brazos extendidos, separando bien los pies. Giró la cabeza para mirarme por encima del hombro.

—No tengas cuidado —dijo—. Métemela hasta dentro.

Me acerqué por detrás y le pasé las manos por las caderas, subiendo por los costados, recorriendo cada músculo de su espalda hasta los hombros. Le besé la nuca y bajé por la columna, mordiendo suavemente cada vértebra hasta llegar a la base. Le abrí las nalgas con las dos manos y me arrodillé detrás de él.

—¿Qué haces? —jadeó.

—Prepararte.

Hundí la cara entre sus nalgas y le pasé la lengua plana por el ojete, despacio, de abajo arriba. Nico se arqueó contra mí y soltó un gemido ahogado, agarrándose más fuerte a la barandilla. Le lamí con calma, dibujando círculos alrededor del agujero, mojándoselo bien, empujando la punta de la lengua dentro hasta que sentí cómo cedía. Olía a sal, a sudor, a hombre limpio.

—Hostia, Adrián —gimió—. Joder, joder, no pares.

Le metí la lengua a fondo y empecé a follarle el culo con ella, sacando y metiendo, mientras le cogía la polla por delante y se la masturbaba al mismo ritmo. Él temblaba, empujaba el culo contra mi cara, gemía mi nombre entre dientes para no despertar a nadie. Lo dejé bien empapado de saliva y entonces le metí un dedo, después dos, abriéndoselo despacio, encontrando ese punto interno que le hizo morder la barandilla.

—Ya, Adrián —jadeó—. Ya, por favor. Métemela.

Me levanté detrás de él, escupí en mi polla y se la froté contra el agujero, untándolo bien. Se la apoyé en la entrada y empujé despacio. La cabeza entró primero, lenta, y noté cómo Nico apretaba los nudillos blancos contra la barandilla y aguantaba la respiración. Me detuve un segundo, dejándole acostumbrarse, y después empujé un poco más. Y un poco más. Hasta que estuve dentro de él hasta los huevos, con la pelvis pegada a su culo y mis tatuajes brillando contra la luz de la luna sobre su piel.

—Joder —gimió—. Joder, qué grande, joder.

—¿Aguantas?

—Fóllame. Fóllame, Adrián, por favor, fóllame.

Salí casi del todo y volví a entrar de un solo empujón. Nico gritó contra el brazo, mordiéndose la piel para no despertar al barco entero. Empecé despacio, sacándola hasta dejar solo el glande dentro y volviendo a hundirla a fondo, marcando un ritmo lento y profundo que le hacía temblar las piernas. Cada embestida arrancaba un gemido grave del fondo de su garganta.

—Así, joder, así —jadeaba—. Más fuerte.

Lo agarré de las caderas, clavándole los dedos en la piel, y aceleré. El sonido de mi pelvis chocando contra su culo se mezcló con sus jadeos y con el agua golpeando el casco. Le follé sin tregua, embistiendo a fondo, sintiendo cómo el culo se le iba abriendo a mi ritmo, cómo se relajaba y a la vez me apretaba la polla como un puño caliente cada vez que yo entraba hasta el fondo.

—Eres una puta, Nico —le gruñí al oído, agarrándole del pelo y tirando hacia atrás—. Una puta preciosa. Mira cómo te aprietas la polla con el culo.

—Soy tuyo —gimió—. Soy tu puta esta noche, Adrián, hazme lo que quieras.

Lo doblé sobre la barandilla, casi en horizontal, y empecé a follarle más fuerte, más rápido, golpeando ese punto interno que le hacía gritar contra el antebrazo. Le rodeé el pecho con un brazo, pegándolo contra mí, y con la otra mano le agarré la polla por delante. La tenía como una piedra, chorreando contra la barandilla, una hilera de gotas brillantes resbalando hasta el suelo de teca. Empecé a masturbársela al mismo ritmo que se la metía, apretando fuerte, deslizando el pulgar por el glande en cada subida.

—Adrián —jadeaba—. Adrián, Adrián, me voy a correr, joder, me voy a correr.

—Córrete —le gruñí en la oreja, mordiéndole el lóbulo—. Córrete con mi polla dentro.

Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo. La polla se le hinchó en mi mano, los huevos se le subieron, y entonces empezó a correrse a chorros gruesos que salpicaron la barandilla, la cubierta, mis dedos. Cada espasmo le apretaba el culo alrededor de mi polla, ordeñándomela, y yo me hundí en él hasta el fondo y aguanté ahí, sintiéndolo temblar entero. Su semen me chorreaba caliente entre los dedos.

—Joder, qué bien te corres —gemí.

—Córrete dentro, Adrián —jadeó, todavía temblando—. Córrete dentro de mí, lléname, joder, lléname entero.

Eso fue todo lo que necesité. Lo agarré de las caderas con las dos manos y le di las últimas embestidas a fondo, brutales, sintiendo cómo se me acumulaba la corrida en la base. Me hundí hasta el fondo una última vez y exploté dentro de él, descargando en chorros largos y calientes que se sentían interminables. Mordí su nuca para ahogar el grito, apretando los dientes contra la piel mientras seguía corriéndome, llenándolo, sintiendo cómo el semen se me escapaba alrededor de la polla y le chorreaba por la cara interna del muslo.

Me quedé dentro de él un buen rato, con la frente apoyada en su nuca y el corazón golpeándome las costillas. Sentía mi propia corrida latiendo todavía dentro de su culo, su respiración entrecortada contra mi brazo, el sabor de su sudor en mi boca.

Cuando por fin salí, un hilo grueso de semen me siguió y le bajó por el muslo hasta la rodilla. Nico se giró despacio, todavía agarrándose a la barandilla, y bajó la vista para mirarse. Después me miró a mí, con una media sonrisa agotada y los labios todavía hinchados.

***

Nos quedamos un rato así, respirando, sin movernos. El aire de la noche nos fue enfriando la piel mientras la adrenalina bajaba. Cuando por fin nos separamos del todo, Nico se apoyó de espaldas contra la barandilla, con la polla todavía medio dura colgándole entre las piernas y mi corrida resbalándole despacio por la cara interna del muslo. Me miró con una media sonrisa agotada.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora nada —respondí, buscando el segundo porro que habíamos dejado en la tumbona—. Fumamos otro, miramos las estrellas, y mañana cada uno en su puesto.

—¿Y esto?

—Esto se queda aquí. En esta cala, en esta noche. Un secreto entre tú y yo.

Nico asintió despacio, cogió el porro que le ofrecí y le dio una calada larga. Los dos nos sentamos en el suelo de la cubierta, con la espalda contra la barandilla y las piernas estiradas, mirando el cielo. Nuestros hombros se tocaban. Fumamos en silencio hasta que el horizonte empezó a clarear por el este.

Cuando bajé al camarote, Lucía seguía dormida en la misma posición. Me metí en la cama con cuidado, oliendo todavía a sal, a hierba y a la piel de Nico. Cerré los ojos y por primera vez en mucho tiempo me dormí con una sonrisa que no era para ella.

Han pasado tres meses. No hemos vuelto a hablar de aquella noche. Pero cada vez que Nico me sirve el café en la oficina, nuestras miradas se cruzan medio segundo más de lo necesario, y yo sé que los dos estamos pensando en lo mismo. En la proa del yate, las estrellas sobre Formentera, y esa línea que cruzamos juntos y que ninguno de los dos quiere descruzar.

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Comentarios(9)

NocheClara

increible!!! me dejaste con ganas de saber como terminó todo eso

Marcos_B

Por favor una segunda parte, con ese final no me alcanza para nada

Verano_84

me recordó a unas vacaciones que tuve hace años. esas noches en que todos 'duermen' tienen su propia magia jaja

ArielRel

y bueno?? como terminó esa noche?? no nos dejes colgados así!!

MartinaK

La ambientacion esta muy bien lograda. Se siente que uno está ahí, en ese yate, con esa brisa. Muy inmersivo

Diso44

los porros y la noche... combinacion peligrosa jajaja. Buen relato

ClaudioPampa

Excelente!! Seguí escribiendo por favor

tania_m

Que tension tan rica, me quede leyendo de un tiron sin darme cuenta. Espero que haya continuacion

VagabundoH

me gustó que no sea todo accion directa, el ambiente y la espera hacen todo. Muy logrado

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