El camionero al que todas llamaban la Bestia
Llegó un martes por la tarde con su Volvo FH aparcado al lateral de la Venta El Álamo, donde la nacional se juntaba con la carretera comarcal. Entró sin prisa, con el paso largo y medido de quien sabe exactamente cuánto espacio ocupa en una sala. Piel oscura, pecho ancho, bíceps marcados bajo la camisa abierta. En el cuello, una cadena de oro gruesa con un colgante. En la mano izquierda, el anillo de boda. En la derecha, un anillo de calavera de plata. Por donde pasaba, los ojos lo seguían. En la zona lo conocían de oídas. Lo llamaban la Bestia.
Cristina lo vio entrar desde detrás de la barra. Veintiún años, mechones rubios en el pelo recogido, un aro en la nariz y tatuajes en el antebrazo. Siguió sirviendo sin decir nada, pero su compañera de turno, Marta, se acercó enseguida.
—¿Lo conoces?
—De vista —dijo Cristina.
—Dicen que son de los mejores. ¿Has visto cómo marca los vaqueros?
—¿Ya quieres tirártelo?
—Una amiga me dijo que hay cosas con las que no debes morirte sin haber probado.
Cristina sonrió y no contestó. Siguió con sus mesas.
A las once de la noche la venta estaba casi vacía. La Bestia todavía ocupaba su silla, con el mismo aire de calma de cuando había entrado. No miraba a Cristina directamente, pero ella llevaba horas sintiendo que la miraba. Era un juego que él conocía mucho mejor que ella.
Cuando el último camarero recogió el delantal y se marchó, Cristina se acercó a su mesa.
—Hay un área de servicio a quince kilómetros, si necesitas ducharte —dijo sin mirarle a los ojos.
—¿No hay nada más cerca?
—Yo vivo arriba —dijo ella—. Pero espera a que no quede nadie.
Cinco minutos después la puerta trasera se cerró con suavidad.
***
La habitación olía a tabaco y a algo más difícil de nombrar. Ropa encima del sofá, cenicero lleno, la ventana dando al letrero luminoso de la venta. Cuando él salió del baño, Cristina estaba sentada en la cama con una toalla. La Bestia se había puesto un tanga de animal print. No necesitaba más para que quedara claro todo lo que había que saber.
—¿Usas tanga de stripper? —dijo ella, y se rio.
Él lo dejó caer al suelo con un giro de muñeca.
Cristina abrió la boca pero no dijo nada. La Bestia la miró de arriba abajo sin prisa, sin disimulo. Le quitó la toalla, le pasó la mano por la cadera y estudió los tatuajes con calma: una rosa en las nalgas, una mariposa en la ingle, una serpiente entre los pechos.
La atacó directamente, sin rodeos. Boca en los pezones y dedos dentro de ella al mismo tiempo. Cristina dejó escapar un sonido que no intentó controlar.
El ritmo fue subiendo solo. Cuando ella ya estaba al límite, él se paró, cogió un preservativo de su bolsa y se lo puso con una mano como si lo llevara haciendo toda la vida.
La primera embestida fue honda. Los dos gimieron. Él marcaba el ritmo con la cintura, largo y preciso, sin prisa pero sin pausa. El colchón protestaba con cada movimiento. Ella se agarró al cabecero.
—No pares —dijo—. No pares.
Cuando llegó, lo hizo con una sacudida larga que la dejó sin palabras y sin aliento.
Él siguió un poco más, las mandíbulas apretadas, los ojos cerrados. Después se salió, retiró el preservativo y terminó sobre el pecho de Cristina con un rugido sordo.
***
Dos horas más tarde la Bestia dormía de lado en la cama. Cristina fumaba en la ventana desnuda, mirando el letrero parpadear en la noche quieta. A las dos y media abrió el teléfono y le mandó un mensaje a Marta con una foto adjunta.
Marta lo leyó a las nueve de la mañana y respondió con doce signos de exclamación seguidos.
***
Los Halcones eran seis motoristas que hacían base en una nave alquilada entre dos pueblos. La Bestia los había conocido dos semanas antes en una carretera secundaria, cuando la moto de su jefe, Rodrigo, se averió en mitad de la nada. Él paró, les ayudó a cargar la moto en el remolque y se la acercó hasta la nave. Desde entonces lo trataban como a uno de los suyos.
Vera no era del grupo, pero aparecía cuando había almuerzo. Cuarenta y tantos años, media melena entrecana, ojos marrones. Sin barriga aparente, sin celulitis, con el tipo de porte que dan los años bien vividos. Camiseta negra ajustada, vaqueros, una araña tatuada en el cuello. La primera vez que la Bestia la vio caminar supo que había cosas que el tiempo no estropeaba.
Las miradas entre los dos empezaron a la hora del primer plato y no pararon hasta que se terminó el café.
Cuando Rodrigo le ofreció quedarse a dormir en la nave, la Bestia dijo que tenía litera en la cabina. Rodrigo añadió, como de paso:
—Antes de irte, no desaproveches a la hembra. Merece la pena.
Salieron a caminar por los alrededores. Entre unos matorrales, Vera fue directa al grano.
—Los africanos la tenéis más grande. Lo sé de buena tinta.
—Entonces sabes lo que viene a continuación.
Ella lo cogió encima del pantalón sin más preámbulos. Se besaron con fuerza. Rodrigo y otros dos aparecieron entre los arbustos justo cuando Vera ya tenía la polla de la Bestia en la mano. Él ni los miró. Los sabía ahí y eso le daba un plus de energía que aprovechaba bien.
La puso a cuatro con una orden directa. Ella obedeció sin comentarios.
Fue contundente y rápido, como siempre. Cuando terminó se levantó, se abrochó los vaqueros de cara a los motoristas y fue a orinar contra un árbol con toda la calma del mundo.
—Es duro, pero lo vale —dijo Vera poniéndose en pie—. Estaba en vena.
La Bestia arrancó el Volvo FH con un rugido de motor que se oyó hasta el pueblo siguiente.
***
Adrián tenía veintiún años y caminaba como si siempre llevara algo frágil entre las manos. Delgado, lampiño, pelo recogido en coleta. Era guapo de cara y lo sabía, aunque no hacía nada especial con esa información. Servía las mesas que Cristina no atendía ese día.
La Bestia lo eligió sin dudar. Se sentó en una de sus mesas y pidió filete de ternera. Cristina y Marta lo observaban desde la barra.
—¿Ni me ha saludado siquiera? —dijo Cristina.
—Son así —respondió Marta—. No le des más vueltas.
Cuando Adrián le retiró los platos, la Bestia lo miró de frente.
—¿Te gustan los camiones?
—El tuyo es bonito —dijo Adrián.
—No sabía que a los chicos como tú les gustaban los camiones. Pensé que preferirían a los camioneros.
Adrián no supo qué decir. Al traerle el café, la Bestia preguntó dónde vivía. Adrián lo dijo. La Bestia le ofreció acercarlo.
—¿A qué hora sales?
—A... a las cuatro.
Al terminar el turno, la Bestia esperaba apoyado en el capó del Volvo con las gafas de espejo puestas. Adrián subió.
En la parte trasera de la cabina había una litera estrecha con fotos pegadas por todas partes: niños en bicicleta, niños en la playa, una mujer alta, unos señores de edad.
—Mi familia —dijo la Bestia—. Son lo más importante que tengo.
—¿Todos son...?
—Dos niños y dos niñas. Y ella es mi mujer. Vivo en Mozambique, en una zona rural con apagones frecuentes. Cuando pueden, viajan a la capital y hablamos.
Antes de que Adrián pudiera decir nada, le llegó un mensaje de Cristina con una foto y tres palabras: «Cuidado, es un cañón.»
—¿Eres gay? —preguntó la Bestia sin rodeos.
—Bue...
Se desabrochó los pantalones al volante y lo sacó sin más.
—Ahora lo ves en directo.
Puso el intermitente y se salió de la carretera por un camino de tierra que llevaba a un pinar. Aparcó entre los pinos y atrajo a Adrián hacia él.
Pasaron a la litera.
La Bestia lo preparó con calma: masaje, dedos, vaselina. Sin prisa. Adrián intentó la mamada. Era una experiencia al límite de lo que podía abarcar. Siguió de todos modos, porque había algo en aquel peso y aquel calor que superaba cualquier aprensión previa.
—¿Te ves capaz? —preguntó la Bestia.
—Quiero intentarlo.
Adrián se colocó encima con las rodillas apoyadas en la litera. La primera vez llegó a la mitad. La segunda, bastante más. A la tercera, se dejó caer hasta el fondo.
El grito que soltó rebotó en el techo metálico de la cabina.
Se corrió sobre el pecho de la Bestia antes de que él terminara. La Bestia lo sujetó por las caderas, bombeó dos veces más y descargó con un rugido largo que duró varios segundos.
Adrián tardó un rato en poder ponerse los pantalones.
La Bestia puso música a todo volumen en el ordenador de cabina, arrancó y lo dejó en una calle secundaria donde el camión podía pasar.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Adrián al bajar.
—Me conocen como la Bestia.
Arrancó con un toque de bocina y desapareció por la carretera. Adrián se quedó en la acera mirando cómo las luces traseras desaparecían en la curva. Caminó hacia su casa con un paso que no era exactamente el de siempre.
***
Sonia tenía cuarenta y dos años y llevaba dos en la Venta El Álamo esperando poder marcharse. Cara ovalada, melena morena, ojos grandes. El tipo de cuerpo que se mantiene cuando no se abandona del todo. Había llegado a la zona huyendo de algo que nunca explicaba, había terminado sirviendo mesas, y los vecinos que no la conocían la encontraban distante y difícil de leer.
La tarde que la Bestia volvió a comer, Sonia estaba de turno.
—Aquí tienes, el pescado —dijo sin mirarle.
—Gracias. Te tengo vista de algún sitio.
—Puede ser.
—¿Y el camarero de ayer tendrá baja por preñamiento? —dijo con media sonrisa.
—Tú lo sabrás mejor que yo.
—Si mal no recuerdo, fue Lorenzo el ganadero el que te dejó en esta situación.
—Cuida lo que dices —lo cortó Sonia, y se fue sin mirar atrás.
La Bestia la siguió con los ojos. Algo había cambiado en su expresión. No era enfado. Era reconocimiento.
Esa noche el pueblo tenía fiestas patronales. Cuatro casetas, música desde las nueve, cohetes a las doce. Sonia eligió un vestido negro ligero, escote justo, falda por encima de las rodillas. Los vecinos que la veían pasar se giraban.
La Bestia llegó pasadas las once. Recién duchado, camisa abierta, colonia barata que olía mejor de lo que costaba. Entró en la plaza con paso largo y los focos de las casetas le rebotaban en la piel oscura.
La encontró en una barra improvisada.
—Tenemos algo en común —dijo él, colocándose a su lado sin saludar.
—Quizás.
—Lorenzo el ganadero nos costó caro a los dos.
—A mí me dejó sirviendo mesas en un cementerio de pueblo.
—Estás muy bien para este cementerio.
—¿Me estás insultando o intentando ligar?
—Las dos cosas.
Pasó Adrián por su lado, caminando con algo de dificultad. Los vio, saludó con la mano y siguió de largo, sonrojado.
—¿También con él? —preguntó Sonia.
—Todo agujero que lo valga.
—Activazo, entiendo.
—Me queda una noche antes de volver a Mozambique. Puedes invitarme.
—¿Lo exiges directamente? ¿Ni preguntas?
—Llevas dos años aquí con cuatro matados de paso. Y yo soy la mejor opción que has tenido en mucho tiempo.
Sonia no contestó. Empezó a caminar.
Él fue detrás.
El piso era pequeño: salón, cocina, dormitorio. Nada más cruzar la puerta se besaron con urgencia. Él le cogió la nuca con una mano y con la otra le bajó los tirantes del vestido sin preguntar. Ella le desabrochó el cinturón. Él tiró el resto al suelo.
Desde la ventana del dormitorio entraba la música de la plaza.
Él le recorrió el cuerpo despacio con las manos, aprendiendo lo que había debajo de la ropa. Ella tenía un culo firme, pechos grandes que no necesitaban ayuda, la piel caliente bajo sus dedos. Cuando él le metió los dedos por debajo del tanga, comprobó que no hacía falta más preparación.
No había condones en la mesita de noche. Ninguno de los dos lo mencionó.
La posición fue directa: ella al borde de la cama, él de pie. Un escupitajo, una entrada hasta el fondo.
—Dios —dijo Sonia, y no fue ni queja ni plegaria.
El ritmo fue subiendo solo. Los ruidos de la plaza se mezclaban con los del dormitorio. Cohetes, música, el golpeteo rítmico contra el cabecero. Él le metió el pulgar en el culo mientras bombeaba. Ella se curvó sobre sí misma mirando al techo, con los ojos abiertos y la boca también.
Cuando llegó, lo hizo con una sacudida que pilló a la Bestia por sorpresa. Él entró más hondo todavía y descargó con un bramido que se oyó por encima de los últimos cohetes.
Quince minutos después la Bestia salía a la plaza con la camisa desabotonada. Los vecinos que lo vieron pasar cuchichearon entre ellos. Él paró en una caseta, compró unos juguetes pequeños, los metió en una bolsa y siguió caminando hacia el camión con la misma calma de quien ha terminado exactamente lo que tenía planeado.
Al arrancar el motor, Sonia estaba en la ventana mirando cómo las luces del Volvo desaparecían por la carretera.
La Bestia no miró atrás.
Nunca lo hacía.