El día que entré al despacho de mi profesor
Aquel curso descubrí cosas de mí que no sabía que llevaba dentro. Me llamo Camila, tengo veinte años y estudio Lingüística en una universidad del centro. Soy morena, melena larga y oscura, ojos grandes, piel canela y un cuerpo que en el último año empezó a mirarse de otra manera. Siempre fui la chica formal, la que sacaba notas altas y nunca daba problemas… hasta que algo dentro de mí pidió otra cosa.
La curiosidad me quemaba. Quería saber qué se sentía al provocar, al ser deseada, al jugar con esa mirada que se queda un segundo de más. Empecé a cambiar la ropa: faldas cortas, blusas finas, ropa interior que se notaba poco. Me gustaba ver cómo los chicos se ponían torpes cuando cruzaba las piernas en clase. Me hacía sentir poderosa, encendida por un calor nuevo que no sabía nombrar.
Probé a acostarme con algunos compañeros. Una noche, en un piso compartido, dejé que un chico de Derecho me arrinconara contra la puerta del baño. Me besó con prisa, me subió la falda, me metió los dedos como pudo y se vino en mi mano antes de que yo entendiera nada. Cuando me dejó en la residencia, me quedé tumbada con un vacío raro entre las piernas. No había sido nada. Solo un cosquilleo que se apagaba demasiado pronto.
Otra tarde fue en el asiento trasero de un coche, después de una fiesta. Un compañero de clase me agarraba las caderas con torpeza, gemía en mi oído y se corrió en cuatro minutos. Me dejó allí, con la falda subida y la ropa interior pegada al cuerpo. Volví a casa sintiendo la misma frustración. Siempre faltaba algo. Siempre me quedaba a medias, como si ninguno supiera dónde tocar.
Cuanto más probaba, más crecía la curiosidad. Yo disfrutaba siendo la que provocaba, la que se dejaba mirar, la que sonreía despacio en los pasillos… pero por dentro me encendía una pregunta cada vez más insistente: ¿alguien sabrá hacerme sentir lo que yo les hago sentir a ellos?
***
Fue al inicio del cuatrimestre cuando empecé a fijarme de verdad en el profesor de Literatura Contemporánea. Se llamaba Adrián. Tendría unos cuarenta y cinco años. Alto, delgado, con esa presencia que ocupa una habitación sin esfuerzo. Pelo corto con canas en las sienes, gafas de montura fina, voz grave y pausada. No era guapo de revista, pero tenía algo que me obligaba a prestarle atención aunque la cabeza se me fuera a otra parte.
Al principio fueron miradas. Él desde la tarima, yo desde la última fila. Cruzaba las piernas despacio y notaba cómo la suya bajaba un segundo. Me inclinaba para coger el bolígrafo del suelo y él perdía el hilo del párrafo. Después de clase llegaron las conversaciones tontas: «¿entendiste lo de hoy?», «¿quieres los apuntes?», «el libro que recomendaste me encantó». Frases inocentes, pero la tensión se notaba en el aire, espesa, eléctrica.
Yo seguí afilando la provocación. Faldas a mitad del muslo, camisas con un botón menos, blusas finas que dejaban ver más de lo justo. Me encantaba sentir el roce de la tela en los pezones cuando caminaba por los pasillos. Me encantaba ver cómo los chicos —y algún profesor— se quedaban un segundo de más mirando. La culpa pesaba menos que las ganas.
Una tarde me quedé rezagada y le pregunté algo tonto sobre un libro. Adrián contestó con paciencia, apoyado en la mesa. Yo me incliné un poco hacia delante y dejé que la blusa se abriera apenas un centímetro. Vi cómo su mirada bajó al escote y se quedó allí un instante más de lo correcto. Carraspeó, siguió hablando, fingió normalidad. Yo sonreí por dentro. Por primera vez sentí que podía hacer que un hombre como él se pusiera nervioso solo con estar cerca.
Empecé a tomarle del brazo cuando hablábamos en el corredor. «Profesor, ¿me explica esto otra vez?», susurraba pegándome un poco más de lo necesario. Notaba cómo se le tensaba el cuerpo, cómo respiraba más hondo. No se apartaba, pero tampoco daba un paso adelante. Me encantaba ese juego… aunque por dentro seguía esa insatisfacción que me empujaba a buscar más.
Una mañana, antes de que empezara la clase, me senté directamente en su mesa. Él estaba organizando papeles. Cuando levantó la vista, me vio allí, en la esquina del escritorio, con una falda negra que se me había subido al cruzar las piernas.
—Profesor, ¿me explica otra vez lo de ayer? No lo entendí muy bien.
La voz le salió más ronca de lo normal. Yo me incliné hacia delante, apoyando las manos en la mesa, y la falda subió un poco más. Vi cómo tragó saliva, cómo bajó la mirada un segundo a mis muslos y volvió rápido a mis ojos. Se movió incómodo detrás del escritorio y noté con claridad cómo se le marcaba una erección bajo el pantalón. Intentaba disimularla, pero era imposible. Sentí un calor brutal entre las piernas al darme cuenta de que yo, con solo cruzar las piernas, había conseguido eso en un hombre como él.
—Señorita Camila —carraspeó—, por favor, vaya a su sitio. La clase va a empezar.
Bajé despacio, rozándole el cuerpo al pasar, y le susurré al oído:
—Como usted mande, profesor.
Volví a mi pupitre con el corazón latiéndome fuerte y una sonrisa que no se me quitaba. Estaba jugando con fuego, y me encantaba.
***
Seguí provocándolo cada día un poco más, hasta que llegó la nota del parcial: un seis pelado. Un seis. Me sentó como una bofetada. Sabía que lo había hecho mejor que la mayoría. Lo viví como un castigo: por las miradas, por las faldas, por atreverme a ser otra persona distinta a la niña reprimida que había sido.
Esa misma tarde subí a su despacho. Subí las escaleras del edificio de Letras con el corazón galopando, mezcla de rabia y nervios. Llevaba una minifalda negra cortísima, una camiseta fina sin nada debajo y la melena suelta cayéndome por la espalda. Golpeé la puerta más fuerte de lo que pretendía.
—Adelante —dijo su voz grave desde dentro.
Entré y cerré la puerta detrás de mí. El clic resonó en el silencio del pasillo. Adrián levantó la vista de unos papeles y se quedó completamente quieto al verme. Yo me planté delante de su escritorio.
—Profesor, ¿un seis? ¿En serio? Sabe que lo hice mejor que eso.
Se quitó las gafas con calma y me miró con esa serenidad que siempre me ponía de los nervios.
—Camila, la nota es la que es. El trabajo tenía errores. No mereces más.
Me apoyé en la mesa, inclinándome hacia delante. La camiseta se abrió lo justo para que viera que no llevaba nada debajo. Mis pechos quedaron marcados contra la tela.
—No me venga con esas. Usted sabe que lo hice bien. Lo hizo a propósito. Porque le molesta lo que soy ahora.
Soltó una risa baja, sin humor.
—¿Y qué eres, Camila? ¿Una alumna que se sienta en mi mesa con la falda subida y espera que le suba la nota por arte de magia?
Me cabreé más, pero a la vez sentí un calor profundo entre las piernas. Aquella forma de hablarme, calmada y sin levantar la voz, me estaba afectando más de lo que quería admitir.
—Sabe perfectamente por qué lo ha hecho —contesté, levantando la barbilla—. Sabe lo que quiere. Y yo estoy dispuesta a dárselo. Solo tiene que admitirlo.
Se levantó despacio, rodeó la mesa y se quedó a un paso de mí. Su mirada bajó un segundo por mi cuerpo y volvió a mis ojos.
—Crees que tienes el control de la situación, ¿verdad? Que con una minifalda y una mirada puedes conseguir lo que quieras de mí.
—Sé que sí —dije, segura.
Dio un paso más. Sentí el calor de su cuerpo cerca del mío. Me miró fijo, sin sonreír.
—Te equivocas. Tú no me puedes ofrecer nada que yo necesite. Pero si quieres, yo sí te puedo enseñar varias cosas.
El control que creía tener se me escapó en un segundo. Sentía el corazón en los oídos, las piernas flojas, la boca seca.
—La clase de hoy —añadió con una sonrisa pequeña— acaba de empezar.
***
Pasó a mi lado y echó el cerrojo de la puerta. Ese sonido me recorrió el cuerpo como una corriente. Caminó hacia mí sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Se colocó detrás, tan cerca que sentí su aliento cálido en la nuca. No me tocó enseguida. Solo respiró contra mi piel mientras yo intentaba que no me temblaran las rodillas.
Después me besó el cuello. Despacio. Labios suaves y calientes que bajaban hacia el hombro. Sus manos empezaron a recorrerme la cintura, las palmas abiertas, sin urgencia, como si memorizara cada curva. Subieron por los costados, rozaron la curva de mis pechos y los cubrió con suavidad. Sus pulgares acariciaron los pezones, que se endurecieron al instante bajo la tela fina.
Todo era tan lento, tan elegante, que nada se parecía a los nervios y las prisas que yo conocía. Me estaba volviendo loca de una forma nueva. Sentía el calor subir por el vientre, las piernas flojas, un cosquilleo entre los muslos como nunca lo había sentido.
Me bajó los tirantes de la camiseta con una calma exasperante. Crucé los brazos sobre el pecho por instinto. Él los apartó sin fuerza, solo con autoridad. La camiseta cayó al suelo. Se agachó después y me retiró las zapatillas una a una con cuidado, como si estuviera desarmando algo frágil. Sus manos subieron por mis piernas, por debajo de la falda, y bajaron la ropa interior despacio, hasta los tobillos.
De forma casi caballeresca me llevó hasta su mesa y me reclinó hacia atrás, sobre los papeles y los libros. Yo estaba nerviosa, muy nerviosa. Pensaba que todo se solucionaría con una mamada rápida, que era lo poco que sabía hacer. Pero él me miró con esos ojos serenos.
—Tranquila, Camila. Solo disfruta. No tienes que hacer nada.
Empezó a recorrerme con la lengua. Primero el cuello, besos húmedos, lengua suave. Después los pechos, lamiendo los pezones con calma, chupándolos y mordiéndolos con delicadeza. Yo ya estaba mojada y todavía no me había tocado donde más lo necesitaba. Siguió bajando por el estómago, pasó por el ombligo… y entonces evitó el centro a propósito. Se centró en la cara interior de mis muslos, lamiendo despacio, subiendo cada vez más cerca, sin tocar nunca el punto exacto.
Yo daba pequeños respingos. Gemía bajito. Quería agarrarle la cabeza y empujarla. Sus dedos rozaban los labios de mi sexo sin entrar, casi penetrándome, sin hacerlo. Era una tortura preciosa.
Cuando por fin su lengua entró en contacto con mi sexo, lo hizo con una calma exquisita. Recorrió cada pliegue, se detuvo en el clítoris para dibujar círculos perfectos, suaves al principio, más firmes después. Yo temblaba, las piernas abiertas, las caderas levantándose solas, buscando más. Metió un dedo, lento, curvándolo hacia arriba para rozar ese punto exacto. Después otro. Dos dedos moviéndose con un ritmo constante, mientras la lengua seguía en el clítoris.
—Adrián… joder… no pares… —supliqué, la voz rota.
Él gruñó contra mí. El sonido vibró dentro de mi cuerpo. Aceleró la lengua, succionó con fuerza pero sin perder esa elegancia. El orgasmo me subió desde el vientre como una ola que crecía sin parar. Me corrí gritando, el cuerpo entero convulsionando sobre la mesa, jugos calientes mojándole la barbilla y la madera. Las piernas no paraban de temblarme. Él no se apartó: siguió lamiendo, ahora más suave, prolongando el placer hasta que casi no pude soportarlo.
Cuando me dejó respirar, me quedé tirada sobre la mesa, jadeando, con las lágrimas resbalándome por las sienes.
—Esto era para el notable —dijo con esa voz tranquila—. ¿O has subido a por el sobresaliente?
***
No sabía qué decir. Estaba expuesta, completamente desnuda bajo la luz del fluorescente. Mis encuentros siempre habían sido a oscuras, con prisa, con vergüenza. Y allí estaba yo, abierta, mojada, palpitante, sintiendo a la vez vulnerabilidad y un deseo que no había conocido antes.
—Más… más… —conseguí decir entre jadeos.
Esperaba que se abalanzara sobre mí, como hacían los chicos de mi edad. No lo hizo. Empezó a desnudarse despacio, sin quitarme la vista. Dobló la camisa con cuidado, dejó los pantalones sobre la silla. Cuando llegó a la última prenda, vi un bulto duro que apuntaba hacia arriba. Su sexo era grueso, marcado, con la cabeza grande. Me humedecí de nuevo solo con verlo.
Me tomó con educación y me dio la vuelta sobre la mesa, los pies en el suelo, las palmas apoyadas en la madera. Nunca había probado esa postura. Me sentía expuesta, abierta, vulnerable, y eso me excitaba más de lo que quería admitir. Me besó la espalda, bajando despacio por la columna. Sus manos recorrieron mis pechos, bajaron por el vientre, comprobaron con dos dedos que estaba completamente lista.
Empezó a entrar despacio. Centímetro a centímetro. Dejándome sentir cómo me abría. Sentí cada vena rozando mis paredes, estirándome, llenándome de una manera que ni sospechaba. Al principio fue intenso, casi demasiado: un ardor profundo, una presión que me cortaba el aire. Esto es demasiado, pensé. Pero no era dolor: era otra cosa. Era como perder algo por primera vez de verdad.
Se quedó quieto un momento, completamente dentro, dejándome adaptarme. Yo sentía su calor, su pulso, cómo mi sexo se contraía a su alrededor. Empezó a moverse con un ritmo lento y profundo. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus venas rozaban justo donde más placer me daba. Salía casi del todo y volvía a entrar, controlado, preciso.
—Joder… —gemí, agarrándome al borde de la mesa—. Se nota cada vena…
Él gruñó grave. Alternaba penetraciones largas que me llegaban al fondo con otras más cortas que rozaban el punto exacto. Me corrí así, lento y profundo, un orgasmo que empezó en el vientre y se extendió por todo el cuerpo, lento pero imparable. Apreté su sexo dentro de mí, gemí su nombre contra la madera. No paró. Siguió con la misma calma, prolongando mi placer hasta que casi no podía soportarlo.
El segundo orgasmo fue más intenso, casi doloroso de lo bueno que era. Aceleró un poco, las penetraciones más fuertes, más profundas. Me corrí tan fuerte que sentí cómo los jugos salían a chorros, mojándole los muslos y la mesa. El placer duró mucho, olas que no terminaban, mientras él gruñía bajo contra mi oído sin perder el ritmo.
Cuando creía que iba a correrse dentro, me dio la vuelta con cuidado, me besó por primera vez —un beso lento, profundo, con lengua— y me miró a los ojos.
—Y ahora… por la matrícula —dijo con esa voz grave.
Con un gesto entendí lo que quería. Me arrodillé frente a él. De cerca, su sexo era aún más imponente. Adrián guio mi cabeza con una mano, no para empujar, sino para marcar el ritmo.
—Despacio… —susurró—. Quiero que lo sientas todo.
Empecé lamiendo la cabeza con la lengua plana. Tenía un sabor fuerte, masculino, y eso me encendió más de lo que esperaba. Lo metí en la boca poco a poco. Adrián marcaba el tempo con la mano en mi nuca, sin presionar, solo guiándome. Cuando quería más profundidad, ejercía una presión suave y firme.
—Así… muy bien. Más profundo… relaja la garganta.
Obedecí. Me llegaron las lágrimas a los ojos, pero no me aparté. Me gustaba esa sensación de estar llena, de ser usada con tanta calma. Adrián movía las caderas con lentitud, gimiendo grave, sin perder esa autoridad. Yo gemía alrededor, la saliva resbalándome por la barbilla y cayendo sobre los pechos.
—Mírame —ordenó.
Levanté los ojos llorosos y lo miré mientras seguía. Verle la expresión de placer contenido me excitó todavía más. Mi sexo palpitaba de nuevo solo con tenerlo en la boca. Aumentó un poco el ritmo, sin perder elegancia. Sentía cómo se hinchaba contra mi lengua. De pronto gruñó grave:
—Voy a correrme… no te apartes.
Y entonces explotó. Chorros calientes, abundantes, llenándome la boca sin parar. Tragué como pude, parte se me escapó por las comisuras y cayó sobre los pechos. Él seguía pulsando contra mi lengua. Yo gemía, excitada por la cantidad, por el sabor salado, por la sensación de estar entregada del todo.
Cuando terminó, me quedé arrodillada, los labios hinchados, la respiración rota. Lo miré desde abajo y sentí una satisfacción extraña y nueva. Me había entregado completamente y lo había disfrutado como nunca.
Adrián me acarició la mejilla con el pulgar y sonrió con esa elegancia suya.
—Buena chica —susurró.
Y allí entendí que el placer podía ser lento, profundo, controlado. Que alguien podía hacerme sentir así, sin prisa, sin torpeza. Y yo quería más. Mucho más.