La liquidación de esclavos que no olvidaré
Llevaba semanas buscando un cuerpo para poseer. No un amante, no un compañero: un ser. Alguien despojado de voluntad propia, sin caprichos, sin opiniones sobre a qué hora llegaba yo o con quién me metía en la cama. Mi visita al complejo «El Reducto» tenía esta vez un propósito concreto: llevarme a uno de vuelta a casa.
No me importaba el género ni la apariencia física. Quería obediencia total, silencio cuando no se me pedía que hablara, y disponibilidad sin horarios ni negociaciones. Lo que los vendedores de fantasías llaman un esclavo de verdad: sin fisuras, sin egos, sin días malos que gestionar.
Todo empezó tres semanas atrás, cuando me llegó un correo anunciando la liquidación anual de «El Reducto». Esclavos desechados por sus amos, que el complejo ponía a disposición de nuevos dueños durante un fin de semana de puertas abiertas. Las normas eran sencillas: si ya no quieres a tu esclavo, lo dejas en el centro y puede que otro lo adopte. Un mercado circular, sin valor económico — solo sobras buscando nueva utilidad. Los que nadie reclamara pasarían a formar parte de la plantilla del complejo, disponibles para el uso personal de los huéspedes durante sus estancias.
Fui sola. Dejé a mi Bestia en casa, con la jaula puesta y la rabia mal disimulada. Su vena posesiva conmigo a veces me resultaba estimulante, pero esa mañana había cruzado una línea que llevábamos meses negociando. Que lo que él quisiera no era lo que importaba: eso debería haberlo aprendido ya. Si seguía sin entenderlo, terminaría cediéndolo al complejo en la próxima liquidación. No como amenaza — como consecuencia.
Al llegar a las instalaciones me recibió Marc, el director. Era belga, bajo, con esa precisión en el gesto que tienen algunos europeos del norte que se toman el poder en serio. Siempre le seguía de cerca un esclavo enorme, de unos dos metros, oscuro y desnudo, que Marc había traído de un viaje a Senegal dos años atrás. Tenía una fijación con cierta idea de jerarquía que nunca se molestaba en disimular — y en ese contexto nadie se lo reprochaba.
—Sofía, cuánto tiempo. ¿Cómo fue el viaje? ¿Viniste sola esta vez o dejaste a tu mascota en el maletero?
—Marc. —Me acerqué y le di un beso en la mejilla.— Esta vez vine sin compañía. Necesito que de vez en cuando se dé cuenta de que no es imprescindible. Se quedó de mal humor y tendremos una conversación cuando vuelva. Esa actitud me está agotando bastante.
—Eres demasiado paciente con ese tipo de material. Deberías dejárnoslo unos meses en el programa de reacondicionamiento. Tenemos amos que nos los traen cada temporada — dicen que es como volver a estrenarlos desde cero.
—No te digo que no... pero esta vez vine por la liquidación. Quiero un cuerpo para usar, sin más. Que no me dé problemas, que no me ponga caras, que esté ahí cuando lo necesito. ¿Hay algo decente entre lo que ofrecen? Vengo con la mente completamente abierta.
—¿Quieres a este? —Señaló a su esclavo con un gesto casual, como si ofreciera la última silla libre en una terraza.— Llevo bastante tiempo con él y ya estoy aburrido. Lo adquirí hace dos años pensando que me costaría más domarlo, pero resulta que le encanta servir. Y a mí no me excita lo que no se rebela. Miralo: lleva así toda la mañana, empalmado y quieto como un animal bien entrenado. Tiene buena polla, vasectomía hecha y un cuerpo que aguanta bien lo que le eches. Te doy también la jaula de castidad que le mandé hacer a medida. La primera era demasiado pequeña — me daba trabajo ponérsela, perdía tiempo metiéndola en hielo cada vez. Lo bueno es que habla poco: entiende algunas palabras en castellano, pero nada más. Lo malo es que si no le señalas exactamente lo que quieres, hay que guiarle de cerca con la fusta.
—Vaya, Marc. Te lo agradezco, pero buscaba algo más manejable. Algo discreto, que esté cerca sin que se note demasiado. Aunque si no te importa, puede que te lo pida más tarde para un rato. El viaje fue largo y tengo ganas de quemar algo de energía.
—Todo tuyo cuando quieras. Que cargue con tus maletas mientras tanto. —Hizo un gesto al esclavo sin mirarlo.— Te asigné a Claudia como esclava doméstica. Ya sé que la última vez te gustó su trabajo — está esperándote en la habitación. La liquidación es esta noche después de la cena, así tenéis el fin de semana para probar a los candidatos antes de decidir. Te acompaño a la suite.
***
Recorrimos el hall principal. El esclavo de Marc nos seguía cargado con mis maletas, más tenso y empalmado a cada paso que daba. Estaba convencida de que entendía mucho más de lo que Marc creía. Al llegar a la puerta de la suite, esta se abrió antes de que pudiéramos llamar.
Claudia tenía poco más de veintiocho años. El pelo castaño recogido en un moño tenso, baja, de esas figuras redondeadas que llenan bien el espacio sin ocuparlo todo. Iba completamente depilada y, como correspondía a su función, desnuda y descalza. Era una esclava de servicio doméstico: no participaba en los juegos puramente sexuales del complejo. Su trabajo era mantenerte a punto durante el día, laminando, masajeando, anticipando. Era buena en las tres cosas, y lo sabía sin necesidad de que se lo dijeran.
—Adiós, Marc. Gracias por la bienvenida. Nos vemos esta noche y te devuelvo al esclavo.
—Sin prisa. Todo tuyo hasta que te canses. Voy a ver si ya llegaron más huéspedes — y de paso a ver si encuentro algún esclavo que necesite atención, que tengo ganas de estrenar una fusta nueva.
Entré en la habitación. No era de las más grandes del complejo, pero tenía cama de dos metros con cabezal reforzado para sujeciones, y un jacuzzi en la esquina pegado al ventanal que daba directamente a los jardines del complejo. Aquí las cortinas no existían y la intimidad era un concepto ajeno — y eso era exactamente parte del atractivo del lugar.
Le hice una seña a Claudia para que deshiciera las maletas: la ropa al armario, los juguetes en la mesa central. Ella se movió en silencio, con esa eficiencia de quien lleva tiempo sirviendo y ha aprendido a anticiparse. Salí a la terraza a tomar aire y a observar lo que estaba pasando en el jardín.
***
Allí estaban: dos hombres y cuatro mujeres, desnudos en fila sobre la grava. Llevaban un cinturón de argollas ceñido a la cintura y unas pinzas japonesas en los pezones, conectadas mediante cadenas al cinturón del compañero de delante. Del primero tiraba Diego, el entrenador, que marcaba un ritmo constante mientras el grupo avanzaba descalzo. La mecánica era simple y brutal: si alguien se retrasaba, la cadena tiraba de los pezones del que iba detrás. Si alguien aceleraba para compensar, el de detrás recibía el tirón igualmente.
Una de las sumisas llevaba varios minutos al límite. Se notaba en la postura: el cuello tenso, los hombros subidos, tratando de calcular cada paso sin quedarse atrás. Cada vez que el grupo aceleraba ligeramente, ella acusaba el tirón en los pezones. Para compensar, hacía un pequeño sprint, y entonces el esclavo que iba detrás de ella era quien pagaba el ajuste.
Lo que pasó a continuación era predecible desde la terraza. En una de esas microaceleraciones, el esclavo detrás de la sumisa perdió las pinzas. El grito fue seco, involuntario — el sonido que hace un cuerpo cuando el dolor llega antes de que el cerebro lo espere. La fila entera se detuvo.
—¿Qué os había dicho? —La voz de Diego no era un grito; era algo peor, esa decepción fría y controlada que saben usar bien los que llevan años en esto.— Llevamos toda la mañana con este ejercicio. No sois capaces de mantener el ritmo diez minutos seguidos. Se acabó. Todos a la sala de castigo. Parece que lo estabais buscando. No me extraña que vuestros amos hayan tirado la toalla.
Los seis agacharon la cabeza. Ninguno protestó, ninguno miró al entrenador. Empezaron a moverse hacia el interior en silencio, con la torpeza de quien camina descalzo sobre piedra y tiene las manos atadas al cinturón.
Fue entonces cuando apareció Marc en el jardín, con una fusta en la mano y esa sonrisa de quien lleva el día bien orientado desde primera hora.
—Diego, ¿he oído castigo? ¿Me dejas participar? Tengo ganas de ver qué deja esta fusta en un culo blanco.
—Amo Marc, será un placer. Elija al que más le apetezca. Son todos igual de torpes hoy.
Marc señaló a la sumisa que no había podido seguir el ritmo y al esclavo que había perdido las pinzas. Los demás exhalaron — un alivio mal disimulado que Marc registró y archivó mentalmente, estaba segura. Ya habría tiempo para ese alivio más tarde.
Hizo arrodillar a los dos frente a él. Les enganchó las muñecas al cinturón de argollas y les bajó la cabeza hasta la grava. Ninguno dijo nada. Sabían que cualquier sonido que no les fuera arrancado solo empeoraría las cosas.
Marc se arremangó la camisa con calma, como quien prepara algo que requiere concentración. Empezó con la sumisa. Sin contar, sin advertir, sin preámbulos. El sonido de la fusta sobre la piel es diferente cuando quien la sostiene sabe lo que hace: más limpio, más preciso, menos espectacular y mucho más efectivo. La sumisa aguantó varios golpes en posición antes de perder el equilibrio y caer de lado sobre la grava. Marc la colocó de nuevo tirando de la cadena, y aprovechó para comprobar con los dedos el estado entre sus piernas.
—Mira, Diego. Ya sabemos por qué no podía correr. —Alzó la vista hacia el entrenador.— Déjala cerca de mi habitación esta noche. Creo que le van a gustar mis juguetes. Está chorreando como una fuente.
Se giró hacia el esclavo. Tiró la fusta al suelo. Se desabrochó el pantalón con parsimonia, sin apresurarse. Estaba empalmado. Le separó los glúteos, le escupió en el centro y se lo metió de golpe. El grito del esclavo fue corto y se cortó solo — por entrenamiento o por orgullo, difícil saberlo. Marc cogió el cinturón para ganar profundidad y empezó a moverse a buen ritmo. Se oían los golpes sordos de las caderas contra el cuerpo del esclavo, los jadeos comprimidos del que recibía, el ruido de la grava bajo las rodillas.
Diego había mandado a uno de los sumisos restantes a arrodillarse frente a él. Las tres sumisas que quedaban de pie miraban al frente con los pies juntos y los pezones endurecidos, intentando no dejar ver lo que era perfectamente visible desde la terraza.
Marc terminó con una última embestida y se quedó quieto unos segundos, aún dentro. Cuando se retiró, recogió lo que pudo con los dedos y se lo puso en la boca al esclavo.
—Trágalo todo.
Se subió el pantalón, le dijo algo en voz baja a Diego sin mirarlo siquiera, y desapareció hacia el interior del complejo con la misma parsimonia con la que había llegado.
***
Me giré y entré en la habitación.
Claudia había terminado de ordenarlo todo. La colección de juguetes estaba dispuesta sobre la mesa central con una lógica que yo no le había explicado — y sin embargo era exactamente el orden que habría elegido yo. El jacuzzi ya estaba encendido, la temperatura perfecta, el vapor subiendo lento hacia el ventanal.
El esclavo de Marc estaba arrodillado junto a la puerta, las manos sobre los muslos, la mirada baja. Había escuchado todo lo que había pasado en el jardín. Su cuerpo lo dejaba claro sin necesidad de más explicaciones.
Esta noche la liquidación. Mañana, una decisión.
Pero primero había que hacer algo con el largo viaje en coche, con la tensión acumulada, con las ganas de quemar algo de energía antes de la cena.
Me quité la chaqueta y la dejé caer sobre la silla. Claudia ya estaba de pie a mi lado, esperando instrucciones sin pedirlas. El esclavo no se movió, pero tampoco necesitaba moverse para que yo supiera que estaba listo.
Elegí a Claudia primero. Siempre es mejor empezar por lo que ya conoces antes de explorar lo nuevo.