La transexual discreta que solo unos pocos podían pagar
Deslicé las uñas rojas por mi piel sin un solo vello y sonreí: en unas horas dejaría de ser la chica callada del cuarto piso para volver a ser otra cosa.
Deslicé las uñas rojas por mi piel sin un solo vello y sonreí: en unas horas dejaría de ser la chica callada del cuarto piso para volver a ser otra cosa.
Llevaba años cobrando por mi tiempo, pero esa madrugada, con él dentro de mí y su boca pegada a mi oído, hice algo que no había hecho jamás: olvidarme del dinero.
Le puse un precio absurdo creyendo que se reiría y me dejaría en paz. Asintió sin dudar, y entonces abrió su túnica y entendí en qué me había metido.
Nunca había dejado que nadie lo mirara así, con la falda de cuero ciñéndole los muslos y el corazón a punto de salírsele del pecho.
Tengo 34 años, una melena rubia hasta la cintura y un deseo que ya no disimulo: vivo para obedecer. Esta es mi presentación, sin pudor y sin filtros.
Creía que el vestuario estaba vacío cuando entró en la ducha. No contaba con que dos desconocidos lo estaban mirando, ni con las ganas que esa mirada le despertó.
Lo invité a enseñarme a defenderme. Para cuando mi padre volviera, mi tío ya habría aprendido que bastaba un gesto mío para ponerlo de rodillas.
Llegué con un top rojo y una falda negra, sin ropa interior, sabiendo que al cruzar esa puerta dejaría de pertenecerme a mí misma.
El mensaje tenía tres líneas: «En treinta minutos. Desnúdate antes de entrar». Y la comandante más temida de la central supo que volvía a ser solo suya.
La vi atada al carro, desnuda y en silencio, y en vez de horror sentí envidia. Mi padrino me advirtió que no había vuelta atrás; yo solo quería saber cómo se firmaba.
Las quejas de los vecinos no la asustaban; la encendían. En aquel ascensor olía a cerveza y a hombre sucio, y ella ya estaba de rodillas antes de llegar al último piso.
Subió descalza al autobús con las zapatillas en la mano y, al fondo, un desconocido no podía apartar los ojos de sus pies desnudos sobre el asiento.
Entró al dormitorio y encontró los cajones vacíos de encaje y llenos de ropa de hombre. Esa noche supo que ya no decidía nada por sí misma.
Llevaba toda la tarde sin clientes cuando entró ella. Me arrodillé para calzarle un tacón y, con su pie desnudo entre mis manos, supe que no iba a poder parar.
Le tapé los ojos un segundo, lo justo para encender la grabadora detrás de la almohada. Él nunca supo que esa noche quedó atrapado para siempre en una cinta roja.
Voy desnudo por casa porque nadie me ve. Eso creía, hasta que la vecina de enfrente me saludó con una sonrisa que ya lo sabía todo de mí.
No sé tu nombre, pero sé lo que te espera. Yo también creí que era amor antes de aprender a obedecer cada una de sus órdenes.
Iba por mi tercer whisky cuando el teléfono vibró: «Busco un macho que me trate como su esclava». Abrí la foto en plena fiesta y supe que estaba perdido.
Cuando Bárbara dejó colgando la sandalia de la punta de los dedos, supe que la obedecería allí mismo, en el portal, pasara quien pasara.
Cada tarde le llevaba la cena al anexo y se sentaba con las piernas entreabiertas, susurrándole cómo su antiguo Amo la había entrenado. Lo moldeaba sin que él lo notara.