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Relatos Ardientes

La noche que me convertí en su fantasía

4.4 (5)

Hay fiestas que empiezan como cualquier otra y terminan como algo que te resulta difícil de explicar. Esta es ese tipo de fiesta.

Me tomé mi tiempo preparándome esa tarde. Llevaba semanas guardando el disfraz en una bolsa arriba del armario, esperando la ocasión exacta. Peluca negra larga, vestido de vinilo ajustado que subía por los muslos, plataformas de quince centímetros. Los rellenos estratégicos, el maquillaje dramático, todo en su lugar. Era la primera vez que me permitía salir así de noche, en una fiesta con gente que no me conocía de antes. El anonimato era parte del atractivo.

La reunión era en una casa al norte de la ciudad, en el jardín de alguien a quien yo conocía solo por su nombre en el grupo de WhatsApp donde me habían invitado. Esas fiestas de tercera mano, de invitación abierta y poca historia en común, son las más interesantes. No hay expectativas. No hay imagen que mantener.

Llegué cuando el alcohol ya había suavizado las presentaciones. La música salía desde el interior de la casa hacia el jardín donde la mayoría de la gente se había ido agolpando. Me serví algo de una mesa llena de botellas sin preguntar qué era, me instalé en un rincón y me dediqué a lo que más me gusta: observar.

Pero esa noche me observaron a mí.

***

El primero era alto, de hombros anchos, con el tipo de manos que notas antes que la cara. Se me quedó mirando desde el otro lado del jardín con una concentración sostenida que no tenía nada de casual. Lo vi vacilar un segundo, decidirse, y luego hacer algo muy simple: inclinar la cabeza hacia la puerta de la casa.

No fue sutil. Tampoco pretendió serlo.

Me hice la que no había entendido. Giré hacia la persona más cercana y empecé una conversación intrascendente sobre la música. Él esperó. Cuando volví a mirarlo, seguía en el mismo lugar, con la misma expresión de quien sabe que lo que quiere va a llegar porque tiene tiempo.

La segunda señal fue más directa. Una mirada clara hacia la puerta, de vuelta a mí.

Me excuse de la conversación y lo seguí adentro.

El interior de la casa estaba casi vacío. Pasillo con puertas cerradas, luz tenue, el ruido de la fiesta amortiguado por las paredes. Él esperaba frente a la última puerta. La abrió cuando me vio llegar y yo entré sin que ninguno de los dos dijera nada.

Baño pequeño. Una vela encendida sobre la repisa. Él echó el seguro.

—De rodillas —dijo. Voz baja, sin énfasis, como quien hace una indicación técnica.

Me arrodillé sobre el piso de mosaico.

Lo que siguió fue rápido y sin preámbulos. No negoció, no preguntó, no dijo nada más. Me tomó del pelo y me guió con la misma naturalidad con que habría tomado cualquier otra cosa que le perteneciera. Y yo me dejé llevar porque eso era lo que mi cuerpo llevaba horas pidiéndome que hiciera.

Cuando terminó, se acomodó la ropa con calma, sin mirarme, y salió. La puerta se cerró con un clic suave.

Me quedé en el piso del baño un momento. Las rodillas frías sobre el mosaico. Algo encendido en el pecho que no sabía muy bien cómo clasificar.

***

Volví al jardín. Me arreglé la peluca frente al cristal de una ventana, me corregí el labial, y pedí otra copa de lo que fuera.

La música había cambiado. Algo más lento, más pesado. La gente bailaba apretada cerca de los altavoces que alguien había sacado al exterior. Yo estaba en ese punto preciso entre el deseo y el discernimiento: lo suficientemente borracha para querer más, lo suficientemente presente como para elegir.

Lo vi apoyado en la pared del fondo.

Moreno, corpulento, con esa clase de barba que es una elección y no un descuido. Tenía una botella en la mano y miraba la fiesta como si la observara desde afuera. Ese tipo de hombre que está en los lugares sin estar del todo. Ese tipo me gusta.

Empecé a bailar en su línea de visión. No de frente, no de manera obvia, sino de perfil. Lo suficiente para que decidiera. Crucé su campo visual dos veces. A la tercera, se movió.

No dijo nada. Se instaló detrás de mí y puso las manos en mis caderas.

Bailamos así varios minutos. Sus manos recorrían mis costados, apretaban mis caderas contra él. Su cuerpo era sólido y caliente. Olía a algo cítrico y a sudor limpio.

—Salgamos —propuso al oído.

Su amigo, desde el sofá de la terraza, se incorporó de golpe.

—Esperen, yo también.

Damián —así lo había bautizado en mi cabeza— me dirigió una mirada que contenía algo entre disculpa y paciencia. Asentí con un pequeño gesto. Los tres salimos a la calle.

Había una banca de piedra junto a unos arbustos altos al costado de la casa. El amigo se sentó con la gravedad de quien acaba de encontrar su lugar definitivo en el mundo. Encendió un cigarrillo. A los tres minutos tenía la cabeza caída sobre el pecho.

Los dos lo observamos en silencio.

—Tiene sueño —dijo Damián.

—Parece —dije.

Nos metimos entre los arbustos.

***

La oscuridad ahí dentro era espesa y concreta. Las hojas me rozaban los muslos y el suelo estaba irregular bajo las plataformas. Damián me empujó contra el tronco del árbol más cercano y me besó con una urgencia que no tenía nada de suave.

—¿Cuánto llevas esperando esto? —preguntó contra mi boca.

—Bastante —admití.

Puso ambas manos en mi pecho. Se detuvo un segundo, apretó.

—¿Real? —preguntó.

—No —dije.

—No importa —respondió, y siguió.

Sus manos trabajaban con esa clase de concentración que tiene el alcohol cuando lo enfoca en lugar de dispersarlo. Lo que encontraba bajo el vinilo y el relleno no era exactamente lo que esperaba tocar, y eso evidentemente no le preocupaba.

Tenía su verga en mi mano. Dura, insistente, empujando contra la tela del pantalón. La apreté y él gruñó en voz baja.

—Baja —dijo.

Me puse de rodillas por segunda vez esa noche. La tierra fría bajo las rodillas, las medias ya arruinadas, los arbustos rozándome los hombros. Damián me agarró del pelo con una mano y con la otra se acomodó.

A diferencia del primero, Damián era ruidoso. Murmuraba, maldecía en voz muy baja, me daba instrucciones que no eran sugerencias.

—Así, no te detengas —decía—. Mírame.

Lo miré.

—Bien, perra —dijo, y la palabra aterrizó en algún punto entre la vergüenza y algo que no era vergüenza del todo.

Me cachetó la mejilla con su verga, una vez, con deliberación. Un test claro. Me quedé quieta.

—¿Quieres más? —preguntó.

—Sí —dije. Y lo decía en serio.

Me escupió. Un gesto que debería haberme hecho ponerme de pie y marcharme, y que en cambio produjo en mí algo que todavía no termino de entender del todo.

Me levantó de un tirón. Me dio la vuelta. Me apoyó contra el árbol, me levantó la falda, y bajó la tanga de un jalón seco.

—Quieta —dijo.

Me quedé quieta.

Lo que vino fue sin aviso ni gradualidad. Dolor agudo, inmediato, como algo que ocupa un espacio que no estaba preparado para ser ocupado. Grité. No pude evitarlo.

—Cállate —dijo él, sin crueldad, como si fuera una instrucción práctica más.

Me mordí el labio. Apoyé la frente en la corteza del árbol. Me concentré en respirar.

Él se quedó quieto un momento. Ahí dentro, sin moverse todavía, solo presente. Como si esperara algo, o como si simplemente disfrutara ese instante específico en que un cuerpo cede.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Me duele —respondí.

—Ya sé. Eso no es lo que pregunté.

No contesté. Porque la respuesta era complicada y mi cuerpo ya la estaba procesando sin esperar al cerebro.

Empezó a moverse.

—Ladra —dijo.

Me detuve a procesar la instrucción.

—¿Qué?

—Que ladres.

Lo dijo sin impaciencia. Con la calma de quien no necesita repetirse porque sabe que va a ser obedecido.

—No voy a... —empecé.

Me apretó el cuello con una mano. Firme, no violento. Una presión que era más un enunciado que una amenaza.

—Ladra.

Estoy entre unos arbustos, de noche, con las rodillas en la tierra y un extraño que me pide que ladre, pensé. Esto es lo más ridículo y humillante que me ha pasado en la vida.

—Guau —susurré. Un sonido diminuto. Una vergüenza pequeña y cálida.

—Más fuerte.

Me enterró más adentro.

—¡Guau! —dije, con la voz ya rota.

—LADRA.

—¡GUAU! —grité, y el sonido se mezcló con la música lejana y el ruido de la avenida y el crujido de las hojas a mi alrededor.

Y en ese momento exacto algo sucedió. No sé cómo describir esto sin que suene a justificación o a narrativa terapéutica barata. Pero en ese instante preciso —arrodillada en la tierra, ladrando en la oscuridad, con ese desconocido dentro de mí y las lágrimas en las comisuras de los ojos por el dolor y el absurdo y la humillación mezclados en proporciones iguales— algo se soltó.

Algo que cargaba en los hombros sin saber que lo cargaba.

Terminó poco después. Un gruñido corto y la separación brusca de quien ha concluido lo que vino a hacer.

—Gracias —dijo, y el tono era casi formal.

Salí de los arbustos. El amigo de Damián seguía dormido en la banca, con el cigarrillo consumido entre los dedos. Lo miré un momento y sentí algo que no esperaba sentir: ternura.

Subí a la casa. Me lavé las manos en el mismo baño donde había estado horas antes. Me miré en el espejo.

La que me devolvía la mirada tenía las medias destruidas, el labial borrado, la peluca torcida. Y los ojos de alguien que acaba de hacer exactamente lo que necesitaba hacer, aunque no lo sabía cuando salió de casa esa tarde.

***

Hay cosas que te pasan y que sabes, mientras te pasan, que te van a decir algo sobre ti misma. No porque sean buenas ni bonitas, sino por lo que revelan cuando los filtros desaparecen y lo que queda eres tú.

Esa noche desaparecieron los filtros.

Y lo que quedé siendo no me asustó en absoluto.

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4.4 (5)

Comentarios (8)

NocturnaR

Increible relato, me enganche desde la primera linea y no pude soltar el celular hasta terminar. La parte final me dejo pensando mucho rato.

Kamile

Por favor escribi mas!!! quede con ganas de saber como siguio todo, se hizo muy corto.

vikingo33

No es el tipico relato de esta categoria, tiene algo mas profundo que lo hace diferente. Muy bueno.

Jordi

Tremendo, lo lei dos veces. Se me hizo corto pero lo que hay esta muy bien logrado.

Janet

Me encanto como esta escrito, se siente genuino y sin forzar nada. Sigue publicando!!

ArielRel

jajaja ese giro al final me mato, muy bien jugado

SofiaKB

Que buen estilo tenes para narrar, lo lei de un tiron. Saludos desde México

Cachopo

Buenisimo, esperando ansioso el proximo relato.

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