Me despierto empapada y siempre te imagino
Hay mañanas en que el cuerpo me adelanta a la mente. Me despierto con las sábanas húmedas y algo que no es exactamente dolor expandiéndose desde el vientre hacia arriba, ocupando el espacio debajo del esternón, subiéndome hasta la garganta. Las caderas se mueven solas, buscando roce contra la nada, contra el colchón, contra el aire. Los ojos todavía cerrados, el cuarto todavía oscuro, y ya estoy perdida antes de haberme despertado del todo. Me doy cuenta de que tengo la mano metida entre los muslos desde vaya a saber cuándo, dos dedos hundidos en el coño empapado, moviéndose solos con un ritmo que aprendí durmiendo.
No importa si el día anterior estuve satisfecha. No importa si me toqué la noche anterior, justo antes de quedarme dormida con el teléfono en la mano y los ojos pesados. La sensación aparece sin patrón y sin aviso, y una vez que llega es imposible ignorarla. Todo el cuerpo queda encendido de golpe: la piel más sensible que de costumbre, la respiración más lenta, el tiempo suspendido en esa hora extraña de la madrugada donde el mundo todavía no existe y yo soy solamente cuerpo. Los pezones se me endurecen contra la tela de la camiseta con la que me duermo, y cuando me los rozo con la palma que tengo libre suelto un jadeo bajito que se queda flotando en la oscuridad.
Y entonces te imagino a ti.
No tengo tu cara. Nunca la tuve. Eres un hombre que lleva años encima —los suficientes para que se note en la postura, en la forma de moverse, en la manera de poner las manos sobre algo que quieres—, con algo en la mirada que dice que ya sabes lo que quieres y no necesitas justificarlo. En mi imaginación no apareces de repente: te construyo despacio, con la misma atención con que se construye algo que importa. Los hombros, las manos, la firmeza de lo que pides sin tener que pedirlo. La polla marcándose contra el pantalón antes incluso de tocarme, gruesa y dura, como si el solo hecho de mirarme te la hubiera puesto así.
Y la manera en que me miras.
Porque te imagino mirándome como si no terminaras de creer que estoy aquí. Con esa mezcla de deseo e incredulidad que me hace perder el juicio: que no puedas creer que una chica como yo esté dispuesta, disponible, mirándote de vuelta sin ningún pero. Esa duda tuya —esa inseguridad pequeña, bien disimulada, que casi paso por alto si no estuviera prestando atención— es lo que me enciende más que cualquier otra cosa. No la arrogancia. No la seguridad de quien ya ganó antes de empezar. El asombro de quien no esperaba ganar.
Hay algo en ese desequilibrio —tú con años encima, yo con la urgencia que todavía no aprendí a disimular— que me genera una satisfacción difícil de nombrar. No es compasión. No es exactamente poder. Es algo más parecido a la certeza de ser exactamente lo que alguien necesita, en el momento preciso, sin pretextos ni medias tintas. No tengo que fingir que no quiero esto. No tengo que actuar como si me diera lo mismo. Puedo estar completamente aquí, completamente presente, completamente dispuesta a abrirme de piernas y dejarte follar hasta que a los dos se nos nuble la vista, y esa libertad —la de no pretender nada— es parte de lo que me hace perder la cabeza.
Me imagino cómo entrarías al cuarto. No corriendo, no con urgencia visible. Despacio, como alguien que quiere dejar claro que tiene el control incluso cuando por dentro no lo tiene en absoluto. Esa contradicción —la fachada serena, el deseo desbordado debajo— es lo que más me funciona cuando cierro los ojos y te construyo en la oscuridad de la madrugada.
Hay una diferencia entre el deseo que se sienta a esperar y el deseo que se levanta a buscarte. El tuyo es del segundo tipo. Lo noto en que no preguntas si puedes, sino que te acercas y ves cómo respondo. En que no ofreces —tomas, con la certeza de alguien que sabe que lo que toma no va a salir corriendo.
Llevas tiempo sin tener esto. Lo noto en cómo me buscas.
***
En mi fantasía siempre empieza igual: los dos todavía con ropa, tú detrás de mí, las manos en mis caderas como si fueras a decir algo importante y en cambio no dices nada. Solo te presionas contra mí y siento lo excitado que estás incluso a través de la tela. La polla dura, gruesa, marcándose contra mi culo, buscando el hueco entre las nalgas y frotándose ahí, insistente. Hay algo en eso —lo urgente, lo necesitado— que me dobla por dentro de una manera que no sabría explicar si alguien me lo pidiera.
—Así —te digo—. Apriétame fuerte.
Y tú lo haces. Me aprietas las caderas con las dos manos y te mueves contra mí, buscando fricción con lo que hay, con lo que tienes, y jadeas bajito como alguien que lleva demasiado tiempo conteniendo algo. Yo echo la cabeza hacia atrás, te dejo. Cierro los ojos y me permito ser lo que necesitas, porque a mí también me encanta serlo. Una de tus manos me sube por el vientre, me encuentra un pecho por debajo de la tela, me lo estruja entero, y el pezón se me pone de piedra entre tus dedos mientras la otra mano me baja hasta la entrepierna y palpa por encima de la ropa cómo estoy: hecha una sopa, la tela pegada a los labios, tú resoplando en mi nuca al descubrirlo.
—Estás empapada —susurras, y la voz te sale ronca, incrédula.
—Para ti —te contesto—. Todo esto es para ti. Métela, dale. Ya.
Me giras. Me arrancas la camiseta por la cabeza y las tetas me quedan al aire, pesadas, los pezones apuntando hacia arriba, pidiendo boca. Te agachas y me chupas uno mientras el otro te lo estrujas con la mano, y yo te agarro del pelo y te lo aprieto contra la cara para que no pare, para que muerda, para que use los dientes. Bajas por el vientre a lengüetazos húmedos, me arrancas las bragas de un tirón —el elástico me araña la cadera, no me importa—, me abres los muslos con esas manos grandes y me clavas la cara en el coño sin ceremonia. La lengua entera, plana, subiendo desde la entrada hasta el clítoris de una sola pasada larga que me hace doblarme por la cintura.
—Ay, joder —gimo—. Así, no pares, ahí, ahí mismo.
Me chupas el clítoris con los labios cerrados alrededor, tirando de él, y me metes dos dedos a la vez, gruesos, hasta el fondo, curvándolos hacia arriba para tocarme ese punto que hace que se me escape el aire. Los mueves rápido, con la muñeca entera, mientras la lengua me sigue trabajando el clítoris, y yo me agarro a las sábanas con las dos manos y empiezo a follarme sola contra tu cara, subiendo las caderas para encontrarme con tu boca. Se te llena la barba de mi flujo, oigo cómo tragas, cómo gimes contra mi coño porque el sabor te tiene loco, y esa vibración de tu voz metida ahí adentro me manda directa hacia el primer clímax.
—Me corro —te aviso—. Me corro en tu boca, no te muevas, no te muevas.
Y me corro. Las piernas se me cierran alrededor de tu cabeza, los talones se me clavan en tu espalda, y todo el vientre me tiembla mientras te vacío la boca de líquido caliente. Tú no paras. Tragas, chupas, aguantas ahí con la lengua clavada mientras me sacude el orgasmo, y cuando por fin me abro y te suelto la cabeza subes por mi cuerpo con la boca brillante y la sonrisa de quien acaba de comer bien.
—Ahora sí —me dices—. Ahora abre las piernas.
Y me llenas de un solo movimiento: todo, de una sola vez, sin aviso. La polla entera, hasta la base, empujando contra el fondo. El aire se me va. Los ojos se me van. Me clavo en tus antebrazos con las uñas y entre los dientes sale un sonido que no reconozco como mío, un gruñido bajo, medio de dolor medio de gloria, porque la tienes gruesa y me la has metido sin pausa y me estás abriendo por dentro de una manera que voy a sentir todo el día. Te quedas quieto un segundo —solo un segundo, como si los dos necesitáramos procesar lo que acaba de pasar— y luego empiezas a moverte, y ya no hay pausa, ya no hay gentileza, ya no hay ninguna de las cosas que los dos sabemos que esto no necesita.
Me muevo contigo. Te busco. Empujo las caderas hacia arriba con cada embestida tuya para que llegues más adentro, para que no quede espacio entre nosotros. Y funciona: llegas a un lugar que pocas veces se alcanza, y me quejo en voz alta porque sería una injusticia callarlo. El sonido de tus huevos golpeándome el culo con cada envite llena el cuarto, mezclado con el chapoteo del coño empapado tragándote la polla una y otra vez.
—¿No puedes creer que me moje así cuando me la metes? —te pregunto entre jadeos—. Mira cómo entra. Mírate la polla entrando en mí.
Tú miras hacia abajo y se te escapa un gemido de macho al ver cómo desapareces dentro de mí, cómo salgo brillante de flujo cada vez que te retiras, cómo vuelvo a tragarte hasta la base cuando empujas. Tú no contestas con palabras. La respuesta es apretar más. Agarrarme por debajo de las rodillas y abrirme más todavía, doblarme hasta que las tetas se me aplastan contra las tuyas, follarme desde arriba con todo el peso del cuerpo cayéndome encima.
***
En esta parte de la fantasía me detengo un momento y te imagino la cara: la concentración, la vena marcada en la frente, el sudor que ya te hace brillar la piel. El esfuerzo real de alguien que lo da todo porque sabe que esto no pasa todos los días. Los músculos de los brazos tensos, la mandíbula apretada, los ojos fijos en mí como si apartarlos pudiera romper el hechizo. La polla brillante de mí cada vez que sale, el vientre marcado con cada embestida, los huevos apretados y llenos.
Me sacas. Me giras. Me pones a cuatro patas con una firmeza que no admite discusión y me vuelves a meter la polla desde atrás, hasta el fondo, agarrándome del pelo con una mano y del culo con la otra. Me rebotan los pechos con cada golpe. Grandes y llenos, moviéndose con la inercia de tus embestidas mientras me usas para tu propio placer, y eso —que me uses, que seas tan honesto en tu necesidad— me excita más que cualquier ternura que pudieras ofrecerme. No vine aquí para ternura.
—Dime que soy tuya —te pido, con la cara aplastada contra el colchón y el culo levantado para ti.
—Eres mía —me contestas, tirándome del pelo hacia atrás, arqueándome la espalda—. Este coño es mío. Dilo.
—Es tuyo. Todo tuyo. Fóllame más fuerte, dale.
Tus caderas golpean contra las mías una y otra vez, con una cadencia que empieza controlada y se va volviendo animal a medida que te acercas. Siento cada impacto. Los quiero todos. Me metes el pulgar en el culo mientras me sigues follando el coño con la polla, y suelto un grito ahogado contra la almohada porque la sensación de estar llena por los dos lados me hace ver estrellas. Siento tus manos volver a mis caderas, guiándome, marcando el ritmo que tú eliges.
Me giras otra vez. Me quieres mirar. Me quieres tener debajo cuando pase lo que va a pasar. Me abres las piernas de nuevo y me la vuelves a meter, esta vez despacio, centímetro a centímetro, mirándome a los ojos, y yo se me nubla la vista de puro gusto.
—Ahógame —te digo.
La primera vez lo haces con cuidado. Una mano alrededor del cuello, poca presión, mirándome para ver cómo respondo. Te devuelvo la mirada sin parpadear. Arqueo una ceja.
—¿Eso es todo?
La segunda vez no es tan cuidadosa.
La mano aprieta de verdad y el aire se corta y el cuarto entero se hace más pequeño, más brillante, más concentrado en un solo punto. Gimo de una manera que me sorprende incluso dentro de mi propia cabeza, un sonido ronco que se me queda atrapado en la garganta cerrada. La otra mano la pido en mi cara —una sola vez, fuerte—, y la mejilla me arde de inmediato, la piel enrojeciendo al mismo ritmo que el calor que me sube por dentro, y los ojos se me pierden hacia arriba porque la combinación de todo —tu polla clavada hasta el fondo, la mano en el cuello, la mejilla ardiendo, tus huevos golpeándome el culo con cada envite— me lleva a un lugar donde el pensamiento no alcanza.
Soy solo sensación.
Solo ese calor expandiéndose desde el centro del cuerpo hacia los extremos, hacia los dedos de los pies, hacia el cuero cabelludo. Solo el sonido de tu respiración mezclada con la mía, el de nuestros cuerpos golpeándose con la urgencia de quien sabe que el tiempo se acaba. Solo la presión de tus dedos y la temperatura de tu piel contra la mía. Solo la polla entrando y saliendo, la fricción, el chapoteo, el coño mío contrayéndose alrededor de ti sin que yo lo mande.
Hay un instante —brevísimo, imposible de retener— en que todo converge al mismo tiempo: el peso de tu mano en mi cuello, el calor de tu cuerpo contra mi espalda, el sonido de tu respiración quebrada al oído. Un instante en que no hay antes ni después, solo esto. Solo el presente reduciéndose a un punto tan pequeño que cabe entero en el pecho.
Me contraigo. Aprieto. El cuerpo hace lo suyo sin que yo lo decida. Me corro sobre tu polla con un grito que la mano en el cuello me deja salir a medias, y siento cómo el coño te aprieta, te ordeña, te tira hacia adentro mientras me sacude el orgasmo entero.
***
—No aguanto más —me dices.
Y hay una vergüenza pequeña en tu voz, casi invisible, pero la escucho. Te preocupa haber llegado al límite tan pronto, te genera inseguridad ese borde que no puedes empujar más. Pero yo suelto un gemido —uno solo, ronco y verdadero— justo cuando me liberas el cuello para dejarme respirar, y ese sonido solo dice una cosa: que yo también estaba al borde, que no hay nada de malo en esto, que si te deshiciste rápido es porque lo que pasó aquí lo merecía.
—Córrete dentro —te pido, y hay algo deliberadamente pequeño en el tono, algo que pide en vez de exigir, porque sé que eso también es parte de lo que necesitas escuchar—. Lléname entera. Quiero sentirte.
Te acabas dentro de mí con un gruñido largo que te sale desde el vientre, y siento los chorros calientes uno tras otro, la polla latiéndote adentro, vaciándote hasta la última gota, y me contraigo alrededor de ti, el cuerpo apretándote con cada espasmo que me recorre de pies a cabeza. Los dedos clavados en tus brazos, la espalda arqueada, las piernas temblando alrededor de tu cintura. Empujo las caderas hacia arriba una y otra vez, buscándote todavía, complementándome contigo hasta el final, exprimiéndote hasta que ya no queda nada por dar.
—Dale —me dices al oído, la voz rota—. Así. Aprieta, aprieta, no me sueltes.
Y lloro. No de tristeza, no exactamente de placer tampoco, sino de la sobrecarga: el cuerpo que no sabe cómo procesar todo lo que está recibiendo y opta por las lágrimas como la única válvula disponible. No veo nada. Todo se pone blanco, o todo se pone negro —no sé cuál de los dos—, pero el resultado es el mismo: no estoy aquí por un momento.
Cuando vuelvo, lo primero que siento es tu peso encima del mío. Pesado. Cálido. Real en la medida en que algo imaginado puede ser real. La polla todavía dentro, ablandándose despacio, tu semen goteándome por los muslos cuando finalmente te sales.
Acabo una vez más sin que ninguno de los dos se mueva, solo por el contacto y el calor y la sensación de tenerte encima todavía, la mezcla nuestra chorreándome por el culo y las sábanas. Un espasmo largo que me dobla hacia adelante y no me deja soltar el aire del todo.
—Eres preciosa —me dices, con la voz de alguien que acaba de entender algo que no esperaba entender.
Me chupas el cuello. La piel salada, todavía acelerada. Me das un golpe en el pecho, suave esta vez, casi cariñoso. Y te levantas.
***
Las sábanas están húmedas. El cuarto tiene la misma luz gris de siempre a esta hora. Sigo sola.
No estás. Nunca estuviste. No sé cómo te llamas, no sé qué cara tienes, no sé si existes en algún lugar del mundo o si eres solo una construcción que mi cuerpo necesitaba esta mañana para poder levantarse y seguir. Me saco los dedos de entre las piernas —los tengo brillantes, pegajosos, con el olor de mi propia corrida— y los apoyo sobre el vientre mientras la respiración vuelve.
Me quedo quieta unos minutos mirando el techo. La respiración va volviendo a su ritmo. El calor baja despacio, como el agua después de apagar el fuego. Me siento los músculos de las piernas todavía tensos, la piel del cuello todavía sensible, las yemas de los dedos húmedas, el coño palpitando bajito, satisfecho por ahora.
Hay algo tranquilizador en saber que este deseo no necesita resolverse de una vez ni en una sola persona. Que puede vivir aquí, en este espacio entre el sueño y el día, sin tener que volverse real para ser verdadero. Lo que imagino tiene la precisión de algo que importa y la levedad de algo que no puede lastimarte. Estás completo en mi cabeza: la firmeza de tus manos, el peso de tu cuerpo, el grosor de la polla, el sonido de tu voz cuando la urgencia te quita la compostura.
Pienso que debería ir por agua. Pienso que tengo cosas que hacer. Pienso que la próxima vez que amanezca así, vas a estar ahí otra vez, puntual y sin cara, esperando que te invente de nuevo.
Y sé que lo haré.