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Relatos Ardientes

Mi marido invitó al vendedor a castigarme

4.3 (4)

La noche que Rodrigo me propuso ese juego llevábamos ya media hora sin dormir. Los dos mirábamos el techo en silencio, fingiendo que el sueño estaba a punto de llegar, cuando en realidad ninguno tenía ninguna intención de cerrar los ojos todavía.

—Oye —dijo al fin—. Hace casi tres semanas que no ves a Marco.

No respondí enseguida. Contar hasta tres antes de hablar siempre me da tiempo para pensar.

—¿Y? —dije al fin.

—Solo pregunto. ¿Ya no piensas volver a verlo?

Rodé hacia un lado para mirarle la cara. La luz del pasillo se colaba por debajo de la puerta y le iluminaba el perfil. Parecía tranquilo, pero llevo nueve años casada con Rodrigo y sé perfectamente cuándo está tranquilo de verdad y cuándo lo finge muy bien.

—Pensé que habías quedado satisfecho con las dos veces —dije.

—¿Tú lo estás?

Ahí estaba. La pregunta que los dos sabíamos que iba a llegar tarde o temprano.

—No lo sé —respondí.

—Yo tampoco lo estoy. —Hizo una pausa—. Escucha, tengo una propuesta. ¿Y si lo invitas a casa? Como si fuera una reunión de amigos normal. Él puede tocarte, hacerte lo que quiera, pero como si yo no me diera cuenta. Un secreto entre ustedes dos mientras yo estoy delante.

Me incorporé sobre el codo para verle la cara mejor.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

Sentí los pezones endurecerse debajo de la camiseta de algodón. Rodrigo bajó la vista un instante y sonrió despacio.

—Creo que la idea te ha gustado más de lo que quieres reconocer.

—Cállate —le dije, sin ninguna convicción real.

***

Al día siguiente, antes de salir al trabajo, le escribí un mensaje a Marco contándole la propuesta a grandes rasgos. El trabajo me tuvo ocupada toda la mañana y no pude revisar el teléfono hasta la tarde, ya en casa. Su respuesta decía que estaba libre el fin de semana siguiente, no el actual.

Me decepcioné un momento. Solo un momento.

Le respondí con más detalle. Le expliqué que Rodrigo quería conocerlo como si fuera un amigo más, pero que si Marco lograba tocarme sin que mi marido «se diera cuenta», al final de la tarde tendríamos un rato para nosotros solos. La única condición era que actuara con discreción mientras Rodrigo estuviera presente.

La respuesta llegó en menos de treinta segundos: «¿En serio? ¿Tu marido sabe todo esto?».

Le confirmé que sí, que Rodrigo estaba completamente al tanto y que no tenía nada de qué preocuparse.

«Entonces me aseguro de portarme muy, muy mal», escribió.

Guardé el teléfono en el bolsillo del pantalón y fui a la cocina, donde mi suegro estaba preparando la cena. Me había puesto una camiseta de tirantes sin pensar demasiado en el escote, todavía con la cabeza en la conversación con Marco. Mi suegro levantó los ojos cuando entré, los bajó de inmediato y volvió a concentrarse en la sartén.

—¿Te ayudo en algo? —pregunté, apoyándome en la encimera de enfrente.

—Puedes picar las verduras, si quieres —dijo, mirando la pared.

—Claro que sí.

El cuchillo estaba en el lado donde él estaba trabajando. Me acerqué para tomarlo, pasé frente a él más cerca de lo estrictamente necesario. Su cara se puso roja hasta las orejas. Tomé el cuchillo y me alejé a la otra encimera sin decir nada más, sin mirarle.

No pasó nada más. Cenamos los tres, mi suegro habló de fútbol, yo asentí en los momentos adecuados. Cuando llegó Rodrigo esa noche, le conté lo de Marco pero callé lo de su padre.

—Este fin de semana no puede —le dije.

Se le fue un poco la cara.

—El siguiente sí —añadí rápidamente.

Asintió, pensativo. Y luego me miró con esa expresión que conozco desde hace años: la de cuando tiene una idea que le parece brillante y está esperando el momento justo para contarla.

—¿Sabes qué? —dijo—. Este fin de semana podríamos ir de compras igualmente.

—¿De compras? —Lo miré.

—Quiero que te compres algo especial. Para nosotros.

—Ah. —Entendí enseguida a qué se refería—. ¿Y dónde vamos?

—Ya veremos. Pero creo que te va a gustar más de lo que crees.

***

El sábado nos fuimos en coche a un centro comercial en otra ciudad, a unos cuarenta minutos en carretera. Yo llevaba una falda vaquera que me llegaba a media muslo y una blusa con un escote suficiente para que la gente mirara un segundo más sin llegar a lo escandaloso. Rodrigo estaba de un humor excelente, cantó con la radio durante casi todo el trayecto.

En el centro comercial no encontramos nada. Demasiado discreto, demasiado convencional. Salimos a la calle y empezamos a recorrer los locales de las calles del centro, esos que están entre medianeras y no tienen rótulo llamativo en la fachada. Fue en uno de esos locales, con una puerta entreabierta y ropa colgada hasta el techo en barras metálicas, donde encontramos lo que buscábamos.

Adentro había un hombre de unos cincuenta años sentado detrás de una caja registradora antigua. Corpulento, pelo canoso, con una sonrisa fácil de vendedor hecho a todo. Lo llamaré Nicolás.

Se levantó en cuanto nos vio entrar.

—Buenas tardes, pasen. ¿En qué les puedo ayudar?

—Mi mujer busca algo especial —dijo Rodrigo, mirando los percheros con las manos en los bolsillos.

—Claro, claro. ¿Qué tipo de especial? Tenemos ropa de deporte, casual, vestidos de fiesta, faldas, blusas…

—No —dijo Rodrigo con una calma que me sorprendió incluso a mí—. Algo para la intimidad. Ya me entiende.

Nicolás parpadeó. Una fracción de segundo de sorpresa genuina, no más. Luego asintió con naturalidad, como si le pidieran eso todos los días.

—Ah, sí, claro. Tenemos algunas cosas en la trastienda. Déjenme un momento.

Desapareció por una puerta lateral y volvió con los brazos cargados: disfraces de colegiala, de enfermera, minifaldas cortas, tops diminutos, conjuntos de encaje, bodies de una sola pieza. Lo extendió todo sobre el mostrador sin ninguna ceremonia.

—Esto es lo que tenemos por ahora. Si no les convence nada, puedo encargar otras cosas.

Me fijé en una minifalda de tablones rosa, muy corta, y en un top que era básicamente dos triángulos de tela unidos por un cordón. Exactamente lo que necesitaba ver.

—Quiero probarme estos dos —dije.

Nicolás señaló hacia el fondo del local.

—Los probadores están al final, detrás de las estanterías del fondo.

Eran dos cubículos improvisados entre cajas de cartón, con cortinas en lugar de puertas. Entré al primero con las dos prendas y corrí la cortina. Mientras me cambiaba, escuché que Rodrigo se había quedado afuera conversando con Nicolás. Sus voces llegaban amortiguadas, sin que yo pudiera distinguir las palabras desde donde estaba.

La minifalda me quedaba a mitad de las nalgas. El top, con el volumen de mi pecho, era más transparente que opaco. Me puse las medias blancas que venían incluidas con la falda, que me llegaban hasta media muslo. Me miré un momento en el espejo pequeño colgado en la pared y respiré hondo.

—¿Ya estás? —preguntó Rodrigo desde afuera.

—Ya salgo.

Corrí la cortina y salí.

Nicolás estaba de pie junto a Rodrigo, a metro y medio de distancia. Cuando me vio, abrió la boca un instante antes de recordar que era un profesional y volvió a cerrarla. Sentí los pezones marcarse contra la tela fina del top.

—Date una vuelta —dijo Rodrigo.

Me giré despacio. La minifalda no cubría nada al girarme. Sentí las dos miradas posarse en mis nalgas y el calor subiéndome por el cuello.

—Estás increíble, amor. —Rodrigo se volvió hacia el vendedor—. ¿Tú qué opinas, Nicolás? ¿Le sienta bien?

—Muy bien —respondió Nicolás, con una voz ligeramente más ronca que antes—. Le queda perfecto, de verdad.

Rodrigo me tomó de la cintura y me colocó frente a él, con las nalgas orientadas directamente hacia donde estaba Nicolás.

—Ay —dijo de repente—. Tenías un mosquito.

Y me dio una nalgada.

El sonido resonó en la trastienda silenciosa. Solté un pequeño sonido de sorpresa que no pude contener del todo.

—Perdona, amor —dijo con una sonrisa que no tenía nada de inocente—. Es que aquí hay muchos. —Giró la cabeza hacia Nicolás—: Oye, ¿ves otro en la nalga de este lado? Mátalo tú, que desde donde estás tienes mejor ángulo.

Silencio.

Tres o cuatro segundos en los que nadie se movió, nadie habló, nadie respiró demasiado fuerte.

Luego sentí la mano de Nicolás. Abierta. Un golpe seco y firme en la nalga derecha que me hizo dar un pequeño paso al frente para recuperar el equilibrio.

—Sí —dijo—. Por esta zona abundan bastante.

Mi respiración ya no era regular. Rodrigo soltó una carcajada suave.

—Como los golpeamos mucho se les va el color —dijo—. Habrá que darles un poco de cariño para que no duelan tanto.

Y empezó a acariciarme la nalga izquierda. Despacio, circular, sin apuro. Luego sentí una segunda mano, la de Nicolás, haciendo lo mismo en el lado derecho. Las dos manos moviéndose al mismo tiempo, apretando, separando, recorriendo. Cerré los ojos un momento.

—Otro mosquito —anunció Rodrigo.

Nalgada. Esta vez de Nicolás, sin que nadie se lo pidiera explícitamente. Luego otra de Rodrigo. Luego las caricias de nuevo, lentas, circulares. El ciclo se repitió varias veces hasta que ya no podía estar segura de qué mano era de quién.

Llevábamos así un rato cuando Rodrigo hizo algo que no esperaba: me bajó el top.

El aire frío de la tienda me rozó la piel un segundo antes de que la mirada de Nicolás la calentara de nuevo.

—¿Qué te parecen? —le preguntó Rodrigo, con la misma calma con la que antes había preguntado por los mosquitos.

—Son increíbles —dijo Nicolás. En su voz ya no había rastro de profesionalidad.

—También necesitan atención —dijo Rodrigo.

Nicolás extendió la mano sin más preámbulos.

Los dos me tocaron a la vez: Rodrigo desde atrás, Nicolás desde delante, ritmos distintos, presiones distintas. Yo me concentraba en mantener el equilibrio y en no hacer demasiado ruido, aunque la tienda estuviera vacía y la única barrera entre nosotros y la calle fuera esa puerta entreabierta al fondo.

Esto no puede seguir así indefinidamente.

El pensamiento llegó claro, sin dramatismo, desde algún lugar muy sereno dentro de mi cabeza.

—Rodrigo —dije.

—¿Mm?

—Nos vamos.

—¿Estás segura?

—Muy segura.

Sentí una última nalgada de Nicolás, firme, como despedida o como último intento. Rodrigo me soltó con una sonrisa y se apartó un paso.

—Lástima, amigo —le dijo—. Cuando ella decide que nos vamos, nos vamos.

Nicolás asintió con la cabeza. No intentó convencerme de nada.

Le di la espalda y volví al probador, me puse mi ropa, y salí con la minifalda y el top doblados sobre el brazo. En el mostrador, Nicolás rechazó el dinero con un gesto de la mano.

—Quédenselos —dijo, con una expresión entre agradecida y resignada que no supe exactamente cómo clasificar.

Salimos a la calle. El sol de la tarde todavía calentaba las baldosas. Rodrigo me tomó de la mano como si acabáramos de salir de una heladería cualquiera.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Bien —dije.

Y era verdad. Estaba bien, estaba acelerada, y no podía dejar de pensar en Marco, en el fin de semana siguiente, y en que Rodrigo me conoce mejor de lo que me conviene admitir.

—¿Lo repetimos algún día? —preguntó.

Lo miré.

—Pregúntame la semana que viene.

Sonrió. Yo también.

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4.3 (4)

Comentarios (9)

Dom55

excelente relato!!! me enganchó desde la primera línea

CuriosaNocturna

Por favor una segunda parte, se hizo cortisimo. Quede con ganas de saber como termina todo

Gaston_MDQ

jajaja me imagino la cara del encargado. Tremendo, muy buen relato

MiriamOsorno

Esto lo viviste vos? Se siente muy real, eso lo hace mas entretenido aun

Enrique77

Hace tiempo no leia algo tan morboso y bien narrado. Felicitaciones, segui asi!

PatricioV88

Me recordó a algo que viví hace un tiempo, jeje. Muy entretenido, con buen suspenso sin apurarse

Camila95

seguí así!! me encantó

rodorico

La dinamica que planteaste entre los personajes es adictiva. Se nota que sabes como construir tension sin apurarte. Esperando el siguiente con muchas ganas!

VikingoPBA

Buenisimo, lo lei de un tiron. Que bueno encontrar algo con personalidad y no siempre lo mismo de siempre

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