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Relatos Ardientes

La venganza del periodista contra sus torturadoras

Fui despertando despacio, como quien sale del fondo de un pozo. Lo primero que noté fue el sabor metálico en la boca y un latido sordo en las sienes. Después, la oscuridad. Cerrada, total. Intenté incorporarme y sentí el tirón de las muñecas a la espalda. Los tobillos también estaban atados.

Hice memoria. La entrevista. El bar de copas. La mujer morena que prometió documentos definitivos para mi reportaje. Me drogó. La muy hija de puta me drogó.

Soy periodista de investigación. Llevaba semanas detrás de una pareja que se movía en círculos de la alta sociedad bonaerense. Negocios sucios: prostitución, trata, mujeres traídas del Este con falsas promesas de trabajo. Un confidente me había hecho llegar un sobre con copias de transferencias y nombres. Lo bastante para hundirlos. Y entonces apareció Mariana, diciendo que había sido una de las víctimas, que tenía pruebas para rematar el caso.

Yo me lo creí. Como un idiota.

El sonido de una puerta me devolvió al presente. Una luz cruda se encendió de golpe y tuve que apretar los párpados varios segundos antes de poder abrirlos. Cuando lo hice, ahí estaban los dos. La pareja. Sonriendo como quien acaba de ganar una partida.

—Aquí tenemos al reportero curioso —dijo ella.

—Pues nada, mi amor. Te lo dejo. Yo tengo asuntos en Panamá que no pueden esperar —respondió él, sin mirarme apenas, como si yo fuera un mueble.

—Tranquilo, cariño. Ya sabes cómo me las arreglo.

—Disfrutá —dijo él. Y se fue.

Quedé a solas con ella. Una rubia de poco más de treinta, esbelta, con esa belleza fría que se sostiene con dinero y mucha disciplina. Después supe que se llamaba Cecilia. Se acercó hasta quedar a un palmo de mi cara.

—Ahora me vas a contar dónde guardás los documentos que nos pertenecen.

—No sé de qué documentos me habla.

—Hacéte el tonto si querés. Tenemos tiempo.

Mientras hablaba, miré alrededor por primera vez. Era un sótano amplio, sin ventanas, con paredes de hormigón pintadas de gris. De los muros colgaban argollas, cadenas, ganchos. En un panel ordenado, como herramientas en un taller, había látigos, fustas, esposas, mordazas, plugs, pinzas. Un decorado de pesadilla. Comprendí entonces para qué usaban aquel sitio. Allí grababan las películas que después servían como reclamo para vender a las chicas. Y yo había caído en su propia jaula.

—Mariana, vení. Acompañáme.

La morena que me había tendido la trampa apareció detrás de Cecilia. No me miró a los ojos. Entre las dos ajustaron las cuerdas de mis muñecas a un gancho que pendía del techo. Tiraron, y mis brazos se elevaron por encima de la cabeza hasta dejarme sostenido a duras penas sobre los talones.

—Tengo hasta que mi marido vuelva de Panamá para que me cuentes lo que necesito. Una semana. Si querés que esto sea fácil, hablás ahora. Si no… —dejó la frase a medias y me cruzó la cara con una bofetada que me sacudió el cuello.

El gusto a sangre me llenó la boca.

—Por última vez. ¿Dónde están los documentos?

—Le repito que no sé de qué…

Otra bofetada. Esta vez me cortó el labio.

—Para que te quede claro. —Sacó del bolsillo trasero un inmovilizador eléctrico negro y apretó el botón. El zumbido azul me erizó cada vello del cuerpo—. Esto duele mucho. Y no deja marca. Pensálo mientras nos divertimos.

Calculé rápido. Si les decía dónde estaba el sobre, yo pasaba a ser el único testigo vivo. Fin de la película. Mi única chance era resistir, ganar tiempo, esperar el descuido.

—Mariana, soltále los pies. Vamos a desnudarlo.

La morena obedeció. Me cortaron la camiseta de un solo tijeretazo y me bajaron el pantalón sin contemplaciones. Quedé en calzoncillos, balanceándome del gancho como una res en un matadero.

—Dejá, esto lo hago yo —dijo Cecilia.

Se arrodilló frente a mí, metió los pulgares por dentro del elástico y tiró hacia abajo de un solo movimiento. Quedé desnudo, completamente expuesto, la polla colgando fláccida delante de su cara. Sentí la humillación como un golpe físico, peor que las bofetadas. Un tipo joven, atlético, periodista premiado, colgando en pelotas de un sótano, con la verga a un palmo de la boca pintada de una desconocida.

—No está nada mal, Mariana. Vamos a pasarla bien —dijo Cecilia, y me tomó la polla con la mano, sopesándola como quien elige una fruta en el mercado. La apretó, tiró del prepucio hacia atrás, dejó el glande al aire, lo estudió con una sonrisa clínica—. Mirá qué buen material. Lástima lo que le vamos a hacer.

***

El primer latigazo me cruzó la espalda. El segundo, las nalgas. Después perdí la cuenta. Cada cuerda del látigo múltiple dejaba una huella ardiente, y los gritos se me escapaban sin permiso. Cecilia parecía animada por mi reacción. Mariana, en cambio, miraba en silencio desde un costado, los brazos cruzados, como quien observa un trabajo ajeno.

—Mariana, atále las piernas abiertas.

Esa orden me heló. La morena ató cuerdas en mis tobillos, las pasó por argollas en el suelo y tensó hasta que mis piernas quedaron forzadas en un ángulo casi obsceno. Después, Cecilia accionó el control del gancho y este empezó a subir, levantándome del piso. Las cuerdas de los tobillos siguieron tirando. Quedé suspendido, tenso como un arco, las piernas abiertas en cruz, los testículos colgando libres, el culo y la polla completamente expuestos a la vista de las dos.

—Pobres pelotitas —dijo Cecilia con una sonrisa dulce, y me acarició los huevos con un dedo, casi con ternura.

Después tomó impulso y me pateó.

El golpe fue limpio, exacto, brutal. El testículo izquierdo recibió el impacto de lleno y el dolor me subió por el abdomen como una corriente eléctrica que me dejó sin aire. Quise doblarme y no pude. Solo me salió un alarido que rebotó en las paredes.

El segundo golpe fue todavía peor. Esta vez una patada frontal que aplastó todo contra el bajo vientre. Estuve a punto de perder el conocimiento. Aguantá. Aguantá. Aguantá.

Cuando volví a enfocar la vista, Mariana estaba arrodillada delante de mí. Había empezado a acariciarme con una delicadeza casi tierna, sin decir nada. Me tomó la verga con las dos manos, muy despacio, como si quisiera compensar el castigo. Uno de sus pulgares se paseó por el frenillo, subió al glande, bajó hasta la base. La otra mano me tomó los huevos maltratados, los ahuecó, los sopesó con una lástima que parecía casi real. Después inclinó la cabeza y me metió la punta de la polla en la boca. La lengua tibia me rodeó el glande, chupó despacio, sin prisa, con un cuidado que contradecía todo el sótano. El cuerpo, traidor, respondió. Mi miembro, golpeado y dolorido, fue creciendo en su boca, poco a poco, hasta endurecerse del todo. Ella lo dejó hincharse, tragó más, hasta que sentí el fondo de su garganta y me subió un espasmo de placer inútil que solo servía para hundirme más.

—Ya está —cortó Cecilia—. No vaya a ser que le guste.

Mariana sacó la polla de la boca de un tirón, con un hilo de saliva colgando de los labios, y se apartó. Mi verga quedó al aire, brillante, hinchada, apuntando al techo como un blanco perfecto.

Apareció con una fusta. El primer fustazo cayó en el tronco del pene, el segundo en el glande. Tres más siguieron, de revés, cada uno peor que el anterior. Cada golpe me quemaba desde la punta hasta la ingle, y la polla, todavía dura, se sacudía obscena entre mis piernas después de cada latigazo. Mis aullidos eran inhumanos. Y entonces, justo cuando estaba a punto de derrumbarme y confesar lo que fuera, se me ocurrió.

Dejé caer la cabeza. Solté el cuerpo. Cerré los ojos.

Los golpes pararon.

—Mierda. Bajálo. Lo necesitamos vivo.

Sentí que aflojaban las cuerdas de los tobillos. Después el gancho descendió hasta que mis pies tocaron el suelo. Mantuve la cabeza colgando, la respiración fingida, los párpados apenas entreabiertos.

Las dos se alejaron unos pasos. Discutían algo en voz baja, eligiendo el próximo juguete. Era ahora o nunca.

***

Salté con todo lo que me quedaba. Las cuerdas de las muñecas, ya flojas, se desprendieron del gancho con el impulso. Estaba libre. Doloroso, desnudo, con las manos todavía atadas, pero libre.

Me lancé contra Cecilia. Era la peligrosa, la que tenía el inmovilizador. Mariana abrió la boca para gritar pero su aviso llegó tarde. Mi golpe con las dos manos juntas, contra la nuca, la tiró de cara contra el suelo. Quedó inmóvil.

Mariana intentó recuperar la fusta y atacarme. La esquivé y le metí un codazo seco en el plexo. Se arrodilló sin poder respirar.

—Esto, por el bar —dije.

Recogí el inmovilizador del bolsillo trasero de Cecilia. Con él en una mano y la respiración entrecortada en el pecho, le ordené a Mariana que me desatara las muñecas. Obedeció en silencio, las manos temblándole. Cuando estuve libre del todo, recogí mis vaqueros y me los puse despacio. Cada movimiento dolía. Las pelotas me palpitaban como si tuvieran corazón propio. Pero no aparté la vista de ellas en ningún momento.

Podía haber llamado a la policía ahí mismo. Podía haberlas entregado con los documentos del confidente y haber cerrado el caso esa noche. Pero algo más oscuro me pidió otra cosa primero. Algo que no sabía que tenía dentro.

Cecilia empezó a moverse. Abrió los ojos, vio la situación y los abrió todavía más.

—No te vas a salir con la tuya —masculló.

—¿No? —Le mostré el inmovilizador—. Probemos.

Apreté el botón. Cecilia se sacudió en el suelo como si la atravesara un rayo, se mordió la lengua, dejó de moverse. Tardó casi un minuto en volver en sí. Cuando lo hizo, el odio de su mirada se había mezclado con algo nuevo. Miedo.

—De pie. Las dos. Contra la pared.

Esta vez no discutieron.

—Quítense la ropa.

Cecilia me miró buscando una grieta. No la encontró. Empezaron a desvestirse despacio, primero las camisetas, después los pantalones. Cecilia llevaba un conjunto de encaje blanco que le quedaba como pintado. Mariana iba más sencilla, lencería negra, cuerpo de muchacha que aún no termina de creer lo que tiene.

—¿Quién dijo que paren?

Soltaron el sujetador, después la última prenda. Cecilia, rubia natural, con las tetas firmes, los pezones rosados y duros por el frío del sótano, el pubis con una franja de vello dorado recortada con precisión de peluquería. Mariana, depilada, el coño completamente lampiño, los labios menores asomando apenas, las tetas más pequeñas, morenas, con las areolas oscuras. Las dos intentaron taparse con las manos.

—Las manos atrás.

Las pusieron atrás. Quedaron expuestas, cabizbajas, sin armadura. Las esposé yo mismo, primero a una y después a la otra, con cuidado de no perderlas de vista. Se me endureció la polla dentro del vaquero de solo verlas así, ofrecidas, y no me molesté en disimularlo. Las dos sabían lo que venía, aunque ninguna lo dijera en voz alta.

—Gracias por contarme lo del viaje a Panamá. Tengo una semana entera para pensar qué hacer con ustedes. Antes de la policía, claro.

***

Llevé a Mariana al rincón y la até a una argolla baja, sentada sobre los talones. Después me ocupé de Cecilia.

La obligué a sentarse en el centro de la sala, donde colgaba el gancho. Una barra separadora bastó para mantenerle los tobillos alejados, expuestos. La barra tenía una argolla justo en el medio. Enganché el cable del torno a esa argolla y empecé a subir. Las piernas de Cecilia se elevaron despacio, primero a la altura del pecho, después por encima de la cabeza, hasta dejarla colgada boca abajo, los hombros apenas tocando el suelo, el coño y el culo expuestos a la altura de mi cara y el pelo cayéndole por toda la cara.

—Por favor —dijo, y la voz le salió rota—. Por favor, no.

—Vos sabés cómo va esto. Lo enseñaste vos misma.

Tomé el látigo de cerdas, el mismo que me había usado a mí. Ni siquiera tuve que dar el primer golpe: solo de verme acercar con él en la mano, un chorro de orina le subió desde el coño y le mojó el vientre y las tetas colgantes. El cuerpo confesando lo que la boca todavía negaba.

El primer latigazo cayó en la barriga. El segundo más abajo, en una de las tetas colgantes. El pezón se le puso rojo al instante. Cecilia gritó. Era un grito limpio, sin ironía, sin disfraz. Por primera vez en horas dejaba de actuar.

—Ahí no, por favor, ahí no —rogó cuando vio que yo bajaba el brazo apuntando entre sus piernas separadas.

—¿No? Pero si es lo que te divertía hacer a las chicas que traés acá.

El golpe entró limpio entre los muslos. Las cerdas mordieron los labios del coño, se metieron entre los pliegues, dejaron una marca colorada sobre el pubis recortado. El alarido de Cecilia llenó toda la habitación. Solté el látigo, me agaché y le abrí los labios del coño con dos dedos, para mirarlo bien. Estaba hinchado, empapado de una humedad que no era solo orina. La zorra estaba mojada. La bajé apenas para tenerla a la altura de la boca y le pasé la lengua por todo el largo, del clítoris hasta el ojete, lento, saboreando el desprecio y la sal. Cecilia se sacudió en el arnés, entre el asco y algo peor.

—Puta —murmuré—. Con este coño mojado no vas a poder decirme que no querés.

Me solté el vaquero, me lo bajé hasta las rodillas, dejé la polla al aire, dura y todavía marcada por los fustazos. La agarré con una mano, me la pasé por los labios del coño de Cecilia, la froté contra el clítoris, jugué con el glande entre los pliegues, disfrutando cada uno de sus gemidos ahogados. Después la enterré de una sola embestida, hasta el fondo. Cecilia soltó un aullido que no tuvo nada de digno. Colgada como estaba, el cuerpo casi vertical, cada empujón la sacudía entera, las tetas rebotaban al revés, hacia su cara, y la mano de ella no llegaba a ninguna parte para defenderse. La cogí sin prisa, entrando y saliendo despacio para que sintiera cada centímetro. La polla, castigada, latía de placer dentro de ella. Cada arremetida contra ese cuerpo colgado era una revancha directa.

—Mirá cómo te chorrea, cabrona —le dije, mientras sacaba la verga brillante de sus jugos y se la pasaba por el vientre—. Mirá cómo se te empapa el coño de rica de mierda.

Después caminé hasta ponerme detrás. La tenía a la altura perfecta. Le escupí en el ojete apretado, froté el glande contra el agujerito, apreté. Cecilia empezó a rogar, con esa voz que ya no sabía si pedía o suplicaba.

—Ahí no, ahí no, por favor…

—Vos les hacías cosas peores a las chicas, ¿no? Aguantá.

Empujé. El culo apretado cedió despacio, casi con crueldad, y la polla se me hundió hasta la mitad. Cecilia gritó como si la partiera al medio. Esperé un segundo, saqué, volví a entrar más profundo. La cogí por el culo colgada boca abajo, con las dos manos sosteniéndole las caderas para embestir mejor. Cada golpe de pelvis contra sus nalgas sonaba en el sótano como una bofetada. Le metí un dedo en el coño mientras la seguía cogiendo, sentía la polla a través de la pared delgada, y ella lloraba, y gemía, y todo se mezclaba en un sonido animal.

Cambié el látigo por uno de una sola tira, más fino, más quirúrgico, sin sacar la verga del culo. Medí distancia. Solté un latigazo limpio sobre la teta izquierda mientras la embestía. El cuerpo entero se le convulsionó y el espasmo me apretó la polla como una tenaza. No aguanté mucho más. Salí a último momento, le agarré del pelo colgante, le tiré la cabeza atrás y me corrí sobre su cara y su boca abierta, chorros gruesos de semen que le cayeron en los labios, en los párpados, en la lengua. La dejé así, marcada, colgada, mientras yo respiraba como un animal.

***

No sé cuánto duró aquello. Sé que en algún momento dejé de sentir cansancio, que el dolor de mis propios golpes se diluyó en otra cosa. Una sensación rara, oscura, que no quería mirar de frente.

Cuando bajé a Cecilia, la dejé tendida en el suelo, las muñecas esposadas, los tobillos asegurados con grilletes encadenados a una argolla del piso. La cara todavía brillaba de semen y saliva. No iba a ir a ninguna parte. Le acerqué un cuenco con agua. Tenía que aguantar viva hasta que llegara la policía.

—Por favor —susurró, y eso fue lo último que le oí esa noche.

***

Mariana esperaba en su rincón. Había mirado todo desde el suelo, muda, y ahora tenía los muslos apretados uno contra otro, temblando. No habló cuando la llevé a un caballete de madera apoyado entre dos soportes metálicos, una cuña horizontal pensada para sentarse a horcajadas. La obligué a pasar una pierna por encima. Le até las muñecas a una argolla del techo. Después le levanté un pie, lo doblé hacia atrás y lo aseguré con una cuerda. Al hacer lo mismo con el otro, la chica gritó. Su peso entero cayó de golpe sobre la cuña y la madera se hundió entre los labios depilados, abriéndole el coño en dos contra la arista.

—Esto era lo que pensaban hacerme a mí. O algo parecido.

—Yo solo cumplía órdenes. Te lo juro. Yo no quería esto.

—Eso lo dirás al juez.

Le puse pinzas en los pezones, como había visto hacer en el panel. Los pezones morenos se le pusieron rojos al instante bajo el metal. Pasé el cordel por una argolla en la base del caballete y tiré, obligándola a inclinarse hacia delante para no arrancarse las tetas. El peso del cuerpo apretaba con más fuerza el clítoris contra la madera. Se mordió el labio para no gritar. Le pasé un dedo por el coño y lo saqué brillante. La zorra también estaba mojada, con la misma humedad culpable que Cecilia.

—Mirá esto —le dije, mostrándoselo—. Se te cae la baba de miedo o de gusto, no sé cuál de las dos.

—Por favor —susurró—. Por favor, cogéme como quieras, pero no me pegues más.

Me bajé el vaquero otra vez. La polla, cansada y todavía marcada, volvió a subir. Me puse detrás del caballete y le agarré las caderas. Su coño mojado quedaba justo a la altura del glande, apretado contra la madera. La monté de una embestida y la madera cedió apenas, dejándola caer un centímetro más sobre la cuña, con la polla dentro y el clítoris aplastado al mismo tiempo. Mariana chilló. La cogí despacio, moviéndola de a poco hacia adelante y atrás sobre el caballete, obligándola a follarse a la madera y a mi verga al mismo tiempo, cada envestida frotándole el clítoris contra el filo. Le apreté las tetas por detrás, tiré del cordel de las pinzas, y ella se corrió con un grito ahogado, temblando entera, apretándome la polla con un espasmo que no supo disimular. La verga se me hinchó adentro. Le tiré del pelo, le eché la cabeza hacia atrás y le solté toda la corrida dentro, empujando hasta el fondo cada chorro.

Cuando empezaron las maldiciones, le coloqué una mordaza.

Cecilia, en su rincón, ni siquiera levantó la cabeza para mirar.

***

Me senté en una silla, frente a las dos. Encendí un cigarrillo del paquete que estaba sobre una mesa. Era el único lujo que me daba aquella noche extraña. Las miré largo rato, en silencio, mientras pensaba en el sobre guardado en el apartado de correos, en la llamada que iba a hacer al amanecer, en el comisario que me debía un favor desde hacía tres años.

Después de un rato bajé a Mariana del caballete y la dejé tendida junto a Cecilia, asegurada con los mismos grilletes. Un hilo de semen le corría por el muslo. Le quité la mordaza y las pinzas. La chica lloraba en silencio. No le dije nada. Dejé un cuenco de agua a su lado y subí los escalones del sótano sin mirar atrás.

Llamé a las seis de la mañana. La policía llegó cuarenta minutos después. Yo los esperé en la puerta de calle con el sobre del confidente bajo el brazo, todavía con el cuerpo zumbándome. Cuando abrieron el sótano y bajaron, me quedé arriba, fumando otro cigarrillo, mirando cómo el sol empezaba a entrar por la ventana.

El comisario salió un rato después. Me miró largo, sin preguntar nada. Después dijo, casi con admiración:

—No quiero saber qué pasó ahí abajo.

—Mejor —dije.

Apagué el cigarrillo en el cenicero del recibidor y caminé hasta el patrullero. Las pelotas todavía me dolían. Pero por primera vez en muchas horas, podía respirar.

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Comentarios(9)

SergioMdq

Increible!!! Uno de los mejores que lei aca

Juani_85

Por favor una segunda parte, el final deja con muchas ganas de saber como sigue todo

thriller_fan

jajaja tremendo el giro, justo cuando creia que sabia donde iba el relato... No me lo esperaba para nada

epsilon22

Hay continuacion? Quede muy enganchado con la historia

NocheSur

Buenisimo, me tuvo pegado de principio a fin. Gracias!

MarisolTuc

Que bien escrito, se siente la tension en cada parrafo. Espero el proximo relato con ansias

lagarto46

muy bueno el planteo, original y excitante. Sigue asi!!!

Rodrigo_ba

Me recordo a varios relatos del genero pero este tiene algo propio, se nota. Excelente

Lector_feliz

Que rico!!! Mas por favor

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