Atropellé a su perro y me convertí en el suyo
Tengo veintisiete años y un cuerpo que me ha dado pocas razones para quejarme. Los hombros todavía recuerdan los años de natación en el colegio, y la cintura estrecha es más costumbre que disciplina. No soy el tipo más guapo de ningún bar, pero tampoco soy el que pasa desapercibido en según qué lugares.
Esa noche había salido con amigos de la universidad. Cena larga en un italiano del centro, dos botellas de tinto, un par de chupitos de orujo que nadie pidió pero todos aceptaron. Cuando salí del restaurante, el aire fresco de octubre me golpeó la cara y supe que no debería conducir. Lo supe, lo sopesé, y aun así cogí el coche.
Las calles del barrio residencial estaban desiertas pasadas las dos de la mañana. Circulaba despacio, con la música al mínimo y la ventanilla entreabierta, convenciéndome de que el frescor de la noche compensaba los tres vasos de más. Entonces algo pequeño y blanco cruzó bajo mis ruedas. El golpe fue seco, blando, inconfundible. Frené de golpe y el corazón me subió hasta la garganta.
Un hombre salía corriendo desde la acera. Arrastraba una correa que terminaba en nada. Los brazos tatuados brillaban bajo la luz del farol y su voz era un grito roto que se extendió por la calle vacía.
—¡Copa! ¡No, no, no!
La perra era pequeña, de pelo blanco y orejas caídas. Estaba tumbada sobre el asfalto, inmóvil. El hombre se arrodilló junto a ella con un cuidado que me revolvió el estómago. Yo me quedé a tres metros, con las llaves aún en la mano, sin saber dónde poner el cuerpo.
—Lo siento —conseguí decir—. Salió de repente. No la vi.
—¿Que no la viste? —alzó la voz sin mirarme. Sus manos estaban manchadas de sangre—. Ocho años la tengo. Ocho. Desde cachorra.
Nos intercambiamos los datos. Le ofrecí el carnet, el seguro, el teléfono. Él hizo fotos a la perra, a mis ruedas, a los frenos marcados en el asfalto. Antes de recoger el cuerpo de Copa y marcharse hacia su portal, se giró una última vez.
—Dijiste que harías lo que fuera. Cuidado con ofrecerlo. Porque voy a tomarte la palabra.
***
Dos semanas después llegó la notificación. Una demanda civil con cantidades que me pusieron enfermo: daño moral, pérdida de un ser querido, estrés postraumático derivado del atropello. Las cifras sumaban más de lo que tenía en la cuenta. Y al final del documento, una cláusula extraña: acuerdo extrajudicial opcional mediante servicios personales supervisados por el demandante, en horario nocturno, en su domicilio.
Llamé al número que tenía anotado en el móvil.
—¿Servicios personales? —pregunté—. ¿Qué quieres decir con servicios personales, Rodrigo?
Su voz sonó grave, sin apuro, como si llevara días esperando mi llamada.
—Quiero decir que aquella noche, incluso con la perra muerta en el asfalto, no era solo lástima lo que había en tus ojos cuando me mirabas. Era otra cosa.
Algo muy caliente me bajó desde el pecho hasta el vientre.
—¿Qué quieres exactamente? —pregunté, aunque ya sabía que no iba a gustarme la respuesta.
—Que esta noche, a las doce, estés en mi puerta. Si aceptas, retiro la demanda. Si no apareces, el proceso sigue. Y tú ya sabes lo que eso significa para tu carrera, para tu familia, para todo lo que has construido.
Colgó. Cinco minutos después llegó un mensaje desde un número desconocido. Una lista corta: ropa interior negra, un sobre con dos mil euros en efectivo, y las instrucciones para el resto. La última línea decía: «Esta noche, desde que cruces mi puerta, me perteneces. No vas a pagar con dinero. Vas a pagar con algo más valioso: tu orgullo.»
Leí el mensaje tres veces. Fui al cajero, saqué el efectivo, y me pasé una hora en el baño mirándome al espejo antes de salir.
***
Llegué a su portal con diez minutos de anticipación. Subí por las escaleras porque el ascensor era ruidoso y no quería que me oyera llegar. Cada rellano apretaba el sobre contra el pecho. La ropa interior negra rozaba la piel como una segunda membrana, demasiado consciente, demasiado ceñida.
Llamé al timbre. El sonido dentro fue breve y seco. Los segundos se alargaron tanto que pensé en darme la vuelta. En bajar corriendo y olvidarme de todo. Pero la puerta se abrió.
Rodrigo estaba apoyado en el marco. Camisa de lino remangada hasta los codos, los tatuajes asomando por los antebrazos. Su cara no mostraba nada: ni rabia, ni desprecio, ni satisfacción. Solo esa calma que duele más que cualquier insulto. Sus ojos claros, casi grises, me recorrieron de arriba abajo sin concesión alguna.
—Pasa —dijo.
Cerró la puerta detrás de mí. El piso olía a madera y a café recién hecho. Un salón ordenado, una mesa baja, Rodrigo plantado frente a mí con los brazos cruzados.
—Deja el sobre en la mesa.
Lo dejé. Mis dedos temblaban.
—Ahora escúchame, porque lo digo una sola vez. Condujiste borracho. Atropellaste a Copa. No voy a gritarte ni a pegarte. Lo que quiero es que entiendas lo que es estar completamente a merced de otro. Lo que sintió ella en ese segundo: miedo, impotencia, una mano ajena decidiendo su suerte. Eso es lo que vas a sentir tú esta noche.
Se acercó un paso. Yo retrocedí y mi espalda topó con la pared.
—Desnúdate —dijo—. Del todo. Ahora.
Mis manos temblaban mientras me quitaba la sudadera, la camiseta, los zapatos, el pantalón. Al quedarme en bóxers negros dudé un segundo. Rodrigo no dijo nada. Solo me miró. Y esa nada fue peor que una orden.
Me los bajé. Me quedé completamente desnudo, con la piel erizada, el sexo medio dormido pero empezando a despertar por puro nervio.
Rodrigo se quitó también la camisa, sin apresurarse, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su torso era ancho, los tatuajes en espiral cubriendo gran parte del pecho y los hombros. No era un cuerpo de gimnasio, sino construido de trabajo real: hombros poderosos, vientre liso, manos grandes que ahora me señalaban el suelo.
—A cuatro patas —ordenó, y su voz tenía un filo helado que me recorrió la espina de arriba abajo—. Como el animal que mataste.
Hubiera preferido que estuviese enfadado. Habría sabido cómo reaccionar a los gritos, al dolor abierto, a la violencia clara. Pero esta frialdad me desarmaba. Me hacía pequeño. Me hacía suyo.
Bajé la mirada. Doblé las rodillas. Apoyé las palmas en el suelo de parquet y luego las rodillas. El frío de la madera me mordió la piel. Mi culo quedó en alto, expuesto, y sentí cómo la sangre empezaba a calentarme las mejillas y también otra parte que ya no podía disimular.
Rodrigo dio una vuelta lenta a mi alrededor, descalzo. Sus pies aparecían y desaparecían en el borde de mi visión.
—Bien —dijo por fin, y esa sola palabra, con aquel hielo, me hizo estremecer de pies a cabeza—. Ahora vamos a ver qué significa pagar de verdad. No con dinero. Con el cuerpo.
Se arrodilló detrás de mí. Oí el chasquido de un bote de lubricante. Luego sus dedos, fríos, masajeando mi esfínter con una paciencia que era en sí misma una tortura. No dolía. Ese era el problema: era casi suave, y eso lo hacía más humillante que si me hubiera forzado.
El plug entró despacio. Silicona gruesa, caliente al contacto con mi interior, y de pronto una presión que me obligó a arquear la espalda. Rodrigo no lo metió del todo de una vez. Lo giró ligeramente, lo sacó un milímetro, volvió a empujar. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y lo tenía.
—Así —murmuró cuando la base quedó encajada. De ella colgaba una cola de pelo sintético, larga y oscura, que me rozaba la raja del culo. Me sentí ridículo. Me sentí completamente suyo.
El placer llegó sin pedir permiso. Una presión cálida que nacía en el interior y se expandía hacia el perineo, subía por la espalda y bajaba directamente a mi polla, que empezaba a endurecerse sin que yo pudiera hacer nada al respecto. Lo odiaba. Odiaba la forma en que mi cuerpo me traicionaba en tiempo real, construyendo una erección mientras mi cabeza seguía tratando de creer que todo aquello me repugnaba.
—Ya te está gustando —dijo Rodrigo, y no era una pregunta.
—No —mentí.
Mi cadera se movió sola, un leve bamboleo hacia atrás buscando más presión. Lo corté de inmediato, pero el daño ya estaba hecho. Rodrigo lo había visto. Rodrigo lo había anotado.
Se puso de pie, fue a un cajón del aparador y volvió con una correa de cuero negro. La ajustó alrededor de mi cuello con movimientos precisos: suficiente presión para sentirla siempre, no para ahogar. El metal de la argolla me golpeó la clavícula con un sonido sordo.
—Vamos a dar unas vueltas —dijo—. No dejes que la correa se tense. Si se tensa, es porque te has retrasado. ¿Lo entiendes?
Un gemido sumiso escapó de mi garganta antes de que pudiera decidir si quería emitirlo o no.
—Eso es —dijo.
Seguirle a cuatro patas es algo que no se olvida. Cada rodillazo contra el parquet sonaba hueco, y el plug se desplazaba con cada avance, rozando mi próstata cada dos o tres pasos. El placer era constante, un zumbido de fondo que no dejaba de crecer. Mi polla colgaba tiesa, moviéndose como un péndulo que marcaba el ritmo de algo que ya no tenía nombre decente.
Rodrigo marcaba el paso con sus pies descalzos, sin mirarme. Cuando completaba una vuelta entera sin que yo fallara, sin que aflojara el ritmo, se detenía y me daba un azote en la nalga. No fuerte: seco, calculado, lo justo para que el plug se desplazara y un latigazo de placer me subiera desde el culo hasta la nuca. La primera vez fue un shock. La segunda, una sorpresa. La tercera, una espera ansiosa. La cuarta, ya no era un castigo.
—Vas aprendiendo —dijo en algún momento, y yo me odié por sentir orgullo.
***
Me llevó a la cocina. Me hizo quedarme de rodillas en el centro del suelo de baldosas frías mientras él abría un armario. Sus manos grandes recorrieron los estantes hasta encontrar un tarro de cristal. Mermelada de cereza artesanal. El olor dulce y ácido llenó el espacio cuando abrió la tapa.
—A Copa le encantaba esto —dijo, posando el tarro sobre la encimera de granito—. Cuando se portaba muy bien, le untaba un poco en el hocico y ella lamía hasta que no quedaba nada. Era su momento favorito.
Metió dos dedos en el tarro, sacó una cantidad generosa, y se los acercó a la boca para probarlos. Cerró los ojos un momento mientras chupaba, como quien saborea un recuerdo.
—Buena —murmuró—. Siempre le encantó.
Abrí los ojos y lo que vi me dejó sin aire.
Rodrigo ya no tenía los pantalones. Ni la ropa interior. Estaba frente a mí, desnudo de cintura para abajo, y su polla, desde el suelo, desde mis rodillas, parecía descomunal. Gruesa, dura, venosa, la cabeza brillante de humedad. Latía visiblemente. Me hipnotizó durante un segundo que duró demasiado.
Cogió el tarro otra vez y comenzó a untar la mermelada sobre su polla. Desde la base hasta el glande. La sustancia roja resbalaba por los surcos, se acumulaba en el borde de la cabeza, goteaba sobre sus muslos. El olor dulce se mezclaba con su calor, con algo más primitivo y más animal que la fruta.
Se sentó en el borde de una silla junto a la ventana, las piernas abiertas, los pies firmes en el suelo. Su polla apuntaba hacia arriba, brillante y cubierta de mermelada bajo la luz blanca de la cocina.
—Ahora —dijo, y tiró de la correa con suavidad—. Lame.
Mis brazos se movieron solos. En dos zancadas torpes estaba entre sus piernas, con la cara a centímetros de él. El olor era hombre, sudor, fruta dulce y algo más. Mi lengua salió tímida al principio. Tocó la base, donde la mermelada se había concentrado más. Dulce y ácido, pero debajo estaba él: su calor, su textura, su sabor propio. Lamí un trazo vertical subiendo por una vena y sentí cómo su polla saltaba bajo mi lengua. Rodrigo gruñó desde el fondo de la garganta.
—Más —ordenó.
Abrí la boca. Lamí el costado derecho, el izquierdo, rodeé el glande con la punta de la lengua. La mermelada se derretía mezclándose con la saliva y con su preseminal, salado y dulce a la vez. Mi propia polla, abajo, goteaba también sobre las baldosas frías.
Su mano se posó en mi nuca. No empujó. Solo apoyó los dedos, como quien guía sin forzar.
—Así —murmuró, y su voz se había roto ligeramente—. Así lamía ella. Con ganas. Sin prisa.
Cerré los ojos y lamí. Toda la extensión, de los testículos a la punta, una y otra vez. La mermelada desapareció bajo mi lengua pero yo seguí, chupando, absorbiéndolo. Ya no había fruta, solo su polla caliente y dura, y yo entre sus piernas haciendo lo único que quería hacer. El plug giraba dentro de mí con cada pequeño movimiento de mi cuerpo. El placer era ya una marea sin retorno.
Abrí bien la mandíbula y tomé el glande entero. Presioné los labios alrededor del borde y succioné. Rodrigo contuvo la respiración, luego exhaló largo y grave. Su mano apretó mi nuca sin empujar, solo afirmando algo que ya no necesitaba palabras para existir.
—Buen perro —susurró, y esas dos palabras me atravesaron como un escalofrío caliente.
Me gustaba. Me gustaba la tensión de sus músculos bajo mis manos. Me gustaba su respiración rompiéndose cada vez que yo presionaba un poco más. Me gustaba estar a cuatro patas, con el plug dentro, con la correa al cuello, sabiendo que era completamente suyo. Había dejado de luchar contra eso hacía ya varios minutos. Quizá desde el principio.
***
Cuando Rodrigo se incorporó, yo seguía de rodillas en el suelo de la cocina, jadeando, con la boca aún brillante. Fue al salón y volvió con algo en la mano que sostuvo a la luz para que yo lo viera bien. Una jaula de castidad de acero plateado, pequeña y brillante, con un candado diminuto colgando de la parte superior.
—No —salió de mí antes de que pudiera detenerlo.
Su mano golpeó mi nalga. Seca, rápida, sin rabia.
—Los perros no hablan —dijo.
Un gemido largo y sumiso escapó de mi garganta.
Me la puso con movimientos precisos. El aro frío rodeó la base de mi polla y mis testículos. Los barrotes de acero envolvieron mi sexo, que intentó crecer y no pudo. Un clic metálico, definitivo. Como el cierre de algo que ya no tiene vuelta atrás.
—A partir de ahora —dijo Rodrigo, y su voz era baja, casi íntima—, tus orgasmos me pertenecen. No te corres sin mi permiso. No te tocas sin mi permiso. No sientes placer sin mi permiso.
Se agachó a mi altura. Me levantó la barbilla con un dedo. Sus ojos grises ya no eran de hielo. Eran de brasa.
—El viernes vuelves. Con esto puesto. ¿Lo entiendes?
Gemí. Un sonido largo y claro que significaba todo lo que no podía decir con palabras.
—Bien —dijo, y se apartó.
Me vestí a trompicones. Cada movimiento recordaba el peso frío del acero entre mis piernas. Rodrigo volvió al sofá, cogió una copa de whisky que ya estaba preparada sobre la mesita, y no me miró mientras yo buscaba mis zapatillas.
—Vete —dijo desde el sofá, sin levantar la vista—. Y piensa en mí cada vez que sientas el peso del acero.
Bajé en el ascensor. Solo. El espejo metálico de la cabina me devolvió mi propia cara: los labios enrojecidos, el cuello marcado por la correa, los ojos de alguien que ha perdido algo y todavía no sabe si quiere recuperarlo.
Me pasé un dedo por los barrotes fríos bajo el pantalón.
El viernes.
Maldito viernes.
Ojalá llegara ya.