Atrapada en el aeropuerto, seducida en su cama
Tenía veintitrés años y un trabajo recién empezado cuando me mandaron a mi primer viaje importante. Cinco días en Seattle, representando a la consultora de marketing donde llevaba apenas ocho meses. No quería ir: tenía una boda en dos meses, la mía, y los preparativos no se organizaban solos. Pero no podía decir que no al primer encargo serio que me confiaban.
Me llamo Valeria. Vali para mis amigos. Recién salida de la facultad, delgada, pelo castaño hasta los hombros, ojos color avellana y piel morena de las que se broncean con tres horas de sol. Mido un metro sesenta y cinco. Nunca me ha faltado confianza en mi cuerpo, aunque tampoco lo he exhibido. Mis piernas son lo que más comentarios genera: largas, bien formadas, siempre las últimas en cansarse cuando salía a correr con Marcos por el parque los domingos por la mañana.
Marcos. Mi novio de cuatro años. El hombre con quien iba a casarme el doce de octubre.
El viaje salió bien. El trabajo también, aunque sin brillar. Lo que vino después, no.
***
La tormenta llegó sin avisar. Cuando aterricé en Denver para mi escala de conexión, el tablero de salidas ya parpadeaba en rojo en la mitad de los vuelos hacia el este. Esperé una hora, luego dos. Una azafata con cara de disculpa confirmó lo que todos temíamos: cancelado hasta el día siguiente, condiciones climáticas adversas en todo el corredor del medio oeste. Pregunté en el mostrador sobre habitaciones de hotel: la respuesta fue una sonrisa educada y un «no queda nada disponible en un radio de veinte kilómetros».
El aeropuerto era un caos organizado. Familias con niños dormidos encima de las mochilas, hombres de traje con el nudo de la corbata a medio deshacer, grupos de universitarios que habían decidido convertir la espera en una fiesta. Caminé por las terminales durante media hora buscando cualquier sitio donde sentarme y no encontré nada hasta que llegué a un bar pequeño al fondo de la terminal D.
La mayoría de las mesas estaban ocupadas. Me quedé en la entrada, calculando si valía la pena intentarlo, y fue entonces cuando escuché la voz.
—¿Buscas sitio?
Me volví. Había una mujer sola en una mesa para dos, con el asiento de enfrente vacío. Tendría unos treinta y cinco años. Pelo oscuro y liso cortado a la altura de la clavícula, ropa de corte impecable: blusa blanca, pantalón negro, chaqueta doblada sobre el respaldo. Una copa de vino blanco a medias frente a ella y una postura que sugería que llevaba el tiempo suficiente instalada como para estar completamente cómoda.
Me senté. Ella extendió la mano sin ningún protocolo.
—Natalia Fuentes.
—Valeria Ortiz —respondí.
—¿Vino? —señaló la botella.
—Por favor.
Llenó mi copa sin esperar a la camarera. Era un blanco frío y seco que supo a alivio después de tres horas dando vueltas por el aeropuerto. Pedimos una segunda botella antes de terminar la primera.
Hablamos durante más de una hora. Natalia era consultora para una firma privada con sede en Washington, viajaba cuatro o cinco veces al mes y se había acostumbrado a las cancelaciones con una resignación que a mí me parecía casi admirable. Yo le conté lo del trabajo, lo de la boda, los preparativos que esperaban en casa. Me escuchó sin interrumpirme, con esa calma específica de las personas que no necesitan llenar los silencios con sus propias historias. Me miró mucho. No de forma incómoda, sino con una atención sostenida que me resultó difícil de ignorar.
Cuando terminamos la segunda botella me puse de pie con más cuidado del necesario. El suelo tenía una leve ondulación que no recordaba de antes.
—Voy a intentar encontrar algo donde descansar —dije—. Aunque sea en el suelo.
—No te vayas todavía.
Sacó del bolsillo interior de su chaqueta una tarjeta de plástico con el logo de una cadena hotelera internacional. La sostuvo entre dos dedos como si fuera un naipe.
—Tengo habitación aquí al lado, en el hotel del aeropuerto. Hay una cama doble y una individual que no voy a usar. Duerme algo. El vuelo más temprano sale a las siete.
Dudé. Eran las once de la noche, llevaba dos botellas de vino en el cuerpo y la alternativa era sentarme en la moqueta junto a la puerta C. Acepté.
***
No recuerdo bien el trayecto al hotel. Recuerdo el ascensor, la forma en que me apoyé en su brazo porque el suelo seguía moviéndose bajo mis pies, y que ella me sujetó sin hacer ningún comentario. La habitación era estándar: dos camas separadas por una mesita de noche, escritorio de madera oscura, baño al fondo a la derecha.
Entré directamente al baño. Llegué justo a tiempo.
Cuando terminé de vomitar, me apoyé en el lavabo y me miré en el espejo. Tenía el rímel corrido bajo los ojos y el pelo pegado a la frente. Levanté la vista y vi a Natalia apoyada en el marco de la puerta, mirándome con una expresión que no era lástima.
—Lo siento —murmuré—. No estoy acostumbrada a beber así.
—Ya lo había notado —dijo. No era un reproche—. Vamos a ducharte.
Me ayudó a levantarme. Con movimientos eficientes y sin pedirme permiso, empezó a desabrocharme la chaqueta. Me quedé quieta. No era resignación exactamente: era que no encontraba razones para moverme. Me quitó la ropa, pieza por pieza, y me dejó en ropa interior frente a la bañera. Luego abrió el grifo.
Grité cuando el agua cayó. Era fría, demasiado fría para lo que esperaba, y el chorro golpeó mis hombros con una precisión que me quitó el aliento. Natalia me sujetó del brazo con fuerza y me mantuvo bajo el agua hasta que el temblor de calor se convirtió en temblor de frío. Solo entonces cerró el grifo y me entregó una toalla.
Me frotó la espalda hasta que entré en calor. Luego me guió hasta la cama más cercana, me echó las mantas encima y apagó la lámpara de la mesita.
—Duerme —dijo.
Cerré los ojos. Escuché el agua del baño correr de nuevo. Me quedé dormida antes de que terminara.
***
No sé cuánto tiempo dormí. Cuando noté que alguien apartaba las mantas, abrí los ojos y no vi nada: la habitación estaba completamente a oscuras. Solo la presión del colchón hundiéndose a mi lado, el peso de alguien tumbándose junto a mí.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Calla.
Su mano se deslizó por mi muslo, firme, posesiva. Protesté, pero ella era más fuerte y yo seguía aturdida por el vino y el agotamiento. Me apartó la ropa interior de un tirón y me abrió las piernas con la otra mano, sin preguntar nada. Sentí el aire frío entre los muslos y luego el calor de su palma subiendo por mi piel, un contacto lento que me hizo arquear la cadera sin querer.
—De rodillas —ordenó.
Cuando no obedecí a la primera, su mano bajó sobre mi muslo con un chasquido seco que me arrancó un jadeo. No fue un golpe violento. Fue preciso, calculado. Me incorporé tambaleándome y acabé arrodillada sobre el colchón, con las rodillas hundidas en la sábana y el corazón golpeándome en la garganta.
—Las manos detrás del cuello.
Las junté. Mis pezones se habían endurecido por completo y el coño me latía con una urgencia absurda, como si mi cuerpo supiera antes que yo que no iba a haber una salida limpia de aquello.
La noté moverse entre mis piernas. Sus dedos encontraron mi clítoris con una certeza obscena, un roce lento, exacto, que me hizo soltar un gemido roto. Natalia se inclinó, pegó la boca a mi oído y habló con una voz baja, seca, sin una sola gota de ternura.
—Eso es. No te me hagas la dura. Quiero escucharte bien.
Su mano no se apuró. Me abrió los labios con dos dedos, los recorrió, resbalando por mi humedad, empapándome hasta que el calor del deseo me subió por el vientre. Me lamió un pecho por encima de la oscuridad, luego mordió apenas la punta del otro mientras seguía trabajando mi coño con una paciencia cruel, de una manera tan precisa que se me doblaban los hombros cada vez que tocaba justo donde me hacía falta.
—Por favor —dije sin pensar.
—¿Qué quieres?
—Más.
—Dilo bien.
—Quiero que me folles.
La escuché soltar una exhalación satisfecha. Sus dedos se apartaron, y durante un segundo sentí un vacío feroz, casi doloroso. Después sus manos me empujaron boca abajo sobre el colchón. Me colocó el culo bien alto con una firmeza humillante y me hizo abrir más las piernas. La humedad me chorreaba por los muslos.
Oí el sonido del cinturón al soltarse, el roce de la ropa bajando, el pequeño golpe del colchón cuando se arrodilló detrás de mí. La punta de su polla me rozó la entrada y me sacó un estremecimiento entero. Era más grande de lo que había imaginado en esa oscuridad, dura y caliente, y cuando me penetró de una sola vez me quedé sin aire, con un quejido tan alto que me sorprendió a mí misma.
—Así —dijo ella—. Qué coño de estrecha estás.
Me sostuvo por la cintura y empezó a follarme despacio al principio, empujando solo lo justo para que sintiera cada centímetro. Después aceleró, clavándose más hondo, haciendo que mi cama se moviese con golpes sordos bajo nuestro peso. El sonido de su respiración se mezclaba con el de mi cuerpo recibiéndola: piel contra piel, el chasquido húmedo de su polla saliendo y entrando, mi propio jadeo volviéndose cada vez más sucio, más desesperado.
Metió una mano bajo mi vientre y me presionó el clítoris con dos dedos mientras seguía embistiéndome por detrás. El orgasmo me subió de golpe, brutal, arrancándome un grito que se ahogó contra la almohada. Me corrí temblando, con espasmos que me recorrieron toda la espalda, y ella no se detuvo; siguió moviéndose dentro de mí hasta hacerme llorar. No de dolor. De una intensidad que me dejaba vacía y llena al mismo tiempo.
—Otra vez —ordenó, y me dio una palmada seca en el culo—. No te me caigas ahora.
En algún momento de la noche me resistí con más fuerza. No recuerdo bien en qué momento exactamente, solo que dejé de obedecer. Entonces me puso sobre su regazo, me inmovilizó las caderas con una mano y me azotó con la palma abierta, una y otra vez, hasta que paré de forcejear. El ardor de cada golpe me subía entre las piernas como una corriente caliente, y cuanto más me castigaba más me mojaba, hasta sentirme pegajosa, abierta, incapaz de pensar en nada que no fuera el siguiente toque.
Luego me recostó boca arriba sobre el colchón. Bajó su boca por mi cuello, por la clavícula, por la línea del vientre. Se detuvo en el ombligo, me separó los muslos con ambas manos y bajó sin apuro, lamiéndome primero por encima, luego metiendo la lengua entre los labios de mi coño hasta dejarme temblando. Su boca era voraz y metódica a la vez: chupaba, lamía, volvía al clítoris, me abría con los dedos mientras me comía con una paciencia que me desarmaba.
—Mírate —murmuró contra mi piel—. Estás empapada. Te corre todo por el culo.
Yo no podía responder. Tenía las manos agarradas a las sábanas, la espalda arqueada, las piernas temblando abiertas sin control. Cuando metió dos dedos dentro de mí y me los movió a fondo, rozando un punto que me hizo ver estrellas, me corrí otra vez con un gemido ahogado, tan fuerte que me dolió la garganta. Ella no me dejó descansar: siguió lamiéndome, siguió metiendo y sacando los dedos, llevándome otra vez al borde hasta arrancarme un tercer orgasmo, luego un cuarto, cada uno más desordenado que el anterior.
Después volvió a montarme. Me agarró de la cintura, me giró apenas y me hizo inclinarme sobre la almohada. Entró otra vez desde atrás, más duro, más rápido, hasta hacerme perder el sentido de los bordes de mi cuerpo. Yo seguía sintiendo la presión de su polla abriéndome por dentro, llenándome hasta el fondo, y ella me hablaba al oído con palabras cortas, sucias, exactas, diciéndome cómo quería encontrarme, cómo le gustaba mi coño apretándole la verga, cómo iba a seguir follándome hasta sacarme todo lo que quedaba de orgullo.
Cuando terminó, no hubo ceremonia. Solo una última embestida, más profunda, y su respiración quebrándose al tiempo que sentía el calor de su corrida llenándome por dentro, espesa, contundente, deslizándose en pulsos cálidos que me dejaron estremeciéndome. Me quedé quieta, jadeando, con el cuerpo aún sacudido por restos del orgasmo y la sensación de haber sido abierta de una manera que ya no iba a olvidarme nunca.
Caí en el sueño más pesado que recuerdo.
***
A la mañana siguiente, la cama de al lado estaba vacía y perfectamente hecha. Sobre el escritorio había una tarjeta de carga de la cafetera y nada más. Ninguna nota. Ningún número de teléfono.
Me duché, me vestí y tomé el vuelo de las siete y cuarto.
Durante las cuatro horas de vuelo intenté pensar en Marcos, en la boda, en los preparativos que esperaban en casa. No pude. Cada vez que lo intentaba, mi mente volvía a la oscuridad de esa habitación, a la presión de sus dedos, a la forma en que mi cuerpo había respondido antes de que yo terminara de decidir si quería que respondiera. Me miraba las manos en el regazo y no reconocía a la persona que las llevaba.
Llamé a Marcos desde el aeropuerto cuando aterricé. Le dije que el viaje había ido bien. No le dije lo que había pasado en Denver.
***
Cancelé la boda once días después. Le devolví el anillo a Marcos en el mismo café donde me lo había pedido, tres años atrás. Él preguntó si había alguien más. Le dije que no. Era cierto y no lo era al mismo tiempo, y no encontré manera de explicarle la diferencia.
Diez días más tarde tuve una pelea con mi jefe por algo que en circunstancias normales habría dejado pasar. No dejé pasar nada. Me despidieron esa misma tarde.
El sobre llegó dos días después.
Sobre blanco, sin remite, con mi nombre escrito a mano. Dentro había un billete de avión a Washington para el viernes siguiente y un papel con una dirección en el noroeste de la ciudad. Nada más. Sin teléfono, sin explicaciones.
Estuve dos días mirando ese papel encima de la mesa del comedor. Luego llamé a mi casera y le dije que dejaba el apartamento. Cerré las cuentas del banco. Vendí el coche a mi hermano menor por la mitad de lo que valía. Dejé la ropa en bolsas junto al contenedor de la esquina.
El día del vuelo metí en una mochila pequeña lo esencial: documentos, una muda, algo de ropa interior. No más. No necesitaba más.
***
Llegué a Washington un viernes de julio. Calor húmedo, el tipo de calor que pega la ropa al cuerpo nada más poner un pie fuera del aeropuerto. Tomé un taxi hasta la dirección del papel.
Era una casa colonial de ladrillo en una calle arbolada y silenciosa. Jardín delantero cuidado, escalones de piedra desgastada, puerta lacada en negro. Toqué el timbre.
Natalia abrió. Llevaba una camisa de lino blanca y el pelo recogido en un moño que no había intentado ser perfecto. Me miró de arriba abajo, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo para evaluar lo que había en su puerta.
—Llegas en hora —dijo.
No me invitó a pasar todavía. Esperó.
—Antes de entrar —dije—, necesito que me prometas algo.
Arqueó una ceja. Esperó en silencio.
Tomé aire.
—Cuando te canses de mí, quiero que me cedas a alguien. No me sueltes sin más. Quiero seguir siendo de alguien que sepa lo que quiere.
Natalia me estudió durante unos segundos. Luego sonrió: una sonrisa lenta, sin sorpresa, como si ya lo hubiera sabido desde la noche del aeropuerto.
—De acuerdo —dijo—. Cuando llegue ese momento habrá una selección. Tú presente. Yo eligiendo a quien sepa apreciarte, con todas las condiciones puestas sobre la mesa. Sin sentimentalismos. —Hizo una pausa—. ¿Entendido?
—Entendido.
Se hizo a un lado.
Crucé el umbral.

