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Relatos Ardientes

Atada y vendada: la fantasía que él me preparó

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Hay una etapa en la vida de una mujer —después de un matrimonio fallido y antes de volver a equivocarse— en que el sexo deja de ser algo que se negocia y se convierte en algo que simplemente se toma. Yo llegué a esa etapa a los veintinueve años, recién divorciada y sin intención de arrepentirme de nada.

Para eso contaba con Rodrigo. Quince años mayor que yo, con esa calma que solo dan los años bien vividos y la experiencia necesaria para saber exactamente cuándo apretar y cuándo soltar. No éramos novios ni queríamos serlo. Éramos algo más honesto que eso: personas que se gustaban, que se conocían bien, que se entregaban sin condiciones cuando el otro lo pedía.

Lo nuestro llevaba casi dos años funcionando así, sin fricciones y sin aburrimiento. En parte porque Rodrigo tenía una habilidad poco común: sabía lo que yo quería antes de que yo misma lo supiera.

Todo empezó con una confesión que leí en un foro. La escribía una mujer que contaba cómo su pareja, sin avisarle nada, había invitado a desconocidos mientras ella permanecía atada y con los ojos vendados. La relató con una honestidad tan cruda que me resultó imposible no quedarme con la cabeza dándome vueltas durante días.

Se lo comenté a Rodrigo esa misma semana, entre cigarrillos y sábanas revueltas.

—¿Y a vos te gustaría? —me preguntó sin apartar los ojos del techo.

—No lo sé —respondí—. Suena excitante y aterrador al mismo tiempo.

No volví a mencionar el tema. No hizo falta. Con Rodrigo las cosas funcionaban así: yo sembraba algo y él lo dejaba germinar en silencio hasta encontrar el momento exacto para hacerlo realidad. A veces tardaba semanas. A veces meses. Pero siempre llegaba.

***

Un jueves por la tarde me llamó por teléfono.

—El sábado tengo algo preparado —dijo—. Vestite bien.

Eso fue todo. Sin detalles, sin pistas. Era su estilo y yo ya había aprendido a navegarlo sin angustiarme. Así que el sábado me dediqué entera a mí misma: peluquería por la mañana, depilación al mediodía, una siesta corta para llegar descansada. Me puse el vestido azul oscuro que sé que le gusta, el que se ciñe en la cintura y cae recto.

Pasó a buscarme a las ocho de la noche. Manejó sin decir casi nada, con música baja y esa sonrisa de quien sabe algo que el otro ignora. Me llevó a su apartamento, en el piso doce de un edificio cerca del río. Lo conocía de memoria: el olor a madera vieja, el sillón verde junto a la ventana, la luz anaranjada que siempre dejaba encendida en la entrada.

Esa noche no había ninguna luz en la entrada.

El departamento estaba casi completamente a oscuras. Solo el dormitorio tenía luz, suave y cálida, entrando por la puerta entreabierta como si algo adentro estuviera esperando. Rodrigo me acompañó hasta ahí y abrió la puerta del todo.

Sobre la cama, perfectamente dispuesto, había un conjunto de látex negro. Un corpiño con broche frontal y una bombacha de tirantes que dejaba la entrepierna casi completamente accesible. A un costado, unos zapatos de tacón alto en mi talla exacta.

Me lo puse sin preguntar. Mientras lo hacía, Rodrigo me observaba desde el borde de la cama, sin sacarse más que la camisa, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que yo ya conocía bien.

—¿Confiás en mí? —me preguntó cuando terminé.

—Siempre —le dije.

Siempre y sin dudas.

Sacó de la mesita de luz unas pulseras de cuero con anillas metálicas, dos para las muñecas y dos para los tobillos. Me las colocó con cuidado, ciñéndolas sin apretar demasiado. Luego me ató las muñecas detrás de la espalda con una cuerda suave, me recogió el pelo en una cola baja y, como último gesto, cubrió mis ojos con un antifaz de terciopelo negro.

El mundo desapareció.

Me quedé de pie en la oscuridad, escuchando solo mi propia respiración y los pasos de Rodrigo moviéndose a mi alrededor. Me tomó por los hombros con suavidad y me guió hasta la cama. Me acomodó boca arriba, me ató la muñeca derecha al tobillo derecho y la izquierda a la izquierda, dejándome con las rodillas semiflectadas y los brazos sin movimiento real.

Sentí sus dedos antes de oír nada: recorriendo mi cuello, mi clavícula, el borde del corpiño. El tacto era tan leve que me erizaba la piel mejor que cualquier presión más firme. Me abrió el broche y liberó un pecho. Empezó a acariciarlo con la palma, luego a presionar suavemente el pezón entre dos dedos.

Me retorcí. Las manos atadas me impedían alcanzarlo, y esa imposibilidad lo hacía todo más intenso que cualquier otra cosa que pudiera haberme dado.

De fondo sonaba algo lento, una canción que reconocí vagamente pero no logré identificar. Rodrigo me liberó el otro pecho y lo cubrió con su mano. Ya me tenía a mil.

Lo sentí besarme en la boca. Estaba detrás de mi cabeza, sosteniendo mi nuca con una mano. Y entonces sentí otra boca, mucho más abajo, besando el interior de mis rodillas.

Me tensé.

Esa boca no era la de Rodrigo. La de Rodrigo estaba ocupada besándome la mía.

—Tranquila —me susurró él al oído—. Todo bien.

Respiré. Solté los músculos poco a poco. La otra boca subió por el interior de mis muslos con una paciencia que rozaba lo insoportable. Cuando llegó al borde de la bombacha, la corrió a un lado y empezó a trabajar sin preámbulos: lengua precisa, ritmo constante, sin apuro.

Cerré los ojos dentro del antifaz y me entregué.

***

Rodrigo se apartó de mi boca. Sentí que se acomodaba sobre la cama, más cerca de mi cabeza. Un instante después noté el calor de algo rozando mis labios. Los abrí esperando encontrarlo a él, pero lo que entró era diferente: la textura era distinta, el peso era distinto.

No era Rodrigo.

Lo entendí en el mismo segundo en que escuché su voz desde el otro lado de la habitación:

—Disfrutalo. Así como a mí me gusta.

Había más de dos personas en ese cuarto. Y la historia que había leído semanas atrás me volvió entera, de golpe, con una claridad perfecta. Rodrigo había escuchado. Rodrigo había decidido. Y si alguien podía saber si yo iba a poder con eso, era él y solo él.

Abrí la boca del todo y empecé a explorar con la lengua todo lo que tenía frente a mí. Mi entrepierna seguía siendo atendida con una habilidad que me hacía difícil concentrarme en cualquier otra cosa al mismo tiempo. Y las manos que masajeaban mis pechos no eran de nadie que yo hubiera tocado antes.

Era demasiado. Era exactamente suficiente.

Me levantaron con cuidado y me pusieron de rodillas sobre la cama. Las ataduras permitían esa posición con bastante comodidad. Sentí movimiento a mis costados, cuerpos reubicándose, el crujido del colchón bajo otros pesos. Luego me tomaron de la cola y empezaron a guiar mi cabeza de un lado al otro, ofreciéndome uno y después otro. Uno era largo y delgado. El otro era considerablemente más grueso, especialmente cerca de la base, y me costó acomodarlo. Seguí intentándolo hasta que lo logré, con una satisfacción que me sorprendió.

Alguien volvió a deslizarse entre mis piernas. Esta vez alternaba con una precisión casi metódica: lamía con exactitud y luego introducía los dedos; estimulaba con los dedos y luego volvía a la boca. No me daba tiempo a adaptarme a nada. Cada vez que creía que iba a acostumbrarme a una sensación, cambiaba a otra.

Empecé a sentir el cosquilleo profundo que conozco bien. Ese que comienza en el abdomen y se expande despacio hacia afuera, llenando cada rincón. Me estaba acercando al borde.

Y entonces pararon todo.

Me dejaron ahí, suspendida, con el cuerpo en tensión y sin ningún punto de contacto. Fueron solo unos segundos, pero los sentí como minutos. Escuché movimientos a mi alrededor, respiraciones, el crujido de la cama mientras alguien cambiaba de posición.

Luego me levantaron y me depositaron sobre un cuerpo diferente. Uno que yo no conocía: el pecho era lampiño, el torso más delgado, el calor de su piel contra la mía intenso y extraño. Entre mis piernas sentí el roce de algo rígido acomodándose en su lugar.

—Tranquila —me susurró Rodrigo al oído, desde mi espalda—. Cuando vos digas, paramos.

Me incliné levemente hacia adelante y el cuerpo bajo el mío empezó a abrirse paso. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, largo y firme. Cuando lo tuve entero me quedé quieta un momento para acostumbrarme al peso, a la posición, a la sensación de tener a alguien dentro sin saber quién era.

Él me tomó los pechos desde abajo y empezó a moverse con lentitud.

Unas manos me tomaron las caderas desde atrás. Sentí el frío de un lubricante cayendo entre mis glúteos.

—¿Rodrigo? —pregunté en voz baja.

—Acá estoy —respondió.

—Solo vos por ahí. Por favor.

—Lo sé —dijo—. Tranquila.

Era una condición que él conocía y que nunca había violado. Había sido el primero y seguía siendo el único con quien eso funcionaba bien. Esa certeza era la única razón por la que no pedí que pararan todo en ese mismo instante.

Me relajé todo lo que pude. Rodrigo fue meticuloso como siempre: un dedo primero, después dos, despacio y con paciencia. El hombre debajo de mí seguía moviéndose con suavidad mientras eso ocurría, y la mezcla de las dos sensaciones me tenía en un estado que no sabría describir con exactitud.

Cuando Rodrigo finalmente se acomodó y empezó a entrar, el dolor fue breve y familiar. Ese punto exacto donde duele un instante y después se convierte en otra cosa. Cuando lo tuve a él también dentro, ambos comenzaron a moverse al mismo tiempo, encontrando un ritmo que tardé apenas unos segundos en reconocer como perfecto.

Mis gemidos empezaron a escaparse sin que pudiera hacer nada para contenerlos. Alguien se acercó a mi boca y la llenó también, el más grueso de todos, y en lugar de ahogar los sonidos lo que hizo fue multiplicarlos desde adentro. Quería más. Quería que no pararan nunca. Quería que todo eso se quedara exactamente como estaba hasta que mi cuerpo no pudiera más.

Y eso fue lo que pasó.

***

No sé en qué momento exacto perdí la noción de dónde terminaba mi cuerpo y dónde empezaba todo lo demás. Solo sé que hubo un punto en que las contracciones comenzaron desde tan adentro que me resultaron casi ajenas, como si pertenecieran a otro cuerpo que yo estuviera observando desde lejos. El orgasmo me sacudió en oleadas largas, cada una con más fuerza que la anterior, hasta que lo único que pude articular fue que pararan.

—¡Paren! —logré gritar—. ¡Paren!

Rodrigo reaccionó de inmediato. Me tomó y me acomodó de costado sobre la cama. El vacío que dejó la salida de todos fue casi tan intenso como su presencia había sido. Me soltó las muñecas. Intentó abrazarme pero yo no soportaba el roce de nada. Me quedé encogida, temblando, emitiendo un sonido que no sabría cómo clasificar ni describir.

Cuando volví en mí ya no tenía el antifaz. Estaba cubierta con la frazada, tenía frío y Rodrigo estaba sentado a mi lado acariciándome el pelo con cuidado, mirándome con esa expresión suya que mezcla preocupación genuina con algo parecido al alivio.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí —dije—. Creo que sí.

Busqué en la habitación con los ojos. Solo estábamos nosotros dos.

—¿Los demás? —pregunté.

—Ya no están —respondió—. Eso es parte de la experiencia. No sabés quiénes son, y ellos no saben quién sos vos.

Me acercó una taza de té caliente, muy dulce. Lo tomé despacio, sintiendo cómo el calor me recorría por adentro y empezaba a ordenar algo que todavía seguía revuelto. Después me recosté sobre su pecho, él apagó la luz y me dormí escuchando su respiración.

***

Han pasado varios días desde ese sábado y todavía pienso en eso cuando no debería. En el colectivo, en la ducha, en el trabajo. Mi cuerpo tardó en recuperarse del todo. Pero lo que más me queda no es el recuerdo físico, sino la certeza de algo que esa noche quedó demostrado: Rodrigo me conoce mejor de lo que me conozco yo misma.

Todo empezó con la confesión de una desconocida que yo leí por casualidad. Una mujer que contó algo íntimo sin saber que iba a aterrizar exactamente donde tenía que aterrizar.

Le debo una.

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4.6 (42)

Comentarios (10)

Celeste

Que historia mas intensa!!! me quede sin palabras

RaulD77

Por favor una segunda parte, quede con demasiadas ganas de saber que paso despues

Sandra1282

Me encanto como lo describis, se siente real y con mucha tension. Sigue asi!

Luisma_84

jaja el detalle del conjunto sobre la cama me mato, tremendo comienzo

viajero_roro

Increible... me transporto completamente a esa habitacion. De lo mejor que lei en mucho tiempo

CastilloBCN

La tension que vas generando esta perfecta. Felicidades y gracias por compartirlo

danny52

excelente!!!

MaycaLoza

Me recordo a una noche muy especial que viví hace tiempo jaja. Muy buena historia, ojala haya mas

Nadia_R

Cuanto tiempo lleva escribiendo? tiene un estilo muy envolvente que te atrapa desde el primer parrafo

Kalecki

Leido de un tiron. No pude parar. Gracias!!!

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