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Relatos Ardientes

Atada y vendada: la fantasía que él me preparó

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Hay una etapa en la vida de una mujer —después de un matrimonio fallido y antes de volver a equivocarse— en que el sexo deja de ser algo que se negocia y se convierte en algo que simplemente se toma. Yo llegué a esa etapa a los veintinueve años, recién divorciada y con las ganas atrasadas de varios años de cama mediocre con un marido que no sabía dónde estaba el clítoris ni le interesaba averiguarlo.

Para eso contaba con Rodrigo. Quince años mayor que yo, con esa calma que solo dan los años bien vividos y la experiencia necesaria para saber exactamente cuándo apretar y cuándo soltar, cuándo follarme despacio y cuándo dejarme la garganta destrozada de tanto gritar. No éramos novios ni queríamos serlo. Éramos algo más honesto que eso: dos personas que se gustaban, que se conocían el cuerpo de memoria, que se entregaban sin condiciones cuando el otro lo pedía.

Lo nuestro llevaba casi dos años funcionando así, sin fricciones y sin aburrimiento. En parte porque Rodrigo tenía una habilidad poco común: sabía lo que yo quería antes de que yo misma lo supiera. Sabía cuándo necesitaba que me lamiera el coño durante una hora hasta dejarme temblando, y cuándo necesitaba que me agarrara del pelo y me la metiera hasta el fondo de la garganta sin preguntarme nada.

Todo empezó con una confesión que leí en un foro. La escribía una mujer que contaba cómo su pareja, sin avisarle nada, había invitado a desconocidos para follársela mientras ella permanecía atada y con los ojos vendados. Describía con una crudeza brutal cómo le habían usado los tres agujeros sin que ella supiera quién era quién, cómo le habían dejado el coño desbordando semen y la cara llena de corridas. La relató con una honestidad tan cruda que me resultó imposible no quedarme con la cabeza dándome vueltas durante días, masturbándome a escondidas con esa imagen.

Se lo comenté a Rodrigo esa misma semana, entre cigarrillos y sábanas revueltas, todavía con su semen escurriéndome entre los muslos después de una sesión larga.

—¿Y a vos te gustaría? —me preguntó sin apartar los ojos del techo.

—No lo sé —respondí—. Suena excitante y aterrador al mismo tiempo. Que me follen sin saber quiénes son… que me llenen entera mientras vos mirás…

No volví a mencionar el tema. No hizo falta. Con Rodrigo las cosas funcionaban así: yo sembraba algo y él lo dejaba germinar en silencio hasta encontrar el momento exacto para hacerlo realidad. A veces tardaba semanas. A veces meses. Pero siempre llegaba.

***

Un jueves por la tarde me llamó por teléfono.

—El sábado tengo algo preparado —dijo—. Vestite bien. Y vení depilada entera.

Eso fue todo. Sin detalles, sin pistas. Era su estilo y yo ya había aprendido a navegarlo sin angustiarme. Así que el sábado me dediqué entera a mí misma: peluquería por la mañana, depilación brasileña al mediodía —el coño liso como una nena, las nalgas y el ano sin un solo pelo—, una siesta corta para llegar descansada. Me puse el vestido azul oscuro que sé que le gusta, el que se ciñe en la cintura y cae recto, y debajo nada: ni bombacha ni corpiño, porque sabía que no iban a durar puestos.

Pasó a buscarme a las ocho de la noche. Manejó sin decir casi nada, con música baja y esa sonrisa de quien sabe algo que el otro ignora. Me llevó a su apartamento, en el piso doce de un edificio cerca del río. Lo conocía de memoria: el olor a madera vieja, el sillón verde junto a la ventana donde me había hecho gritar tantas veces, la luz anaranjada que siempre dejaba encendida en la entrada.

Esa noche no había ninguna luz en la entrada.

El departamento estaba casi completamente a oscuras. Solo el dormitorio tenía luz, suave y cálida, entrando por la puerta entreabierta como si algo adentro estuviera esperando. Rodrigo me acompañó hasta ahí y abrió la puerta del todo.

Sobre la cama, perfectamente dispuesto, había un conjunto de látex negro. Un corpiño con broche frontal y una bombacha de tirantes que dejaba la entrepierna completamente accesible, abierta por una hendidura que dejaba a la vista los labios del coño y la entrada del culo. A un costado, unos zapatos de tacón alto en mi talla exacta.

Me lo puse sin preguntar. Mientras me desvestía y me acomodaba dentro de esa segunda piel brillante, Rodrigo me observaba desde el borde de la cama, sin sacarse más que la camisa, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que yo ya conocía bien. Tenía la verga marcándose contra el pantalón, dura, y eso me mojó al instante.

—¿Confiás en mí? —me preguntó cuando terminé.

—Siempre —le dije.

Siempre y sin dudas.

Sacó de la mesita de luz unas pulseras de cuero con anillas metálicas, dos para las muñecas y dos para los tobillos. Me las colocó con cuidado, ciñéndolas sin apretar demasiado. Luego me ató las muñecas detrás de la espalda con una cuerda suave, me recogió el pelo en una cola baja y, como último gesto, cubrió mis ojos con un antifaz de terciopelo negro.

El mundo desapareció.

Me quedé de pie en la oscuridad, escuchando solo mi propia respiración y los pasos de Rodrigo moviéndose a mi alrededor. Me tomó por los hombros con suavidad y me guió hasta la cama. Me acomodó boca arriba, me ató la muñeca derecha al tobillo derecho y la izquierda al izquierdo, dejándome con las rodillas semiflectadas, los brazos sin movimiento real y el coño completamente expuesto al aire de la habitación.

Sentí sus dedos antes de oír nada: recorriendo mi cuello, mi clavícula, el borde del corpiño. El tacto era tan leve que me erizaba la piel mejor que cualquier presión más firme. Me abrió el broche y me dejó las tetas al aire, pesadas y sensibles, los pezones ya endurecidos respirando rápido bajo su mano. Empezó a acariciármelas con la palma, luego a presionar el pezón entre dos dedos, a pellizcarlo apenas lo justo para arrancarme un jadeo, después con más fuerza, retorciéndolo hasta hacerme arquear la espalda.

Me retorcí. Las manos atadas me impedían alcanzarlo, y esa imposibilidad lo hacía todo más intenso. Sentí cómo el coño se me iba humedeciendo solo, sin que nadie lo tocara, mojando la hendidura del látex y goteando hacia abajo.

De fondo sonaba algo lento, una canción que reconocí vagamente pero no logré identificar. Rodrigo me chupó un pezón con la boca abierta, lo mordisqueó, después pasó al otro, alternando con una paciencia que me tenía tirando de las cuerdas. Ya me tenía a mil. Podía sentir el latido del clítoris bajo el látex, hinchado, pidiendo atención.

Lo sentí besarme en la boca. Estaba detrás de mi cabeza, sosteniendo mi nuca con una mano, metiéndome la lengua hasta el fondo. Y entonces sentí otra boca, mucho más abajo, besando el interior de mis rodillas, subiendo con una paciencia que me hizo arquear la espalda.

Me tensé.

Esa boca no era la de Rodrigo. La de Rodrigo estaba ocupada chupándome la mía, profunda, lenta, abierta, metiéndome la lengua como si quisiera recordarme que todavía estaba ahí, controlando todo.

—Tranquila —me susurró él al oído—. Todo bien. Disfrutalo.

Respiré. Solté los músculos poco a poco. La otra boca subió por el interior de mis muslos con una paciencia que rozaba lo insoportable. Pude sentir el aliento caliente cada vez más cerca, los labios besándome la cara interna de los muslos, la barba —porque era un hombre, eso lo registré ahí, una barba corta raspándome la piel— acercándose centímetro a centímetro a mi coño expuesto.

Cuando llegó al borde de la hendidura del látex, corrió la tela a un lado con dos dedos y empezó a trabajar sin preámbulos: lengua precisa, ritmo constante, sin apuro. Me lamió de arriba abajo, abriéndome los labios del coño con la boca, hundiendo la lengua entre ellos, recorriéndome la raja entera hasta volver al clítoris y quedarse ahí, succionándolo despacio, después rápido, después con la punta de la lengua trabajándolo en círculos hasta arrancarme un gemido largo y feo, de esos que no se pueden disimular.

Cerré los ojos dentro del antifaz y me entregué.

La humedad entre mis piernas creció rápido, tibia, pegajosa, derramándose por mis nalgas y formando un charco bajo el culo. La lengua siguió insistiendo, metiéndose en el coño, sacando los flujos hacia afuera para volver a empujarlos adentro, pasando una y otra vez por el clítoris hasta dejarme temblando. Sentí dos dedos abriéndome paso, hundiéndose en el coño con una facilidad obscena —entré toda, empapada— y empezaron a moverse buscándome el punto exacto por dentro, doblándose hacia arriba con una insistencia que me hacía contraer todo. Rodrigo seguía besándome arriba, chupándome la boca con hambre, mientras una mano volvía a trabajarme las tetas, pellizcándome los pezones hasta que dolía rico, insoportable. Yo ya estaba empapada, respirando a bocanadas, con el cuerpo entero vibrando bajo las cuerdas, con el coño contrayéndose alrededor de los dedos de un desconocido.

***

Rodrigo se apartó de mi boca. Sentí que se acomodaba sobre la cama, más cerca de mi cabeza. Un instante después noté el calor de algo rozando mis labios. Los abrí esperando encontrarlo a él, pero lo que entró era diferente: la textura era distinta, el peso era distinto, el sabor era distinto. Era una verga gruesa, dura, con la piel tensa y caliente empujándome contra el paladar.

No era Rodrigo.

Lo entendí en el mismo segundo en que escuché su voz desde el otro lado de la habitación:

—Chupala bien. Como me la chupás a mí.

Había más de dos personas en ese cuarto. Y la historia que había leído semanas atrás me volvió entera, de golpe, con una claridad perfecta. Rodrigo había escuchado. Rodrigo había decidido. Y si alguien podía saber si yo iba a poder con eso, era él y solo él.

Abrí la boca del todo y empecé a chupar con la lengua todo lo que tenía frente a mí. Era una verga dura, caliente, con el glande mojado de líquido preseminal rozándome los labios mientras la iba metiendo y sacando despacio, obligándome a tomar más, a abrirme más, a chupar desde la punta hasta la base. La sentí golpearme el fondo de la garganta y reflejos las arcadas, pero no me retiré: la dejé seguir entrando, aprendiendo a tragarla. El dueño de la verga me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la boca con un ritmo lento al principio, hundiéndomela hasta los huevos, dejándome los labios estirados alrededor del tronco y la saliva chorreándome por las comisuras.

Mi coño seguía siendo atendido con una habilidad que me hacía difícil concentrarme en cualquier otra cosa al mismo tiempo. Los dedos seguían hundiéndose y la lengua alternaba con ellos, lamiéndome el clítoris en círculos furiosos mientras los dedos buscaban el punto G por dentro. Y las manos que masajeaban mis pechos no eran de nadie que yo hubiera tocado antes: dedos diferentes, callos diferentes, una manera de apretar los pezones que no conocía.

Era demasiado. Era exactamente suficiente.

Me levantaron con cuidado y me pusieron de rodillas sobre la cama. Las ataduras permitían esa posición con bastante comodidad. Sentí movimiento a mis costados, cuerpos reubicándose, el crujido del colchón bajo otros pesos, el sonido de alguien escupiéndose la mano para masturbarse. Luego me tomaron de la cola y empezaron a guiar mi cabeza de un lado al otro, ofreciéndome uno y después otro. Uno era largo y delgado, con la piel suave y el glande puntiagudo que me llegaba al fondo de la garganta sin problemas. El otro era considerablemente más grueso, especialmente cerca de la base, con un grosor que me forzaba los labios y me costaba acomodar.

Seguí intentándolo hasta que lo logré, con una satisfacción que me sorprendió. La boca me llenaba de saliva, los labios estirados alrededor de una polla y luego la otra, mientras me usaban la cara con una cadencia dura que me hacía lagrimear detrás del antifaz. Sentí cómo el más grueso me hundía la cabeza hasta tenerme la nariz contra su pubis, ahogada, y cuando me soltó tomé aire entre tos y babas, con un hilo de saliva colgándome del mentón hasta las tetas.

—Qué bien la chupás, puta —dijo una voz que no reconocí.

—Más —pedí, sorprendida de mí misma—. Dame más.

Alguien volvió a deslizarse entre mis piernas, esta vez desde atrás. Sentí la lengua abriéndome las nalgas, pasando por el ano, descendiendo hasta el coño, lamiéndome de atrás hacia adelante con largos lengüetazos. Esta vez alternaba con una precisión casi metódica: lamía con exactitud y luego introducía los dedos; estimulaba con los dedos y luego volvía a la boca. Me abrían el coño con dos dedos, después tres, me los hundían hasta los nudillos, me buscaban el punto exacto con una obstinación que me arrancaba gemidos cada vez más desesperados, gemidos que se ahogaban contra la verga que tenía en la boca.

No me daban tiempo a adaptarme a nada. Cada vez que creía que iba a acostumbrarme a una sensación, cambiaba a otra. Una verga en la boca, después la otra. Dedos en el coño, lengua en el clítoris, lengua en el ano. Pezones siendo retorcidos. Una mano en el pelo tirándome la cabeza hacia atrás.

Empecé a sentir el cosquilleo profundo que conozco bien. Ese que comienza en el abdomen y se expande despacio hacia afuera, llenando cada rincón, contrayendo el coño alrededor de los dedos. Me estaba acercando al borde.

Y entonces pararon todo.

Me dejaron ahí, suspendida, con el cuerpo en tensión y sin ningún punto de contacto. El coño se me contraía en el vacío, pidiendo lo que ya no estaba. Fueron solo unos segundos, pero los sentí como minutos. Escuché movimientos a mi alrededor, respiraciones, el crujido de la cama mientras alguien cambiaba de posición, el ruido inconfundible de un envoltorio de preservativo rompiéndose.

Luego me levantaron y me depositaron sobre un cuerpo diferente. Uno que yo no conocía: el pecho era lampiño, el torso más delgado, el calor de su piel contra la mía intenso y extraño. Entre mis piernas sentí el roce de algo rígido acomodándose en su lugar, el glande de una verga buscando la entrada del coño, deslizándose por mis pliegues mojados antes de encontrar el orificio.

—Tranquila —me susurró Rodrigo al oído, desde mi espalda—. Cuando vos digas, paramos.

Me incliné levemente hacia adelante y el cuerpo bajo el mío empezó a abrirse paso. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, largo y firme, hundiéndose en mi coño centímetro a centímetro hasta llenarme entera. Cuando lo tuve hasta el fondo me quedé quieta un momento para acostumbrarme al peso, a la posición, a la sensación de tener a alguien adentro sin saber quién era. La verga me llenaba desde adentro con una presión caliente que me hizo gemir entre dientes, las paredes del coño contrayéndose alrededor de un desconocido.

Él me tomó las tetas desde abajo y empezó a moverse con lentitud, sacando y metiendo la cadera, rozándome por dentro con una insistencia que me hacía apretar el culo involuntariamente. Cada embate me clavaba contra él, su pubis chocándome el clítoris con cada movimiento, su verga golpeándome el fondo con una regularidad que me iba calentando capa por capa.

Unas manos me tomaron las caderas desde atrás. Sentí el frío de un lubricante cayendo entre mis glúteos, escurriéndose por la raya hasta el ano.

—¿Rodrigo? —pregunté en voz baja.

—Acá estoy —respondió.

—Solo vos por ahí. Por favor.

—Lo sé —dijo—. Tranquila.

Era una condición que él conocía y que nunca había violado. Había sido el primero en metérmela por el culo y seguía siendo el único con quien eso funcionaba bien. Esa certeza era la única razón por la que no pedí que pararan todo en ese mismo instante.

Me relajé todo lo que pude. Rodrigo fue meticuloso como siempre: un dedo primero, después dos, despacio y con paciencia. Me abrió el ano con una dedicación exacta, lubricando bien la entrada, hundiendo los dedos hasta los nudillos y abriéndolos en tijera para dilatarme. Mientras tanto el hombre debajo de mí seguía moviéndose con suavidad, follándome el coño con embates cortos que me mantenían encendida, y la mezcla de las dos sensaciones —la verga en el coño, los dedos en el culo— me tenía en un estado que no sabría describir con exactitud. Quería más de las dos cosas al mismo tiempo.

Cuando Rodrigo finalmente se acomodó y empezó a meterme la verga por el culo, el dolor fue breve y familiar. Ese punto exacto donde duele un instante, donde el ano se resiste y después cede, y después se convierte en otra cosa. Lo sentí entrar despacio, ganando terreno milímetro a milímetro, hasta que tuve sus huevos pegados a mis nalgas y su pubis contra mi espalda.

Cuando lo tuve a él también dentro, ambos comenzaron a moverse al mismo tiempo, encontrando un ritmo que tardé apenas unos segundos en reconocer como perfecto. Uno me follaba el coño desde adelante con embates largos, el otro me follaba el culo por detrás con embestidas controladas, y yo quedé atrapada en medio de esa tensión deliciosa, doblemente penetrada, con el aire cortándose en la garganta y el cuerpo abriéndose a la fuerza de los dos. Sentía cómo las dos vergas se rozaban a través del tabique interno, una entrando mientras la otra salía, alternándose en un compás que me estaba destrozando por dentro de la mejor manera.

Mis gemidos empezaron a escaparse sin que pudiera hacer nada para contenerlos. Gritaba cosas que no entendía, palabras sueltas —más, así, no paren, cogeme— mezcladas con sonidos que no eran palabras. Alguien se acercó a mi boca y la llenó también, el más grueso de todos, hundiéndomela hasta el fondo, y en lugar de ahogar los sonidos lo que hizo fue multiplicarlos desde adentro. Tenía los tres agujeros ocupados, tres vergas trabajándome al mismo tiempo, tres hombres moviéndose en mí en un ritmo que parecía coordinado por algo más grande que ellos.

Quería más. Quería que no pararan nunca. Quería que todo eso se quedara exactamente como estaba hasta que mi cuerpo no pudiera más.

Y eso fue lo que pasó.

***

No sé en qué momento exacto perdí la noción de dónde terminaba mi cuerpo y dónde empezaba todo lo demás. Solo sé que hubo un punto en que las contracciones comenzaron desde tan adentro que me resultaron casi ajenas, como si pertenecieran a otro cuerpo que yo estuviera observando desde lejos. El coño se me cerró alrededor de la verga que tenía adentro con una fuerza que arrancó un gemido del hombre que estaba debajo, y al mismo tiempo el culo se me contrajo alrededor de Rodrigo, y por la boca seguía entrando y saliendo la tercera verga, ahogándome los gritos. El orgasmo me sacudió en oleadas largas, cada una con más fuerza que la anterior, hasta que lo único que pude articular fue que pararan.

—¡Paren! —logré gritar, sacándome la verga de la boca—. ¡Paren!

Rodrigo reaccionó de inmediato. Salió primero, con cuidado, y los demás lo siguieron. Me tomó y me acomodó de costado sobre la cama. El vacío que dejó la salida de todos fue casi tan intenso como su presencia había sido: sentí el coño abierto, el culo dilatado, la boca destrozada. Me soltó las muñecas. Intentó abrazarme pero yo no soportaba el roce de nada. Me quedé encogida, temblando, emitiendo un sonido que no sabría cómo clasificar ni describir.

Cuando volví en mí ya no tenía el antifaz. Estaba cubierta con la frazada, tenía frío y Rodrigo estaba sentado a mi lado acariciándome el pelo con cuidado, mirándome con esa expresión suya que mezcla preocupación genuina con algo parecido al alivio.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí —dije—. Creo que sí.

Busqué en la habitación con los ojos. Solo estábamos nosotros dos.

—¿Los demás? —pregunté.

—Ya no están —respondió—. Eso es parte de la experiencia. No sabés quiénes son, y ellos no saben quién sos vos.

Me acercó una taza de té caliente, muy dulce. Lo tomé despacio, sintiendo cómo el calor me recorría por adentro y empezaba a ordenar algo que todavía seguía revuelto. Sentía el coño palpitante todavía, el culo ardiendo de un modo agradable, los pezones doloridos por las horas de manoseo. Después me recosté sobre su pecho, él apagó la luz y me dormí escuchando su respiración.

***

Han pasado varios días desde ese sábado y todavía pienso en eso cuando no debería. En el colectivo, en la ducha, en el trabajo. Me masturbo recordando cómo se sentían las tres vergas adentro al mismo tiempo, cómo se me contrajo el cuerpo cuando me corrí, cómo me dejaron destruida y feliz. Mi cuerpo tardó en recuperarse del todo: estuve dos días sintiendo el culo ardiendo y el coño hinchado. Pero lo que más me queda no es el recuerdo físico, sino la certeza de algo que esa noche quedó demostrado: Rodrigo me conoce mejor de lo que me conozco yo misma.

Todo empezó con la confesión de una desconocida que yo leí por casualidad. Una mujer que contó algo íntimo sin saber que iba a aterrizar exactamente donde tenía que aterrizar.

Le debo una.

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Comentarios(10)

Celeste

Que historia mas intensa!!! me quede sin palabras

RaulD77

Por favor una segunda parte, quede con demasiadas ganas de saber que paso despues

Sandra1282

Me encanto como lo describis, se siente real y con mucha tension. Sigue asi!

Luisma_84

jaja el detalle del conjunto sobre la cama me mato, tremendo comienzo

viajero_roro

Increible... me transporto completamente a esa habitacion. De lo mejor que lei en mucho tiempo

CastilloBCN

La tension que vas generando esta perfecta. Felicidades y gracias por compartirlo

danny52

excelente!!!

MaycaLoza

Me recordo a una noche muy especial que viví hace tiempo jaja. Muy buena historia, ojala haya mas

Nadia_R

Cuanto tiempo lleva escribiendo? tiene un estilo muy envolvente que te atrapa desde el primer parrafo

Kalecki

Leido de un tiron. No pude parar. Gracias!!!

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