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Relatos Ardientes

Lo que la sanadora hizo para salvar al esclavo

4.5 (22)

Las puertas de hierro de la Sala de los Trofeos cedieron con un gemido metálico cuando Elena las empujó. El olor la golpeó antes de que sus ojos se adaptaran a la penumbra: humo de pino resinoso, sudor ácido, el cobre familiar de la sangre y, debajo de todo, ese hedor dulce y nauseabundo que la Sanadora Mayor reconocía demasiado bien. Carne quemada.

Entró con paso firme, seguida de cerca por Clara, su aprendiz de diecinueve años, que cargaba dos maletines de cuero negro deformados por el peso de los instrumentos. La muchacha respiraba por la boca. Elena no tuvo que mirarla para saberlo.

La sala se reveló ante ellas en toda su sordidez. Las antorchas de las paredes producían más sombras que luz, pero lo suficiente para ver con claridad lo que era necesario ver.

En el centro, sobre las losas pulidas de basalto, yacía Rosa. La ex guardia tenía la mejilla derecha convertida en una llaga humeante: la «A» real, grabada a fuego con un hierro calentado hasta el rojo, había fundido varios estratos de piel y músculo. Su brazo izquierdo colgaba con ese ángulo equivocado que Elena había aprendido a reconocer antes incluso de palpar el hueso. La mujer estaba consciente, apenas, con los ojos fijos en el techo de piedra y la respiración entrecortada.

Más al fondo, en el rincón que la reina Astrid llamaba, con evidente deleite, el Poste de los Condenados, estaba Diego.

El esclavo pendía de una cadena que lo sujetaba por el cuello a una argolla de hierro empotrada en la piedra. La cadena estaba calibrada con precisión cruel: solo las puntas de los dedos descalzos de Diego rozaban el suelo. El collar de castigo —ese aro dentado de metal que se cerraba automáticamente con el peso— amenazaba con hundirse en su tráquea en el momento en que sus piernas flaquearan. Tenía las muñecas esposadas a la espalda. Y, colgando de sus genitales, un bloque rectangular de madera oscura que tiraba hacia abajo con la terquedad del plomo.

Elena hizo el inventario completo en dos segundos. Luego tomó su decisión.

—La guardia primero —dijo, sin levantar la voz—. Clara, los maletines.

Vera, apoyada contra la pared del fondo con los brazos cruzados, observó la escena con la expresión satisfecha de quien contempla un cuadro que ha pintado él mismo. Era la nueva favorita de la reina Astrid: alta, de mandíbula cuadrada y ojos color avellana que no paraban de moverse. No dijo nada mientras Elena se arrodillaba junto a Rosa.

Los siguientes cuarenta minutos pertenecieron a la ciencia.

Elena limpió la quemadura facial con alcohol de enebro y una solución purificadora de caléndula que ella misma destilaba cada semana. Rosa gritó una vez y luego se limitó a temblar. La Sanadora Mayor trabajó sin prisa pero sin pausa, sin crueldad innecesaria pero también sin piedad que no sirviera al propósito médico: limpió los bordes necrosados del tejido quemado, aplicó una pasta astringente de arcilla y aloe sobre la herida viva, cubrió todo con gasas humedecidas en salmuera tibia.

Luego fue a por el brazo.

La luxación requirió dos intentos. El primero no encajó del todo; hubo que volver a separar los tejidos y reposicionar el ángulo de entrada. El segundo produjo un crujido sordo y definitivo que hizo que Clara apartara la mirada hacia el techo. Elena fijó el hueso entre tablillas de álamo y lo vendó con tiras de lino encerado, apretadas con una tensión que inmovilizaba sin cortar la circulación. Finalmente, administró a Rosa un sedante: una papilla espesa de adormidera, miel y corteza de sauce blanco que la ex guardia tragó de forma mecánica antes de hundirse en una inconsciencia profunda y reparadora.

—Bien —dijo Elena, incorporándose.

Se secó las manos, miró hacia el fondo de la sala y encaró lo que la estaba esperando.

***

Diego llevaba más de una hora colgado de puntillas.

La mecánica del suplicio era sencilla en su brutalidad: mantener el equilibrio sobre las puntas de los pies requería una contracción muscular sostenida e imposible. El ácido láctico se había acumulado en sus gemelos hasta el punto en que los espasmos ya no eran esporádicos. Sus pantorrillas se contraían en sacudidas rítmicas e involuntarias que sacudían toda su estructura, y cada temblor era una trampa: el cuerpo intentaba redistribuir el peso hacia los talones, la cadena se tensaba, el collar de castigo se cerraba, y el pánico a la asfixia lo obligaba a erguirse de nuevo mediante pura fuerza de voluntad.

A esto se sumaba el bloque de madera colgado de sus genitales. La presión sobre los testículos era constante y sorda, del tipo que no genera un dolor agudo sino una amenaza biológica que el cuerpo interpreta como existencial. Y, en el interior de la uretra, el catéter metálico. Frío ya, pero sus estrías seguían trabajando: con cada micro-movimiento de la pelvis, con cada jadeo desesperado en busca de aire, las ranuras del hierro raspaban las paredes del canal.

Diego lloraba sin hacer ruido. Las lágrimas le marcaban surcos en las mejillas manchadas de polvo y hollín, cayendo sobre las losas sin que él pudiera hacer nada al respecto.

Elena cruzó la sala hacia él. No llegó a un metro de distancia cuando Vera se interpuso.

El movimiento fue rápido y limpio. La guardia se colocó entre la Sanadora Mayor y el Poste de los Condenados, y su mano bajó a la empuñadura de la daga con la naturalidad de quien saluda a un conocido.

—La cadena no se toca —dijo Vera—. Disposición directa de la reina.

—Lo sé —respondió Elena.

—Entonces da media vuelta y recoge tus trastos.

Elena miró los ojos de Vera durante un segundo. Luego miró a Diego. El esclavo tenía los labios cianóticos: ese tono azulado que aparece cuando el tejido lleva demasiado tiempo recibiendo menos oxígeno del que necesita. Sus piernas vibraban con una violencia cada vez más difícil de controlar.

—Si este hombre muere de asfixia en los próximos veinte minutos —dijo Elena, con la misma calma con que se discutiría el tiempo— o si esos testículos se necrosan y hay que amputarlos mañana por la mañana, serás tú quien tenga que explicarle a la reina Astrid por qué su juguete nuevo amaneció inservible.

Vera apretó la empuñadura pero no desenvainó.

—La disposición dice que cuelgue de puntillas —repitió, obstinada—. Eso es exactamente lo que dice.

—Y eso es exactamente lo que tendrá —respondió Elena—. Pero la disposición no dice nada sobre la distancia entre sus pies y el suelo.

Vera parpadeó. Elena no esperó más.

—Clara, ve al estrado real. Trae todos los cojines, las mantas de lana y las pieles que encuentres. Todo lo que haya apilado allí.

La aprendiz salió corriendo hacia el otro extremo de la sala.

***

Clara regresó cargando una montaña inestable de terciopelo bordado y lana pesada: cojines del estrado real, mantas de caza, una piel de ciervo que olía a naftalina y polvo de archivo. Elena le indicó que los apilara directamente debajo de los pies descalzos de Diego.

Construyeron la plataforma por capas. Primero las mantas dobladas en cuatro, luego los cojines más firmes en el centro, luego los más blandos encima. La superficie fue elevándose milímetro a milímetro.

Los pies de Diego encontraron la resistencia de la tela. Sintió el contacto y reaccionó de forma instintiva, como lo haría cualquier cuerpo al límite: cargó el peso hacia los talones.

En ese mismo instante, la cadena se tensó y el collar de castigo se cerró con una brusquedad que hizo que Clara diera un paso atrás. Diego empezó a asfixiarse de verdad, los ojos saliéndosele de las órbitas, las muñecas tirando inútilmente de las esposas.

—Las correas —dijo Elena.

Abrió el maletín secundario y sacó los arneses de contención: cuero de búfalo curtido, anchos como la palma de una mano, los mismos que usaba en el ala médica para inmovilizar a pacientes en crisis disociativa. Elena y Clara los pasaron por debajo de las axilas de Diego, cruzaron las correas por su espalda y las fijaron con hebillas de hierro a la argolla superior del Poste de los Condenados, la misma de la que colgaba la cadena del cuello.

Tiraron. Las hebillas encajaron con un chasquido metálico.

El peso del torso de Diego dejó de recaer sobre su laringe.

El esclavo exhaló. Un sonido largo y roto, que era varias cosas a la vez: alivio, agotamiento total, algo parecido a la incredulidad. Su cabeza cayó hacia adelante y su barbilla se apoyó en su propio pecho, vencida por el peso del tiempo que llevaba resistiendo.

—Sigue colgado —dijo Elena, mirando a Vera directamente a los ojos—. La cadena del cuello está exactamente donde la dejó la reina. Sus pies no tocan el suelo limpio. La disposición se cumple al pie de la letra.

Vera no respondió de inmediato. Miró el arnés, miró las mantas bordadas con los emblemas de la corona, miró el cuerpo suspendido del esclavo. La expresión satisfecha de antes había desaparecido, reemplazada por algo que no llegaba a ser rabia pero que se le parecía bastante.

—No me gusta —dijo al fin.

—A mí tampoco me gusta mucho de lo que veo aquí —respondió Elena—, y lo hago igual.

***

Elena se arrodilló frente a Diego y comenzó a trabajar.

La primera tarea fue retirar el bloque de madera que comprimía sus testículos. Cuando las piezas se separaron y la presión desapareció, el retorno del flujo sanguíneo produjo el efecto previsible: miles de terminaciones nerviosas que habían estado en silencio forzado volvieron a activarse de golpe. Diego se retorció en el arnés con un gemido grave y sostenido, los músculos del abdomen contrayéndose en arcos sucesivos. Era el dolor de la circulación restaurada, tan intenso a veces como el de la privación original. Pero la alternativa era la necrosis, y la necrosis era irreversible.

Clara acercó una copa de cerámica con el brebaje que Elena había preparado antes de salir del ala médica: raíz de valeriana, corteza de olmo y una pequeña cantidad de extracto de adormidera en infusión doble. Elena sujetó la barbilla de Diego con su mano izquierda, le levantó la cabeza con una firmeza profesional y vertió el líquido amargo por su garganta. El esclavo tragó dos veces, tosió, tragó el resto con la obediencia mecánica de alguien que ha dejado de oponer resistencia al mundo.

En cinco o diez minutos el sedante comenzaría a hacer efecto. Elena disponía de ese tiempo para la última tarea. La más necesaria y la más brutal.

Examinó el dispositivo de castidad que encapsulaba el miembro de Diego. El acero estaba manchado de sangre seca de color marrón oscuro. Del meato urinario, alrededor del catéter metálico que sobresalía del aparato, rezumaba un líquido rosáceo y turbio.

—El instrumento fue introducido sin esterilizar y sin lubricación —explicó Elena en voz baja, dirigiéndose a Clara—. Las estrías han abierto el canal urinario en múltiples puntos. Eso que ves ahí es plasma mezclado con infección incipiente. Si no intervenimos en este momento, las bacterias alcanzan la vejiga en cuarenta y ocho horas. Los riñones en setenta y dos. La sepsis lo mata sin que nadie tenga que volver a tocarlo.

Clara asintió, pálida, con el frasco de yodo oscuro ya preparado en la mano.

Elena abrió el estuche cilíndrico de metal y extrajo la jeringa de irrigación: cilindro de cristal grueso y resistente, émbolo de acero, cánula roma y larga diseñada no para perforar tejido sino para penetrar y lavar cavidades profundas. Llenó el cilindro con la solución de yodo concentrado —ese marrón rojizo intenso que manchaba el cristal como si fuera tinta— y lo sostuvo a la altura de los ojos para verificar que no hubiera burbujas de aire atrapadas.

—Sujeta sus muslos contra el poste —le indicó a Vera—. Si se mueve durante el procedimiento, el daño será peor.

Vera dudó un segundo. Luego se acercó sin decir nada y rodeó los muslos de Diego con los brazos, inmovilizando su pelvis contra la piedra con la eficiencia mecánica de alguien que sabe exactamente cómo sujetar un cuerpo.

Elena acercó la punta de la cánula al meato ensangrentado. Con la precisión de quien ha realizado este procedimiento en condiciones mucho más precarias, introdujo el acero frío por el estrecho espacio que quedaba entre la carne lacerada y el catéter estriado. Diego, bajo los primeros efectos de la valeriana, apenas reaccionó a la intrusión.

—El yodo va a quemar más que el hierro candente —murmuró Elena, casi para sí misma—. Es lo necesario.

Apretó el émbolo.

Un chorro potente y frío de yodo concentrado entró a presión en la uretra. El líquido oscuro inundó el canal herido, deslizándose por las estrías metálicas, empapando cada milímetro de tejido abierto, reaccionando con la sangre acumulada y la flora bacteriana incipiente en una combustión química silenciosa e implacable.

El efecto tardó dos segundos en llegar.

El grito de Diego no fue como los anteriores. Los sonidos de las últimas horas habían estado dentro de un rango humano reconocible: gemidos, sollozos, el estertor de quien no puede respirar bien. Este fue diferente en naturaleza. Fue el sonido de un sistema nervioso que ha alcanzado el límite absoluto de su capacidad de procesamiento, una nota sostenida y animal que las paredes de piedra devolvieron amplificada, multiplicada, hasta que pareció llenar cada rincón de la sala.

Su cuerpo se arqueó hacia adelante con una fuerza que hizo crujir las correas de cuero de búfalo. Sus pies resbalaron sobre los cojines de terciopelo. Vera tuvo que hundir los talones en el suelo y volcar todo su peso sobre los muslos del esclavo para mantener la pelvis inmóvil. Las esposas de acero se clavaron en la piel de sus muñecas.

El yodo trabajó sin tregua durante cuatro segundos que se sintieron considerablemente más largos.

Luego el grito se quebró. Las cuerdas vocales cedieron primero. Después los ojos se volvieron en blanco, y el cuerpo de Diego se desplomó en las correas con el peso específico de quien ya no está presente en el mundo que lo rodea.

Elena retiró la jeringa vacía. Un líquido amarronado y espumoso, mezcla de yodo concentrado, sangre y plasma, comenzó a gotear lentamente desde la abertura del dispositivo de castidad, cayendo sobre las mantas reales en pequeñas manchas oscuras e irregulares.

***

La Sanadora Mayor se incorporó despacio. Se limpió las manos en una tira de lino limpio y observó el resultado de su trabajo.

Diego colgaba inerte en el arnés de cuero, con la barbilla clavada en el pecho y la respiración superficial pero regular. El collar de castigo rodeaba su cuello sin tensión activa; ya no amenazaba porque ya no había cuerpo que resistir. Sus pies descalzos descansaban flojamente sobre la plataforma de cojines y mantas de caza que hasta esa tarde habían adornado el estrado de la reina. Dentro del dispositivo de castidad, el yodo seguiría quemando durante horas, incluso a través de la inconsciencia: ese era el precio de esterilizar tejido vivo, y era un precio que valía la pena pagar.

—Sobrevivirá a la noche —dijo Elena—. Y conservará todo lo que la reina Astrid quiera que conserve cuando decida volver a usarlo.

Vera soltó los muslos del esclavo inconsciente y se apartó un paso. Miró el arnés de cuero, miró las mantas manchadas, miró el cuerpo suspendido entre la cadena y las correas. Su expresión era difícil de descifrar.

—Jugaste con las reglas —dijo.

—Las apliqué —respondió Elena, cerrando los maletines con gestos precisos—. Hay una diferencia.

La guardia resopló. Pero mientras escuchaba el goteo lento y rítmico del líquido yodado cayendo sobre la piedra fría, algo cambió en su cara. Una sonrisa pequeña y privada, torcida hacia un lado, que no estaba dirigida a nadie en particular.

Vera sabía lo que traería el amanecer. La reina Astrid vendría a inspeccionar sus posesiones, como lo hacía cada mañana. Y cuando encontrara al esclavo curado, funcional y listo para ser utilizado de nuevo, lo utilizaría con la inventiva particular que la había hecho famosa en tres reinos. No había arnés de cuero, ni brebaje de valeriana, ni astucia médica que aliviara lo que vendría después de ese amanecer.

Eso, pensó Vera mientras apagaba la última antorcha con los dedos, era consuelo suficiente para aguantar la noche.

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4.5 (22)

Comentarios (9)

LectorNocturno

Increible!!! quede completamente atrapado desde la primera linea. De los mejores que lei en esta categoria

Caro88

Por favor tiene que haber segunda parte, no puede quedar asi... necesito saber como sigue

samuelsan

Se nota el trabajo que hay detras. Muy bueno el ambiente que crea desde el principio, segui asi!

Damian_BsAs

uff que intenso el comienzo, de los mejores que lei aca

FlorMG

Me recordo a algo que lei hace tiempo pero este lo supera ampliamente. Bien ahi

NocheLibre

Hay continuacion planeada? porque la voy a necesitar jajaja. Muy bueno

MarkosDark

El personaje de Elena tiene mucha fuerza, me gusto como esta construido. Esperando mas relatos de este tipo

Ruben_Noc

Corto pero intenso, exactamente como me gustan :)

Alexei

Excelente, segui en esa direccion!!

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