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Relatos Ardientes

Vinieron a quebrarme y terminaron siendo mías

Recobré la conciencia poco a poco, como si alguien fuera encendiendo las luces de mi cabeza una a una. Lo primero que noté fue la oscuridad total. Lo segundo, que tenía las muñecas atadas a la espalda y los tobillos inmovilizados. Lo tercero, el dolor sordo en la nuca que me confirmó que me habían golpeado, o drogado, o las dos cosas.

Soy periodista de investigación. Llevo ocho años cubriendo casos de corrupción en esta ciudad, y creía haberlo visto todo. Hasta esa noche.

Un confidente me había pasado documentos comprometedores sobre Rodrigo y Sofía Almansa, una pareja de la alta sociedad con negocios que iban mucho más allá de lo que mostraban en sus cenas benéficas. Trata de personas. Proxenetismo organizado. Una red discreta pero brutal. Cuando una chica se puso en contacto conmigo diciendo ser una víctima con pruebas, acordamos vernos en un bar del centro. Entramos a un reservado, pedí un whisky, y después de eso: nada.

Estaba intentando aclarar la cabeza cuando se encendió la luz.

Parpadeé con fuerza. Cuando por fin pude abrir los ojos del todo, los vi: Rodrigo y Sofía de pie frente a mí, sonriendo como si hubieran ganado una apuesta.

—Aquí está nuestro pequeño periodista —dijo Sofía.

—Bien —respondió él con la calma de quien tiene todo bajo control—. Tengo que tomar el vuelo a Seúl esta noche. Te dejo a ti los detalles. Ya sabes lo que necesito.

—Por supuesto —dijo ella—. Disfruta el viaje.

Rodrigo salió sin mirarme. La puerta se cerró. Y yo me quedé solo con Sofía.

Fue entonces cuando pude ver la sala con claridad. Las paredes tenían argollas metálicas a distintas alturas. Un panel lateral exhibía látigos de varios tipos, fustas, esposas, pinzas, mordazas. En el techo, un gancho con polipasto eléctrico. Era una sala de rodaje. O de interrogación. O las dos cosas a la vez.

—Nos has robado unos documentos —dijo Sofía mientras se acercaba despacio—. Queremos saber dónde están.

—No sé de qué habla.

Sonrió. No era una sonrisa agradable.

—Eso me esperaba. Valentina, muéstrate.

De detrás de mí apareció la chica morena que me había citado en el bar. Ahora todo encajaba: la trampa, la bebida, el golpe. Me habían usado perfectamente.

Entre las dos me pusieron en pie y manipularon la cuerda que ataba mis muñecas hasta engancharla al gancho del techo. Quedé suspendido con los brazos en alto, los pies en el suelo pero sin poder moverme con libertad.

—Tenemos tiempo —dijo Sofía—. Mi marido vuelve dentro de diez días. Así que podemos tomarnos esto con calma.

La bofetada llegó sin aviso. Me giró la cabeza y me hizo morder el interior de la mejilla.

—¿Sigues sin saber nada?

—Nada —respondí.

Otra bofetada. Esta vez al otro lado.

—Registramos tu apartamento —dijo—. No encontramos nada. Eso significa que los tienes en otro sitio. Y me lo vas a decir.

Lo que no le dije es que los documentos estaban en un apartado de correos a nombre de un abogado en Ginebra, y que había enviado copias digitales a tres contactos de confianza. Aunque me mataran, esos documentos saldrían a la luz. Pero mientras creyeran que podían sacarme la información, seguiría vivo. Esa era mi única ventaja.

—Valentina, quítale la ropa.

Protesté, pero era inútil. Entre las dos me arrancaron la camisa, me bajaron los vaqueros, me dejaron solo con los calzoncillos. Luego Sofía se arrodilló frente a mí con una expresión de deliberada indiferencia y tiró de ellos hacia abajo de un golpe seco. Mi polla quedó colgando a la altura de su cara, blanda pero perfectamente visible, y ella la sopesó con dos dedos como quien tantea la carne en el mercado.

—No está nada mal —le dijo a Valentina, apretándome los huevos con la misma frialdad—. Vamos a pasarlo bien esta semana.

Valentina se acercó también y me pasó la lengua por la punta, una sola vez, sin pretensión de dar placer sino de marcar territorio. Noté su saliva enfriándose sobre el glande mientras las dos se reían.

—Mírate —dijo Sofía—. Colgado como un cerdo en el matadero, con la polla al aire. Y todavía no ha empezado nada.

Nunca me había sentido tan expuesto. No era solo el frío. Era la mirada de ambas, clínica y cruel, como si yo fuera un objeto que acababan de destapar.

***

Lo que siguió duró mucho tiempo. Sofía tomó un látigo de múltiples tiras y empezó a usarlo con pericia, alternando entre la espalda y los muslos. Cada golpe iba acompañado de una pregunta que yo respondía siempre igual. Cada latigazo dejaba una franja ardiente que se sumaba a la anterior, hasta que la piel entera se me convirtió en un mapa de fuego. Sofía apuntaba con precisión de cirujana: los omóplatos, los riñones, la cara interna de los muslos, muy cerca de los testículos sin llegar a rozarlos, un aviso constante de dónde podía golpear si le apetecía.

En algún momento Valentina se arrodilló frente a mí y me tomó la polla en la boca. No fue una mamada de placer sino de humillación calculada: chupaba fuerte, con la mano ceñida en la base, mirándome hacia arriba para asegurarse de que yo veía lo que me hacía. Movía la cabeza despacio, tragándome entero hasta la garganta y sacándome con un sonido húmedo, obsceno, deliberado.

—Mira cómo se le pone —dijo entre lametones, mostrándole a Sofía mi verga endurecida a pesar de todo—. Le puedes pegar todo lo que quieras, la polla no le escucha.

—Los hombres siempre igual —murmuró Sofía—. Podéis estar cagados de miedo y aun así se os empina.

Mi cuerpo reaccionaba a pesar de todo, la polla dura como una piedra en la boca de Valentina, y Sofía lo interrumpió con un fustazo seco justo sobre el glande. Aullé. Valentina se apartó riendo, con un hilo de saliva colgando aún de mis huevos.

—Nada de correrse —dijo Sofía—. Todavía no.

El dolor era manejable mientras tuviera algo en lo que concentrarme. Me concentré en el gancho. En cómo estaba sujeto. En si había alguna forma de soltarme si las circunstancias lo permitían.

Llegó un momento en que simulé perder el conocimiento. No fue difícil: dejé caer la cabeza, aflojé todo el cuerpo, dejé que el peso tirara de mis brazos.

Los golpes pararon.

—Necesitamos que siga vivo —dijo Sofía—. Bájalo.

Noté cómo desataban los tobillos. Luego el gancho descendió hasta que mis pies tocaron el suelo. Ese era el momento.

Abrí los ojos lo justo para calcular distancias. Ambas mujeres estaban dándome la espalda, eligiendo el siguiente instrumento del panel. Con un impulso brusco desenganché las muñecas del gancho y me lancé hacia Sofía.

El grito de aviso de Valentina llegó tarde.

Un golpe seco en la nuca y Sofía cayó al suelo. Valentina intentó alcanzarme con una fusta, pero la esquivé y le clavé el codo en el estómago. Se dobló sobre sí misma, sin aire.

—Esto es por tenderme una trampa —dije.

Recogí el inmovilizador eléctrico del bolsillo de Sofía. Amenacé con él a Valentina para que me desatara las muñecas. Luego recuperé los vaqueros del suelo, me los puse sin dejar de mirarlas, y por primera vez desde que había despertado respiré hondo. La polla seguía dura, incómoda contra la tela del vaquero, un recordatorio brutal de cuánto tiempo había estado a merced de esas dos.

Podía llamar a la policía en ese momento. Pero primero tenía otra idea.

***

Esperé a que Sofía recuperara la conciencia. Cuando por fin abrió los ojos, los cruzó conmigo durante un segundo largo. Vi miedo, rabia y algo que no esperaba: incertidumbre.

—Poneos las dos de pie, de espaldas a la pared.

—No harás nada —dijo Sofía, pero sin convicción.

Acerqué el inmovilizador y pulsé el botón. El chispazo la hizo convulsionarse durante tres segundos. Cuando se recuperó, estaba mucho más dócil.

—He dicho que os pongáis de pie.

Obedecieron.

—Ahora quitaos la ropa.

Se miraron. Luego empezaron. Sofía llevaba una blusa de seda color marfil y unos pantalones ajustados que marcaban perfectamente una figura que los cuarenta años habían tratado con generosidad. Valentina era más joven, más delgada, con una energía nerviosa que ahora se había convertido en miedo visible. Cuando llegaron a la ropa interior se detuvieron.

—¿Quién os ha dado permiso para parar?

Sofía desabrochó el sujetador primero, con gestos lentos y tensos. Sus tetas eran grandes y firmes, pesadas, con los pezones rosados que se le pusieron duros nada más darles el aire. El sujetador había sido elegido para realzarlas. Valentina siguió su ejemplo: la suya era una figura más discreta, pezones oscuros y prominentes, areolas anchas que se le fruncieron al instante. Cuando se bajaron las bragas, ambas intentaron cubrirse el coño con las manos.

—Las manos a la espalda.

Las retiraron. Sofía era rubia natural, con un vello claro y escaso que no ocultaba su coño hinchado. Valentina estaba completamente depilada, los labios prietos y visibles hasta la última arruga. Las tenía a las dos desnudas, cabizbajas, quietas. La inversión era perfecta.

Las hice girar y les puse esposas a ambas. Ya no suponían ningún peligro físico. Ahora era yo quien controlaba el tiempo, el espacio y las reglas.

—Gracias por decirme que tu marido estará fuera diez días —le dije a Sofía—. Ahora sé exactamente cuánto tiempo tengo.

***

Conduje a Valentina hasta una argolla lateral y la até con una soga corta. Que esperara.

Me acerqué a Sofía. La hice sentarse en el suelo y até sus tobillos a una barra separadora que encontré entre el material del panel. Luego enganché la barra al polipasto y accioné el mando de ascenso. Sus piernas empezaron a elevarse, lentamente, a pesar de sus protestas. Cuando solo la parte alta de su espalda tocaba el suelo, detuve la subida, le sostuve la cabeza con una mano y continué hasta que quedó completamente suspendida boca abajo, la cabeza a pocos centímetros del suelo, las piernas abiertas de par en par por la barra, el coño y el culo enteramente ofrecidos.

La miré a los ojos. Colgaba invertida, las manos esposadas a la espalda, el cabello rubio casi rozando el suelo. Por sus mejillas empezaban a resbalar lágrimas hacia la frente.

—Por favor —dijo, y era la primera vez que le oía usar esa palabra sin ironía.

—Todavía no.

Tomé el látigo de tiras que ella misma había usado conmigo y me coloqué a distancia calculada. El primer golpe fue en el abdomen. Sofía gritó con una intensidad que resonó en toda la sala. El segundo llegó más abajo, sobre una de sus tetas que colgaban invertidas hacia su cara, y el impacto las hizo mecerse violentamente. Los gritos se convirtieron en algo más desesperado, más real.

Cambié a un látigo de tira única para el siguiente objetivo. Medí la distancia con cuidado. Cuando el golpe llegó entre sus piernas abiertas, directo sobre el coño, el alarido sacudió las paredes. Su cuerpo entero se tensó y luego se soltó, temblando. Un segundo latigazo cayó en el mismo sitio y le dejó una franja roja atravesándole los labios de la vulva. Sofía sollozaba ya sin palabras.

Me acerqué y le pasé la palma por el coño castigado. Estaba caliente, hinchada, y para mi sorpresa mojada. Se lo enseñé a ella misma, colgando bocabajo: los dedos brillando con su propio jugo.

—Mírate —dije—. Todo esto y te estás poniendo.

—Cállate —susurró, pero le tembló la voz.

Le hundí dos dedos en el coño hasta los nudillos, sin ceremonia, y los saqué con un ruido pegajoso. Ella se mordió el labio para no gemir. Luego los volví a meter, esta vez con un movimiento lento y firme que le hizo tensar toda la espalda invertida.

—¿Cuántos hombres has visto pasar por esta sala? —le pregunté—. ¿Cuántos les has hecho suplicar antes de venderlos?

No contestó. Le retorcí los dedos dentro y dejó escapar un gemido ronco.

Fui a buscar un plug anal de tamaño medio. Le escupí varias veces sobre el ojete y lo froté con la punta del plug. Se lo introduje despacio, usando solo saliva y su propio jugo del coño, sin prisa. Sofía gritó durante todo el proceso, gruñendo obscenidades entre dientes hasta que el plug quedó completamente alojado y solo la base negra sobresalía entre sus nalgas separadas por la barra. Le di dos palmadas a la base para asentarlo bien y ella dio un respingo entero.

Luego la bajé, la dejé en el suelo con las manos esposadas delante y aseguré las cadenas de sus tobillos a una argolla con un candado. No iba a ir a ningún sitio. Cada vez que se moviera, el plug se lo recordaría.

***

Me acerqué a Valentina.

—Yo solo seguía órdenes —dijo rápidamente—. Yo no quería hacerte daño.

—Lo sé. Por eso te tengo reservado algo diferente.

En un rincón de la sala había un potro: un tablón en forma de cuña montado horizontalmente sobre dos caballetes, con la arista hacia arriba. Era un instrumento que yo no había visto nunca en persona, pero que conocía perfectamente de mi investigación sobre este tipo de salas.

La llevé hasta él y la obligué a pasar una pierna a cada lado. Le quité las esposas solo para atarle las muñecas juntas a una argolla que pendía del techo. Ya tenía el control que necesitaba.

—Siéntate —dije.

Valentina dudó. Luego fue bajando muy despacio hasta que el filo de madera contactó con su coño depilado. Se detuvo ahí, sosteniéndose sobre las puntas de los pies para minimizar el contacto.

Me agaché, le até el pie izquierdo con una cuerda corta que lo mantenía doblado cerca del muslo. Valentina soltó un quejido cuando notó que empezaba a cargar parte de su peso sobre la cuña. Até el pie derecho igual. Ahora sus piernas no tocaban el suelo. Todo su peso descansaba sobre el filo de madera entre sus piernas. Sus labios depilados quedaron perfectamente separados a ambos lados de la arista, la presión directa sobre el clítoris.

Busqué dos pinzas pequeñas en el panel y se las puse en los pezones. Los apretó fuerte antes de soltarlas, y Valentina gimió con los dientes apretados cuando la sangre volvió a circular contra el metal. Pasé una cuerda por ellas, la hice pasar por una argolla en el extremo frontal del potro y tiré suavemente. Valentina se inclinó hacia adelante instintivamente para aliviar la tensión en los pezones, lo que aumentó la presión sobre la cuña. Si intentaba echarse atrás para aliviar la presión entre las piernas, las pinzas tiraban con fuerza.

No había posición cómoda. Solo había que elegir qué dolor era más tolerable.

Me quedé un rato observándola oscilar. Vi cómo, sin quererlo, empezaba a rozarse contra la madera para buscar un ángulo menos malo. Vi cómo esa fricción, minuto tras minuto, le dejaba en el filo un rastro brillante inequívoco. Su propio coño la traicionaba igual que el de Sofía.

—Estás mojando la madera —le dije al oído—. Todo el mundo miente menos el cuerpo.

Ella cerró los ojos con fuerza y no dijo nada.

Le puse la mordaza antes de que pudiera decir nada más. El sonido que emitió fue solo un gemido amortiguado.

***

Me quedé unos minutos observándolas a las dos. Sofía en el suelo, encadenada, aún con el plug anal alojado, mirándome con los ojos enrojecidos. Valentina en el potro, oscilando entre dos dolores imposibles, la respiración entrecortada.

Me acerqué a Sofía. Me arrodillé junto a ella, le recorrí la cara con los dedos sin tocarla del todo, solo rozando.

—¿Ves cómo cambia la perspectiva? —pregunté.

Ella no respondió. Apartó la mirada.

Le acaricié la vulva con la palma de la mano, despacio, sin prisa. Su coño seguía hinchado y resbaladizo del castigo anterior. Luego separé sus labios con dos dedos y la penetré con ellos, sin delicadeza, hasta el fondo. Curvé los dedos hacia arriba, buscando el punto que sabía que tenía que estar ahí, y cuando lo encontré Sofía dio un espasmo entero y apretó los muslos alrededor de mi mano.

—Quieta —dije—. Abre las piernas.

Obedeció, temblando. Empecé a follarla con los dedos, dos primero, luego tres, entrando y saliendo con un chasquido húmedo cada vez más fuerte. La otra mano fue al plug anal y lo empecé a mover con el mismo ritmo, empujándolo hacia dentro y sacándolo un centímetro, jugando con su culo mientras el coño se lo destrozaba con los dedos.

Sofía luchó contra sí misma durante casi un minuto. Apretaba la mandíbula, giraba la cabeza, jadeaba por la nariz. Pero su coño la delataba a cada embestida: cada vez más apretado sobre mis dedos, cada vez más resbaladizo. Cuando le pellizqué el clítoris hinchado entre el pulgar y el índice, aullando algo que ni ella entendió, se corrió.

Se corrió con una convulsión que la sacudió entera, encadenada, humillada, mordiéndose el labio hasta hacerse sangre para no dar más satisfacción de la que ya había dado. Yo mantuve los dedos dentro hasta que las contracciones se apagaron. Cuando los saqué chorreaban.

—Interesante —dije, y le pasé los dedos empapados por los labios de la boca para que probara.

Le retiré el plug con un movimiento lento que arrancó un sonido entre alivio y vergüenza, un largo quejido gutural que le nació en las tripas. Le comprobé los grilletes, que aguantaban sin problema.

Fui hasta Valentina y le quité primero la mordaza, luego las pinzas de los pezones. Cuando la sangre volvió a los pezones aplastados por el metal, ella gritó con una intensidad que no había alcanzado con ningún golpe: el dolor de la recuperación era peor que el de la presión. Empezó a llorar de verdad, sin adorno, con las lágrimas cayéndole por las mejillas y goteando sobre sus tetas hinchadas.

Le levanté la barbilla y me quedé mirándola.

—Estás empapada —le dije, y le pasé un dedo entre las piernas, deslizándolo entero a lo largo de la hendidura resbaladiza. Sacó un ronroneo involuntario—. El potro te ha hecho más de lo que crees.

Le hundí ese mismo dedo en el coño y ella no opuso resistencia. Estaba tan mojada que entré hasta el nudillo sin encontrar apenas fricción. Metí un segundo dedo, empecé a moverlos despacio, y con el pulgar le froté el clítoris castigado por la cuña. Valentina echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, agudo, que ya no tenía nada que ver con el dolor.

—Por favor —susurró, y esta vez no era una súplica de que parara.

Aceleré. Los dedos entraban y salían con un ruido obsceno, chapoteando contra su coño hinchado. Sentí cómo se le tensaban los músculos internos alrededor de mis dedos, cómo la respiración se le entrecortaba, cómo se le apretaban los muslos contra la madera del potro. Cuando le pellizqué un pezón hinchado con la otra mano, se corrió con un espasmo largo, silencioso, que la dejó colgada de las muñecas atadas.

—¿Ves cómo tenía algo especial para ti? —le dije.

No articuló palabra. Solo me miraba con los ojos todavía húmedos, la boca entreabierta, un hilo de baba en la comisura. Empecé a soltarla del potro con cuidado y la dejé en el suelo, al otro lado de la sala, esposada igual que Sofía. Le quedaba en el interior de los muslos un rastro brillante que llegaba casi hasta las rodillas.

Dejé dos recipientes con agua al alcance de ambas. Luego recogí todo lo que necesitaba: mi teléfono, que encontré en el bolso de Sofía, el inmovilizador y la cámara de seguridad que había estado grabando desde el rincón durante todo el tiempo.

En cuanto saliera de ahí llamaría a mi abogado. Luego a la policía. Luego al periódico.

Pero antes de marcar el primer número me detuve en la puerta y las miré una última vez. Sofía en un extremo de la sala, Valentina en el otro, las dos desnudas, esposadas e incapaces de moverse, las dos con el coño todavía brillante de lo que les acababa de hacer. Las dos mirándome sin saber qué iba a pasar a continuación.

—Quedad cómodas —dije—. Van a venir a buscaros pronto.

Cerré la puerta al salir.

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Comentarios(9)

RolandoLP

increible!!! no me esperaba ese giro para nada

DiegoC88

Buenisimo, se hizo muy corto. Quiero la segunda parte ya

Marcos_pdp

La premisa es muy original, quede enganchado desde la primera oracion. Sigue escribiendo asi!

patri_b

jajaja el final me mato, tremendo. No lo vi venir

LunaCordoba

Me transporto de principio a fin, tuve que leerlo de un tiron sin parar. Muy bien escrito

Tomas_2k

Por favor continua la historia, quede con muchisimas ganas de saber que pasa despues

Niko77

Que buena dinamica planteaste, se siente real y eso es lo dificil de lograr. Felicidades

NochePasada7

Me recordo a algo que me paso hace años jaja aunque no tan extremo. Buen relato

SantiagoOK

excelente escritura, enhorabuena!!!

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