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Relatos Ardientes

Me arrodillé ante la doctora Montero

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Tenía una contractura en el cuello que llevaba tres semanas sin ceder. El médico de cabecera me había dado cita para el mes siguiente, que era la forma en que el sistema de salud te decía que te aguantaras. Clara, una compañera de trabajo, me habló de la Dra. Montero con esa admiración vaga que se usa para las cosas que uno no sabe bien cómo explicar. «Es carísima, pero resuelve en una sesión lo que otros no resuelven en diez», me dijo. Y luego, bajando un poco la voz: «Es distinta. No sé cómo decírtelo. Pero buena». Y ahí dejó la frase, incompleta.

No pregunté el precio antes de pedir cita.

Error.

La clínica estaba en un edificio nuevo del centro, de los que tienen el nombre en letras plateadas sobre la fachada y recepcionistas que sonríen con demasiada precisión. Me senté en la sala de espera con las manos en el regazo y empecé a mirar el cartel de tarifas enmarcado en la pared. Lo leí dos veces porque pensé que me había equivocado de cifra. No me había equivocado. Era más de lo que tenía disponible en la cuenta ese mes.

Calculé mentalmente lo que podía mover de la tarjeta, si cabía la posibilidad de pagarlo en dos plazos. No llegaba de ninguna forma.

Consideré levantarme y marcharme. El cuello me ardió exactamente en ese momento, como si tuviera opinión propia sobre el asunto.

Me quedé.

***

La Dra. Montero entró a la sala de exploración sin hacer ruido. Era alta, más de lo que había esperado. Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño bajo que le dejaba la nuca al descubierto, y la bata blanca le quedaba ajustada en los hombros, que eran anchos y cuadrados de una forma en que uno lo nota sin saber muy bien por qué lo nota. Las manos grandes, los dedos largos. Una manera de moverse completamente deliberada, sin gesto de más, sin energía desperdiciada en nada que no fuera necesario.

—Señorita Vargas —dijo. Su voz era grave, con esa textura de las voces que no necesitan subir el volumen para que se les haga caso—. ¿Dónde le duele exactamente?

Me señalé el cuello. Me hizo ponerme de pie, me tomó la cabeza entre las manos y empezó a palpar con los dedos enguantados. Encontró el nudo en menos de diez segundos.

—Aquí. —Presionó, y yo solté un sonido que no había planeado soltar.

—Sí —dije, como si eso explicara algo.

La exploración duró veinte minutos. Profesional, metódica, sin mirarme a los ojos más de lo estrictamente necesario. Cuando terminó, se quitó los guantes con un chasquido seco y me explicó el diagnóstico: contractura severa del trapecio derecho, tres sesiones mínimo para resolverlo del todo. Luego me tendió el papel con el precio total.

Me quedé mirando el número durante un momento demasiado largo.

—Doctora —empecé—. Es que... no había visto bien las tarifas cuando pedí la cita. No tengo esa cantidad disponible ahora mismo.

Ella me miró con la misma expresión con la que probablemente leía los resultados de las pruebas: neutral, sin juicio, sin compasión particular.

—Esto no es una organización benéfica —dijo.

—Lo sé. Lo siento. —Me levanté de la camilla. El cuello seguía ardiendo—. Si puede hacerme al menos esta primera sesión con lo que traigo en efectivo...

—No funciona así.

Hubo un silencio. La miré. Ella me miró.

Y en ese silencio, sin planearlo, la miré de verdad. No a la doctora, sino a ella. A los ojos oscuros con ese brillo quieto. A la mandíbula firme, a los hombros que no terminaban de encajar del todo con la bata blanca, a la manera en que se mantenía de pie completamente quieta, como alguien que sabe exactamente cuánto espacio ocupa en el mundo y ha decidido hace tiempo que ese espacio le pertenece.

Bajé la vista, casi sin querer, y ahí estaba. Bajo la tela del pantalón de pinza, en la ingle izquierda, un bulto largo y grueso que la bata blanca no alcanzaba a disimular del todo. No era una sombra, no era un pliegue. Era una polla. Una polla considerable, marcada contra la tela con una claridad que me hizo tragar saliva. Me quedé mirándola un segundo de más, y cuando levanté los ojos vi que ella se había dado cuenta de que había mirado.

Me acerqué un paso.

—¿Y si llegamos a otro tipo de acuerdo?

***

El silencio que siguió fue distinto al anterior. Más estrecho. Más cargado.

—Soy médica —dijo. Una advertencia. Casi.

—Ya lo sé.

—No estoy segura de entender lo que está insinuando.

—Creo que sí lo entiende.

Le puse la mano en el antebrazo. Un gesto pequeño, casi inocente, que los dos sabíamos que no lo era. La sentí tensarse bajo mis dedos. Sus ojos bajaron hasta mi mano y volvieron a mi cara.

—Sería una falta grave —dijo. La voz seguía igual de controlada, pero algo en ella se había aflojado un milímetro. Una grieta invisible que no estaba antes.

—Solo si alguien se entera —respondí.

Le dejé la mano subir por su brazo despacio, sin apresuramiento. Cuando llegué al hombro, no me detuvo. Cuando me acerqué más, tampoco. Le puse la mano en el pecho. Sentí el calor a través de la bata, el ritmo del corazón acelerándose bajo mi palma. Bajé la mano por el esternón, por el vientre plano, y la deslicé sin pedir permiso hasta el bulto que había visto un momento antes. Lo apreté por encima de la tela. Estaba dura. Muy dura. Y era gruesa, más gruesa de lo que había calculado con la mirada, y palpitaba contra mi mano como si tuviera prisa por salir del pantalón.

—No debería —murmuró. Ya no era una prohibición. Era solo una afirmación, un residuo de algo que ya había cedido.

Volví a apretar, más despacio esta vez, siguiendo el contorno con los dedos hasta la base. Ella cerró los ojos medio segundo. Cuando los abrió, algo había cambiado del todo.

—Cierre la puerta con llave, doctora.

***

La Dra. Montero cerró la puerta con llave sin apartar los ojos de mí. Se quedó de pie al otro lado de la sala en silencio, mirándome con esa calma que ya empezaba a entender: no era indiferencia, era control. El tipo de control que tienen las personas que nunca necesitan demostrar nada porque ya lo saben todo sobre sí mismas.

Se quitó la bata despacio. La dobló y la dejó sobre la silla con la misma precisión con la que había hecho todo lo demás. Debajo llevaba una blusa de seda color marfil y un pantalón de pinza oscuro que le marcaba las caderas. Y el bulto. Ahora, sin la bata delante, se veía obsceno: una línea larga y gruesa que empujaba la tela hacia un lado, con la punta marcada tan clara que casi podía adivinar la forma del glande.

—Arrodíllate —dijo.

No fue una pregunta.

Me quedé quieta un segundo. No de resistencia. De algo que se parece más al reconocimiento: saber, en el cuerpo antes que en la cabeza, que hay situaciones en las que la única respuesta correcta es ceder. Había algo en su manera de ocupar el espacio que hacía que la resistencia se volviera una idea absurda, como si hubiera una física distinta alrededor de ella, una gravedad propia que organizaba el mundo de otro modo.

Me arrodillé.

Desde el suelo, la miré. Era diferente desde ahí abajo. Más alta todavía, más quieta. La luz fría de la consulta le hacía sombra en los pómulos y dejaba sus ojos en penumbra. Bajó la mano y me tomó del mentón. No con brusquedad, sino con una firmeza que era en sí misma una orden.

—Así —dijo, inclinándome la cara hacia arriba.

Con la otra mano se soltó el cinturón. El chasquido de la hebilla sonó fuerte en el silencio de la consulta. Se bajó la cremallera con dos dedos, sin prisa, y empujó el pantalón hasta la mitad de los muslos. Debajo llevaba un bóxer negro ajustado, y la polla estaba tan dura que hacía una tienda de campaña brutal contra el algodón, con un cerco húmedo justo en la punta.

Se bajó el bóxer.

La polla saltó hacia arriba y me golpeó suave en la barbilla antes de asentarse frente a mi cara. Era grande. Más grande de lo que había esperado incluso después de haberla tocado. Larga, gruesa, con las venas marcadas a lo largo del tronco y el glande ancho y brillante de líquido preseminal que le colgaba en un hilo desde la ranura. Los huevos, pesados, bajaban firmes debajo. Todo en ella era proporcionado a su cuerpo: rotunda, sin miramientos, como si hubiera sido diseñada para hacer callar cualquier pregunta.

—Abre la boca —dijo.

Obedecí.

Me agarró del pelo, no con violencia, con propiedad, y me guio la cabeza hacia adelante. El glande me rozó los labios primero, tibio y salado, y luego se abrió paso adentro. Se me llenó la boca de golpe. Cerré los labios alrededor y ella me empujó un poco más hondo, un poco más, hasta que sentí el tope contra el fondo del paladar y no pudo entrar más sin obligarme a abrir la garganta.

—Bien —dijo.

Sacó la polla despacio, y volvió a entrar. Marcaba el ritmo con la mano en mi nuca, sin apurar. Yo la chupaba como podía: pasaba la lengua por el frenillo cuando la sacaba, la envolvía con los labios apretados cuando la metía, dejaba que la saliva se me escurriera por la barbilla y goteara sobre mi blusa. Ella me miraba desde arriba con esos ojos oscuros e imposibles, sin sonreír, tomando nota.

—Más despacio —decía.

Obedecía. Reducía el ritmo, chupaba solo la punta con vueltas de lengua, le pasaba los labios por la ranura para recoger cada gota de preseminal que asomaba.

—Para.

Paraba con la polla apoyada en la lengua, la boca abierta, la mandíbula ya ardiendo, esperando la siguiente instrucción.

—Los huevos.

Bajé la boca y le lamí los testículos uno por uno, sintiendo el peso caliente contra mi lengua, respirando el olor limpio y masculino que subía de su ingle. Ella siguió sujetándome del pelo con esa firmeza precisa.

—Ahora hasta el fondo.

Volví a subir. Abrí la boca todo lo que me daba y ella empujó. Empujó de verdad esta vez. Sentí el glande golpearme la campanilla, arquearme el cuello, y entonces empujó otro medio centímetro y la punta se abrió paso por la garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas al instante. La saliva se me escurría por las comisuras. Me quedé quieta con la polla entera hundida en la boca y en la garganta, mirándola desde abajo, y ella me sostuvo así unos segundos, con la mano firme en la nuca, viendo cómo se me deshacía el maquillaje. Luego me sacó la polla de golpe. Tosí. Un hilo de saliva se estiró desde mi labio hasta el glande.

—Otra vez.

Otra vez. Y otra. Me la follaba la boca al ritmo que ella decidía, hasta el fondo cada vez, sin dejarme respirar mucho entre embestidas. Yo me había convertido en un agujero para su polla y no me importaba nada más. Nunca había obedecido así. Sin negociar mentalmente cada instrucción, sin el ruido de mi propio criterio interponiéndose en cada cosa. Solo seguir lo que ella pedía porque tenía sentido seguirlo, porque era evidente que sabía adónde íbamos y yo no, y esa diferencia era precisamente lo que hacía que me temblaran las piernas y la espalda y casi todo lo demás.

—Suficiente —dijo, y me sacó la polla de la boca con un ruido húmedo.

Me levantó del suelo agarrándome del brazo, sin aparente esfuerzo, y me puso sobre la camilla. Me desabrochó los pantalones con las dos manos y me los bajó de un tirón, con las bragas dentro, hasta los tobillos. Estaba empapada. Lo supe por la corriente de aire frío que sentí en el interior de los muslos. Ella también lo supo, porque me pasó la mano abierta por el coño y se le mojaron los dedos hasta los nudillos de un solo roce.

—Ya veo —dijo, bajito, casi para sí misma.

Me giró. Me presionó suavemente entre los omóplatos con una mano hasta dejarme de bruces contra la camilla, con la cara aplastada contra el papel y el culo levantado hacia ella. No me dolió. Era la presión exacta necesaria para que no quisiera moverme, para que moverme no se me ocurriera siquiera.

—Quieta —ordenó.

Me quedé quieta.

Le oí escupirse en la mano, y luego sentí la polla apoyándose en la entrada del coño, gruesa y caliente, mojada del glande a la base con mi propia saliva y con la humedad que ya había recogido de mí. Se restregó por encima de los labios, arriba y abajo, sin entrar todavía, tanteando. Rocé el clítoris con ese roce y gemí contra la almohada de papel.

—Pídelo —dijo.

—Por favor.

—Qué.

—Fóllame. Por favor. Métamela.

Me la metió. De un empujón largo, lento, hasta el fondo. Se me escapó el aire de golpe. Era gruesa, más gruesa de lo que había sentido nunca, y me abría en dos con una precisión clínica, sin apuros, hasta que sentí la base de su polla contra los labios del coño y los huevos golpeando abajo. Se quedó ahí un segundo, hundida entera, dejándome sentir cada centímetro.

Y empezó a follarme.

Al principio despacio. Salidas largas hasta que solo quedaba el glande dentro, y entradas hasta el fondo, con el impacto de sus caderas contra mi culo cada vez. Yo gemía contra la almohada de papel de la camilla con el cuello completamente olvidado, con el cuerpo entero concentrado en lo único que importaba en ese momento: su peso, su calor, el ritmo que ella dictaba y que yo seguía sin cuestionarlo.

Luego más rápido. Me agarró la cadera con una mano, se apoyó con la otra a un lado de mi cabeza en la camilla, y empezó a metérmela a fondo, sin pausa, con los muslos chocando contra los míos y un ruido mojado y obsceno cada vez que entraba. Yo me deshacía. Me babeaba encima del papel de la camilla, gemía cosas sin sentido, empujaba el culo hacia atrás para encontrarme con cada embestida como una perra en celo.

—No te muevas —dijo.

No me moví. Me quedé quieta y dejé que ella me follara al ritmo que quiso, más fuerte, más profundo, hasta que noté los huevos golpeándome el clítoris con cada embestida y algo empezó a tensarse dentro de mí de una forma que no había sentido nunca antes. Me llevó al borde despacio, con esa misma precisión con la que había encontrado el nudo del trapecio: sabiendo exactamente dónde presionar.

—Córrete —dijo—. Ahora.

Me corrí. Como si me hubiera dado la orden y mi cuerpo no hubiera tenido nada que decir al respecto. Se me contrajo el coño alrededor de la polla, se me arqueó la espalda contra su pecho, y solté un grito ahogado contra la almohada mientras las piernas me temblaban tanto que si no me hubiera estado sujetando por la cadera me habría caído de la camilla. Ella siguió metiéndomela durante el orgasmo, más despacio, más profundo, alargándomelo hasta que empecé a llorar de puro exceso.

—Bien.

Esa sola sílaba fue suficiente para que algo en mí se deshiciera por completo.

La sacó. La oí escupirse otra vez en la mano y volvió a metérmela, esta vez todavía más hondo, con un ritmo más brutal, agarrándome del pelo con la otra mano para tenerme la cabeza levantada y hacerme mirar la pared blanca frente a la camilla. Me la folló como si estuviera terminando algo pendiente, sin dejarme recuperar del orgasmo anterior, hasta que le oí la respiración cambiarse, hacerse más pesada, y le sentí la polla hincharse dentro de mí un poco más.

—Voy a correrme —dijo, con esa misma voz controlada que no cambiaba ni al borde—. ¿Dentro o fuera?

—Dentro —jadeé—. Dentro. Por favor.

Me la metió hasta el fondo, se apretó contra mi culo, y sentí cómo se corría dentro de mí. Fueron chorros largos, gruesos, que me llenaron entera y que noté subiéndome caliente por el interior mientras ella se quedaba quieta, respirando hondo, con los dedos clavados en mi cadera. Me tuvo así hasta el final, hasta la última sacudida.

Cuando terminó, se apartó. La polla salió con un ruido húmedo y sentí un hilo espeso de semen escurrirse por el interior del muslo de inmediato. Se recompuso en silencio, con la misma metodicidad con la que había empezado. Se limpió con una toallita, se subió el bóxer y el pantalón, se abrochó el cinturón. Se volvió a poner la bata. Se alisó el cabello con dos gestos rápidos. Yo seguía en la camilla, boca abajo, con el culo levantado, mirando la pared blanca y escuchando el zumbido del fluorescente y mi propia respiración volviendo a su ritmo normal, con el semen bajando lento por la cara interna del muslo hasta la corva.

—Puede vestirse —dijo, con el mismo tono de antes. Como si la consulta siguiera siendo la consulta. Y en cierto modo, supongo, nunca había dejado de serlo.

Me senté. Me arreglé la ropa con las bragas todavía empapadas y calientes, notando el goteo de la corrida contra la tela. Antes de que ella abriera la puerta me giré.

—La próxima sesión —dije—, también está incluida en el acuerdo.

La Dra. Montero me miró un momento. No sonrió del todo. Pero casi.

—Eso está por ver —respondió.

***

Crucé el pasillo hacia la salida con las piernas un poco menos firmes de lo que me habría gustado y con la sensación húmeda entre los muslos a cada paso. La recepcionista me dijo algo sobre programar la próxima cita. Le dije que ya llamaría. Sonrió con esa sonrisa de precisión que tenían todos en ese edificio.

Afuera, el aire de la calle era frío y olía a ciudad. Me detuve un momento en la acera antes de caminar. Tenía el cuello completamente libre de dolor por primera vez en semanas. No pensé demasiado en eso.

Rodrigo estaba en el sofá cuando llegué a casa, con el portátil en el regazo y cara de no haber salido en todo el día. Me preguntó qué tal el médico.

—Bien —dijo—. Me dieron algo para el cuello.

—¿Solo eso?

Me senté a su lado. Me tomé un momento, como si estuviera pensando si contarlo o no.

—Bueno... —Le miré—. Fue un poco raro. La doctora era... especial. No sé cómo decírtelo exactamente.

Eso le hizo levantar la vista del portátil.

Le conté una versión. La misma historia pero con los bordes suavizados, con el final reemplazado, con los detalles que podían hacerle daño convertidos en los que solo podían excitarle. Le conté que la doctora era trans, que había notado el bulto marcado bajo el pantalón, que había algo entre las dos que ninguna había sabido nombrar del todo, que al salir de la consulta me había quedado pensando en sus manos y en su voz. Lo conté como si todo hubiera quedado en una fantasía, en una tensión que podría haber sido cualquier cosa pero que no había llegado a ningún lado.

Rodrigo se había quedado muy quieto mientras hablaba. Yo lo notaba sin mirarlo directamente: la forma en que dejó de teclear, la manera en que se había enderezado un poco en el sofá, la respiración que se volvió más lenta y más consciente, el bulto que empezaba a marcársele a él también en el pantalón del chándal.

—Joder, Valeria... —dijo, con voz baja.

—¿Te molesta que te lo cuente?

—No —dijo, demasiado rápido.

Claro que no le molestaba. Le gustaba exactamente de la manera en que yo sabía que le iba a gustar.

Me levanté, le besé en la mejilla y fui a ducharme. Desde el baño lo oí moverse en el sofá, luego el sonido del portátil cerrándose, y después el ruido inconfundible de la cremallera bajándose.

Me miré en el espejo mientras el agua calentaba. El cuello ya no me dolía. Me bajé las bragas y las miré: había una mancha espesa y blanca en la entrepierna, todavía tibia. Las tiré al fondo del cesto de la ropa sucia, debajo de todo lo demás. En la muñeca derecha había una marca leve, casi imperceptible, que desaparecería en dos o tres días. Y guardada en el teléfono, entre el número de Rodrigo y el de mi madre, una cita que no le había mencionado a nadie.

Algunas cosas son mejores cuando las guardas para ti sola.

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4.3(15)

Comentarios(8)

MarcosBaires

increible!!! uno de los mejores que leo desde hace mucho tiempo

SandraMorales

Por favor sigue con esto, quede enganchada desde la primera linea. Quiero saber que pasa despues con los dos

Ferchu_BA

La tension que se arma desde el principio te atrapa y ya no podes soltar. Muy bien logrado, en serio

PatricioK

jajaja ahora entiendo por que la gente no falta a los turnos medicos. Muy bueno!!!

Rocio45

me recordo a una historia que lei hace años pero esta tiene otro nivel, mas humana. Felicitaciones al autor

LucianoR_85

Lo que mas me gusto es que no se pone burdo en ningun momento. Eso es dificil de lograr y aca esta muy bien resuelto. Espero mas relatos asi

matiasok

adictivo desde el primer parrafo. cuando termino quede queriendo mas, excelente

Domi_lex

Se hizo cortisimo :( necesito la segunda parte ya

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