Esclavo de bar y castigo frente a todos
Cada viernes quedaba de servicio en el bar, con el collar puesto y la orden de abrirme para cualquiera que quisiera usarme.
Cada viernes quedaba de servicio en el bar, con el collar puesto y la orden de abrirme para cualquiera que quisiera usarme.
Cuando entramos en su casa, mi pareja aún creía que iba a ponerla en su sitio; cinco minutos después, ya no mandaba ninguna de las dos.
Cuando vi sus bragas húmedas sobre la toalla, entendí que ya no era un accidente: ella sabía exactamente lo que yo hacía cuando se iba.
La primera vez que cerré el candado de su jaula, ella tembló de rabia... y se corrió solo con oír cómo giraba la llave.
Cuando me arrodillé frente a ella pensé que podría aguantar. Media hora después, tenía su pie en la cara y ya no sabía dónde terminaba mi voluntad.
Llevábamos un mes sin atrevernos a más, hasta que eligió otra película de dominación y me preguntó, con esa sonrisa, si quería hacerlo de verdad.
Al principio solo miraba desde la rendija: hombres desnudos, atados, suplicando más castigo a la mujer que reía sobre ellos. Hasta que ella me tendió la mano.
Cuando el viejo Aníbal se empalmó en la bañera y soltó su comentario de siempre, supe que había llegado el momento de aplicar el consejo de Rosa.
A la una de la madrugada se quitó los tacones para provocar, como siempre. No sabía que esa noche alguien iba a convertir su capricho en una orden.
En cuanto la reunión se relaja y nadie mira, me escabullo al baño. Sé exactamente qué voy a encontrar en el cesto, y sé perfectamente lo que voy a hacer con ello.
La echaron de la mansión por pedir demasiado. Caminando perdida en la noche, el hedor de un camión de basura le hizo sonreír: por fin alguien hablaría su idioma.
Le ordené que se quedara de rodillas y no se moviera. Lo que vino después le enseñó que, conmigo, obedecer no es una opción: es la única regla que existe.
Sabía que iba a perder antes de empezar. Pero rendirse de entrada no le daba nada: el placer estaba en resistir, en obligar al otro a arrancarle la victoria a mordiscos bajo la luna llena.
Cuando se arrodilló en la ducha y me miró con esa sonrisa, supe que ya no había vuelta atrás: su fantasía y la mía estaban a punto de cruzar una línea.
Empezó como un juego con disfraz y botas altas, pero terminó conmigo de rodillas a las tres de la madrugada, incapaz de saciar lo que él despertó en mí.
El mensaje llegó al atardecer: preséntate a las 13:45, vestido negro, sin joyas, sin bolso. El resto, obedecerás. Era la única moneda que me quedaba.
Llevaba toda la vida siendo la fuerte, la que cuidaba de todos. Esa tarde, un desconocido me ordenó subir a su coche y, por primera vez, dejé de decidir.
Subí al coche con cada prenda elegida por él y supe que esa tarde mi único trabajo sería obedecer mientras la gente pasaba sin sospechar nada.
La llamó «nena» con la misma voz de hacía veinte años, y Helena supo que el cheque de despido jamás saldría de aquel cajón. La deuda iba a cobrarse con su cuerpo.
Conectamos durante semanas a través de una pantalla, pero ¿y si en persona no quedaba nada de aquella chispa? Entonces lo vi cruzar el bar y mi cuerpo respondió antes que mi cabeza.