El esclavo agonizaba cuando la sanadora entró
Las puertas de roble crujieron al abrirse y dejaron escapar un aire denso. Dentro del salón el aire era irrespirable: humo de antorchas mojadas, sudor agrio, sangre y ese olor dulzón que deja la carne quemada. Cruzaron el umbral dos figuras envueltas en túnicas grises: Eulalia, la sanadora mayor de la corte, una mujer de rostro adusto y manos hábiles, acostumbrada a remendar lo que la reina destrozaba; e Inés, su aprendiza, que cargaba dos maletines de cuero llenos de ungüentos, vendas y herramientas.
La escena habría paralizado a cualquiera que no estuviera curtido en los caprichos de la corona. En el centro de la sala, sobre las losas heladas, yacía Cecilia, la guardia caída en desgracia. Su rostro era una máscara de agonía, con la mejilla derecha convertida en un cráter ennegrecido donde la marca real había fundido piel y músculo. El brazo izquierdo le colgaba en un ángulo imposible, dislocado tras su intento desesperado de rebelarse.
Más al fondo, en la penumbra que dejaban las antorchas a punto de morir, se erguía el infame pilar de los perros. Encadenado a él, suspendido como una res en el matadero, estaba Damián. El esclavo se hallaba en una postura de tortura biomecánica perfecta, ideada por la mente fría de la reina y ejecutada por su nueva guardia, Vela.
Estaba sujeto del cuello a una altura tal que solo las puntas de sus pies descalzos rozaban el suelo. El collar de castigo amenazaba con clavar sus dientes metálicos en la tráquea si las piernas cedían un milímetro. Las muñecas, esposadas a la espalda. De sus genitales colgaba un humbler pesado de madera dura, tirando de los testículos hacia abajo, y, oculto pero irradiando un dolor sordo, un largo catéter estriado destrozaba la uretra.
Eulalia se detuvo un segundo. Sus ojos grises barrieron la sala. Vela, apoyada contra un tapiz con los brazos cruzados, la observaba con una sonrisa de superioridad. La sanadora debía decidir un triaje, pero en el castillo de la reina Isolda la medicina no se regía por la urgencia, sino por la jerarquía despiadada de la corte.
—La guardia primero —dictaminó Eulalia con voz firme—. Aunque haya caído en desgracia y lleve la marca de la traición, su vida pesa más que la de un esclavo que provocó la ira real. La reina querrá que sobreviva para exhibir su castigo. Inés, los maletines. Rápido.
La aprendiza, pálida, asintió y corrió hacia el cuerpo de Cecilia. Durante minutos eternos, sanadora y aprendiza se volcaron en estabilizarla. Eulalia limpió los bordes del cráter facial con alcohol y hierbas purificadoras, ignorando los gemidos de la herida. Con destreza clínica redujeron la luxación del hombro, encajando el hueso en su cavidad con un crujido sordo, y acomodaron el brazo entre tablillas acolchadas con lana limpia.
Después, Eulalia extrajo del maletín un hilo de seda finísimo, bañado en infusión de adormidera, y con una aguja curva comenzó a suturar los bordes de la quemadura, tirando de la piel sana para evitar que la infección avanzara. Le hicieron beber un elixir espeso y oscuro que la sumió en una inconsciencia profunda.
Pero mientras la ciencia salvaba a Cecilia, el tiempo se convertía en verdugo para Damián.
Abandonado al pie del pilar, el esclavo entraba en colapso. La biomecánica de su postura era insostenible. Todo el peso recaía sobre las falanges de los dedos, y la acumulación de ácido láctico se había disparado. Los gemelos, tensos como cuerdas de arco, comenzaron a sufrir espasmos incontrolables; pequeñas contracciones violentas le sacudían las pantorrillas y hacían vibrar el cuerpo entero.
Cada vez que un espasmo lo hacía flaquear y los talones buscaban el suelo, la cadena del cuello se tensaba. El collar se cerraba y los dientes de metal se clavaban en la laringe, cortando el aire y obligándolo a soltar un gorgoteo ahogado. Volvía a alzar el cuerpo por puro terror a la asfixia.
A esta tortura del equilibrio se sumaba el peso muerto del humbler. El bloque rectangular tiraba de los testículos con una presión constante que limitaba la circulación y amenazaba con provocar una necrosis tisular. Y, en el centro de todo, el catéter estriado. Aunque el hierro se hubiera enfriado, seguía siendo un cuerpo extraño y abrasivo. Con cada temblor, con cada jadeo, la pelvis se movía fracciones de milímetro. Y con cada micromovimiento, las estrías raspaban la mucosa en carne viva, mandando descargas eléctricas hasta el cerebro.
Damián sollozaba. Lágrimas densas resbalaban por sus mejillas manchadas de sangre y hollín y caían sobre las losas. Suplicaba en silencio a cualquier dios oscuro que acortara la agonía, que lo dejara desmayarse o morir.
A pocos pasos, Vela disfrutaba del espectáculo. Apoyada en el tapiz, exhibía una sonrisa burlona. Veía cómo el esclavo se desmoronaba segundo a segundo, cómo su cuerpo lo traicionaba, y cómo la tortura diseñada por su reina funcionaba a la perfección.
Tras casi una hora de trabajo meticuloso, Eulalia dio un paso atrás. Cecilia estaba estabilizada; el rostro vendado con lino limpio, la respiración profunda gracias al opiáceo. Inés empezó a recoger los frascos ensangrentados.
La sanadora se giró entonces hacia el fondo del salón. Al enfocar al esclavo, su expresión clínica se endureció. Damián estaba en estado crítico. La piel había adquirido un tono grisáceo y translúcido, los labios se teñían de azul mortecino por la falta de oxígeno, las piernas temblaban con tal violencia que parecía que el músculo iba a rasgar la piel desde dentro. El charco de sudor a sus pies era inmenso.
Un destello de ira profesional cruzó la mente de Eulalia. Se enfadó consigo misma por haber esperado tanto. No por compasión —la piedad era una moneda sin valor en aquel castillo—, sino porque permitir que un espécimen fuerte muriera por una tortura mal calculada era un insulto a su oficio. Un juguete roto no sirve para jugar.
Con paso decidido, Eulalia se dirigió al pilar.
—Inés, prepara el yodo —ordenó sin volverse.
Llegó frente a Damián. El esclavo apenas conseguía mantener los ojos abiertos; las pupilas, dilatadas, se perdían en el vacío del dolor extremo. La sanadora levantó las manos, dispuesta a soltar el candado que sujetaba la cadena del cuello a la argolla superior.
Pero antes de que sus dedos rozaran el metal, una fuerza brutal la apartó.
Vela se interpuso entre la sanadora y el pilar. Con un movimiento rápido, sacó a medias la daga reglamentaria y dejó que el acero brillara amenazante a la luz de las antorchas.
—No tocarás esa cadena —rugió Vela, con los ojos inyectados en una furia territorial—. La reina ordenó específicamente que colgara de puntillas. Esa fue la disposición final del castigo. Bajarlo sería desobedecer un mandato real directo, sanadora.
Eulalia se detuvo en seco. Miró la hoja, luego los ojos fanáticos de la guardia. Conocía su lugar en la corte. Los sanadores eran respetados, imprescindibles, pero no eran guerreros. En una pelea contra un sabueso entrenado de la reina perdería; probablemente acabaría desangrada en ese mismo suelo. Además, Vela tenía razón: contradecir una orden directa de la reina sobre la postura de un prisionero era un suicidio.
Sin embargo, Eulalia era mujer de ciencia, y la ciencia siempre encuentra un camino. Su mente calculadora procesó el obstáculo y halló un compromiso biomecánico.
—Guarda ese acero, Vela. No voy a desafiar la orden de la reina —replicó, su voz gélida y serena—. Pero si este hombre muere de asfixia en la próxima media hora, o si sus testículos se pudren y hay que amputarlos al amanecer, serás tú quien tenga que explicarle a Su Majestad por qué su nuevo juguete quedó inservible tan pronto.
Vela frunció el ceño y apretó la empuñadura, dudando un instante.
—La reina ordenó que colgara de puntillas —repitió, obstinada—. No dijo cuánto tiempo debía sobrevivir así.
—La reina confía en mí para mantener la integridad física de sus posesiones —contraatacó Eulalia, dando un paso al frente con autoridad indiscutible—. Y yo te digo que su cuerpo ha llegado al límite. Pero tranquila, respetaremos la letra exacta del castigo. Si no puedo bajar la cadena del cuello… subiré el suelo.
Vela parpadeó, confundida por la lógica retorcida. Eulalia no esperó a que comprendiera. Se volvió hacia su aprendiza.
—¡Inés! Ve al estrado real. Trae todas las mantas gruesas, las pieles de oso y los almohadones grandes que encuentres. ¡Rápido!
La joven salió corriendo y regresó cargada con una montaña de cojines de terciopelo y mantas de lana pesada. La sanadora le indicó que los apilara con cuidado justo bajo los pies descalzos y temblorosos de Damián.
Fueron construyendo una plataforma improvisada. Un almohadón, luego otro, hasta que la superficie se elevó unos quince centímetros. Los pies del reo, que hasta entonces luchaban por hallar apoyo, sintieron el roce de la tela. Con un gemido sordo, Damián dejó caer los talones. Las plantas se hundieron en el acolchado firme.
La tensión en los gemelos desapareció al instante. Las rodillas se doblaron un poco, aliviadas del esfuerzo colosal. Pero al bajar esos centímetros, la cadena del cuello se tensó violentamente. El collar se cerró con fuerza y Damián empezó a asfixiarse de verdad: las manos esposadas a la espalda tiraban inútilmente y los ojos parecían a punto de salirse de las órbitas.
—¡Ahora, las correas! —gritó Eulalia.
Abrió de par en par el maletín secundario y sacó unas correas anchas y robustas de cuero de búfalo. Eran los arneses de contención que usaba en el ala médica para inmovilizar a los pacientes psiquiátricos más violentos o para sujetar a los que sometía a amputaciones sin anestesia.
Sanadora y aprendiza actuaron con sincronización perfecta. Pasaron las correas por debajo de las axilas del atormentado, rodearon la caja torácica y cruzaron las tiras por la espalda hasta hacerlas pasar por una de las argollas superiores del pilar, la misma de la que colgaba la cadena del cuello. Tiraron con fuerza, ajustaron y fijaron las hebillas de hierro.
Habían improvisado un arnés de suspensión.
La biomecánica del suplicio cambió de raíz. Técnicamente, Damián seguía encadenado por el cuello a la altura exacta dispuesta por Vela. Pero el peso principal ya no tiraba hacia abajo desde la laringe ni dependía de la fuerza de los gemelos. El torso descansaba sobre las correas anchas que cortaban la circulación bajo las axilas. El collar seguía apretando, pero ya no estrangulaba; los pies se apoyaban planos en la pila de mantas.
Damián soltó una exhalación profunda, mitad sollozo mitad alivio puro. La cabeza cayó hacia adelante, la barbilla en el pecho, agotado más allá de toda comprensión humana.
—Un compromiso técnico —dijo Eulalia, mirando a Vela a los ojos—. Sigue colgado, sigue atrapado. Pero ahora sobrevivirá a la noche.
Vela resopló y guardó la daga con un gesto seco. No le gustaba la argucia, le molestaba que el esclavo hubiera conseguido un respiro, pero no podía negar que la sanadora no había tocado el candado del cuello ni alterado la cadena. Había jugado con las reglas y había ganado.
Pero Eulalia no había terminado. Su labor médica apenas comenzaba.
—Sujétale las piernas, Vela —ordenó, sacando un frasco y una llave del maletín—. No te gustará si se gangrena y el hedor llena este salón mañana.
A regañadientes, Vela se acercó y agarró con firmeza los muslos del esclavo, inmovilizando la pelvis contra el pilar.
La sanadora se arrodilló frente a los genitales martirizados. Lo primero fue desatar y retirar el pesado humbler. Cuando los bloques se separaron, la sangre reprimida regresó de golpe a los tejidos isquémicos. El retorno del flujo, que debería haber sido un alivio, fue increíblemente doloroso, como miles de agujas clavándose en la carne sensible. Damián se retorció en el arnés y gimió, pero la liberación de esa presión aplastante evitó la necrosis que habría exigido una castración matutina.
Inés, siguiendo las instrucciones de su maestra, acercó una copa de bronce que contenía un té espeso y humeante: una infusión concentrada de raíz de valeriana, flor de loto y corteza de sauce. Eulalia obligó al cautivo a levantar la cabeza y vertió el líquido amargo por su garganta. Damián tragó por instinto. En pocos minutos, el sedante comenzaría a relajar los músculos estriados y a sumir su cerebro en una neblina espesa que mitigaría el impacto psicológico del trauma.
Pero antes de que el sedante hiciera efecto del todo, quedaba la tarea más brutal de la noche.
Eulalia fijó la vista en el aparato de castidad uretral que encerraba el miembro de Damián. La jaula de acero estaba manchada de sangre reseca, y de la abertura de la uretra, alrededor del catéter metálico, rezumaba un líquido turbio y rosáceo.
—El hierro se introdujo sin esterilizar, tras tocar el suelo y sin lubricación —explicó la sanadora, hablando más para sí misma y su aprendiza que para Vela—. Las estrías han creado microdesgarros a lo largo de todo el canal urinario. Esa uretra es ahora mismo un caldo de cultivo perfecto para una sepsis masiva. Si la infección alcanza la vejiga y los riñones, este hombre morirá envenenado por su propia sangre en tres días. Hay que purgar el canal.
Abrió un estuche cilíndrico de metal y extrajo una herramienta que daba miedo solo de mirar: una jeringa antigua y enorme, con cilindro de cristal grueso, émbolo de acero y una cánula larga y roma diseñada para irrigaciones profundas.
La llenó con un líquido oscuro, de un color marrón rojizo que manchaba el cristal. Era una solución de yodo altamente concentrada, mezclada con extractos astringentes de corteza de roble. Un desinfectante brutal, capaz de aniquilar cualquier bacteria al contacto, pero cuyo efecto secundario era un escozor abrasador.
—Sujétalo fuerte, Vela. Aunque tenga los pies apoyados, el dolor lo hará saltar —advirtió.
Vela apretó los musculosos brazos alrededor de los muslos como si lo encajara en un tornillo de banco.
Eulalia acercó la cánula al meato ensangrentado. Con precisión milimétrica introdujo la fría aguja por el minúsculo espacio que quedaba entre la carne desgarrada y el catéter estriado del aparato de castidad. Damián, ya bajo los primeros efectos de la valeriana, apenas reaccionó a la invasión.
—Esto va a doler más que el hierro candente —murmuró Eulalia.
Y apretó el émbolo.
Un chorro potente y frío de yodo concentrado fue bombeado a presión hacia el interior de la uretra herida. El líquido oscuro inundó el canal, se deslizó por dentro y alrededor de las estrías del catéter, empapó cada milímetro de tejido lacerado, penetró en las heridas abiertas y reaccionó químicamente con los fluidos rojizos y las bacterias acumuladas.
El impacto sensorial fue catastrófico.
Si la inserción del catéter caliente había sido un desgarro sordo y profundo, el yodo concentrado fue como si le reintrodujeran un cuchillo al rojo vivo, pero un cuchillo hecho de fuego líquido y ácido. La química cauterizó las terminaciones nerviosas expuestas de golpe.
El aullido de Damián no fue humano. Fue el sonido de un animal al que despellejan vivo.
Su cuerpo entero sufrió espasmos masivos. Se arqueó hacia adelante con una fuerza titánica, intentando escapar del fuego que le devoraba las entrañas. Las esposas se clavaron en las muñecas, las correas psiquiátricas crujieron bajo las axilas, los pies resbalaron sobre los cojines. Vela tuvo que usar todo su peso para evitar que la pelvis del esclavo se zafara de su agarre.
El yodo abrasador corrió por su interior, quemando, esterilizando, purgando la inmundicia con un dolor purificador tan inmenso que la mente humana, sencillamente, se negó a procesarlo.
El grito de Damián se rompió en un estertor gorgoteante; las cuerdas vocales cedieron ante la violencia del sonido. Los ojos se le pusieron en blanco y, un segundo después, la oscuridad absoluta lo reclamó. Su cerebro cortó la conexión.
El cuerpo del torturado se aflojó de golpe, peso muerto.
Eulalia retiró la jeringa vacía. Un líquido amarronado y espumoso, mezcla de yodo, sangre y plasma, comenzó a gotear lentamente desde el extremo del aparato de castidad y manchó las losas.
—Ya está —sentenció, guardando la jeringa con frialdad clínica—. El tejido está esterilizado. El yodo seguirá quemando durante horas, incluso en la inconsciencia, pero le ha salvado la vida y ha asegurado que conserve su hombría para cuando la reina decida volver a usarlo.
La sanadora se levantó, secándose las manos en un trapo de lino. Miró el resultado.
El esclavo colgaba inerte en el arnés, con la barbilla clavada en el pecho y la respiración superficial por la valeriana y el síncope. El collar seguía rodeando el cuello, amenazante pero pasivo. Los pies descansaban flojamente sobre la pila de cojines y mantas aristocráticas: una ironía macabra en medio del suplicio. Apresando los genitales, el aparato de castidad uretral brillaba levemente bajo las antorchas, perfectamente ajustado, con el catéter envuelto ahora en el fuego químico del yodo, custodiando sus entrañas. Colgaba, en efecto, como una res torturada a la espera del amanecer.
Vela soltó las piernas del inconsciente y se cruzó de brazos. Miró el arnés de cuero, las mantas y el cuerpo desmayado. Bufó en la penumbra, visiblemente molesta.
Aborrecía la argucia de la sanadora. Aborrecía que el esclavo hubiera encontrado refugio en el desmayo y alivio en las mantas. Pero, mientras escuchaba el goteo del yodo cayendo al suelo, esbozó una sonrisa torcida. Sabía que la química seguiría torturándolo desde dentro, y sabía que el amanecer traería consigo a la reina Isolda. Y cuando la monarca viera a su juguete curado y listo para volver a ser usado, la verdadera diversión —el dolor que no curan los elixires— volvería a empezar en el Gran Salón.