La noche que mi hermanastro sacó la cuerda
Eran casi las diez de la noche cuando llegué a casa. El barrio estaba en silencio y la luz del salón se filtraba por las contraventanas entrecerradas. Metí la llave en la cerradura y empujé la puerta.
Sebastián estaba en el sofá con un libro abierto sobre las rodillas.
Eso ya era raro. Sebastián no leía. Jamás lo había visto terminar un libro desde que su padre se casó con mi madre, dos años atrás. Pero ahí estaba, con el libro apoyado en las rodillas y una expresión demasiado tranquila para ser casual.
Levantó los ojos cuando entré y una sonrisa lenta se fue dibujando en su cara.
—Por fin llegas —dijo, y dejó el libro sobre el cojín sin marcarlo.
—¿Me estabas esperando? —Fruncí el ceño.
—¿Te sorprende? —Se levantó del sofá sin apresurarse.
Tenía las manos detrás de la espalda y aquella sonrisa que no acababa de ser amistosa. Algo me puso alerta sin que pudiera explicar exactamente qué era. Una especie de instinto que llevaba ignorando semanas.
—¿Dónde están mis padres? —pregunté, aunque lo sabía perfectamente.
—En Sevilla hasta mañana al mediodía. —Dio un paso hacia mí, luego otro. —Estamos completamente solos, Valeria.
Lo había olvidado. O quizás lo había borrado a propósito durante toda la semana para no pensar demasiado en ello. Ahora que lo tenía delante, el corazón me latía con más fuerza de la que debería.
Sebastián era guapo. Eso nunca lo había discutido para mis adentros, aunque tampoco me había permitido quedarme demasiado tiempo con el pensamiento. Tenía la mandíbula marcada, los hombros anchos y esa manera de moverse, lenta y segura, que resultaba difícil de ignorar. Durante estos dos años habíamos convivido con la educada indiferencia de dos personas que comparten casa sin habérselo pedido. Nevera, cuartos de baño, alguna cena en silencio.
Pero a veces me miraba de una forma que no sabía cómo clasificar. No era la mirada de un hermano.
—Sebastián, ¿qué estás planeando? —pregunté cuando siguió acercándose.
—Llevaba mucho tiempo esperando que tuviéramos la casa para nosotros —respondió, y por fin sacó las manos de detrás de la espalda.
Era una cuerda. Fina, de algodón trenzado, enrollada con un cuidado que no parecía improvisado.
—¿Qué piensas hacer con eso? —Mi voz salió más pequeña de lo que pretendía.
—Atarte —dijo, como si fuera la respuesta más natural del mundo.
Debería gritar. Debería dar un paso atrás. Debería hacer cualquier cosa que no fuera quedarme aquí parada mirando esa cuerda.
Pero no hice nada de eso.
Cuando Sebastián se acercó y tomó mis muñecas entre sus manos, no las aparté. Me dije que era por la sorpresa, que el agarre era firme y no tuve tiempo de reaccionar. Pero en algún lugar más profundo sabía que eso no era del todo verdad.
Había algo extraño en la sensación de la cuerda alrededor de las muñecas. No era incómoda. Era más bien lo contrario: una presión constante que me recordaba exactamente dónde estaba y qué estaba pasando. Que no podía moverme aunque quisiera. Y que en algún nivel que no acababa de entenderme, no quería.
—Espera —dije—. Esto no tiene ninguna gracia.
—Nunca dije que fuera gracioso. —El nudo quedó ajustado alrededor de mis muñecas. Firme, pero sin apretar. Cuidadoso. —¿Lo ves? Nada que te haga daño.
Me miró a los ojos durante un instante largo, buscando algo. Lo que encontró le hizo esbozar una sonrisa lenta.
—Bien —dijo en voz baja.
Me guió hasta el sofá y me hizo sentar. Luego se puso de rodillas frente a mí, con los codos apoyados en mis rodillas, y me observó con esa calma que me exasperaba y me fascinaba por igual.
—Llevas semanas mirándome —dijo.
—No es verdad.
—Sí lo es. —Pasó un dedo por el nudo de mis muñecas. —Y yo llevo mirándote a ti desde antes todavía.
No supe qué responder a eso. Y probablemente el silencio ya era una respuesta.
Sebastián se levantó y me agarró con suavidad por los hombros. Me puse de pie casi sola. Luego me echó sobre su hombro sin esfuerzo aparente, como si hubiera calculado el peso y el ángulo con antelación. Sentí la presión de sus brazos en mis muslos y tuve que concentrarme en no hacer ningún sonido mientras subía las escaleras.
***
Su habitación olía a él. Algo limpio y oscuro a la vez. Me tumbó sobre la cama con cuidado y ató el extremo de la cuerda a los barrotes del cabecero, dejándome con los brazos estirados por encima de la cabeza. Luego encendió la lamparilla de la mesilla y se quedó de pie mirándome.
—¿Cómoda? —preguntó.
—No —mentí.
Sonrió.
No me tocó de inmediato. Se sentó a mi lado en la cama y me observó durante un momento que se hizo muy largo. Tenía esa expresión concentrada, como alguien que lleva tiempo pensando en algo y por fin puede hacerlo con calma. Me sentía expuesta. Completamente a su merced. Atada, vestida todavía, con el corazón disparado.
Y no tan asustada como debería haber estado.
Me había preguntado alguna vez, sin querer pensarlo demasiado, qué tipo de persona sería Sebastián si alguien lo conociera de verdad. En la cocina, en el salón, durante las cenas con nuestros padres, era contenido y casi hermético. Lo que tenía delante ahora era completamente diferente: alguien con una paciencia calculada y una intención muy clara.
—Eres mucho más guapa de lo que me conviene pensar —dijo en voz baja, casi para sí mismo.
Extendió la mano y empezó a desabrochar los botones de mi camisa. Uno por uno, con una lentitud deliberada. La tela se fue abriendo y el aire de la habitación rozó mi piel. Cuando llegó al último botón, separó los dos paneles con cuidado y me miró.
Sus manos recorrieron mis costillas hacia arriba. Eran cálidas, un poco ásperas. Cuando llegaron a mi espalda, desabrocharon el sujetador con una habilidad que no pasé por alto. La tela se deslizó a los lados.
Un escalofrío me recorrió la columna.
El contraste entre el frío del aire y el calor de sus manos era tan concreto que me hizo tensar los músculos sin querer. Intenté controlar la respiración. No lo conseguí del todo.
—Sebastián... —empecé.
—Calla. —No fue brusco. Solo tranquilo y firme. —Solo tienes que sentir.
Sus manos recorrieron mis pechos despacio, explorando sin apresurarse. Las palmas, cálidas. Los dedos, atentos a cada reacción que yo intentaba disimular. Empezó a bajar la cabeza y sus labios llegaron a mi cuello primero, luego a la clavícula, luego más abajo. Los besó con una paciencia que me estaba volviendo loca. Su lengua jugó con mis pezones hasta que ya no pude seguir fingiendo indiferencia y las caderas empezaron a moverse solas debajo de él.
—Para —dije, aunque no era eso lo que quería decir en absoluto.
—Claramente no —respondió sin levantar la cabeza.
Siguió bajando. Se detuvo en la cintura para desabrocharme los vaqueros y tirar de ellos junto con la ropa interior en un único movimiento fluido. Se quedó un momento mirándome, completamente desnuda y atada, y el calor de esa mirada fue casi físico.
—Así —dijo en voz baja.
Sus dedos recorrieron el interior de mis muslos desde las rodillas hacia arriba, muy despacio, sin llegar todavía. Cuando finalmente llegaron al centro, emitió un sonido grave y satisfecho al notar lo húmeda que ya estaba.
—Lo sabía —murmuró contra mi piel. —Lo sabía desde el principio.
Lo que hizo a continuación fue paciente y calculado. Me llevó al borde tres veces, aprendiendo con cada intento qué me hacía tensar los músculos y qué me hacía perder el hilo de la respiración. Y cada vez que llegaba cerca, retiraba la mano y esperaba. Una tortura dulce y completamente deliberada.
La tercera vez que paró, las manos se me cerraron en puños contra los barrotes.
—Sebastián —dije, con la voz más ronca de lo que pretendía.
—¿Qué? —preguntó, con el pulgar apoyado exactamente donde yo necesitaba que se moviera.
—Por favor.
—¿Por favor qué?
Tardé un momento. Las mejillas me ardían.
—Por favor no pares.
Volvió a sonreír. Y no paró.
Cuando llegué al clímax, fue largo e intenso. Todo el cuerpo se me sacudió contra las ataduras y dejé de intentar controlarlo. Cerré los ojos y me dejé ir. Sebastián me miraba mientras yo terminaba, con una expresión que mezclaba el orgullo con algo más difícil de nombrar.
***
Esperó a que volviera a respirar con normalidad. Luego se puso de pie y se quitó los pantalones y la ropa interior despacio, sin apartar los ojos de mí. Desató el nudo de mis muñecas de los barrotes. Los brazos me cayeron pesados a los costados.
Me agarró por las caderas con firmeza y me colocó donde quería.
—Mírame —dijo.
Lo miré.
Cuando me penetró lo hizo despacio, hundiéndose hasta el fondo y quedándose quieto un momento antes de empezar a moverse. Sentí cada centímetro de ello. El ritmo fue creciendo de forma gradual. Mis pechos se balanceaban con cada embestida y yo tenía las uñas clavadas en su espalda sin haberme dado cuenta de cuándo las había puesto ahí.
—Eres mía —dijo con la voz baja y ronca. —Esta noche eres completamente mía.
No quise discutirlo. No tuve voluntad para hacerlo.
Sus movimientos se volvieron más urgentes. Los pulgares me dejaron marcas en la cadera que no me importaron en absoluto. Yo me aferré a sus hombros y cuando llegué al segundo clímax fue más profundo que el primero, con él dentro y sintiéndolo en cada músculo. Sebastián llegó al suyo casi al mismo tiempo, con un jadeo cortado y la frente apoyada contra la mía.
Nos quedamos quietos durante un momento. Solo el sonido de nuestra respiración en la habitación oscura.
***
Después se tumbó a mi lado y me miró de frente. Los ojos todavía le brillaban.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije. Y era verdad.
—Bien.
Se levantó, se puso los pantalones y fue hasta la puerta. Allí se detuvo con una mano en el marco, sin acabar de girarse del todo.
—Descansa un rato —dijo. —Porque cuando vuelva, todavía no hemos terminado ni de lejos.
Salió y cerró la puerta con suavidad.
Me quedé en la cama mirando el techo. Las muñecas me ardían levemente de la cuerda. El cuerpo todavía me temblaba. Y en el cabecero, la cuerda de algodón seguía enrollada en los barrotes, esperando.
Sabía perfectamente lo que significaba todo esto. Sabía que mañana, cuando volvieran nuestros padres, tendría que mirar hacia otro lado y hacer como si nada. Sabía que era complicado, que no había ninguna manera sencilla de llamar a lo que estaba pasando entre nosotros. Pero tumbada en esa cama con el cuerpo todavía resonando, lo único que quería era que volviera pronto.
No apagué la lamparilla. No me moví del lugar donde Sebastián me había dejado. Solo cerré los ojos y esperé.