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Relatos Ardientes

El campamento donde nos convirtieron en bestias

El chirrido del cerrojo cortó el silencio como una sentencia. Las demás cautivas se encogieron en los rincones de sus celdas. Sofía abrió los ojos pero no se movió. Llevaba horas despierta, escuchando el goteo del grifo que se negaba a tocar, con la garganta tan seca que cada trago de saliva le raspaba como lija.

La silueta de Marta apareció en el umbral. Alta, pelirroja, con una complexión que no respondía a ningún canon convencional pero que irradiaba una autoridad física imposible de ignorar. Sus ojos recorrieron el grifo intacto y se clavaron en los labios agrietados de Sofía. La pelinegra forzó una sonrisa desafiante. Marta respondió con otra más amplia, cargada de burla helada.

—Sigues creyendo que vas a ganar, ¿verdad? —susurró antes de girarse hacia la celda contigua—. Lucía, sal. Ahora.

La reja se abrió y Lucía salió gateando. Temblaba de pies a cabeza; el compuesto químico que le habían administrado mantenía cada centímetro de su piel hipersensible. Marta se inclinó y le acarició el cabello con una suavidad casi maternal.

—Buena chica —murmuró.

Esas dos palabras cayeron sobre Lucía como un bálsamo. Su mente fragmentada se aferró a ese gesto de aprobación. Desde la celda contigua, Sofía observaba con náuseas. Siempre había despreciado la debilidad de Lucía, pero verla derretirse ante una caricia de su captora la convenció de que la rubia ya no era una aliada.

—Perra, sal ahora —ordenó Marta hacia Sofía.

Sofía salió con lentitud insolente. Sintió el collar cerrándose sobre su cuello y la cadena tensándose.

—Besen mis botas. Es lo primero que harán cada mañana.

Lucía se lanzó hacia la bota derecha con devoción febril. Sofía se quedó paralizada un momento, pero el recuerdo de los latigazos fue más fuerte que su orgullo. Se arrodilló y comenzó a besar la bota izquierda, disociando su mente del acto.

Marta detuvo a Lucía, tomándola de la barbilla.

—Buena chica —repitió acariciándole la mejilla.

Antes de que Sofía pudiera procesarlo, la bota de Marta la empujó al suelo con desprecio.

—Tú eres una inútil. Deberías aprender de Lucía. Mírala: ella ya entendió quién manda aquí.

***

Bajo la luz cruda de la mañana, las dos mujeres atravesaron el recinto gateando. Aquello no era una simple hacienda: era una industria de la deshumanización. Guardias con uniformes tácticos conducían grupos de cautivos mediante correas. Sofía se detuvo al ver a dos hombres encorvados arrastrando un carro, con arneses y anteojeras. Un tirón de su collar casi la hizo caer.

—Camina o terminarás igual que ellos —siseó Marta.

Llegaron a una bodega aislada. El interior escondía un lujo perverso: alfombra roja y una cama amplia de sábanas blancas bajo focos estratégicos. Marta esposó a Sofía a un pilar de acero, dejándola de pie y expuesta.

—Disfruta del espectáculo —dijo con veneno, antes de dirigirse hacia Lucía.

Marta se despojó de su ropa con calma. Cuando quedó en ropa interior, la realidad de su captora se impuso: emanaba un poder bruto que intimidaba. Se recostó en la cama y extendió una mano.

—Ven.

Lucía subió con movimientos erráticos. Marta le acarició el rostro.

—Vas a hacer todo lo que te diga, ¿verdad? No quieres que me enoje —bajó la mano y apretó uno de sus pechos con firmeza que bordeaba el dolor— y que tenga que lastimarte de nuevo.

—Haré lo que me pidas —gimió Lucía—. Tú eres mi ama.

Marta abrió las piernas y Lucía se posicionó entre sus muslos con desesperación febril. Quería demostrar que era útil, que era mejor que Sofía. Lamía, besaba y succionaba mientras los gemidos de Marta llenaban la bodega.

En el pilar, Sofía sentía que el mundo se desmoronaba. La escena le resultaba grotesca, pero su cuerpo, traicionado por la química, reaccionaba con violencia. Ver a Marta alcanzar el clímax le provocó una envidia que le secaba la boca más que la sed.

Marta se recuperó, limpió el rostro de Lucía con cariño maternal y la besó con profundidad. Luego recorrió su abdomen hasta el cinturón metálico. Con un clic lo retiró. Se levantó, regresó con un arnés ajustado y puso a Lucía en cuatro, exponiéndola ante la mirada de Sofía. La penetró sin previo aviso.

Los gritos de Lucía desgarraron el aire. Placer primario que rayaba en la locura.

—¡Dime! ¿Quién es tu dueña?

—¡Usted es mi dueña! ¡Quiero ser por siempre su buena chica!

Lucía colapsó en un clímax violento. Marta se retiró y giró hacia el pilar con sonrisa de victoria.

***

Sofía estaba hincada con la cabeza gacha. Sus piernas se entrelazaban en un intento patético de friccionarse contra el cinturón metálico que le negaba todo alivio. Sin mediar palabra, Marta le atenazó la barbilla y, tapándole la nariz, la obligó a abrir la boca. Le hundió el juguete hasta la garganta. Sofía sufrió una arcada violenta mientras el sabor amargo invadía sus sentidos. Marta utilizó su boca como instrumento de limpieza durante varios minutos.

Cuando extrajo el dispositivo, una bofetada le cruzó el rostro.

—Agradéceme.

Sofía no respondió. El odio brillaba en sus ojos.

—Y pensar que eras la siguiente para recibir un premio —dijo Marta señalando la cama.

El calor en su entrepierna venció a su razón. Una lágrima pesada rodó por su mejilla.

—Muchas gracias... ama. ¡Por favor! ¡Déjeme también tener un orgasmo!

Marta sonrió. Le quitó las esposas, la arrastró por la melena hasta la cama. Sin cariño alguno, retiró el cinturón, le levantó el trasero y la penetró con fuerza.

Sofía sintió que el paraíso se abría. Su cuerpo había sido una caldera a punto de estallar.

—¡Soy su esclava! ¡Soy todo lo que quiera! ¡Ya casi llego!

Pero justo en el umbral del clímax, Marta sacó el juguete de golpe y se alejó.

—¡NOOO! —un alarido de agonía pura—. ¡Casi llegaba!

—Besa mis pies.

Sofía se lanzó hacia los pies de Marta, besándolos con devoción entre sollozos.

Marta miró a Lucía.

—¿Crees que esta puta se merece un orgasmo?

La rubia miró a Sofía desde arriba. Una sonrisa cruel curvó sus labios.

—No creo que lo desee tanto, ama. Sigue teniendo esa mirada de odio.

El terror inundó a Sofía al ver que Marta tomaba el cinturón metálico de nuevo.

—¡No! ¡Seré buena! ¡Haré lo que sea!

El clic del candado fue como un disparo. Sofía se derrumbó llorando.

—Tu cuerpo no te pertenece. Ni siquiera tu placer es tuyo.

***

Marta regresó con dos cuencos de acero. Comida molida mezclada con agua. Presas del hambre, ambas se lanzaron sobre el alimento. Cuando los cuencos quedaron vacíos, Marta hundió los dedos en la melena de Sofía.

—Has sido vencida. Esa comida contenía otra dosis del compuesto.

Sofía sintió que el estómago se le contraía. Sabía lo que venía: una tortura interna que el cinturón convertiría en calvario.

—En cuanto a ti, pequeña —Marta acarició a Lucía—, hoy confío en tu lealtad. No te encerraré, pero no te toques. Siente el fuego y resiste por mí.

Lucía asintió con fervor y se lanzó a besar las botas de Marta. Sofía observaba con el alma helada. En menos de una mañana, Lucía se había convertido en la mascota de su captora. Al recordar los guardias armados, las cercas eléctricas y los collares, comprendió que huir era imposible. Su mente trazó una nueva estrategia: sobrevivir, ser obediente y esperar a que Andrés regresara. Bajo su techo habría grietas que explotar.

***

Marta las condujo a los establos. Al cruzar el umbral, un aire cargado de humedad y cuero rancio las golpeó. Hombres y mujeres yacían transformados en bestias de carga, con arneses y anteojeras.

En un establo privado comenzó la transformación. A Lucía le ajustó un entramado de correas de cuero, le forzó los brazos hacia atrás uniendo muñecas y codos, le colocó una brida metálica en la boca y unas botas de casco que la obligaban a una extensión vertical extrema. Al calzarlas, Lucía tambaleó. Marta la sostuvo.

—Tú puedes, pequeña.

Lucía enderezó la espalda y encontró el equilibrio. Marta le introdujo un plug con cola de caballo negra y ajustó pinzas con cascabeles de plata en sus pezones. El dolor fue un relámpago, pero no hubo odio en su rostro. Si ese era el peaje para las caricias de su ama, lo pagaría.

El turno de Sofía fue diferente. Sin caricias ni palabras; solo tirones violentos y cuero ajustándose sobre piel sudorosa. Y la crueldad adicional: Marta se negó a retirarle el cinturón. Mientras Lucía sentía cada roce, Sofía permanecía encerrada en metal, con la excitación bullendo sin escape.

Las ancló a un carro de hierro. Marta subió al asiento y descargó la fusta sobre Sofía.

—¡Arre!

Lucía encontró el ritmo de inmediato; sus cascos repicaban con precisión y los cascabeles tintineaban en melodía de servidumbre. Sofía era la imagen del tormento. Cada vez que flaqueaba, la fusta encontraba su piel. Lucía la miraba de reojo con sonrisa de burla. Sofía envidiaba su orgasmo, la ausencia de azotes, ese estatus de favorita.

Desde su asiento, Marta observaba con satisfacción. Sus cálculos eran exactos: usaba la envidia para erosionar la identidad de Sofía. No quería solo obediencia; quería que deseara con desesperación el lugar de Lucía.

***

Tras dos horas, Marta las desató. Les retiró bridas, correas y botas. Al arrancar las pinzas de los pezones de un tirón, un grito desgarrador brotó de ambas. Dejándolas desnudas sobre el suelo, miró a Lucía.

—¿Crees que Sofía lo hizo tan bien como tú?

Lucía sintió una punzada de lástima residual.

—Creo que hizo lo mejor que pudo, ama.

La bofetada fue seca y violenta.

—¿Después de todo lo que te doy, me sales con eso?

El pánico la hizo quebrarse.

—¡Perdóneme! Tiene razón. Sofía es una inútil. ¡No deje de quererme!

—¿Merece un castigo?

Lucía miró a Sofía con odio que servía de escudo para su culpa.

—Sí. Merece mucho dolor.

Esto me lo vas a pagar, estúpida. Pero los pensamientos de Sofía se fragmentaron cuando Marta la arrastró hasta un potro de madera. Forzó su cabeza en el hueco e inmovilizó sus manos.

—Qué cabello tan bonito. Es tu corona, ¿verdad? —se giró hacia Lucía—. Dime, ¿es Sofía una reina?

—No, ama. Es solo una esclava inútil.

El zumbido de la máquina de afeitar llenó el establo. Los ojos de Sofía se abrieron de par en par.

—¡No! ¡Mi pelo no! ¡Me rindo! ¡Seré lo que quieras!

—¿Le crees, Lucía?

—No le creo ni una palabra.

Marta hundió la máquina en su frente. Los mechones negros cayeron al suelo uno tras otro. Sofía gritaba viendo cómo su identidad caía en forma de pelo muerto sobre la tierra sucia. La risa triunfal de Marta selló su caída. En medio de la agonía, Sofía clavó su mirada en Lucía, y en ese vacío del alma, la sed de venganza echó raíces sobre las cenizas de su corona perdida.

***

De vuelta en las celdas, Sofía se desplomó con la garganta convertida en desierto. A través de los barrotes vio a Lucía acercarse al grifo fálico y beber con naturalidad helada.

La sed, potenciada por el compuesto y el agotamiento, se volvió bestia incontrolable. Sofía miró su propio grifo. El orgullo que horas antes le impedía tocarlo se estaba disolviendo bajo la urgencia biológica.

Se arrastró hasta quedar frente al dispositivo. Cerró los ojos y envolvió el plástico con sus labios agrietados. El mecanismo permaneció seco. Entonces la voz de Marta resonó en su memoria: Si quieres tomar, tienes que succionar.

Lágrimas amargas rodaron por sus mejillas mientras comenzaba una felación mecánica al plástico. El roce le provocaba arcadas, pero entonces el mecanismo cedió. Un chorro de agua helada estalló en su boca. El alivio fue tan vital que por un instante olvidó quién era. Se aferró al grifo con desesperación animal, succionando con fuerza.

Cuando se separó jadeando, giró para buscar un rincón donde esconder su vergüenza. Sus ojos chocaron con los de Lucía. La rubia la observaba con una sonrisa de maldad triunfante. Era la mirada de quien ya aceptó su cadena y disfruta viendo cómo la otra cae.

Sofía le devolvió una mirada de odio gélido antes de darle la espalda. Se ovilló en el rincón de su celda y tanteó con dedos temblorosos el metal del collar. El contacto la quebró. Las lágrimas fluyeron en silencio absoluto mientras la certeza de su derrota la invadía. Aunque el compuesto seguía quemando sus entrañas, el agotamiento fue más voraz, hundiéndola en un sueño pesado y oscuro.

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