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Relatos Ardientes

El contrato de sumisión que no supimos leer

3.2(23)

Después de esa "victoria", volvimos a la habitación de recuperación como quien regresa de una batalla que nadie más reconocerá. Valentina caminaba pegada a mi costado, los pasos lentos pero sostenidos, la cabeza apoyada en mi hombro. Por los pasillos del complejo nos cruzamos con el equipo técnico que recogía cables, desmontaba focos, anotaba cosas en tablets sin mirarnos. Para ellos éramos lo que ya habíamos sido toda la semana: contenido.

La habitación era blanca, demasiado iluminada, con una cama médica en el centro y cuatro cámaras instaladas en los ángulos del techo. La luz roja de cada lente parpadeaba sin descanso. Valentina se recostó con cuidado, cerrando los ojos. La enfermera llegó a los pocos minutos con su kit de revisión.

El evento había durado cuatro días. Se llamaba The Contract: un espectáculo de sumisión extrema para un público privado que pagaba por acceso a un stream encriptado desde cualquier rincón del mundo. Cuatro días de restricción física permanente, exposición total ante miles de espectadores y órdenes ejecutadas en tiempo real. Las reglas eran simples: sumisión absoluta frente a las cámaras, resistencia demostrable, y la capacidad de mantener la compostura cuando el dolor y la humillación se volvían casi imposibles de sostener. Los ganadores se llevaban el premio mayor. Los perdedores también cobraban, pero bastante menos.

Habíamos firmado el contrato tres semanas antes, en Buenos Aires, sentados en la mesa de nuestra cocina con las facturas apiladas al costado y los chicos dormidos. Holloway, el organizador, había viajado personalmente para presentarnos la propuesta: setenta y cinco mil dólares por participar. No dijimos que sí esa noche. Dijimos que sí dos semanas después, cuando el banco llamó por cuarta vez.

El contrato tenía quinientas páginas.

Leímos unas veinte.

***

Holloway entró a la habitación de recuperación con ese paso suyo de quien nunca ha necesitado apresurarse. Traje oscuro, corbata de seda, una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos.

—Felicidades —dijo, deteniéndose al pie de la cama—. Han sido, sin dudas, lo mejor de esta edición.

—Gracias —respondí, sin moverme de la silla junto a Valentina—. ¿Cuándo nos vamos?

Él inclinó la cabeza levemente, como si la pregunta lo divirtiera.

—Ahí está el tema. —Sacó una copia del contrato y la abrió en una página marcada con fosforescente amarillo—. Página cuatrocientos doce, cláusula 31.B: «En caso de que los participantes resulten ganadores del evento, el organizador se reserva el derecho de extender el período contractual hasta cuarenta y cinco días adicionales para efectos de recuperación supervisada y actividades de promoción». —Cerró el documento con calma—. Es estándar. Lo firmaron.

El silencio duró tres segundos. Después me puse de pie.

—Ganamos. El trato era participar y cobrar. Nos vamos.

—El trato —dijo él, sin alterarse— era lo que dice el contrato. Y el contrato dice que se quedan. —Hizo una pausa—. Doscientos mil dólares adicionales si completan el período. Si no, los términos de incumplimiento son complicados. Ya los conocen.

Valentina abrió los ojos. Me miró. Yo miré el contrato que sostenía Holloway y recordé las facturas sobre la mesa de nuestra cocina. Me volví a sentar.

—¿Cuándo empieza el período? —pregunté.

—Ya empezó —dijo él, y salió de la habitación.

***

Las primeras dos semanas las pasamos confinados en ese cuarto blanco con las cuatro cámaras mirando. Holloway lo llamaba «diario de recuperación»: el mismo público que había pagado por el evento ahora pagaba por seguir el proceso en tiempo real, veinticuatro horas al día. Nada de pruebas adicionales, nada de escenas nuevas; solo nosotros dos existiendo bajo observación constante. Era más difícil de soportar que cualquier cosa que hubiera pasado en el escenario.

Valentina tenía los hombros marcados por horas de restricción, líneas rosadas donde las cuerdas habían trabajado el tejido. Yo cargaba con la espalda cubierta de ronchas que iban del morado al amarillo, recuerdos táctiles de todo lo que habíamos tolerado delante de miles de desconocidos. La enfermera venía dos veces al día: curaba, revisaba, anotaba en su carpeta y se iba sin hacer preguntas.

Cada noche dormíamos mal. Valentina a veces se incorporaba de golpe en la oscuridad, buscándome con la mano. Yo la encontraba siempre.

—Acá estoy —le decía. Y no había nada más que agregar.

La cuarta noche fue distinta. Valentina se giró hacia mí en la cama, con la luz roja de las cámaras marcando la línea de su mandíbula, y me susurró al oído:

—Si nos van a mirar de todas formas, quiero sentirte adentro. Necesito algo que no sea dolor.

La besé despacio, con la boca abierta, buscándole la lengua. Le pasé la mano por debajo de la camiseta y le acaricié las tetas, los pezones ya duros contra la palma. Ella gimió bajo, mordiéndose el labio para no hacer ruido, y me buscó la verga por encima del pantalón. Me la agarró entera, midiéndomela con los dedos, y sentí cómo se me endurecía contra su mano.

—Está durísima —murmuró—. Me la quiero comer.

Se deslizó hacia abajo bajo la sábana, me bajó el pantalón hasta las rodillas y me sacó la polla al aire. Me la agarró por la base y se la metió en la boca de una, sin preámbulos, hasta el fondo. La sentí tragar, la garganta abriéndose para recibirme, la lengua trabajándome la parte de abajo mientras subía y bajaba la cabeza. Le puse la mano en la nuca, guiándola, y ella dejó que le follara la boca con embestidas lentas, la saliva chorreándole por la comisura y bajándole por el cuello. Chupaba con hambre, como si necesitara probar algo real, mi carne caliente contra el paladar, y cada vez que sacaba la verga para respirar me lamía el glande de la punta a la base con lengüetazos largos.

—Mirame —le dije, y ella levantó los ojos sin sacarse la polla de la boca. La luz roja de la cámara le brillaba en la mejilla. Le importaba una mierda. A los dos nos importaba una mierda esa noche.

La levanté por los hombros, la puse boca arriba y le arranqué la ropa interior de un tirón. Le abrí las piernas y le hundí dos dedos en el coño, encontrándolo empapado, la carne caliente y resbaladiza. Le pasé el pulgar por el clítoris en círculos lentos y ella arqueó la espalda, mordiéndose el puño.

—Estás chorreando —le dije al oído—. Toda mojada para mí.

—Cogeme —jadeó—. Cogeme fuerte, no me trates como si me fuera a romper.

Me acomodé entre sus piernas y le clavé la verga hasta el fondo de una sola embestida. Ella soltó un gemido ahogado, ronco, y me clavó las uñas en la espalda cubierta de ronchas. El dolor y el placer se me mezclaron en la columna como una descarga eléctrica. Empecé a follarla con embestidas profundas, cadera contra cadera, sintiendo cómo el coño se le apretaba alrededor de la polla cada vez que le tocaba el fondo. La cama médica crujía. Las cámaras filmaban. Nosotros nos comíamos la boca como si el resto no existiera.

La di vuelta y la puse en cuatro. Le agarré las caderas y se la volví a meter por detrás, viéndole el culo perfecto rebotar contra mi pelvis cada vez que la embestía. Le pasé una mano por delante y le encontré el clítoris otra vez, frotándoselo mientras la cogía a fondo. Ella gemía contra la almohada, moviendo el culo hacia atrás para recibirme, buscando cada centímetro de polla.

—Así, papi, así, no pares —gemía—. Me voy a correr, me voy a correr encima tuyo.

Sentí cómo se le apretaba el coño de golpe, cómo se le tensaba todo el cuerpo, y la corrida le sacudió las piernas mientras se derramaba caliente alrededor de mi verga. Yo aguanté dos embestidas más y me corrí adentro con un gruñido, vaciándome hasta la última gota, sintiendo el semen escurrirse entre nuestros cuerpos. Nos quedamos así, ella todavía en cuatro, yo apoyado contra su espalda, jadeando.

—¿Me estás mirando? —le hablé después a la lente más cercana, sin levantarme, con la verga todavía dentro de ella.

No esperé respuesta. En los chats de la transmisión, según nos contaron después, alguien había escrito: El tipo está roto por dentro. Es lo más honesto que ha dado el programa en años. No supe qué hacer con eso.

***

La fisioterapia empezó en la segunda semana. Una mujer de unos cincuenta años, seria y eficiente, venía cada mañana y trabajaba con Valentina: movilidad de hombros, respiración diafragmática, elongación de caderas. Las cámaras seguían encendidas. El público seguía al otro lado de sus pantallas. Valentina lo ignoraba con una disciplina que yo admiraba sin poder imitar.

—¿Cómo lo hacés? —le pregunté una tarde, cuando la terapeuta ya se había ido.

—¿Qué cosa?

—Actuar como si no estuvieran mirando.

Ella se encogió de hombros, mirándose las manos en el regazo.

—No actúo —dijo—. Me imagino que estamos solos. Siempre.

La besé en la frente. Después le bajé la boca al cuello, al escote, y ella se rió bajito, empujándome sin ganas.

—Están mirando.

—Vos misma dijiste que te imaginás que estamos solos.

Me llevó la mano a la teta, por encima de la remera, y me dejó que se la apretara. Se sentó a horcajadas sobre mí en la cama médica, todavía con la ropa deportiva de la sesión, y empezó a moverse despacio, restregándome el coño encima de la verga a través de la tela. Le levanté la remera y le saqué el corpiño; las tetas le cayeron pesadas y ella se agachó para darme un pezón en la boca. Se lo chupé hasta ponérselo duro, después el otro, mordisqueando, tirándolo con los dientes hasta que la escuché gemir.

Le bajé el calzoncito por un costado sin sacárselo del todo y me abrí el pantalón. Me monté encima suyo con solo agarrarme la polla y guiarla, sentándose de golpe hasta la base. El gemido que soltó fue largo, ronco, satisfecho. Empezó a cabalgarme lento, apoyándose en mi pecho con las manos, subiendo y bajando con todo el peso de las caderas. Yo le agarraba el culo con las dos manos, ayudándola, marcando el ritmo, sintiendo cada centímetro del coño apretado deslizándose sobre mi verga.

—Me encanta cómo me la metés —le dije—. Sos una puta hermosa arriba mío.

—Decímelo otra vez.

—Sos mi puta. Mi mujer y mi puta. Vení, corréme encima.

Aceleró el ritmo hasta que la cama vibraba y los pezones le rebotaban contra mi cara. Le agarré uno con la boca y se lo mordí suave y ella se corrió gritando en mi hombro para amortiguar el ruido, todo el cuerpo temblándole, el coño exprimiéndome hasta la última contracción. La levanté por las caderas, la tiré boca abajo y le monté por atrás sin darle tiempo a respirar, terminando de vaciarme adentro con tres embestidas duras. Las cámaras lo grabaron todo.

***

Las semanas tres y cuatro fueron de transición. Nos dieron más libertad dentro del complejo: podíamos caminar por los pasillos, comer en el comedor común, ver películas en una sala sin internet. Una existencia que podría haber sido casi normal si no fuera por el saber permanente de que todo era registrado, archivado, transmitido hacia algún servidor del que no conocíamos la dirección.

Una noche, Valentina encontró en el comedor a una participante de una edición anterior: una alemana de nombre Ingrid, cuarenta y tantos años, que tomaba su café sola en una esquina. Se sentaron juntas un rato. Yo las observé desde lejos, sin escuchar, viendo cómo Valentina asentía despacio mientras la otra hablaba. Cuando volvió a la mesa, tenía los ojos un poco rojos.

—¿Qué te dijo?

—Que se pasa —respondió—. Que uno aprende a guardar las cosas en el lugar correcto y seguir.

—¿Eso te sirve?

—Todavía no. Pero me pareció honesto.

Me quedé mirando el café que ya no tenía calor. El lugar correcto, pensé. No tenía idea de dónde quedaba ese lugar, ni si alguna vez lo encontraría.

Esa noche, de vuelta en el cuarto, Valentina se metió en la ducha y me llamó desde adentro. Entré. El vapor lo empañaba todo menos las cámaras. Ella estaba apoyada contra los azulejos, el agua caliente cayéndole por los hombros marcados, y me miró con la respiración agitada.

—Vení. Hoy necesito que me la metas fuerte.

La agarré por la nuca y la besé, mordiéndole el labio. Le di vuelta, le apoyé las manos contra los azulejos y le abrí las piernas de una patada suave. Le puse la mano entre las nalgas y le pasé los dedos por todos lados: coño mojado, culo apretado, todo mío. Le hundí dos dedos en el coño hasta el fondo y ella arqueó la espalda, empujando el culo hacia atrás.

—Puta —le dije al oído, mordiéndole el hombro—. Estás así de mojada porque sabés que te van a ver.

—Estoy así de mojada por vos. Cogeme.

Me acomodé la verga y se la metí de una, hasta las pelotas. Ella soltó un grito y yo empecé a follarla contra la pared, cada embestida haciéndola golpear los azulejos con las palmas. El agua caía sobre mi espalda, sobre las ronchas todavía visibles, y el ardor se me mezclaba con el placer de cada vez que le tocaba el fondo. Le agarré el pelo mojado y se lo tiré para atrás, forzándola a arquear el cuello.

—Decime que sos mía.

—Soy tuya. Toda tuya. Correte adentro.

La cogí más fuerte, chapoteando el agua entre los cuerpos, el sonido de mi pelvis chocando contra su culo llenando el baño. Ella se corrió primero, temblando contra los azulejos, mordiéndose el brazo para amortiguar el grito. Yo la seguí un segundo después, vaciándome adentro con un gruñido, apoyando la frente contra su nuca mojada. Nos quedamos así, respirando, hasta que el agua empezó a enfriarse.

***

Las últimas dos semanas fueron la gira. Nos sacaron del complejo y empezamos una ronda de apariciones en medios especializados: un podcast de comunidades BDSM con cien mil oyentes, una entrevista para una revista de lifestyle alternativo en Berlín, una charla en un foro privado de Ámsterdam donde el público pagó para escucharnos hablar de la experiencia durante dos horas. En cada aparición, Holloway nos presentaba con esa sonrisa de quien comercia con lo ajeno sin perder la compostura.

—Nuestros ganadores —decía—. Los mejores que hemos tenido.

Valentina respondía las preguntas con más gracia que yo. Yo respondía con más honestidad de la que probablemente convenía. La pregunta invariable, en cada escenario, era siempre la misma versión de lo mismo: ¿cómo se siente haber sobrevivido?

En Ámsterdam, frente a cien personas que nos miraban en silencio, el conductor del foro esperó la respuesta con una sonrisa paciente.

—¿Lo harían de nuevo?

Valentina me miró. Yo la miré.

—No —dije.

—No —dijo ella al mismo tiempo.

El público se rió. Holloway, desde el costado del escenario, asintió con satisfacción, como si la honestidad también fuera un producto vendible.

Esa noche, en el hotel de Ámsterdam, cerramos la puerta con llave por primera vez en semanas. Sin cámaras. Sin luces rojas. Solo la lámpara de la mesa de noche y el ruido del canal afuera. Valentina se sentó en el borde de la cama y me miró como si me viera de nuevo.

—Vení. Sin nadie mirando esta vez.

Me arrodillé entre sus piernas y le abrí las rodillas. Le subí el vestido hasta la cintura y le corrí la bombacha a un lado. Le hundí la cara en el coño y le pasé la lengua de abajo hasta el clítoris en un lengüetazo largo, saboreándola. Ella se echó para atrás, apoyándose en los codos, y me agarró la cabeza con las dos manos, hundiéndome más adentro. La chupé despacio, dando vueltas alrededor del clítoris con la punta de la lengua, metiéndole la lengua adentro, todo el tiempo que hizo falta. Cuando se corrió en mi boca lo hizo en silencio, con la boca abierta y los ojos cerrados, apretándome la cara con los muslos.

La empujé sobre la cama, le saqué el vestido por la cabeza y me desnudé. Me metí entre sus piernas y la penetré despacio esta vez, mirándola a los ojos. Ella me pasó los brazos por el cuello y las piernas por la cintura. Cogimos así, mirándonos, sin apuro, con la única urgencia del alivio de estar solos. Le fui aumentando el ritmo hasta que la cama del hotel golpeaba la pared y ella jadeaba en mi boca. Me arqueé y le pasé la mano entre los cuerpos, buscándole el clítoris, frotándoselo mientras la seguía cogiendo. Se corrió otra vez, más fuerte, temblando entera, y yo me corrí adentro por la costumbre y por el hambre acumulada. Nos quedamos abrazados, sudados, sin decir nada durante un rato largo.

—Ninguna cámara —susurró ella al final.

—Ninguna cámara —repetí.

Al final de todo, el número rondaba los novecientos mil dólares: el premio del evento, la extensión, las apariciones en medios. Una fortuna construida sobre seis semanas de las que prefería no hablar en voz alta. Holloway nos despidió en el aeropuerto con un abrazo que ninguno de los dos devolvió del todo.

—Han sido extraordinarios —dijo—. Si alguna vez reconsideran...

—No vamos a reconsiderar —lo cortó Valentina.

Él sonrió, giró sobre sus talones y se fue.

***

Aterrizamos en Ezeiza a las siete de la tarde, con el sol cayendo naranja sobre la autopista. Mi suegro Rodrigo nos esperaba en la terminal con los tres chicos delante: Mateo corría hacia nosotros antes de que saliéramos de la manga, Sofía traía una pancarta de cartón con letras torcidas, y Luca se aferraba a la mano de su abuela con esa seriedad suya que ninguna emoción parecía capaz de romper del todo.

—¡Papá! ¡Mamá! ¿Trajeron cosas de Europa? ¿Ganaron el concurso? —Mateo hablaba sin pausas, colgado de mi brazo.

—Trajimos —le dije, levantándolo—. Cosas de Praga, de Berlín, de Ámsterdam.

Sofía, que ya tenía ocho años y se tomaba en serio su dignidad, esperó a que me agachara para darme su abrazo exacto.

—¿Por qué tardaron tanto? —me preguntó en voz baja, solo para mí.

—Fue un trabajo largo —le dije—. Pero ya terminó.

Valentina estaba en el piso con Luca en brazos. El nene le hundía la cara en el cuello y no decía nada, y ella lo abrazaba con los ojos cerrados, respirando como si fuera la primera vez en meses que podía respirar de verdad.

***

La cena en casa de mis suegros fue larga y ruidosa y perfecta. Milanesas, ensalada, el arroz con choclos que hacía Norma desde siempre. Los chicos abrieron los regalos en el piso de la sala —un robot a control remoto para Mateo, una muñeca articulada para Sofía, un juego de trenes para Luca— y el volumen subió a un nivel que dolía un poco, de lo bien que sonaba después del silencio de esas semanas.

A las nueve empezaron las preguntas. Mateo activó su robot y levantó la vista.

—¿El concurso era de preguntas y respuestas? En el colegio dijeron que en Europa hacen de esos.

—Algo así —dijo Valentina, sin pestañear—. Pero con pruebas físicas también. Como una competencia deportiva.

—¿Como los Juegos Olímpicos?

—Parecido.

Sofía, acomodando el pelo de su muñeca, habló sin levantar la vista.

—A veces mamá lloraba en las llamadas.

Valentina se tensó un segundo.

—A veces uno extraña tanto que se le salen las lágrimas —dijo—. Como cuando te vas al campamento y querés volver a casa.

—Yo no lloro en el campamento —dijo Mateo, ofendido.

—Por eso sos muy valiente —le dije—. ¿Me mostrás cómo funciona el robot?

La conversación se desvió. Nuestros padres nos miraban de tanto en tanto con algo en los ojos que no era exactamente una pregunta, sino la sombra de una. No dijeron nada. Nosotros tampoco.

***

Cuando la casa quedó en silencio —los chicos dormidos, todos despedidos con los abrazos de siempre—, Valentina y yo nos sentamos en el sofá de la sala. No hablamos por un rato. La televisión estaba apagada. Afuera, el barrio respiraba quieto.

Las deudas estaban pagas. Los chicos tenían el fondo para la universidad. El alquiler estaba cubierto por años. Había un alivio real en todo eso, concreto, verificable. Pero también había algo más, algo que no tenía nombre todavía: el recuerdo de seis semanas bajo cuatro cámaras, de haber aparecido en medios que nunca leeríamos, de quinientas páginas de las que solo habíamos leído veinte.

Guardamos los contratos en una caja cerrada, al fondo del armario del pasillo. No los tiramos. Eran una prueba, supongo, de que lo habíamos sobrevivido. De que no habíamos firmado en vano.

—¿Y si un día preguntan? —dijo Valentina—. Los chicos, cuando sean más grandes.

—Algo encontramos qué decirles.

—¿Qué?

—No sé todavía. Pero algo.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro. Yo le puse el brazo alrededor. Afuera, el barrio seguía quieto. Los chicos dormían. Y nosotros, por primera vez en meses, podíamos dejar que el silencio fuera solo silencio, sin cámaras mirando.

—Sobrevivimos —dijo ella.

—Sobrevivimos —repetí.

Y no tuvimos que decir nada más.

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3.2(23)

Comentarios(9)

DominioTotal

Tremendo!!! desde el primer parrafo ya tenia que saber como seguia

NightRider77

Praga de fondo le da un aire completamente distinto al relato. Muy buena ambientacion, sigan asi

MarisolB

Se hizo cortisimo, necesito la segunda parte ya!! dejaron todo en suspenso

RubioCBR

jajaja lo de firmar sin leer el contrato me mato, cuantas veces uno hace lo mismo en la vida real y mira como termina. Muy bien contado

Carlox88

Excelente!!

Nocturna_33

Me encanto como lo relataron, se siente autentico. Esperando ansiosa el proximo

Marcos_BsAs

Buenisimo! saludos desde Buenos Aires. Mas de estos relatos por favor

AlejoCosta

La premisa del contrato es muy original, nunca leia algo asi planteado de esta manera. Genial la idea

lectorsombra

Que intriga lo de las seis semanas en Praga... uno quiere saber todo lo que paso en ese tiempo

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