Crucé la ciudad entera solo para verlo una vez
Durante todo el trayecto, mi cabeza no dejó de trabajar en mi contra. Me repetí lo mismo una y otra vez, como quien relee un contrato que sabe que no debería firmar pero lo firma de todas formas: ¿Qué crees que vas a lograr? ¿De verdad pensabas que esto tenía algún sentido? Veintidós años, último año de universidad, y ahí estaba yo, cruzando barrios que no conocía de noche, con el mismo vestido que me había puesto esa mañana para ir a clases y media botella de vino encima.
El señor Herrera era el padre de Valentina. Mi mejor amiga desde los quince años. Un hombre de cuarenta y cuatro que hablaba poco y escuchaba mucho, que tenía una biblioteca entera en su estudio y la costumbre de preparar café a las diez de la noche. Llevaba más tiempo enamorada de él de lo que me atrevía a admitir, y esa noche, por razones que el vino había vuelto irrefutables, decidí que no podía seguir sin decírselo. Cada vez que pensaba en él, se me apretaba el coño bajo la ropa interior, y hacía meses que me masturbaba imaginándome su polla entrando en mí sobre esa mesa de su estudio, con los libros temblando en los estantes.
Los bordes de mis zapatos ya me habían lastimado los talones para cuando llegué al cruce de la avenida principal. Sentía la piel abierta, el ardor convirtiéndose en algo más agudo con cada paso. Podría haberme detenido. Podría haber pedido un taxi o llamado a alguien o simplemente dado la vuelta. Pero tenía clavada en la cabeza una imagen concreta —su cara, sus ojos mirándome mientras escuchaba— y esa imagen era suficiente para seguir.
El vino me había ralentizado la percepción. Cuando algo pasaba frente a mis ojos, tardaba un segundo de más en procesarlo. Levanté la mano para ver la hora en el teléfono y la mano dejó una estela detrás. Era pasada la una de la mañana. Llevaba más de cuarenta minutos caminando y todavía me faltaba otro tanto.
A la distancia alguien silbó desde una entrada oscura. Después otro silbido, más cerca. Apuré el paso con los ojos fijos en la vereda, repitiendo su nombre en silencio como si eso fuera suficiente protección contra todo lo demás que prefería no pensar.
Cuatro años de sentimientos contenidos y una noche de vino habían convergido en esa decisión que no era razonable pero tampoco era completamente irracional. Lo había intentado antes —apartar todo aquello de mi mente, convencerme de que era una fantasía que había sobrevivido más de lo que debía—, y no había funcionado. Esa noche necesitaba una respuesta de su propia boca. Una respuesta real, no las que yo fabricaba sola durante los ratos de insomnio, con dos dedos metidos en el coño y la almohada mordida para que mi compañera de piso no me escuchara correrme pensando en él.
La caseta del condominio tenía un guardia de mediana edad con cara de haber visto demasiadas cosas esa semana. Me miró de arriba abajo —el vestido arrugado, los zapatos, la hora— con una expresión que mezclaba desconfianza y algo que podría haber sido lástima.
—¿A quién busca? —preguntó.
—Al señor Herrera. Rodrigo Herrera. Edificio D, piso dos.
—¿Tiene autorización de ingreso?
Abrí la boca. No tenía nada. Ninguna excusa preparada, ningún nombre que pudiera invocar para que me dejaran pasar. El guardia levantó la radio. Aproveché el segundo de descuido para alejarme de la caseta antes de que me detuviera.
Me quedé parada en la vereda de enfrente, mirando el enrejado. Dos metros y medio de altura, quizás tres. Pero en el lateral había un panel de madera para enredaderas, adosado a la reja como una escalera accidental. Desde la calle no se veía bien. De cerca, era casi un regalo.
Me quité los zapatos. Los metí en el bolso.
Empecé a subir.
Mis manos encontraban agarre entre los listones mientras mis pies buscaban apoyo. El vestido se enganchó dos veces; tiré de él sin cuidado y oí cómo cedía en algún punto de la costura. Cuando llegué arriba divisé la cámara de seguridad apuntando directo hacia mi cara, y un segundo después escuché la voz del guardia por el altoparlante.
—¡Bájese inmediatamente!
Cerré los ojos.
Salté.
Del otro lado había un arbusto que desde arriba parecía mullido. No lo era. Aterricé de costado, las ramas me arañaron los brazos y el cuello, y varias espinas se clavaron en mi muslo derecho con una precisión que me arrancó un sonido entre gemido y maldición. El golpe en el coxis fue lo peor.
No había tiempo. Los pasos del guardia se acercaban desde la izquierda. Me levanté como pude, con el muslo pulsando dolor, y corrí. Crucé un jardín interior, esquivé por poco una fuente de piedra, tropecé en un bordillo y caí de rodillas sobre los adoquines. Me levanté. Seguí. Las luces de movimiento se encendían a mi paso como un desfile involuntario. Desde una ventana del segundo piso, alguien gritó algo que no entendí.
Cuando finalmente encontré la puerta del edificio D y el número dos grabado en latón, toqué el timbre sin parar. Una vez. Dos. Cinco. Diez. Mientras esperaba, le suplicaba en silencio a alguna versión de la suerte que quedara en el mundo que él abriera antes de que me atraparan.
La mano del guardia se cerró alrededor de mi antebrazo como una trampa.
—¡Venga conmigo ahora mismo!
—Un momento —supliqué—. Solo un momento, por favor.
Jalé. Él jaló más fuerte. Mis pies descalzos se arrastraban sobre los adoquines mientras yo resistía con el peso de todo mi cuerpo, los ojos clavados en esa puerta que no terminaba de abrirse.
Y entonces la puerta se abrió.
Pero no era él.
Una mujer de unos cuarenta años —hermosa, con el cabello oscuro suelto y un vestido de tirantes— me miró desde el umbral. Su expresión pasó de la sorpresa a algo que reconocí de inmediato como repulsión. Miré el número sobre la puerta. Dos. Edificio D. La dirección era correcta.
Dejé de resistirme.
***
Dos policías esperaban en la entrada del condominio cuando el guardia me sacó. Me sentaron en el asiento trasero de la patrulla. Afuera, varios vecinos en pijama miraban desde la vereda. Una señora mayor susurraba algo a su marido mientras señalaban en mi dirección. El cristal de la ventana me devolvía una imagen que no quería reconocer como mía: el vestido rasgado en dos lugares, sangre oscura en las piernas, los ojos enrojecidos.
El condominio entero estaba despierto por mi culpa. Luces encendidas en las ventanas, puertas entreabiertas, sombras detrás de las cortinas. Mi entrada había sido, por decirlo de alguna manera, notable.
Lo vi entre la gente. Venía a paso rápido, abriéndose camino entre los vecinos con esa forma suya de moverse que siempre me había parecido que dividía el espacio antes de llegar. Habló con los policías. Uno de los oficiales abrió la puerta del coche y se agachó hacia mí con cara de pocos amigos.
—¿Conoce a ese señor?
Asentí.
—¿Venía a visitarlo?
Asentí de nuevo.
El oficial me sostuvo la mirada unos segundos. Desde fuera, Rodrigo decía algo que no alcanzaba a escuchar a través del cristal.
—Bájese —dijo el policía por fin—. Y dé gracias.
Rodrigo Herrera puso una mano en mi nuca —firme, sin palabras— y me guio de regreso entre los vecinos que todavía no habían terminado de mirarnos. Caminé con la cabeza baja, mirando el suelo de adoquines que mis pies descalzos ya conocían de memoria.
***
Cuando llegamos al departamento, la mujer del vestido de tirantes estaba recogiendo su bolso del sillón.
—Rodrigo, esto ya es demasiado —dijo sin mirarme.
—Es amiga de Valentina —respondió él con la misma calma de siempre.
—No me importa quién es. Esta noche se suponía que…
—Ya sé.
—Entonces dile que se vaya. Llama a sus padres. No es asunto tuyo.
—Su situación familiar es complicada —dijo él—. No puedo hacer eso.
Rebeca me miró por encima del hombro con una expresión que no necesitaba palabras. Luego recogió el abrigo de la silla y caminó hacia la puerta.
—Como quieras —dijo.
El portazo retumbó en todo el departamento.
Rodrigo no se movió durante unos segundos. Luego exhaló despacio y fue hacia el armario del pasillo. Lo escuché abrir y cerrar un cajón. Cuando volvió, traía el botiquín y ya llevaba los guantes de látex en la mano.
—Quítate las medias —dijo—. Y siéntate.
***
Se puso los guantes con esa eficiencia mecánica de quien está acostumbrado a resolver problemas sin dramatizar. Tomó mi pierna derecha con las dos manos y empezó a revisarla desde el tobillo, subiendo con calma. Fruncía el ceño cada vez que encontraba algo que no le gustaba. No habló durante varios minutos. Solo trabajó.
—Tiéndete boca arriba.
Me recosté en el sofá. Él se sentó a mis pies y comenzó a limpiar cada herida con una gasa húmeda, cubriéndola después con un apósito. Yo mantenía el vestido apretado entre los muslos, con los ojos en el techo, controlando la respiración, porque cada vez que sus dedos enguantados subían un centímetro más por mi muslo, me chorreaba un poco más el coño y sentía la braga empapándose contra el cuero del sofá.
—¿Ahora sí me vas a decir qué estabas pensando? —preguntó sin levantar la vista de su trabajo.
No contesté.
—Date la vuelta.
Me giré boca abajo. Las heridas en la parte trasera de los muslos eran más profundas. Sus manos subían centímetro a centímetro, meticulosas. La posición era ridícula —yo boca abajo en su sofá, él limpiando algo que me había ganado a pulso— y sin embargo no quería que terminara. Sentía cómo el vestido se me había subido hasta la mitad del culo, y sabía que él veía mis bragas, sabía que las veía mojadas, y esa certeza me apretaba el estómago con algo que ya no era vergüenza.
—¿Tienes algo más arriba? —preguntó cuando llegó al límite de lo que la decencia permitía.
—No sé —mentí, aunque sentía claramente el pinchazo en el glúteo derecho.
—Tócate y dime si duele.
Obedecí. Dolía. Pero mi boca no fue capaz de decirlo.
—A ver, déjame revisar.
Levantó el dobladillo del vestido con la misma naturalidad con que uno maneja cualquier cosa práctica. Soltó una exclamación corta.
—Sí, hay una espina ahí todavía. Y tienes un moretón serio en la espalda baja. —Una pausa—. ¿Qué bebiste?
—Vino.
—¿Cuánto?
—Demasiado.
Terminó de curarme en silencio. Cuando se levantó a deshacerse de los guantes usados, me incorporé en el sofá con el vestido en su sitio y los ojos en el parquet. Escuché el agua del grifo, sus pasos de regreso. Se sentó en el sillón frente a mí. Cruzó los brazos.
—Habla.
***
Debería haber inventado algo. Una pelea con mi compañera de piso. Una crisis razonable. Cualquier cosa que sonara mejor que la verdad a las tres de la mañana. Pero la noche y el vino y todo lo que había hecho para llegar hasta ahí habían deshecho cualquier capacidad de construir una mentira presentable.
—Necesitaba verte —dije.
—Eso ya lo sé. ¿Por qué?
—Porque si esperaba al día siguiente ya no lo haría.
Rodrigo guardó silencio.
—¿Y qué era lo que tenías que hacer?
Levanté la vista. Era la primera vez que lo miraba directamente desde que habíamos entrado al departamento. Tenía ojeras. El pelo algo revuelto. La misma cara que había repasado mentalmente cientos de veces, que conocía de memoria desde años antes de entender por qué me importaba tanto.
—Decirle que llevo tiempo sintiéndome atraída por usted —dije—. Y que ya no sé cómo manejarlo sola.
El silencio que siguió duró lo suficiente para hacerme arrepentir por completo.
—Escucha —dijo finalmente, con un tono cuidadoso—. A veces la mente…
—No me diga que estoy confundida.
Se detuvo.
—No me lo diga porque no es verdad —continué—. Y usted lo sabe.
—¿Qué es lo que yo sé? —preguntó despacio.
—Que no soy la única en esto. He notado cosas. Las veces que me quedé a cenar y me buscó con la mirada cuando Valentina no estaba mirando. La tarde del trabajo de la universidad, cuando pasamos tres horas en su estudio hablando de algo que dejó de ser lo que era y se convirtió en otra cosa completamente distinta. Sé lo que sentí esas veces. Solo quiero saber si me equivoqué.
Rodrigo se levantó. Fue hasta la ventana y se quedó mirando las luces del condominio con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Estuve un minuto entero observando su espalda, sabiendo que cualquier cosa que dijera después podría destruirme o salvarme, y ya me daba más o menos igual cuál de las dos.
—No te equivocaste —dijo sin girarse.
Solté el aire que llevaba un buen rato sin exhalar.
—Pero eso no cambia lo que hay entre nosotros —continuó—. La diferencia de años. Lo de Valentina. Todo lo que acaba de pasar esta noche.
—¿Y qué es lo que acaba de pasar esta noche? —pregunté.
Se giró hacia mí. En su cara había algo que no era exactamente tristeza, pero se le parecía mucho.
—Que estás en mi sofá, herida, a las tres de la mañana, porque cruzaste media ciudad para decirme algo que yo llevaba meses intentando no pensar —dijo—. Eso es lo que pasó esta noche.
Nos miramos desde los dos extremos de la habitación. Ninguno de los dos habló durante un momento que duró demasiado.
Me levanté del sofá. Los vendajes me tiraban de la piel, pero no me importó. Caminé hasta él descalza, con el vestido roto colgándome del hombro por una de las costuras que había cedido al saltar. Cuando estuve a un paso, le puse la mano en el pecho. Sentí el latido rápido bajo la camisa, la respiración que se le cortaba.
—Entonces no me mande al cuarto de Valentina —dije.
Bajó la mirada hacia mí. Estuvo así tres segundos, quizás cuatro, y en esos segundos vi cómo terminaba de perder la última batalla que le quedaba por librar. Me agarró la cara con las dos manos y me besó como si llevara meses conteniéndose de hacerlo, que era exactamente lo que había pasado. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso, buscando la mía, y yo se la chupé con hambre, apretándome contra él, sintiendo por primera vez la forma de su polla dura contra mi vientre a través de la tela del pantalón.
—Por dios —murmuró contra mi boca—. Sabía que iba a pasar esto. Lo sabía desde que abriste la maldita puerta.
—Cállese —le dije—. Y fólleme.
Me levantó del suelo agarrándome por los muslos, con cuidado de no tocar las heridas vendadas, y me llevó hasta el sofá. Me tumbó de espaldas y se me echó encima. Le arranqué los botones de la camisa uno a uno mientras él me subía el vestido hasta la cintura. Cuando vio mis bragas empapadas, soltó un gruñido que me atravesó entera.
—Estás chorreando —dijo pasando dos dedos por encima de la tela—. Mírate. Estás hecha una guarra.
—Por usted —jadeé—. Solo por usted.
Me arrancó las bragas de un tirón. Se puso de rodillas en el suelo, entre mis piernas abiertas, y hundió la cara en mi coño sin preámbulos. Su lengua encontró el clítoris de inmediato y empezó a lamerlo en círculos lentos, calientes, mientras me metía dos dedos hasta el fondo. Grité tan fuerte que él me tapó la boca con la mano libre.
—Los vecinos ya llamaron a la policía una vez esta noche —susurró—. No los hagas volver.
Asentí desesperada, mordiéndole la palma mientras él seguía comiéndome el coño con una devoción que me estaba volviendo loca. Me chupaba los labios, me metía la lengua entera, la enrollaba alrededor del clítoris y la sacaba para volver a hundírmela dentro. Sus dedos me follaban con un ritmo firme, curvándose contra un punto que me hizo arquear la espalda del sofá.
—Me voy a correr —gemí contra su mano—. Me voy a correr, no pare, no pare por favor.
Aceleró. La lengua se me clavó en el clítoris, los dedos me embistieron más fuerte, y sentí cómo se me venía encima una corrida que me sacudió de los pies a la cabeza. Se me contrajo el coño alrededor de sus dedos, se me tensaron los muslos, y solté un grito ahogado contra su palma mientras me corría sobre su boca con espasmos que no terminaban.
Cuando abrí los ojos, él me miraba desde entre mis piernas con la barbilla brillando de mi humedad. Sonrió por primera vez en toda la noche.
—Cuatro años pensando en esto —dijo—. Y no me imaginaba que sabrías así.
Me incorporé como pude, con las piernas todavía temblando, y le desabroché el cinturón. Le bajé el pantalón y los calzoncillos de un solo movimiento y su polla saltó dura, gruesa, curvada hacia arriba, con la punta ya mojada de fluido. Me quedé mirándola un segundo entero. Era más grande de lo que había imaginado en ninguna de mis fantasías, y había imaginado bastante.
La agarré con la mano. Me la llevé a la boca y me la metí entera de una, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y tuve que respirar por la nariz para no ahogarme. Rodrigo echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco.
—Joder —dijo—. Joder, así.
Empecé a chuparle la polla con hambre real, sacándomela hasta la punta y volviéndomela a meter hasta el fondo, dejando que se me llenara la boca de saliva y que se le escurriera por los cojones. Le lamí toda la longitud, le chupé la punta con los labios apretados, le mamé los huevos uno por uno mientras le masturbaba con la mano. Él me agarraba del pelo, guiándome, empujando la cadera contra mi cara con embestidas cortas que me hacían atragantar.
—Vas a hacer que me corra en tu boca —jadeó—. Y no quiero. Todavía no.
Me apartó con firmeza, con la polla brillante de mi saliva. Me tumbó otra vez de espaldas en el sofá, me abrió las piernas y se colocó entre ellas. Me miró a los ojos mientras se pasaba la punta de la polla por los labios del coño, arriba y abajo, empapándose de mi humedad, restregándose contra mi clítoris hasta que estuve gimiendo pidiéndole que me la metiera.
—Dilo —me ordenó—. Dime qué quieres.
—Quiero que me folle —jadeé—. Quiero su polla dentro. Métamela.
Empujó despacio, dejándome sentir cada centímetro. Se me abrió el coño alrededor de él con un ardor caliente que me hizo clavar las uñas en su espalda. Cuando estuvo dentro hasta el fondo, se quedó quieto unos segundos, respirando contra mi cuello.
—Cómo aprietas —susurró—. Dios mío, cómo aprietas.
Empezó a follarme con embestidas largas, profundas, sacándomela casi entera y volviéndomela a hundir hasta el fondo. Cada golpe de sus caderas contra las mías me arrancaba un gemido que él ahogaba con la boca, besándome, mordiéndome los labios, chupándome el cuello. El sofá crujía bajo nosotros. Yo le enredé las piernas alrededor de la cintura y le pedí que fuera más fuerte, más rápido, que me follara como llevaba años queriendo hacerlo.
Me lo dio. Empezó a embestirme sin piedad, con el ritmo brutal de quien lleva meses conteniéndose, y yo me arqueaba contra él con cada golpe, sintiendo cómo su polla me tocaba en un sitio que me hacía ver luces. Los apósitos de mis muslos se me estaban despegando, la sangre volvía a salir por algunas heridas, pero nada me importaba menos.
—Date la vuelta —jadeó saliéndose de mí de golpe.
Me puse a cuatro patas sobre el sofá, con el culo hacia él. Sentí cómo me abría las nalgas con las dos manos, cómo se colocaba la punta contra mi coño chorreante, y cómo me penetraba de un empujón que me hizo caer sobre los codos con un grito ahogado. En esa posición la sentí todavía más profunda, tocándome un fondo que me estaba matando.
Me follaba agarrándome de las caderas, tirando de mí contra él con cada embestida, haciendo un ruido húmedo y obsceno cada vez que nuestros cuerpos chocaban. Me dio una nalgada. Después otra. La piel me ardió y el coño se me apretó más alrededor de él.
—Puta —gruñó—. Mi puta. La amiga de mi hija hecha mi puta.
—Sí —jadeé—. Suya. Toda suya.
Me agarró del pelo tirando de mi cabeza hacia atrás, sin dejar de embestirme, y me pasó una mano por delante para frotarme el clítoris con dos dedos mientras me follaba por detrás. Me corrí otra vez casi de inmediato, apretándome alrededor de su polla con espasmos que le arrancaron a él un gemido ronco. —Me voy a correr —jadeó—. Dónde. Dime dónde.
—Dentro —le supliqué—. Dentro, córrase dentro de mí.
Me embistió tres, cuatro veces más con toda su fuerza, y sentí cómo se hundía hasta el fondo y se quedaba ahí, temblando, mientras se corría dentro de mí con un gemido largo y ronco. Sentí los chorros calientes llenándome, uno tras otro, mientras él me sostenía las caderas contra las suyas para no perder ni una gota.
Nos quedamos así unos segundos, jadeando, con él todavía dentro. Después salió despacio y me giró para mirarme. Tenía el pelo pegado a la frente por el sudor. Se agachó y me besó en la boca, largo, sin prisa, con una ternura que no había tenido en nada de lo anterior.
Sentí cómo su semen empezaba a escurrirse por mis muslos, mezclándose con la sangre de las heridas. No me importó.
—Todavía tienes que quedarte a dormir —murmuró contra mis labios—. Pero no en el cuarto de Valentina.
—No —dije—. En el suyo.
Me levantó otra vez en brazos y me llevó hasta su habitación. Me tumbó en su cama, se tumbó a mi lado, y me atrajo contra su pecho. Estuve un buen rato ahí quieta, escuchándole el corazón bajar de ritmo, sintiendo su semen entre las piernas y el ardor dulce de las espinas todavía clavadas en algún sitio del muslo.
Pensé que quizás todo aquello valía cada una de las espinas.