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Relatos Ardientes

Cobré por sexo durante los meses que más me dolió

4.6 (8)

Había terminado segundo de carrera cuando conocí a Rocío. Estudiábamos en la misma facultad, aunque ella era de otra rama, y nos cruzábamos en la cafetería casi todos los días. Durante dos años fue lo más importante de mi vida. Era de ese tipo de personas que llenan el espacio: tenía opiniones sobre todo, se reía fuerte y no pedía permiso para nada.

En la cama era exactamente igual. Yo tenía veintidós años y pensaba que eso duraría siempre.

No duró.

Cuando cortamos, en enero, lo viví de una manera extraña. Seguí yendo a clase, seguí quedando con los amigos, seguí funcionando. Pero había algo roto por dentro que no sabía cómo nombrar ni cómo reparar. La ecografía emocional mostraba todo en orden; yo sabía que nada lo estaba.

Tres meses después la vi en el bar donde solíamos quedar nosotros. Estaba con un chico que yo no conocía, con la mano de él en su nuca y la cabeza de ella inclinada hacia él. Se reía igual que antes. Con esa misma risa que yo había creído que era solo para mí.

Me quedé paralizado en la puerta durante unos segundos que se hicieron muy largos. Después entré, pedí una cerveza, luego otra, y luego perdí la cuenta de cuántas habían sido.

***

No sé exactamente por qué terminé en ese bar de ambiente. Era uno de esos locales oscuros y sin pretensiones que hay en todos los centros urbanos, con música que nadie escuchaba del todo y una iluminación pensada para que nada quedara demasiado claro. Estaba lo suficientemente borracho como para que me diera igual adónde iba, así que entré.

Había un hombre en la barra que me miraba con insistencia. No era atractivo, al menos no para mí. Pero me miraba, y yo en ese momento necesitaba que alguien me mirara de esa manera.

Terminé en su apartamento sin saber muy bien cómo había sucedido.

No voy a describir los detalles porque no tiene demasiado sentido hacerlo. Hice cosas que no me apetecían y dejé que me las hicieran. En ningún momento dejé de pensar en Rocío. Cuando él terminó, me vestí en silencio, bajé por las escaleras y, nada más poner un pie en la acera, vomité contra la pared.

No era solo el alcohol.

Los días que siguieron fueron grises y extraños. Sentía que había cruzado algún tipo de frontera sin haberlo decidido del todo, y que ahora vivía en un territorio cuyas normas no terminaba de entender. No me sentía peor ni mejor. Solo diferente, como si algo se hubiera recolocado dentro de mí sin que yo diera permiso para ello.

Fue en ese estado cuando tomé la decisión que cambiaría los meses siguientes.

***

Empecé despacio, casi como si fuera un ejercicio intelectual. Primero busqué información de forma más o menos abstracta. Luego abrí un perfil en uno de esos sitios donde la oferta y la demanda se encuentran sin necesidad de presentaciones. El primer mensaje tardó tres días en llegar, y cuando llegué a responderlo tardé una hora en escribir dos líneas.

El primer cliente era un hombre de unos cincuenta años: educado en exceso, nervioso, con una historia preparada de antemano sobre por qué estaba ahí. Me pagó bien. El encuentro fue breve. Salí a la calle sintiendo algo que no era exactamente vergüenza, pero que tampoco era otra cosa.

Con el segundo fue similar. Y con el tercero.

Lo que descubrí muy pronto es que la realidad de ese mundo no se parece demasiado a lo que uno imagina desde afuera. La mayoría de los clientes eran hombres de mediana edad, muchos casados, algunos claramente sin experiencia previa en ese tipo de encuentros. Llegaban con las expectativas muy definidas y el tiempo muy medido. No querían conversación. Querían algo puntual y marcharse.

Hubo hombres que llegaban temblando. Hombres que pedían disculpas antes de quitarse el abrigo. Hombres que pagaban y después no podían mirarme a los ojos al salir. Había algo triste en todo aquello, aunque me costaba precisar exactamente qué.

No lo disfrutaba. Eso hay que decirlo con claridad. No era que me repugnara cada vez, pero tampoco era algo que me diera placer real. Era trabajo. A veces fácil, a veces incómodo, casi siempre mecánico. Aprendí a separar el cuerpo de la cabeza con una eficiencia que luego tardé bastante tiempo en desaprender.

Muchos de los que venían buscaban cosas que no se atrevían a pedir en otro sitio. Hombres que querían ser pasivos y nunca lo habían probado. Hombres que necesitaban que alguien los escuchara diez minutos antes de que empezara nada. Bisexuales que llevaban años con las ganas guardadas y una familia en casa que no sabía nada. Aprendí más sobre el deseo humano en esas semanas que en cualquier conversación honesta que había tenido antes.

***

Llevaba unos tres meses en eso cuando me llegó un mensaje diferente.

No había en él ningún detalle escabroso, ninguna petición formulada de esa manera torpe con que suele describirse lo que se busca. Solo decía que quería tener su primera experiencia con alguien que supiera lo que hacía. Que tenía veintiún años. Que era tímida. Que le daba miedo equivocarse con alguien de su entorno.

Le respondí. Nos encontramos en una cafetería primero, cosa que no había hecho con ningún cliente. Se llamaba Andrea, o al menos eso me dijo, y era exactamente como sus mensajes: cauta, reflexiva, con una inteligencia tranquila detrás de los ojos. Era guapa de una manera discreta que no pedía atención. El tipo de persona que pasa desapercibida sin pretenderlo.

—¿Por qué así? —le pregunté en un momento de la conversación.

—Porque con alguien conocido habría demasiado en juego —respondió—. Y no quiero que mi primera vez sea un accidente.

Lo entendí a la perfección.

***

Fuimos a mi piso esa misma tarde. Había esa luz de finales del día que entra horizontal y lo tiñe todo de un color que no es del todo real. Ella entró mirando alrededor sin disimulo, como si estuviera intentando reconstruir quién era yo a partir de los objetos que había en el salón.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí —dijo. Y luego, después de un segundo—: Bastante nerviosa.

—Es completamente normal.

No apresuré nada. Nos sentamos en el sofá y estuvimos hablando un rato de cosas sin importancia, hasta que noté que los hombros de ella se relajaban. Hay un momento en que el cuerpo deja de estar en guardia; es visible si uno sabe buscarlo. Cuando lo noté en ella, me incliné hacia su lado.

El primer beso fue breve, casi de presentación. Ella no se retiró.

La llevé a la habitación con la misma calma con que habíamos llegado hasta ahí. Me detuve varias veces solo para mirarla, para leer su cara. En ese tipo de situaciones, saber parar es tan importante como saber continuar. Quizás más.

—¿Cómo estás? —pregunté en voz baja.

—Bien —dijo, y esta vez lo dijo con más convicción.

Le quité la ropa despacio, pieza por pieza, y en cada momento esperé su reacción antes de continuar. Tenía el cuerpo tenso, no de miedo exactamente, sino de esa anticipación específica que precede a lo desconocido. Las manos frías, la respiración un poco corta.

—Dime si quieres que pare en cualquier momento —le dije.

Asintió con la cabeza.

***

Empecé con caricias largas por la espalda, besos en el cuello, en los hombros, en la curva del pecho. Sentí cómo la tensión iba cediendo centímetro a centímetro, como cuando aprietas una mano cerrada y notas que los nudillos se van soltando.

Cuando bajé con la boca por su vientre y la miré desde ahí abajo, ella sostuvo mi mirada durante un momento y luego la apartó hacia el techo.

—¿Puedo? —pregunté.

Tardó un instante. Se puso ligeramente roja. Después dijo que sí en voz muy baja.

Era su primera vez y se lo noté en todo el cuerpo: las manos buscando algo a qué aferrarse, los dedos enredándose en la sábana, la respiración que se volvió irregular de golpe. Le dediqué tiempo de verdad, sin apurarme, leyendo cada reacción como si fuera un texto en un idioma que estaba aprendiendo a descifrar en ese momento. Tuvo un orgasmo largo y profundo que la dejó con los ojos cerrados y la expresión completamente suelta.

Cuando recuperó el aliento, sonrió sin mirarme. Era una sonrisa para sí misma.

Después tomó mi mano y la llevó hacia la suya.

—Enséñame —dijo.

Guié sus dedos con suavidad, sin prisa. Sus manos aprendieron rápido, con esa capacidad que tiene el cuerpo para memorizar lo que le produce placer. Al rato bajó la cabeza y me tomó en la boca con una torpeza que era completamente honesta. Le fui dando indicaciones en voz baja, sin presionarla, y ella las fue aplicando con una concentración que me pareció entrañable.

—Bien —le dije—. Así está bien.

***

Antes de seguir me detuve un momento completo.

—¿Segura?

—Sí —dijo. Sin dudar esta vez.

Usé lubricante, fui muy despacio, presté atención a su cara en todo momento. Hubo un instante en que contuvo el aliento y cerró los ojos con fuerza, y yo detuve el movimiento hasta que ella me indicó con un gesto que podía continuar. Fue gradual, cuidadoso, nada parecido a la mayoría de los encuentros que había tenido en esos meses.

Cuando terminamos, ella se quedó callada un buen rato mirando el techo. Yo tampoco dije nada. A veces el silencio es la única respuesta que encaja con lo que acaba de pasar.

—Gracias —dijo finalmente—. En serio.

—De nada.

—No solo por lo que crees —aclaró—. Por cómo lo hiciste. Por cómo me trataste.

No supe qué responder. Así que no respondí nada. Pero lo guardé.

***

Aquella tarde fue un paréntesis dentro de algo que, en general, no tenía mucho que rescatar.

Seguí en eso unos meses más. Más encuentros con hombres que llegaban con prisa y se iban con más prisa todavía. Habitaciones de hotel con la temperatura demasiado alta. Madrugadas en apartamentos que olían a tabaco frío. Peticiones que empezaban y terminaban sin que nadie mirara a nadie demasiado a los ojos. Aprendí a leer a la gente en cuestión de segundos, a saber lo que querían antes de que terminaran de pedirlo. No sé si eso es una habilidad o una pérdida.

Lo que sí sé es que eventualmente paré. No fue una decisión dramática, no hubo un momento concreto que lo desencadenara. Simplemente llegó un día en que decidí no responder más mensajes, y ese día se convirtió en una semana, y esa semana en un mes, y después ya no había vuelta atrás.

Rocío se casó dos años después con el chico del bar. Me lo contó un conocido en común. No sentí nada especial cuando me lo dijeron, lo cual en sí mismo fue una especie de alivio.

De todo lo que viví en ese período, lo que más me cuesta entender todavía es el orden en que vinieron las cosas. La ruptura, el bar de ambiente, el trabajo, Andrea. Cada paso parecía una consecuencia casi inevitable del anterior, como fichas de dominó cayendo en una dirección que nadie había planeado.

No me arrepiento de nada, o no exactamente. Me arrepiento de haberlo hecho desde un lugar tan roto, que es algo completamente distinto. Si hubiera sido una elección tomada desde un sitio más entero, quizás habría sido otra historia.

Pero las decisiones que se toman desde el dolor casi nunca lo son.

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4.6 (8)

Comentarios (10)

Clara_nocturna

Que relato tan poderoso... me dejaste pensando un buen rato después de terminarlo.

MaximoLector

Increible!!! De los mejores que lei aca, gracias por compartir algo tan personal

Fernanda_R

Por favor contá mas, justo cuando mas enganchada estaba se terminó. Queremos saber cómo siguió todo eso

NestorPY

Se nota que es una historia real, eso se siente en cómo lo narrás. Muy valiente de tu parte

vikingo33

ese giro que mencionas al final me dejó con la duda jaja. Necesito la segunda parte sí o sí

Carlita_BA

Me recordó a una etapa muy dura que yo tambien pase hace años. Leer esto fue extraño y catartico a la vez, no sé como explicarlo

BrunoMdP

buenisimo, mas!!!

MarcoNoche

No es el tipico relato que uno se encuentra por ahi. Esto tiene profundidad real, se agradece mucho

LunaR_77

Y cómo terminó todo? uno se queda con esa pregunta dando vueltas

Lectura22

lo que mas me gustó es cómo describis lo que sentis sin adornos. Sigue contando, esto vale la pena

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