Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que le conté que iba a ser padre

4.3(12)

La prueba lleva veinte minutos sobre la repisa del baño, pero yo no puedo moverme. Dos líneas. Dos líneas claras, inequívocas, que han reorganizado el orden de todo lo que creía saber sobre mi vida.

Me siento en el borde de la bañera y cuento los azulejos del suelo porque necesito hacer algo con mis manos, con mis ojos, con mi mente que todavía no ha terminado de asimilar lo que significa ese test. Pienso en Marcos. Pienso en su cara cuando le diga. Pienso en la cara que pondré yo cuando se lo cuente.

Había llegado a casa del trabajo sintiéndome rara desde el mediodía: una especie de mareo sordo que no era exactamente cansancio pero tampoco era otra cosa. Llevaba días así. Días contando en mi cabeza y descartando la posibilidad, porque no podía ser, porque acabábamos de volver de viaje, porque todavía estábamos asentándonos en la vida que habíamos construido juntos después de la boda.

Y sin embargo, dos líneas.

Cuando escucho la llave en la cerradura, recojo el test de la repisa y lo aprieto entre los dedos. No lo escondo. No sé exactamente por qué, pero necesito que lo vea.

***

Marcos entra al salón quitándose la chaqueta, con esa expresión de agotamiento ligero que tiene los martes cuando las reuniones se acumulan. Me ve de pie en medio del salón y frena.

—¿Qué pasa? —pregunta. No con alarma. Con esa atención focalizada que tiene cuando sabe que algo importa.

No digo nada. Le extiendo el test.

Lo mira. Lo gira. Lo vuelve a mirar. Y entonces hace algo que no me esperaba: se ríe. Una risa breve, casi incrédula, que termina en una exhalación larga.

—Lucía —dice, y mi nombre en su boca suena diferente a como suena siempre.

Cruza el salón en cuatro zancadas. Me toma por la cintura con las dos manos y me levanta del suelo un segundo, solo un segundo, antes de bajarme despacio y buscar mi boca. El beso es largo y tiene algo de hambre que no sé exactamente a qué responde: al alivio, a la emoción, a algo más antiguo que ninguno de los dos sabe nombrar.

Cuando nos separamos, todavía tiene las manos en mi cintura.

—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo? —pregunta.

—Veinte minutos.

Se ríe otra vez. Esta vez la risa es más grande.

Me lleva de la mano hacia el dormitorio sin decir nada más. Yo lo sigo porque no necesito que me explique nada. Conozco ese paso, esa forma de guiarme.

***

La habitación está en penumbra. La última luz de la tarde se cuela entre las láminas de la persiana y dibuja rayas doradas en el suelo. Marcos me sienta en el borde de la cama y se queda de pie frente a mí, mirándome como si estuviera viendo algo que no había visto antes, aunque llevamos cuatro años juntos y nos conocemos de memoria.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Estoy asustada —digo—. Y contenta. Las dos cosas al mismo tiempo.

—Yo también. —Se pasa la lengua por el labio y baja la voz—. Y estoy cachondo, Lucía. Joder, no te imaginas cómo.

Se inclina y me besa de nuevo, esta vez sin nada de despacio. Me muerde el labio inferior, me lo tira, y su lengua entra en mi boca con una insistencia que me hace apretar los muslos. Sus manos encuentran los botones de mi camisa y los va abriendo uno a uno, pero a la mitad se harta y de un tirón hace saltar los dos últimos. Los oigo caer contra el parquet.

—Marcos —susurro.

—Ya te compro otra —murmura contra mi cuello, y me muerde ahí donde sabe que se me pone la piel de gallina.

La camisa cae al suelo, y sus manos recorren mis hombros, mi espalda, la línea de mi columna. Hay algo en ese tacto que es diferente esta noche. No sé si lo estoy imaginando, pero parece más deliberado, más atento, y a la vez más hambriento, como si el saber que estoy preñada le hubiera destapado algo que llevaba dormido.

Me recuesta sobre la cama y se queda un momento sobre mí, mirándome. Se quita la camisa por encima de la cabeza y la tira al suelo. Se baja los pantalones sin dejar de mirarme, y cuando se saca los calzoncillos, la polla se le sale ya dura, gruesa, con la punta hinchada y una gota brillante temblando en el glande.

—¿Qué? —pregunto, y noto que se me va la voz mirándosela.

—Nada —dice—. Que eres tú. Y que voy a follarte hasta que no te acuerdes de cómo te llamas.

No sé qué significa exactamente eso, pero en ese momento lo entiendo perfectamente.

Sus labios bajan por mi cuello, por la curva del hombro, por el borde del sujetador. Lo desabrocha con una mano, con esa facilidad que todavía me sorprende después de años, y en cuanto mis tetas quedan libres las agarra las dos a la vez, con la palma abierta, apretando. Se me escapa un gemido que no llego a tapar.

—Las tienes más grandes ya —dice, hablándole a mi pecho, no a mí—. Míralas. Y los pezones más oscuros. Joder, Lucía.

Sus pulgares trazan círculos lentos sobre mis pezones, cada vez más duros, mientras su boca desciende, y yo cierro los ojos y me dejo llevar por el calor de ese contacto. Chupa uno, tira de él con los dientes lo justo para arrancarme un jadeo, y luego el otro. Los alterna. Los muerde suave. Los lame en círculos. Le tengo los dedos enredados en el pelo y le empujo la cabeza contra mí porque necesito más, más boca, más lengua, más de todo.

Cuando llega a mi vientre, se detiene.

Apoya la palma abierta sobre mi abdomen, plano todavía, y la presión de ese gesto me hace cerrar la garganta.

—Hola —dice, muy bajito, hablando a algo que no tiene tamaño todavía.

Tengo que morderme el labio para no llorar.

Después baja los labios hasta mi vientre y lo besa una vez, despacio, y luego otra vez más abajo, y otra, y otra, dejando un rastro húmedo por el vello suave hasta el hueso de la cadera. Me engancha los dedos en las bragas y me las va bajando por las piernas, sin dejar de besarme la piel a medida que la va descubriendo. Cuando por fin me quedo desnuda, se queda un segundo mirándome el coño abierto entre los muslos, y le veo tragar saliva.

—Estás empapada —dice, con la voz ronca.

—Cállate.

—No. —Se ríe—. Estás empapada, Lucía. Mírate.

Me pasa dos dedos por la raja, muy despacio, de abajo hacia arriba, y los saca brillantes. Se los mete en la boca y los chupa mirándome a los ojos, y yo tengo que apartar la vista porque no puedo aguantarlo.

—Ábrete —dice.

Me abro las piernas más, avergonzada y muerta de ganas al mismo tiempo. Sus manos me sujetan por dentro de los muslos, empujándolos contra el colchón, y siento su aliento cálido en la piel más sensible antes de que su boca encuentre el centro de todo.

Lo que sigue no tiene prisa. Marcos es así cuando algo le importa de verdad: no corre. Me conoce de memoria y eso se nota en la manera en que su lengua trabaja, en los cambios de ritmo que interpreta solo sin que yo diga nada, en cómo me agarra de las caderas cuando siente que me estoy escapando. Empieza lamiendo despacio de abajo arriba, la lengua entera, plana, cubriéndome toda la vulva de una pasada, y termina en el clítoris con la punta, apenas rozándolo. Lo repite tres, cuatro veces, hasta que estoy retorciéndome contra su boca.

—Por favor —jadeo.

—Por favor qué.

—Chúpamelo. Chúpame el clítoris, Marcos, por favor.

Sonríe contra mi coño. Lo noto. Y entonces cierra los labios sobre el clítoris y lo succiona, con hambre, mientras dos dedos suyos se hunden dentro de mí y empiezan a bombear en un ritmo lento y profundo. Se me arquea la espalda de golpe. Yo le enredo los dedos en el cabello y no le digo que pare porque no quiero que pare.

—Así —le digo, sin reconocerme la voz—. Ay, joder, así.

Sus dedos curvan dentro de mí y encuentran el punto, ese punto, y lo masajea con la yema mientras la lengua no deja de trabajarme por fuera. Siento cómo el orgasmo se empieza a acumular en la parte baja del vientre, denso, caliente, con esa sensación de que algo se te va a romper por dentro.

El orgasmo llega como una ola que se acumula antes de romper. Cuando rompe, me hace aferrar las sábanas con los dedos y pronunciar su nombre dos veces contra el techo. Le empujo la cabeza sin querer, con los muslos apretándole las orejas, y él aguanta ahí, la boca pegada a mí, chupándome hasta el último temblor.

Cuando levanta la cara, tiene la barbilla brillante y una sonrisa que me da vergüenza.

—Ven aquí —le digo, tirándole del brazo.

Sube por mi cuerpo besándome la piel a medida que asciende y cuando llega a mi boca me besa con todo su sabor a mí, y yo no me aparto. Al contrario. Le muerdo la lengua y le meto la mano entre los cuerpos y le agarro la polla, dura como una piedra, caliente, con el prepucio ya tirado hacia atrás y la punta mojada.

—Espera —le digo—. Túmbate.

—Lucía…

—Túmbate.

Se deja rodar de espaldas. Yo me arrodillo entre sus piernas y le agarro la verga con las dos manos, una encima de la otra, y le doy un lametón desde la base hasta la punta, siguiendo la vena gruesa que le sube por debajo. Marcos suelta un gruñido y echa la cabeza para atrás contra la almohada.

—Joder —dice.

Me la meto en la boca despacio, cerrando los labios alrededor del glande, jugando con la lengua en el frenillo mientras bajo y subo. Cuando la tengo bien lubricada de saliva, empiezo a chupársela en serio, hasta el fondo, hasta que la punta me toca la garganta y me hace lagrimear. Marcos me pone la mano en la nuca, sin empujar, solo acompañando el movimiento, y cuando me la saco de la boca un momento para respirar tengo un hilo de saliva colgándome del labio hasta la punta de su polla.

—Mírame —dice.

Levanto la vista. Me lo meto otra vez. Se lo hago mirándole a los ojos, subiendo y bajando, ayudándome con la mano en la base, y noto cómo se le tensan los muslos debajo de mí.

—Para —dice de pronto, agarrándome del pelo con cuidado—. Para, Lucía, para o me corro.

Me limpio la boca con el dorso de la mano y sonrío.

—¿Y?

—Y quiero correrme dentro de ti.

—Ya te has corrido dentro de mí —le digo, señalando mi vientre—. Mira las consecuencias.

Se ríe. Me atrapa por la cintura y me tira encima de él en un solo movimiento, y yo quedo a horcajadas sobre sus caderas, con la polla apoyada contra la raja de mi coño, resbalando arriba y abajo sin entrar todavía. Me muevo despacio para mojársela toda con lo que sigo goteando yo.

—Métetela —me dice, la voz ronca—. Tú misma. Métetela como quieras.

Me levanto un poco, la agarro con la mano y me la coloco en la entrada. Bajo despacio, sintiéndola abrirme centímetro a centímetro, aguantando la respiración por lo llena que me pone. Cuando la tengo entera dentro me quedo quieta, con las manos apoyadas en su pecho, dejando que mi cuerpo se acostumbre.

Marcos me mira desde abajo con las mejillas encendidas. Me toma las caderas.

—Móntame —dice.

Empiezo a moverme. Al principio en círculos lentos, luego arriba y abajo, y luego más rápido. Él me acompaña desde abajo, empujando contra mí en cada bajada, y el sonido de nuestros cuerpos chocando llena la habitación en penumbra junto con mis gemidos y sus jadeos entre dientes. Se incorpora un poco para chuparme una teta mientras cabalgo, y ese detalle, la lengua caliente en el pezón mientras me lo folla desde abajo, casi me hace correrme otra vez.

—Espera —gimo—. Espera, así no aguanto.

Me levanta como un peso muerto, sin salir de mí, y me da la vuelta hasta ponerme de espaldas contra el colchón, él encima. Me abre las piernas con las rodillas, me las empuja hacia el pecho, y vuelve a hundírmela hasta el fondo de un empujón que me hace gritar.

—¿Así? —pregunta, moviéndose ya con un ritmo firme, profundo, cada embestida golpeando en un sitio que no sabía que tenía.

—Así.

—Dime.

—Fóllame, Marcos. Fóllame así.

El ritmo que impone al principio es profundo y pausado, pero se acelera. Cada movimiento se siente más intenso de lo habitual, o quizás soy yo que estoy más atenta a todo. Me sujeta los muslos abiertos, sus caderas chocan contra las mías con un golpe seco y húmedo, y de vez en cuando se detiene con la polla enterrada hasta el fondo, moviendo solo la pelvis en círculos, apretándome contra el colchón. Cada vez que lo hace, me arranca un gemido nuevo.

Marcos apoya la frente sobre la mía y mezcla su respiración con la mía, y ese detalle aparentemente pequeño es lo que finalmente me desborda. Me viene el segundo orgasmo casi sin avisar, apretándole la polla dentro con espasmos que él nota perfectamente, porque suelta un juramento y clava las caderas más fuerte.

—Voy a correrme —jadea—. Lucía, voy a correrme.

—Dentro —le digo, aunque ya no hace falta decirlo—. Córrete dentro.

Se hunde profundo y se queda quieto, temblando, y yo siento las oleadas calientes descargándose dentro de mí, una detrás de otra, mientras él aprieta la mandíbula y suelta el aire contra mi cuello. Me quedo abrazándolo con las piernas, reteniéndolo, sintiendo cada oleada como si fuera mía también.

Durante unos minutos no nos movemos. Su peso sobre mí es familiar y me gusta. Cuento sus respiraciones. Todavía la tiene dentro, blanda ya, y noto un hilo caliente resbalar entre mis muslos cuando por fin sale.

Después se gira, me pone contra su pecho y apoya una mano sobre mi vientre. Ninguno de los dos dice nada. Pero sé en qué está pensando porque yo estoy pensando lo mismo.

***

Decidimos esperar tres semanas antes de decírselo a nadie.

Esas tres semanas son extrañas y preciosas. Vivimos como siempre, trabajamos como siempre, pero algo ha cambiado en la textura de los días. Marcos me manda mensajes de voz al mediodía para preguntarme cómo estoy. Yo le contesto con audios cortos porque me da vergüenza escucharme decir que estoy bien pero que me marea el café y que eso ya no es vida.

Una noche, mientras preparamos la cena, me abraza por detrás sin venir a cuento y se queda así, con la barbilla sobre mi hombro, sin decir nada. Yo sigo pelando el ajo. A veces el amor cabe entero en un gesto así. Y otras veces, cuando su mano baja desde mi cintura, se cuela por dentro del pantalón del pijama y sus dedos me encuentran ya mojada solo con eso, el amor se pone bruto y me acaba doblando sobre la encimera con el ajo a medio pelar y la polla dentro antes de que la cebolla llegue a la sartén.

Las náuseas llegaron en la segunda semana. No eran devastadoras, pero eran persistentes: un malestar de fondo que se instalaba entre las ocho y las once de la mañana con la puntualidad de una alarma. Marcos empezó a levantarse diez minutos antes para tenerme el té preparado cuando yo salía del baño. Nunca le pedí que lo hiciera. Simplemente lo hizo.

***

Cuando llegó el momento de contarlo, lo hicimos en casa.

Invitamos a las dos familias una tarde de sábado con la excusa de que teníamos cosas que enseñarles. Mi madre llegó sospechando algo desde el primer momento, lo sé porque la conozco y porque cuando se pone ese gesto de no-sé-nada es exactamente cuando sabe todo.

Después de la merienda, cuando todos estaban sentados en el salón, Marcos me miró. Yo asentí.

—Vamos a ser padres —dije.

Hubo un segundo de silencio absoluto. Y luego el ruido.

Mi madre fue la primera en levantarse. Me abrazó tan fuerte que me cortó la respiración, y cuando se separó tenía los ojos brillantes y no hacía ningún esfuerzo por disimularlo.

—¡Ya era hora! —dijo mi suegra, lo cual hizo reír a todo el mundo, incluida yo.

El padre de Marcos le puso la mano en el hombro a su hijo y lo miró durante un segundo largo antes de decirle algo al oído que no alcancé a escuchar. Marcos asintió, y algo en su cara se relajó, como si llevara tiempo esperando ese gesto sin saberlo.

El resto de la tarde fue ruidoso y cálido. Todos hablaban al mismo tiempo sobre nombres, sobre si sería niño o niña, sobre si los niños de ahora dormían mejor en cunas o en moisés. Yo me senté en el sofá con una taza de manzanilla y me dediqué a observarlos a todos.

Marcos estaba de pie junto a la ventana, hablando con su hermano. En algún momento notó que lo miraba y me devolvió una sonrisa pequeña, solo para mí. Me encogí de hombros como diciendo ¿qué? Y él sacudió la cabeza como diciendo nada, todo.

***

Carolina, mi mejor amiga, se enteró dos días después por teléfono.

—¡Para! —gritó, y yo tuve que apartarme el teléfono de la oreja—. ¡Para, para, para! ¿Estás embarazada? ¿De verdad?

—De verdad.

—¡Lucía! ¡Dios mío! —Y entonces se echó a reír y a llorar al mismo tiempo, que es algo que solo Carolina es capaz de hacer y que siempre me resulta conmovedor—. ¿Cuándo salís de cuentas? ¿Cómo te encuentras? ¿Ya lo sabe todo el mundo?

Contesté sus preguntas en orden, con paciencia, porque así es Carolina.

Mi amiga Elena, más tranquila por naturaleza, me citó para tomar algo esa misma semana. Cuando me senté frente a ella ya lo sabía; no sé quién se lo había dicho.

—Felicidades —dijo simplemente, y me apretó la mano sobre la mesa.

Con Elena no hacen falta grandes escenas. A veces eso es exactamente lo que necesitas.

***

Los meses que siguieron fueron lentos y veloces al mismo tiempo, que es una contradicción que solo tiene sentido cuando la vives. Mi cuerpo empezó a cambiar de formas que me sorprendían cada mañana frente al espejo. Las tetas se me pusieron aún más grandes, los pezones más sensibles, y Marcos, que ya me miraba con hambre antes, ahora me miraba directamente con la boca entreabierta. Follábamos más que nunca, y más raro que nunca: contra la pared del pasillo cuando llegaba del trabajo, en la ducha con el agua cayéndonos encima, a cuatro patas en el sofá con él sujetándome por la cadera mientras me susurraba guarradas al oído sobre lo caliente que le ponía sentirme así.

Compramos una cuna. Pintamos la habitación de un color que en la muestra parecía verde agua y en la pared resultó casi azul, pero decidimos que nos gustaba de todas formas. Asistimos a clases de preparación al parto donde Marcos tomaba notas en su teléfono con una seriedad que me hacía contener la risa.

Una noche, cuando el embarazo ya era visible y yo dormía con una almohada entre las rodillas porque era la única postura que aguantaba, Marcos me puso la mano sobre el vientre. El bebé respondió con una patada contra su palma. Los dos nos quedamos quietos.

—Hola —dijo él, igual que aquella primera noche. Con el mismo tono exacto.

Yo apoyé mi mano sobre la suya.

Afuera llovía. Adentro éramos tres.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

4.3(12)

Comentarios(10)

ForoLector

excelente!!!

Laura

me dejo sin palabras... espero la continuacion!!

Jaime

Se nota que es real. Esa clase de momentos te cambian la vida para siempre, muy bien contado.

Memo1987

Se hizo corto, quiero saber que paso despues. Por favor una segunda parte!

francisco

tremendo relato, gracias por animarte a contarlo

ArgenSex

Buenisimo. Me recordo a algo que me paso hace unos años, esa sensacion de que todo cambia en un segundo... muy real.

theregar

Esa descripcion de la mirada cuando abrio la puerta te pone ahi mismo en el momento. Muy bueno.

RossanaV

Primera vez que leo algo en confesiones que me emociona de verdad. Mas por favor!

Jordi

Que tension la de esos veinte minutos de espera, uff. Bien contado.

ChelseaLectora

Me encanto como lo contaste, tan humano y cercano. Sigue compartiendo!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.