Confieso lo que pasó esa noche por videollamada
Eran cerca de las once cuando volví a sentarme frente a la laptop. La canción que sonaba en el parlante era una vieja, en francés, con una voz de mujer que parecía susurrar más que cantar. Una copa de vino tinto a un costado, casi vacía. Dos semanas atrás había aceptado un encargo —una escena erótica para una antología en línea— y todavía no había escrito nada que valiera la pena.
Mis dedos vagaban sobre las teclas. Escribía un párrafo, lo borraba. Inventaba a una mujer rubia y la convertía en morena. Cambiaba el escenario: del hotel a la playa, de la playa a una cocina prestada. Nada me cerraba. Cada vez que cerraba los ojos para imaginar la escena, terminaba pensando en Mariela.
Y ese era el problema. O la bendición. Todavía no lo sabía.
Mariela vivía a ochocientos kilómetros de mí. Nos habíamos conocido en un congreso de literatura en Córdoba, hacía casi un año. Tres días que cambiaron todo. Después vinieron los viajes mensuales, los mensajes a las tres de la mañana, las videollamadas largas. Una relación a distancia hecha de palabras y de pantallas. Y, sobre todo, hecha de un deseo que nunca terminaba de saciarse.
El teléfono vibró sobre la mesa con su nombre. Sonreí antes de atender.
—Hola.
—Lucía. —Su voz llegó baja, pastosa, esa voz que pone después del baño—. ¿Estás escribiendo?
—Lo intento.
—¿Y?
—Y nada. No me sale. Lo borro todo.
Hubo una pausa. Escuché el roce de una sábana, un suspiro corto, el ruido tenue de una almohada acomodándose bajo su cabeza. La imaginé sin esfuerzo: en su cama, con la luz apagada salvo la lamparita de noche, los rizos rojos desordenados sobre la almohada blanca.
—Léeme lo que tenés —dijo.
—No hay nada para leer.
—Léeme lo que escribiste recién. Lo que sea.
—Mariela…
—Por favor.
Esa palabra me desarmó como me desarman todas sus palabras cuando las pronuncia despacio. Abrí el documento, miré el último párrafo a medio terminar y empecé a leer en voz alta. Era una escena tonta, escrita a las apuradas, con dos mujeres que se encontraban en un departamento prestado. Mientras leía, escuché su respiración cambiar al otro lado de la línea.
—Más lento —pidió.
Bajé la voz. Le leí el párrafo de nuevo, con pausas más largas, dejando que cada frase se asentara antes de pasar a la siguiente. La oí jadear muy bajito, casi como un susurro entre la voz y el aire.
—Mariela, ¿qué estás haciendo?
—Escuchándote. Seguí.
—No es eso lo que te pregunté.
—Ya sé.
Tardó un par de segundos en responder.
—Estoy en la cama. Tengo una mano debajo de la sábana.
Se me cortó la respiración por un momento. Apoyé la espalda contra el respaldo del sillón y sentí, con una precisión incómoda, cómo me latía todo entre las piernas. Llevábamos diez días sin vernos. Diez días pueden ser una eternidad cuando hay distancia.
—¿Y dónde tenés esa mano? —pregunté, intentando que la voz me saliera firme.
—Recién empiezo. Tengo los dedos sobre el camisón.
—Sacate el camisón.
La oí moverse. La oí respirar más fuerte. La oí contestarme con un sonido que no era una palabra, era apenas un gemido pequeño.
—Listo —dijo después.
Cerré la tapa de la laptop sin pensarlo. La escena de la antología podía esperar hasta el viernes. Podía esperar mil años.
—Decime qué tenés en la cabeza —le pedí.
—A vos. Tu boca. Tus manos.
—¿Mis manos haciendo qué?
—Recorriéndome despacio. Empezando por los hombros, bajando por el cuello, llegando al pecho.
Me empecé a tocar yo también, sobre la ropa, despacio, siguiendo el mismo camino que ella me describía. Como si fuera ella la que escribía la escena ahora. Le seguí el juego. Le pregunté qué se imaginaba, qué quería, dónde estaba mi boca en su fantasía. Ella respondía cada cosa con una calma que no era calma, era un control que se le iba quebrando frase por frase.
—Lucía —dijo de pronto—, prendé la cámara.
—Mariela.
—Por favor. Quiero verte.
***
Apoyé la laptop sobre la mesa baja, abrí la videollamada y la pantalla se iluminó con su cara. Estaba acostada de costado, la sábana caída a la altura de la cintura, los pechos al descubierto, el pelo rojo cayéndole sobre el hombro. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes.
—Hola —dijo, sonriendo apenas.
—Hola.
—Mostrate vos también.
Yo estaba en pantalones de pijama y una remera vieja. Levanté el celular para encuadrarme bien. Ella sonrió de costado, esa sonrisa torcida que pone cuando algo le gusta.
—Sacate la remera.
Lo hice despacio. Sentí su mirada a través de la pantalla como si fuera una mano. Cuando levanté la cabeza, ella se había llevado los dedos al pecho y se acariciaba con el pulgar, en círculos lentos. Me senté con las piernas cruzadas frente a la cámara y me toqué los pechos a la par que ella, sin dejar de mirarla.
—Decime —pedí.
—¿Qué?
—Decime cómo te imaginás esto si yo estuviera ahí.
Cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, tenía la otra mano metida debajo de la sábana.
—Estarías arriba mío. Ya sin ropa. Me estarías mirando como mirás cuando estás por hacer algo que sabés que me va a gustar.
—¿Y qué te haría?
—Me morderías el labio. Despacio. Hasta que yo te buscara la boca y vos me la negaras.
Sonreí. Era un juego viejo, uno que jugábamos en persona y que ella ya sabía que me encantaba. Me acerqué a la cámara y le mordí el labio inferior al aire, como si estuviera ahí. Ella soltó una risa corta que se transformó en jadeo cuando la mano debajo de la sábana se movió un poco más rápido.
—Sacá la sábana —le dije.
La sacó. Quedó completamente desnuda frente a la pantalla, con las piernas un poco abiertas, una mano entre los muslos. La otra se la pasó por la cara con un gesto casi tímido, como si después de tantos meses todavía le diera vergüenza estar así para mí. Esa mezcla de descaro y de pudor era una de las cosas que más me gustaban de ella.
—Más despacio —le pedí—. Quiero ver bien.
Ella aflojó el ritmo. Sus dedos hicieron círculos pequeños y lentos. Le vi temblar el muslo izquierdo, ese temblor mínimo que conocía de memoria.
Bajé el celular para que ella pudiera verme también. Me saqué los pantalones del pijama, después la bombacha, y me acosté boca arriba con la cámara apoyada contra el almohadón. Levanté las rodillas. Acerqué los dedos a mí misma, despacio, mirándola en la pantalla.
—Estoy mojada —dije.
—Mostrame.
Le mostré. Ella se mordió el labio. Vi cómo se reacomodaba contra el respaldo de su cama y abría más las piernas. De algún cajón sacó algo que conocía bien: ese vibrador chico, color hueso, que habíamos usado juntas la última vez que nos vimos. Lo encendió. El zumbido se coló por el parlante del celular.
—No es justo —dije.
—¿Por qué?
—Porque vos tenés ayuda.
—Andá a buscar el tuyo, dale.
Me reí. No me moví. Tenía dos dedos adentro y la otra mano en el clítoris, y no quería detenerme ni un segundo. Ella vio que no iba a levantarme y se rio también, una risa baja, ronca, que me tocó algo más adentro de lo que quería admitir.
***
No hablamos por un rato. Nos miramos. La videollamada nos mostró la una a la otra desde ángulos imperfectos, con luces inestables, con gestos que en persona no veríamos por estar demasiado cerca. Yo le veía la cara cuando arqueaba la espalda. Ella me veía la mano cuando se me ponía rápida. El zumbido del vibrador, mi respiración entrecortada, su voz cuando decía mi nombre por lo bajo.
—Lucía —dijo en algún momento—, ¿te falta poco?
—Sí.
—A mí también.
—Esperame.
Bajé el ritmo a propósito. Quería terminar con ella, no antes, no después. Le dije que aflojara, que me esperara. Obedeció con un quejido suave. La vi morderse el dorso de la mano para no gemir demasiado fuerte: tenía una compañera de departamento que dormía del otro lado de la pared, y siempre había que cuidarse.
—Cuando yo te diga —murmuré.
—Sí.
—Mirame.
Me miró fijo a los ojos a través de la pantalla. Y aunque no era ella, aunque era apenas una imagen, aunque entre nosotras había ochocientos kilómetros y un par de proveedores de internet, juro que sentí su mirada como una mano cerrada en la nuca.
—Ahora —dije.
Lo que pasó en los siguientes treinta segundos no lo voy a poner en una antología. Esas cosas no se traducen bien al papel. La vi venirse con los muslos brillando de humedad, la vi morderse el labio hasta dejarse una marca, la vi cerrar los ojos y dejar caer el celular un poco hacia el costado. A mí me agarró un escalofrío que me empezó en la planta de los pies y me subió hasta la nuca, y me quedé temblando un buen rato con la mano todavía entre las piernas.
Después, silencio. Solo el zumbido del vibrador que ella no había apagado y que ahora se escuchaba desplazado, contra la sábana.
—Apagalo —dije, riéndome.
Lo apagó.
Nos quedamos así un rato largo, las dos respirando al ritmo de la otra a través del altavoz, sin decirnos nada. Ella se incorporó después, se acomodó el pelo y se puso una remera blanca grande que le quedaba enorme. Yo me cubrí con una manta. La cámara siguió encendida. Estos eran los momentos que me costaban más: no el sexo, sino el después, cuando se hacía evidente que no estábamos en la misma cama.
—¿En qué termina lo que estabas escribiendo? —me preguntó al rato, con la voz más suave.
—No tengo la menor idea.
—¿En serio?
—En serio. Empecé tres veces y borré las tres.
—Bueno —dijo, sonriendo de costado—. Hagamos algo. La próxima vez que vaya a verte, te ayudo. Te paso el cuerpo y vos pasás los dedos por el teclado.
—Eso suena a soborno.
—Es un soborno.
Me reí. Le dije que tenía que cortar, que mañana tenía clases temprano y que ella también. Nos despedimos con esa lentitud que ponemos siempre, esa manera de demorar el corte como si así estiráramos un poco la cercanía. Cuando la pantalla se puso negra, me quedé mirando mi propio reflejo en el vidrio apagado, despeinada, contenta y un poco triste.
Volví a abrir el documento. La página seguía a medio escribir, la misma escena tonta de las dos mujeres en el departamento prestado. Borré todo. Empecé de nuevo. Esta vez no escribí sobre dos desconocidas. Escribí sobre una llamada, una pantalla y dos mujeres que se conocen demasiado bien.
Terminé las mil quinientas palabras antes de las tres de la mañana. Lo guardé y lo mandé al editor sin releerlo siquiera. Me dormí pensando en la próxima visita, ya con el cuerpo cansado y las manos todavía con olor a ella, aunque eso, en realidad, era imposible. La distancia hace cosas raras. Te enseña a mentirte un poco para que el cuerpo no se canse de extrañar.
Dos semanas después, Mariela bajó del avión con una mochila al hombro y una sonrisa que tenía planes para mí. Pero esa, la verdad, es otra confesión.