Una semana sin él y lo que pasó cuando volvió
Hay algo en los aeropuertos de noche que me pone nerviosa de una manera difícil de explicar. No es el ruido, ni las pantallas con vuelos y destinos. Es la espera. Esa manera que tiene el tiempo de dilatarse cuando estás esperando a alguien que necesitas.
Llevaba siete días sin Marcos. Una semana exacta desde que lo dejé en ese mismo aeropuerto con la maleta de ruedas y una promesa de que iba a ser rápido, que el viaje de trabajo no duraría más de lo previsto. Había durado exactamente lo previsto, que era demasiado.
Me había puesto el vestido más rojo que tenía. Uno de tela fina que se adhería a los costados y terminaba justo por encima de las rodillas. Zapatos negros con taco, el labial haciendo juego. Debajo, un conjunto de encaje negro que me hacía sentir la humedad acumulándose entre los muslos con solo pensar en él. Quería que fuera lo primero que viera cuando cruzara esa puerta: yo, de rojo, sin disimulo, con el coño ya empapado esperándolo.
Lo que no le había dicho a Marcos era que ese día me había bajado el período. Llegó por la mañana, con una semana de retraso, como si hubiera esperado el peor momento posible. En otras circunstancias habría reorganizado los planes, habría enviado un mensaje, habría propuesto dejar la noche para otro día. Pero llevaba siete días pensando en él. Siete días metiéndome los dedos en la cama a solas, imaginándome su polla dentro, corriéndome contra la almohada mordida para no gritar. Siete días sintiéndome incompleta de una manera que va más allá de lo emocional.
No iba a dejar que eso cambiara nada.
Cuando apareció por la puerta de llegadas, algo en mi pecho se apretó. Caminaba con ese ritmo tranquilo que tiene cuando viene de un viaje largo, la maleta arrastrándose detrás, los ojos buscando entre la gente. Cuando me encontró, la expresión que se le puso en la cara fue suficiente recompensa por la semana entera.
Caminé hacia él sin disimular nada. Lo abracé por el cuello y hundí la nariz en su garganta, sintiendo el olor familiar de su piel mezclado con el del aeropuerto y el cansancio del viaje. Al pegarme contra él sentí el bulto de su verga ya semidura contra mi cadera, apretada dentro del pantalón.
—Siete días —dije al oído—. Nunca más. Estoy chorreando, Marcos. Llevo toda la tarde así.
—Prometido —respondió con la voz ronca, y sus manos me rodearon la cintura con una presión que me dijo todo lo que necesitaba saber sobre cómo había pasado él esa semana también. Bajó una hasta el nacimiento del culo y me apretó ahí, delante de todos—. Yo tengo la polla dura desde que aterrizamos.
Nos besamos ahí, en medio de la terminal, sin importarnos demasiado quién mirara. Fue de esos besos que no pretenden ser elegantes: con lengua, con dientes rozándose, con su mano abriéndose sobre mi nalga por encima del vestido rojo.
***
El viaje de vuelta fue una mezcla de palabras sueltas y silencios cargados. Tenía la mano apoyada sobre su muslo izquierdo y lo sentía tenso bajo la tela del pantalón. Fui subiendo los dedos hasta rozar el bulto y lo apreté por encima. Marcos apretó la mandíbula y la polla le dio un tirón bajo mi mano.
Marcos manejaba con la vista al frente, pero cada tanto me miraba de reojo con esa media sonrisa que nunca sé muy bien cómo interpretar.
—¿En qué estás pensando? —preguntó en un semáforo.
—En chupártela ahora mismo, acá, en el coche —dije sin dejar de acariciarle la verga por encima del pantalón—. En cosas que no se dicen en voz alta.
—¿Deberías decirlas?
Apoyé la cabeza contra su hombro y dejé la mano firme sobre su bragueta.
—Probablemente no.
Cuando llegamos a casa, me ayudó a bajar la maleta aunque no era la suya. Ese tipo de detalles son los que uno no nota hasta que los echa de menos durante una semana.
***
Subimos las escaleras juntos. En el rellano del primer piso me apoyó contra la pared y me besó de una manera que me hizo olvidar en qué escalón estábamos. Su mano se metió bajo mi vestido, subió por el interior del muslo y llegó hasta las bragas. Al tocarlas, gimió contra mi boca.
—Estás empapada —dijo—. Se te transparenta todo.
—Te dije que llevaba toda la tarde así.
Apartó el encaje con dos dedos y los deslizó por la raja de mi coño, resbalando con mi propia humedad. Encontró el clítoris a la primera, como siempre, y trazó círculos lentos que me hicieron abrir las piernas contra la pared. Sentí sus dedos buscando la entrada, hundiéndose un centímetro, sacándose otra vez brillantes.
Le detuve los dedos.
—En la cama —dije.
—¿Por qué tan formal?
—Porque quiero espacio. Porque quiero que me folles bien, no rápido en un rellano.
Llegamos al dormitorio y entonces sí le dejé buscar la cremallera. La bajó despacio, siguiendo la línea de mi columna con la punta de los dedos. Sentí el aire fresco del cuarto en la piel cuando el vestido cayó al suelo.
Marcos se quedó quieto un momento, mirándome. Solo tenía puesto el sujetador negro y las bragas a juego. Me miró con la misma atención que le presta a cosas que le importan: sin apuro, sin gestos innecesarios, con la polla marcándose descarada bajo el pantalón.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada. Es que a veces se me olvida lo mucho que te he extrañado hasta que te tengo delante. Con esas tetas. Con ese coño mojándome los dedos hace dos minutos.
Me acerqué a él y empecé a desabotonar su camisa. Mis dedos se movían despacio, más por disfrute que por prisa. Cuando cayó al suelo, pasé las palmas por su pecho, bajé por el abdomen y le abrí el cinturón. Le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón. La polla saltó dura, con la punta ya brillante de líquido preseminal. La agarré con la mano, la sentí caliente y latiendo contra la palma, y le di dos pajas lentas mientras nos besábamos.
—Me la habías extrañado, ¿no? —susurró contra mi oreja.
—Cada noche —le dije, mordiéndole el lóbulo—. Cada puta noche.
Lo llevé hacia la cama.
***
Empezamos despacio, como cuando uno tiene tiempo y sabe usarlo. Marcos me desabrochó el sujetador sin apuro y se tomó el tiempo que necesitaba con mis pechos. Sabe exactamente qué hacer con ellos. Eso no se improvisa; se aprende con años y con atención real. Me lamió el pezón derecho con la punta de la lengua antes de meterse la teta entera en la boca y chuparla despacio. Los pezones se me pusieron duros al instante, y él pasó al izquierdo mordisqueándolo con cuidado, tirando de él con los labios hasta hacerme gemir.
Me arqueé cuando sentí su boca en el pezón derecho otra vez, ahora con más presión.
—Más —dije en voz baja—. Muérdemelas.
Empezó a bajar. Los labios siguiendo el esternón, el ombligo, el borde de las bragas. Lo dejé hacer. Sabía perfectamente lo que venía, y una parte de mí estaba nerviosa de una manera que no tenía que ver con el deseo.
Debí haberle dicho antes. Ahora ya era tarde para decirle nada.
Tiró de las bragas hacia abajo con las dos manos y las descartó al pie de la cama. Durante unos segundos no hizo nada. Solo miró. Yo tenía protección; lo había previsto esa tarde cuando me vestí. Pero cuando Marcos empezó, tardó poco en notar que algo era diferente. Sentí la primera lamida, larga, plana, desde abajo hasta el clítoris. Un gemido ronco escapó de su garganta. Volvió a bajar con la lengua, esta vez metiéndola apenas dentro, y ahí lo notó.
Se detuvo.
Levanté la cabeza. Lo vi mirarme con los ojos muy abiertos y la comisura del labio manchada de rojo.
Hubo un silencio de dos segundos exactos.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
—Esta mañana.
Marcos procesó la información. Lo vi pensar. Y entonces, en lugar de moverse hacia arriba, volvió a inclinarse.
—Espera —dije—. ¿No te...?
—No —interrumpió. Su tono no dejaba espacio para más preguntas—. Me importa una mierda. Me lo voy a comer igual.
Me recosté de nuevo. Cerré los ojos. Sentí su lengua retomar exactamente donde lo había dejado, con más determinación que antes. Me abrió los labios del coño con dos dedos y empezó a chuparme el clítoris con la boca entera, succionándolo, soltándolo, dibujando círculos con la punta de la lengua. Me metió un dedo, después dos, buscando ese punto que él conoce mejor que yo. Los curvó hacia arriba y presionó ahí, sin dejar de comerme por fuera.
—Joder, Marcos —jadeé—. Joder, joder, no pares.
Me olvidé del período, de las sábanas, de todo lo que había estado dando vueltas en mi cabeza durante la última semana. Solo estaba su lengua, sus dedos entrando y saliendo con un sonido húmedo obsceno, y ese calor subiéndome desde los muslos hasta el vientre.
—Marcos —dije cuando sentí que el calor se acumulaba sin remedio—. Marcos, me corro, me corro.
—Córrete en mi boca —masculló contra mi coño—. Vamos.
Llegué al orgasmo con las manos aferradas a su cabello y las caderas moviéndose sin que yo pudiera hacer nada al respecto, empujando el coño contra su cara, mientras él seguía chupando y metiendo los dedos hasta el fondo. Fue de esos orgasmos que no avisan con anticipación, que te sacuden desde adentro y te dejan temblando con las piernas abiertas y el corazón golpeándote las costillas.
Cuando abrí los ojos, él me miraba desde abajo con una expresión que mezclaba satisfacción con algo ligeramente travieso.
—Tienes cara de payaso —le dije.
Se pasó el dorso de la mano por la boca y miró lo que quedó en él. Luego me miró a mí.
—Me lo pones difícil para ofenderme —respondió.
Solté una carcajada. Él también.
***
Lo que siguió fue diferente a otras veces, no en la mecánica sino en el tono. Había algo más directo, más sin filtros. Como si los siete días de ausencia y la pequeña sorpresa que se había encontrado hubieran quitado lo poco que quedaba de protocolo entre nosotros.
Le empujé el hombro para que se tumbara de espaldas. Le agarré la polla con la mano, dura y gruesa contra la palma, y me incliné para chupársela. Le lamí la punta primero, saboreando el líquido que había ido acumulando, y después me la metí entera en la boca. La sentí golpear el fondo de la garganta y a Marcos gemir con una mano en mi nuca.
—Así —dijo—. Joder, así.
Le hice una mamada lenta, subiendo y bajando, dejando que la saliva le corriera por el tronco hasta los cojones. Le agarré los huevos con la otra mano y se los apreté suave mientras seguía chupándole la verga hasta el fondo. Cuando levanté la vista, tenía los ojos cerrados y la boca abierta.
—Para —jadeó—. Para que me corro.
Me subí encima cuando ya estaba listo. Le agarré la polla, la puse en la entrada de mi coño y me deslicé despacio. Lo sentí llenarme centímetro a centímetro. Noté el contraste entre la presión y el calor, entre la incomodidad inicial y el placer que la reemplaza casi de inmediato. Cuando lo tuve entero dentro, apoyé las manos en su pecho y me quedé un momento así, sintiéndolo latir dentro de mí.
—Estás apretadísima —masculló—. La puta madre.
Empecé a moverme. Al principio arriba y abajo, después con círculos de cadera, restregándome el clítoris contra el hueso de su pubis en cada bajada. Me arqueé hacia atrás para que la polla me tocara ese punto de dentro, y cerré los ojos.
—Más despacio —dijo.
—No quiero despacio.
—Te lo digo en serio.
—Marcos.
—¿Qué?
—Cállate y déjame follarte.
Me tomó por las caderas con las dos manos y me dejó llevar el ritmo, aunque sus dedos marcaban cuándo frenar y cuándo acelerar. Ese equilibrio entre ceder el control y mantenerlo es algo que nos llevó tiempo aprender juntos. Empecé a botar sobre él con más fuerza, mis tetas rebotando delante de su cara. Me agarró una y se la metió a la boca sin dejar de embestir desde abajo, chupándome el pezón mientras subía las caderas contra las mías.
El segundo orgasmo llegó antes de que él llegara al primero. Sentí las contracciones sacudiéndome de adentro hacia afuera, mi coño apretándose alrededor de su polla, mientras me inclinaba sobre su pecho y apoyaba la frente contra su hombro. Se me escapó un grito ahogado contra su piel.
—Eso es —jadeó—. Córrete otra vez en mi polla.
—Espera —dije entre respiraciones—. Dame un momento.
—Todo el tiempo que necesites.
Le di menos de un minuto. Luego me levanté, sentí su verga salir de mí resbaladiza y brillante, me giré y me puse en cuatro patas sobre la cama. Miré por encima del hombro. Escuché a Marcos moverse detrás de mí y sentí sus manos abrirme las nalgas para mirarme el coño de cerca.
—¿Segura? —preguntó.
—Sí. Métemela hasta el fondo.
Sentí la punta pasando por la raja, buscando la entrada, y después la presión firme entrando de golpe hasta el fondo. Gemí contra la almohada. Fue despacio al principio. Sus manos sobre mis caderas eran firmes, sin brusquedad. Salió casi entera y volvió a entrar hasta chocar contra el fondo. Otra vez. Otra. Cuando llegamos hasta ese punto es porque los dos estamos en un lugar donde las palabras dejan de ser necesarias y lo que importa es el contacto, la proximidad, el peso de otro cuerpo contra el tuyo, el sonido de la carne golpeando la carne.
—Así, Marcos —jadeé con la cara contra la almohada—. Más fuerte. Fóllame más fuerte.
Aceleró. Sus caderas empezaron a estrellarse contra mi culo con un ritmo cada vez más brutal. Sentí una de sus manos subir por mi espalda, agarrarme del pelo y tirar suave hacia atrás, obligándome a arquear la espalda. La otra mano bajó y me buscó el clítoris, frotándomelo con dos dedos al mismo compás que sus embestidas. Gemí contra la almohada. Él también hizo ruido, que es una de las cosas de Marcos que más me gustan: que no pretende estar más calmado de lo que está. Cada vez que entraba hasta el fondo soltaba un gruñido ronco, y yo me apretaba alrededor suyo cada vez más.
—Me voy a correr —jadeó—. Dime dónde.
—Dentro. Dentro. Dentro.
Cuando finalmente llegó, lo sentí desde muy cerca, con su frente apoyada entre mis omóplatos y las manos aferradas a mis caderas. Le noté la polla hinchándose una última vez y después las contracciones, el chorro caliente derramándose dentro de mí mientras seguía empujando con embestidas cortas y profundas hasta vaciarse entero.
***
Nos quedamos quietos un rato. La ventana estaba entreabierta y el ruido de la calle de noche se colaba en el cuarto. Me tumbé de lado y Marcos se acomodó detrás de mí. Sentí su semilla resbalándome por el interior del muslo, mezclada con lo demás.
Miré las sábanas. Estaban manchadas. Me pregunté por un momento qué iba a hacer con ellas.
—¿Estás bien? —preguntó Marcos.
—Estoy muy bien, de hecho.
—¿Cuándo ibas a decirme lo del período?
Me reí.
—Probablemente nunca.
—Entendible.
—¿Te molestó?
Se tomó un momento. Con Marcos los silencios significan que está pensando de verdad, no que está buscando la respuesta correcta.
—No —dijo—. Para nada. Me la habría comido igual mañana, y pasado, y todos los días de la semana.
Le giré para mirarlo de frente. Tenía todavía algo de rojo en la mandíbula. Parecía perfectamente en paz con eso.
—Eres raro —le dije.
—Lo tomo como un cumplido.
***
No dormimos hasta bastante tarde. Marcos me preguntó si quería continuar, y no lo dije en voz alta pero lo quería. Lo agarré de la polla, que ya empezaba a hincharse otra vez contra mi mano, y lo miré a los ojos mientras se la meneaba despacio. En pocos minutos la tenía dura otra vez, marcada en la palma.
Esta segunda vez fue completamente diferente: de frente, despacio, sin ninguna urgencia. Me abrió las piernas con las rodillas y se metió dentro de mí de un empujón lento, y me miró todo el tiempo mientras se acomodaba encima. El tipo de sexo que no es solo sexo. El que lleva dentro algo difícil de nombrar sin que suene cursi.
Sus ojos sobre los míos durante todo el tiempo. Mis piernas alrededor de su cintura, apretándolo para que no saliera. Sus manos sosteniendo mi cara en algún momento, y en otro hundiéndose en la almohada junto a mi cabeza. Me gustó sentir su peso. Me había olvidado de lo mucho que me gustaba sentir su peso encima, aplastándome un poco contra el colchón mientras entraba y salía con un ritmo pausado y hondo. Nuestras bocas se buscaban entre embestida y embestida. Sentía su pubis restregarme el clítoris en cada bajada, y las manos se me iban solas a su culo para tirarlo hacia mí, más hondo, más adentro.
—Te amo —le dije en algún punto, sin pensarlo demasiado.
—Yo también te amo —respondió, y aceleró apenas, como si esas palabras lo hubieran encendido un poco más. Bajó la boca a mi cuello y me mordió justo debajo de la oreja mientras seguía cogiéndome con esa cadencia lenta y profunda.
Llegué la tercera vez sin gritos, sin movimientos bruscos. Fue como una marea, lenta y completa, subiendo desde el vientre hasta la garganta. Me apreté alrededor de su polla en oleadas largas mientras le clavaba las uñas en la espalda. Lo sentí seguirme poco después, con la cara hundida en mi cuello, gimiendo bajito mientras se vaciaba dentro por segunda vez esa noche, y se quedó dentro hasta que su respiración volvió a la normalidad.
Las sábanas, para ese punto, estaban completamente arruinadas.
—Mañana las lavo yo —ofreció Marcos.
—Mañana las tiramos directamente.
Se rió. Yo también.
***
Eran pasadas las dos de la mañana cuando apagamos la luz. Me quedé un rato despierta escuchando su respiración pausada, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío.
Hay semanas en las que la vida es simplemente semanas: trabajo, compromisos, una lista que nunca se termina. Y luego hay noches así, que no se anuncian con anticipación y que recalibran todo lo demás sin pedir permiso.
No sé si lo del período cambió algo en lo que pasó esa noche o si simplemente fue la suma de siete días de ausencia. Probablemente fue las dos cosas. Lo que sí sé es que cuando Marcos me rodeó con el brazo y me acerqué contra su pecho, pensé que hay maneras de estar con alguien que van más allá de lo cómodo y lo planeado.
Que el deseo, cuando es real, no distingue entre circunstancias convenientes e inconvenientes.
Y que siete días de ausencia son exactamente los suficientes para recordarle a una que lo que tiene en casa vale la pena.