La confesión de madrugada que lo cambió todo
Tengo veintiséis años y llevo cuatro con Diego. Nos conocimos cuando él trabajaba de camarero en un bar del barrio y yo tenía que pasar por ahí casi todos los días. Durante semanas él fingió que no me miraba y yo fingí lo mismo. Un martes por la mañana puso un café en el mostrador sin que yo lo pidiera y dijo que era cortesía de la casa. Era mentira, se lo cobraron del sueldo. Desde entonces, lo demás fue natural.
Soy morena, de pelo negro liso hasta los hombros, con caderas anchas, tetas grandes que llenan la mano y un culo que hace girar cabezas cuando camino. No lo digo con vanidad sino porque tiene relevancia para lo que voy a contar. Diego lleva cuatro años diciéndome que soy lo mejor que le ha pasado y, aunque no me fío demasiado de los hombres que hablan así, con él sí me lo creo. Nos mudamos juntos hace dos años. La convivencia no nos arruinó, que es exactamente lo que todo el mundo predice que va a pasar.
En la cama, Diego manda. Y eso es lo que yo quiero. Me gusta sentir su mano en el pelo cuando menos me lo espero, tirando fuerte hasta que se me humedecen los ojos. Me gustan las palmadas en el culo en el momento justo, el pellizco en el pezón que duele un segundo y luego me hace apretar el coño. Me gusta cuando me agarra por el cuello mientras me folla por detrás y me susurra guarradas al oído. Esa dinámica existe entre nosotros desde el principio y ninguno de los dos la discutió nunca porque ninguno la necesitaba discutir.
Pero si hay una sola cosa que me define sexualmente, es el sexo oral. Me encanta mamar polla. Desde adolescente tuve fama de eso en mi grupo, y no me molesta reconocerlo. Con Diego lo hago casi a diario, no por obligación sino porque me sale solo. Si llega tenso del trabajo, no hace falta que diga nada. Me arrodillo, le abro el pantalón, le saco la verga y me la meto entera hasta la garganta. En diez minutos ya tiene otra cara y yo tengo la boca llena de su corrida. Me gusta tragármela caliente, sentirla bajar espesa mientras él me mira desde arriba con esa cara de vencido. Es la forma más directa que conozco de conectar con alguien, y con él más que con nadie.
Llevamos cuatro años juntos y en ese tiempo hemos follado en la playa con la arena metiéndose en todos lados, en el coche con las ventanillas empañadas, en el baño de un restaurante donde tuve que morderme la mano para no gritar mientras él me embestía contra el lavabo, con disfraces, con roleplays donde yo interpretaba a su secretaria a la que él follaba sobre el escritorio o a la vecina que venía a pedir azúcar y terminaba de rodillas. Casi todo lo que Diego proponía yo lo aceptaba, y casi todo terminaba gustándome. Pero había una cosa que llevaba tiempo dando vueltas en mi cabeza y que nunca había dicho en voz alta porque me parecía demasiado.
***
La conversación que lo cambió todo ocurrió un martes por la madrugada. Ninguno de los dos dormía. Diego miraba el techo y yo tenía el teléfono en la mano sin leer nada. En un momento se giró hacia mí.
—¿Sabes que nunca te he preguntado si tienes alguna fantasía tuya? —dijo.
—¿A qué viene eso ahora?
—Es que siempre propongo yo. Tú cumples las mías sin chistar, pero yo nunca te he preguntado qué quieres tú.
Tenía razón. Diego proponía y yo aceptaba. Pero había algo que llevaba meses guardándome y que nunca había dicho en voz alta porque me parecía demasiado absurdo.
—Tengo una —admití—. Pero es bastante loca.
—Cuéntame.
—Ya sabes que me encanta chupar pollas. Pues siempre he tenido curiosidad por lo que sería un bukkake. Varios tíos alrededor, yo de rodillas, la boca abierta, y ellos corriéndose en mi cara uno detrás de otro. Es algo que tengo en la cabeza desde hace tiempo, no sé bien desde cuándo.
Diego no dijo nada durante varios segundos. Luego soltó una carcajada corta, sin burla.
—No lo esperaba —dijo.
—Ya te dije que era loca. Olvídalo.
—No, espera. ¿Con cuántos lo imaginas?
Me reí un poco, incómoda de repente.
—En la fantasía son ocho o diez pollas alrededor mío. Pero si alguna vez lo hiciera de verdad, empezaría con menos. Con cinco o seis, para ver cómo me sale.
—Eres más puta de lo que pareces —dijo, y en su voz había algo que no era exactamente burla. Sentí un tirón en el bajo vientre al oírlo.
—No te rías de mí.
—No me río, te lo juro. Se me está poniendo dura de imaginártelo. ¿Tienes alguna otra?
—No. Con esa tengo suficiente por ahora.
Metí la mano bajo las sábanas y comprobé que no mentía: la tenía dura como una piedra. Se la agarré, se la moví despacio unas cuantas veces y me arrodillé sobre el colchón. Le bajé el bóxer, saqué la polla al aire y me la metí en la boca sin decir nada más. La chupé pensando en lo que acababa de confesar, imaginando seis vergas alrededor mientras la de Diego se hinchaba entre mis labios. Él me puso la mano en la nuca y me marcó el ritmo. Se corrió en menos de cinco minutos, entre gemidos apretados, y yo me tragué hasta la última gota. Después me quedé dormida antes que él, con el sabor todavía en la lengua. Al día siguiente el tema no volvió a aparecer. Pasó una semana, luego otra. Lo olvidé completamente.
***
Volvíamos de hacer compras un sábado por la tarde. Llevábamos bolsas en el asiento trasero, yo iba con la ventanilla a medias mirando pasar la calle, y en un momento noté que Diego giraba en una dirección que no era la nuestra.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
No contestó. Entró en el aparcamiento de un motel que yo conocía de vista pero al que nunca había entrado. Paró el motor y se giró hacia mí con una expresión que no supe leer del todo.
—Hace dos semanas me contaste una fantasía —dijo.
Se me helaron las manos.
—Diego...
—Arriba hay seis hombres esperando con la polla dura para ti. Lo organicé todo desde aquella noche.
El silencio duró unos segundos. Yo lo miraba sin saber si reírme o echarme a temblar. Sentí cómo se me humedecían las bragas al instante.
—¿Hablas en serio?
—Completamente. Los elegí yo. Todos me pasaron análisis médicos recientes. Saben que cuando tú digas para, se para. Tú decides quién se corre en tu boca y quién en tu cara. Tú decides.
Sentí el corazón acelerado y el coño palpitando. Era exactamente lo que había imaginado en aquella madrugada de insomnio, pero tenerlo a tres pisos de distancia era completamente diferente a imaginarlo.
—¿Y tú? —le pregunté.
—También participo. Son siete pollas en total. La última que se corre en tu boca soy yo.
No pensé más.
—Vamos —dije.
Le di un beso largo, con lengua, mordiéndole el labio. Le apreté el bulto por encima del pantalón y noté que ya estaba duro. Bajamos del coche.
***
Subimos las escaleras sin hablar. Diego abrió la puerta de la habitación y yo entré detrás de él. Había seis hombres distribuidos por el cuarto, algunos sentados en el borde de la cama, otros de pie cerca de la ventana. Cuando entramos, todos se callaron. Todos me miraron de arriba abajo, sin disimulo, como se mira a la mujer que van a follar.
—Ella es Valeria —dijo Diego—. Ya sabéis las reglas.
Me pasó una bolsa. Dentro había lencería negra que habíamos comprado esa misma tarde sin que yo supiera para qué: un sujetador de encaje que dejaba los pezones al aire y unas bragas de tanga que apenas cubrían nada. Lo había planeado todo con días de antelación, y yo sin enterarme de nada.
Fui al baño. Me desnudé despacio, me miré en el espejo un momento y me puse lo que había en la bolsa. Era poca tela. Los pezones se me marcaban duros por el encaje, el tanga se me metía entre los labios del coño ya empapado. Respiré hondo una vez, solté el aire despacio, y abrí la puerta.
El ambiente había cambiado. Seis pares de ojos, más los de Diego desde un lateral, todos fijos en mí, en mis tetas al aire, en el triángulo húmedo entre las piernas. Me acerqué lentamente. Empezaron a rodearme sin que nadie lo dijera, como si fuera algo ensayado. Manos en la cintura, en la cadera, en los hombros, en el culo. Alguien me pellizcó un pezón por detrás del sujetador y me arqueé sin quererlo. Otra mano se me metió entre las piernas por debajo del tanga y encontró el coño mojado. Un dedo me entró hasta el fondo y me hizo gemir. Me besé con Diego mientras esa mano seguía trabajándome por detrás, y otras dos me acariciaban las tetas por delante. Se fueron desnudando uno a uno. Iban sacando las pollas y todas estaban ya duras, gruesas, apuntándome. Conté siete vergas de tamaños distintos, algunas circuncidadas, otras no, todas rígidas.
Cuando el último terminó, Diego me puso una mano suave en el hombro. Me arrodillé despacio, con los muslos separados, sabiendo que se me veía todo por detrás.
Empecé por el que tenía más cerca, un hombre alto con el torso ancho y una polla larga y curva, y me la metí sin dudar. La lamí primero desde los huevos hasta la punta, lentamente, mirándolo a los ojos, y luego me la tragué entera. La sentí golpearme el fondo de la garganta y me quedé ahí, respirando por la nariz, hasta que él me apretó el hombro. La saqué con un hilo de saliva colgando y pasé a la siguiente sin soltar la primera: agarré las dos con las manos y las alterné, chupando una mientras masturbaba la otra, cambiando cada pocos segundos. Alguien me acariciaba el pelo desde atrás y otro me apretaba las tetas por debajo, pellizcándome los pezones hasta hacerme jadear con la boca llena.
Fui pasando por las siete. A cada uno le dediqué su tiempo: a uno le comí los huevos mientras le masturbaba la polla con las dos manos; a otro me lo tragué hasta ahogarme, notando cómo se me llenaban los ojos de lágrimas; a un tercero se la chupé de lado, dejándome un hilo de baba por la barbilla. Diego, en algún momento, se puso detrás de mí, me agarró la cabeza con las dos manos y me la metió hasta el fondo sin avisar. Me la clavó una y otra vez follándome la garganta con embestidas cortas y secas hasta que me faltó el aire. Me quedé así, con la nariz pegada a su vientre, hasta que él decidió soltarme. Cuando salió, tosí, jadeé, y una hebra larga de saliva me cayó entre las tetas. Era su forma de recordarme que también mandaba él.
Fui cambiando de uno a otro sin prisa. El ritmo lo ponía yo, la intensidad la ponían ellos. Alguien me metió dos dedos en el coño por detrás y me los movió al mismo ritmo que yo mamaba, otro me abría los cachetes del culo y me pasaba el pulgar por el ojete. Me tocaban por todas partes mientras yo trabajaba con la boca, y en algún momento me corrí sin que nadie me lo pidiera, apretando el coño contra la mano que tenía entre las piernas. Grité con una polla dentro de la boca. Y me corrí otra vez pocos minutos después, esta vez con dos dedos dentro y un pulgar frotándome el clítoris.
Llevábamos cuarenta minutos cuando el primero llegó al límite. Los demás lo vieron y se organizaron solos, formaron un semicírculo delante de mí, con las pollas en la mano, masturbándose sin dejar de mirarme. Yo abrí la boca, saqué la lengua, cerré los ojos un segundo y volví a abrirlos. Pasaron uno a uno. El primero se corrió con un gruñido y me disparó tres chorros gruesos: uno me cayó en la lengua, otro en la mejilla, el tercero me resbaló por la barbilla hasta el pecho. El segundo se corrió dentro de la boca directamente y me tragué todo lo que pude sin cerrar los labios. El tercero me apuntó a la cara y me dejó los ojos, la frente y la nariz llenos de semen espeso. El cuarto quiso mi lengua. El quinto se la meneó apoyándose en mis tetas y se corrió entre ellas y encima del cuello. El sexto me pidió abrir bien y disparó dentro. El séptimo fue Diego. Se acercó despacio, me tomó de la mandíbula con una mano, me miró desde arriba, y se la meneó justo delante de mis labios hasta que me llenó la boca entera. Se le escapó un chorro que me cayó por la comisura. Cuando terminó me miró desde arriba con una expresión que no era solo satisfacción. Era orgullo.
Recogí con los dedos lo que quedaba en la cara, en los pezones, en el cuello, y me lo tragué todo despacio, mirándolos uno a uno mientras me lamía los dedos. Luego fui al baño a ducharme, sintiendo cómo el semen se me escurría por dentro de los muslos mientras caminaba.
***
Cuando salí, esta vez sin ropa, el ambiente había bajado de intensidad pero no había desaparecido del todo. Hablaban entre ellos en voz baja. Diego me rodeó con un brazo por la espalda y me mordió el cuello suavemente mientras me apretaba una teta con la otra mano. Alguien dijo algo y todos se rieron. Yo también, aunque no había oído bien qué.
Me quedé otra media hora. Otras dos rondas. En la primera me tumbaron boca arriba sobre la cama y me repartieron: uno en la boca, otro en cada mano, y los demás esperando turno, meneándose. En la segunda me pusieron de rodillas otra vez y les pedí que no se corrieran hasta que yo lo dijera, que aguantaran, apretando la base de la polla si hacía falta, hasta que yo abriera la boca. Los provoqué. Los chupé lento, les hacía parar justo antes de que se corrieran, los soltaba, los volvía a agarrar. Cuatro de los siete pudieron aguantar. Cuando les di la señal, se corrieron todos casi a la vez, uno detrás de otro, en mi boca abierta y en mi lengua sacada.
Me lo tragué todo despacio, mirándolos uno a uno.
Cuando bajamos al aparcamiento, la noche afuera estaba fría y quieta. Diego me pasó el brazo por los hombros mientras caminábamos hacia el coche.
—¿Y? —preguntó.
—Superó todo lo que había imaginado —dije con honestidad—. Me duele un poco la mandíbula.
Se rió. Yo también. Fuimos a cenar a un sitio abierto a esa hora y comí como si llevara días sin hacerlo. De camino a casa hablamos de lo que había pasado, de lo que él había visto desde su ángulo, de lo que yo había sentido desde el mío. Era una conversación rara y completamente normal al mismo tiempo.
—¿Cuándo fue la última vez que hablamos así después de hacer algo? —preguntó Diego en un semáforo.
—Nunca —dije.
—Exacto.
***
Tres semanas después, volvíamos del cine cuando Diego tomó un desvío que ya reconocí sin necesidad de preguntar. Esta vez no me sorprendí, me emocioné. Se me mojaron las bragas antes de llegar al aparcamiento.
—¿Cuántos? —pregunté antes de bajar del coche.
—Sube y cuenta —respondió.
Conté doce pollas duras esperándome. Con Diego, trece.
Esa noche fue más larga e intensa en todo. Más de dos horas, tres rondas, y esta vez no fue solo la boca: dejé que dos me follaran mientras yo mamaba a un tercero, uno por delante metiéndomela hasta el fondo del coño y otro por detrás abriéndome el culo con paciencia. Me corrí tantas veces que perdí la cuenta. Terminé con la cara empapada, las tetas cubiertas, el coño chorreando y el culo goteando. Al final me quedé tumbada en la cama mirando el techo con los muslos abiertos y el semen resbalándome por todas partes, mientras los hombres se vestían a mi alrededor en silencio. Diego se sentó a mi lado y me pasó el dorso de la mano por la mejilla, apartándome una gota espesa.
—¿Quieres que sigamos haciéndolo? —preguntó.
—Sí.
—¿Cambiarías algo la próxima vez?
Pensé durante un momento.
—Quiero que tú no estés.
Diego me miró.
—¿Por qué?
—Porque quiero ver qué pasa cuando no hay nadie que dé las reglas.
Hubo una pausa larga. Él asintió despacio, sin añadir nada más.
***
El tercer motel fue un mes después. Volvíamos del supermercado con el coche lleno de bolsas cuando Diego giró hacia el aparcamiento de siempre y paró el motor. Me miró.
—Esta vez no subo. Tengo que llevar las cosas a casa. Vuelvo en tres horas.
Yo lo miré.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Me dio un beso largo, con una mano en mi nuca, como si quisiera que me quedara grabado. Luego arrancó en cuanto cerré la puerta del coche.
Subí sola al cuarto.
Lo que pasó esa noche es otra historia. Una que todavía no he decidido si voy a contar.