Me confieso: el día que un mirón me descubrió
Cuando una relación arranca de verdad, no quieres separarte de esa persona ni un minuto. La pasión te desborda, no te cansas de buscarle la boca, las manos, la voz. Creo que todos guardamos un puñado de momentos así, de esos que rememoramos en silencio cuando estamos solos y necesitamos un empujón. Lo que voy a contar es uno de los míos, y cada vez que lo recuerdo, vuelvo a mojarme como aquella tarde.
Adrián y yo llevábamos pocos meses saliendo, pero los habíamos vivido a un ritmo bastante intenso. El problema fue que todo coincidió: yo me marché casi tres semanas a un viaje familiar fuera del país, y él estaba metido hasta las cejas terminando la tesina y haciendo turnos de noche en el restaurante donde trabajaba. Cuando volví, llevábamos un mes sin tocarnos, y ya no se trataba sólo de echarle de menos. Tenía el cuerpo en huelga.
Quedamos un viernes por la tarde. La idea era tomar un café, pasear y luego dejarlo en su trabajo. Inocente de mí. En cuanto bajó al portal y me besó apoyado contra la puerta del coche, supe que no íbamos a llegar a ningún café. Su lengua me lo dejó claro antes que sus palabras.
—¿Cuánto te queda hasta el turno? —pregunté con la voz ya temblando un poco.
—Tres horas —dijo, mordiéndome el labio inferior—. Y no pienso quedarme con las ganas.
Arranqué sin tener un destino claro. Conocía aquella zona porque vivía cerca, pero conducir con Adrián metiéndome la mano por debajo de la falda no era exactamente lo más seguro. Empezó por encima de la ropa, acariciándome el muslo, presionando con dos dedos donde sabía que más me costaba aguantar. Después se coló bajo el tanga y me rozó el clítoris justo cuando yo entraba en una rotonda.
—Para —murmuré, casi sin aire.
—No.
Me reí sin querer reírme. Apreté las manos en el volante y busqué una salida, una cualquiera. Acabé en una carretera secundaria que subía hacia un bosquecillo. No había estado nunca, pero vi indicaciones de un mirador y tomé el desvío. Aparqué en una explanada vacía, a la sombra de unos pinos. No se oía nada, sólo el motor enfriándose y mi propia respiración entrecortada.
—Sal —me ordenó, y por una vez no obedecí porque quisiera, sino porque ya no podía estar quieta.
Me cogió de la mano y me llevó por un camino estrecho entre los árboles. Llegamos a un pequeño mirador con dos bancos de piedra y la vista del valle abriéndose a lo lejos. Estaba completamente vacío. Adrián se sentó en uno de los bancos, me agarró por las caderas y me sentó a horcajadas encima de él.
Me lancé a besarlo y, como sabía hacer, se apartó justo cuando yo profundizaba el beso. Soltó una risa baja contra mi cuello.
—Mira que eres ansiosa.
—Y tú un cabrón —le dije, intentando volver a su boca.
Aguantó así un rato, dejándome que me frotara contra su bulto y apartándose cada vez que mi lengua buscaba la suya. Me estaba volviendo loca. Cuando por fin me besó en serio, fue con tanta hambre que tuve que apoyar las manos en sus hombros para no perder el equilibrio. Una de sus manos se metió bajo mi top, otra se enredó en mi pelo. Yo movía las caderas adelante y atrás, sintiéndolo crecer debajo de mí, sin importarme ya que no estuviéramos en un sitio para esto.
***
—Levántate un momento —dijo, y me sentó de nuevo a su lado.
Antes de que pudiera protestar, me abrió las piernas con una mano y, con la otra, se coló por dentro del pantalón. Me bajó el tanga lo justo para encontrarme, pasó dos dedos por encima del clítoris en círculos lentos y luego los hundió. Solté un gemido demasiado alto. Se rió.
—Calladita —susurró, y me tapó la boca con la mano libre—. No estamos solos en el mundo.
Sus dedos entraban y salían con un ritmo cada vez más rápido, arqueándose dentro de mí, tocando ese punto exacto que él se sabía de memoria. Yo gemía contra su palma, intentando que no se me escapara nada por los costados. Tenía los ojos cerrados, las piernas tensas y la sensación de que iba a correrme en cualquier momento.
Y entonces redujo la velocidad de golpe.
—¿Qué haces? —protesté contra su mano.
Él no contestó. Movió un poco la cabeza para que yo siguiera la dirección de su mirada y, justo después, oí los pasos. Por el mismo camino por el que habíamos llegado venía un hombre. Llevaba ropa de andar, una mochila pequeña y bastones. Caminaba lento. Iba a pasar a no más de cinco metros de nosotros.
Lo lógico habría sido apartar la mano de mi entrepierna. Adrián no la apartó. La dejó dentro, quieta, sus dedos clavados en mí mientras el hombre se acercaba. Y yo, que tendría que haberme muerto de vergüenza, sentí cómo se me dispararon las pulsaciones.
El hombre nos miró. No fue una mirada larga, pero tampoco fue una mirada inocente. Sabía perfectamente lo que estaba viendo: una pareja medio enredada en un banco apartado, mi falda subida más de lo decente, la mano de mi novio desaparecida entre mi ropa. Bajó la vista, siguió caminando, se perdió detrás de unos árboles.
—Te ha gustado —me susurró Adrián al oído cuando dejamos de oír sus pasos.
No pude negarlo. Mis caderas se habían movido sin permiso mientras el desconocido pasaba.
—Sigue —fue lo único que conseguí decir.
Volvió a moverse dentro de mí, ahora más rápido, sin la pausa anterior. Me corrí a los pocos minutos, ahogando los gemidos en su boca, apretando los muslos contra su mano para que no parara hasta que el último temblor se fuera apagando.
***
No me dio tiempo a recuperarme. Antes de que pudiera respirar, ya estaba arrodillada en la tierra entre sus piernas, levantando la mirada para suplicarle sin palabras lo único que ya quería: que me dejara hacérsela. Era una dinámica nuestra, una en la que yo me transformaba en otra cosa, en una versión mía que sólo le pertenecía a él. Necesitaba pedirlo, necesitaba que él me concediera el permiso.
—Sácamela —dijo, y se reclinó hacia atrás.
Le desabroché el pantalón con torpeza, ansiosa. Cuando la tuve frente a la cara, me lancé sin preámbulos. La quería entera, hasta el fondo. Adrián siempre me decía que mamarle la polla me cambiaba la mirada, que se me ponía cara de zorrita necesitada. Aquella tarde se la puse de inmediato.
Empecé despacio, lamiéndola desde la base hasta el glande, con la mano cerrándose alrededor para masajearle a la vez. Lo miré a los ojos sin parar. Él me sostenía la mirada, jadeando, mientras yo sentía cómo se le tensaba todo el cuerpo. Cuando aceleré el ritmo y me la tragué hasta la garganta, su mano izquierda se hundió en mi pelo. La derecha se quedó apretada al borde del banco.
—Más rápido —murmuró.
Obedecí. Subí y bajé la cabeza al ritmo que él marcaba con su mano, dejando que me la metiera todo lo que quisiera, aguantando las arcadas, dejando que la saliva me chorreara por la barbilla. Cuando me la sacaba para respirar, me golpeaba con ella las mejillas, los labios, y volvía a embestir. Yo flotaba en algún lugar donde ya no me importaba nada.
Y entonces lo vi por el rabillo del ojo.
El mismo hombre. Volvía deshaciendo el camino. Aparté la cara un segundo, lo justo para confirmarlo, y le toqué el muslo a Adrián para que lo viera también. Adrián giró el cuello despacio, lo localizó, y en lugar de soltarme el pelo lo agarró más fuerte.
—Sigue —ordenó—. No pares.
Lo sentí en cada vértebra. El desconocido estaba pasando casi a nuestra espalda, ahora más cerca que antes, y yo no podía no saber que estaba viéndolo. Iba lento, calculadamente lento. Adrián, con su mano todavía en mi pelo, marcaba un ritmo que no permitía esconderse. Hubiera podido fingir cualquier cosa, pero no lo hicimos. Dejamos que viera.
Quizá fue la idea de aquel hombre mirándome, o quizá fue lo mucho que me ponía sentirme dueña de aquella polla, pero hice la mejor mamada de mi vida. Me la saqué de la boca para chuparle los huevos mientras le hacía una paja. Volví a tragarla. Le pasé la lengua por el glande tan despacio que se le escapó un gruñido. El desconocido seguía allí, en el límite de mi visión, antes de perderse otra vez entre los árboles.
Sólo cuando estuve segura de que ya no podía vernos, sentí cómo el cuerpo de Adrián cambiaba debajo de mí. Su mano apretó más, su respiración se cortó.
—Me corro —avisó.
Me la sacó de la boca y empezó a moverse él mismo, frenético. Yo me dejé caer la cara contra él, con la boca abierta, esperando. El primer chorro me alcanzó la mejilla. El segundo cayó cerca de los labios. El tercero volvió a salpicarme la piel. Cuando ya no le quedaba presión, me la metió otra vez en la boca para que terminara de limpiarla, y yo lo hice despacio, recreándome en el sabor. Después recogí con los dedos lo que tenía en la cara y me lo llevé también a la lengua.
—Joder —murmuró él, mirándome como si quisiera comerme entera—. Eres lo más.
***
Volvimos al coche en silencio. No el silencio incómodo, sino el otro: ese en el que no hace falta decir nada porque los dos saben que no han terminado. Abrió la puerta trasera y, antes de que yo entrara, me empujó dentro con un poco más de fuerza de la necesaria. Me gustó. Me gustó cómo me caía sobre el asiento, cómo me arrancaba el top sin paciencia, cómo me bajaba la falda y el tanga de un tirón.
Él se desnudó después. Se subió encima, me besó con un cariño que no encajaba con cómo me había tratado dos minutos antes, y sin avisar entró de golpe.
El gemido que solté lo silenció con la boca. Estaba tan empapada que apenas notó resistencia. Mis piernas se cerraron alrededor de su cadera, intentando acercarlo más, profundizar más. Él me besaba mientras me embestía, los dos sudando, los cristales empezando a empañarse. Le notaba dentro hasta un punto que casi dolía y que sin embargo era exactamente lo que quería.
—Súbete las piernas —dijo, y él mismo me las levantó hasta apoyarlas en sus hombros.
Cuando volvió a embestir, sentí que llegaba a un sitio nuevo. Dentro del coche se oía el chasquido de su pelvis chocando contra mí, el rebote de los muelles, mi voz a medio camino entre el grito y el jadeo. Me agarré del reposacabezas para aguantar.
—Eres una zorrita —me dijo en la oreja, con esa voz baja que sabía que me ponía—. Mi zorrita. Necesitada y desesperada.
Me corrí ahí mismo. Lo apreté con todo lo que tenía dentro y le mordí el hombro para no gritar tan alto. Él no paró. Aprovechó mi orgasmo para girarme, tirar de mí hacia arriba y sentarme encima.
—Cabálgame —pidió, y empezó a embestirme desde abajo antes de que yo pudiera moverme.
Me agarré a la manija de la puerta para no caerme. Adrián me follaba a un ritmo que no tenía sentido, que no podía durar, y que sin embargo no se interrumpía. Yo no llegué a bajar del primer orgasmo antes de empezar el segundo. Sentía el placer como una línea continua, como si en lugar de subir y bajar simplemente se hubiera quedado encendido.
—No puedo —jadeé—. No puedo más.
—Sí puedes.
Y podía. Me corrí otra vez encima de él, ahogando los gritos en su boca para que no se oyeran fuera del coche. Sólo entonces él me sacó de encima con cuidado, me tumbó de medio lado y se corrió sobre mi vientre y mi cadera con un gruñido largo. Caímos pegados el uno al otro, sudados, pegajosos, sin aire.
***
Tardamos un buen rato en recomponernos. Cuando por fin pude moverme, hice lo que él sabía que iba a hacer sin que me lo pidiera. Me bajé del asiento, me arrodillé entre sus piernas y empecé a lamerle la polla otra vez, despacio, sin la urgencia de antes. No buscaba que se corriera. Buscaba que me dejara seguir allí, recostado contra el respaldo, sintiendo mi boca como quien siente una caricia. Le encantaba descansar así, con la confirmación de que yo seguía dispuesta para él aunque ya hubiéramos terminado.
Pasamos así unos minutos. Yo conocía aquella polla mejor que cualquier otra cosa de mi vida: la curva, el peso, los puntos donde apretar la lengua y los puntos donde sólo había que rozar. Le acariciaba los testículos, lo metía hasta donde podía, lo sacaba para lamerle el glande. Él me miraba desde arriba con los ojos a medio cerrar, y yo le sostenía la mirada con la cara que sabía que le gustaba. Sumisa. Dispuesta. Suya.
Sólo paramos cuando un coche entró en la explanada y aparcó a unos metros del nuestro. Por la luz de los faros vimos cómo dos personas empezaban a bajarse. Reímos los dos a la vez. Me incorporé deprisa, recogí la ropa, me la puse de cualquier manera. Él hizo lo mismo, robándome algún beso en el cuello mientras yo intentaba abrocharme el sujetador con manos torpes.
—Llego tarde al curro —murmuró.
—No me importa —contesté.
Lo llevé. Llegó tarde. No le importó tampoco. Y cada vez que vuelvo a aquella zona del bosque, me cuesta no apartar el coche y comprobar si el banco sigue donde lo dejamos.