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Relatos Ardientes

El día que dejé el test sobre la mesa de la cocina

Lo supe antes de hacerme el test. Llevaba dos semanas notando algo distinto en el cuerpo, una sensibilidad nueva en los pechos y un cansancio que no se me iba con dormir nueve horas. Habíamos vuelto de Valencia hacía un mes, después de la luna de miel, y al principio achaqué todo al desfase del viaje y al primer empujón de proyectos acumulados en la oficina.

Pero esa mañana, frente al espejo del baño, me miré de reojo y supe que no era el cansancio.

Compré tres tests en la farmacia de la esquina. La farmacéutica me sonrió como si lo supiera, y yo bajé la vista mientras pagaba. En casa los abrí los tres a la vez, sobre la encimera de mármol del baño, y me senté en el suelo a esperar los tres minutos más largos de mi vida.

Las dos rayas aparecieron en el primero antes de que terminara la cuenta. En el segundo y el tercero también. Tres pares de rayas paralelas, idénticas, gritándome lo mismo desde la encimera.

Me eché a llorar sin saber muy bien por qué.

Lo siguiente fue planear cómo decírselo a Andrés. Pensé en envolver el test en papel de regalo, en escribirle una nota, en cocinar algo especial. Lo descarté todo. Mi marido vuelve a casa a las ocho cada tarde, deja las llaves en el cuenco de la entrada y me besa en la nuca antes de quitarse la corbata. Esa rutina nuestra es tan precisa que cualquier alteración le habría puesto sobre aviso.

Decidí no hacer nada. Decidí dejar el test sobre la mesa de la cocina, junto a las llaves, y esperar a ver cuánto tardaba en darse cuenta.

A las ocho menos cuarto se abrió la puerta. Escuché las llaves caer en el cuenco, los pasos por el pasillo, el ruido sordo del bolso al deslizarse del hombro. Me había sentado en el sofá del salón con un libro que no estaba leyendo, y el corazón se me había instalado en la garganta.

—¿Lucía? —su voz desde la cocina—. Lucía, ven aquí un momento.

Me levanté con las piernas como agua. Cuando aparecí en el umbral, Andrés estaba de pie junto a la mesa, sosteniendo el test entre dos dedos como si fuera algo frágil. No me miraba a mí. Miraba el palito de plástico, las dos rayas rosas, el resultado.

—¿Esto es…? —empezó.

—Sí.

Levantó la vista. Tenía los ojos brillantes, una sonrisa contenida en la comisura, esa expresión suya de incredulidad que pone cuando algo le emociona demasiado para procesarlo.

—¿Vamos a tener un hijo?

Asentí. No me salía la voz.

Y entonces, antes de que yo pudiera prepararme, antes de que pudiera decir algo coherente, Andrés dejó el test sobre la mesa, cruzó la cocina en dos pasos y me besó como si llevara años sin hacerlo.

No fue un beso de celebración. Fue un beso urgente, hambriento, con una mano detrás de mi cuello y la otra apretándome la cintura. Me empujó suavemente contra el marco de la puerta, y yo sentí cómo la madera se me clavaba en los omóplatos sin importarme en absoluto.

—Espera —murmuré contra su boca, sin convicción.

—No —dijo él, y volvió a besarme.

Me levantó del suelo con esa facilidad suya que siempre me sorprende. Enredé las piernas alrededor de su cintura mientras él me llevaba por el pasillo hacia el dormitorio. Por el camino chocó contra la mesita del recibidor, derribó el cuadro de la pared, y ninguno de los dos paramos a recogerlo.

Me dejó caer sobre la cama y se quedó quieto, mirándome desde arriba. La luz de la tarde entraba oblicua por la ventana, ese amarillo de otoño que tiñe todo de oro viejo. Yo tenía la blusa medio abierta, el pelo revuelto, la respiración entrecortada.

—Déjame mirarte —dijo.

Lo dejé.

Estuvo un minuto entero recorriéndome con los ojos, despacio, como si me estuviera viendo por primera vez. Después se inclinó y empezó a desabrocharme la blusa, botón a botón, deteniéndose en cada uno para besarme la piel que iba quedando al descubierto. La clavícula. El nacimiento del esternón. La curva interior del pecho izquierdo.

Que no pare nunca, pensé.

Le tiré del pelo para que subiera y volviera a besarme. Quería su boca otra vez, quería sentir el sabor del momento mezclado con el suyo. Andrés se rió bajito y me besó como yo le pedía, mientras sus manos terminaban de quitarme la blusa y luego buscaban el cierre del sujetador.

Lo desabrochó con dos dedos. Lo dejó caer al suelo.

Me ayudé yo a quitarme los pantalones, aunque me temblaban tanto las manos que tardé el doble. Andrés se desnudó también, sin teatro, mirándome todo el rato, y cuando volvió a mi lado lo hice tumbarse de espaldas y me acomodé sobre él. Quería sentirlo así, debajo, mirándome desde abajo con esa mezcla de adoración y deseo que me ha tenido enganchada desde el primer día.

Apoyó las dos manos abiertas sobre mi vientre liso. No se atrevía a apretar. Era como si tuviera miedo de tocar.

—¿Está ahí? —preguntó en voz baja.

—Está ahí.

Movió los pulgares en círculos lentos sobre la piel, y yo me incliné a besarlo con los ojos llenos de lágrimas. No supe en qué momento exacto me deslicé sobre él, ni cuándo él arqueó las caderas para encontrarme a medio camino. Solo sé que de repente estábamos unidos, y que él me sostenía por la cintura con una delicadeza nueva, y que yo me movía despacio, muy despacio, queriendo que ese momento durara horas.

—Más despacio —pidió, cerrando los ojos.

Le hice caso.

Nos miramos durante todo el acto, casi sin parpadear. Andrés decía cosas que nunca me había dicho, frases entrecortadas sobre lo que estábamos creando juntos, sobre lo que sentía en ese momento. Yo no podía contestar. Solo podía moverme, sentirlo dentro, saberlo padre.

Cuando me incliné hacia adelante para besarlo, él aprovechó para girarnos. Quedé de espaldas contra el colchón, y él se acomodó entre mis muslos sin salir de mí, apoyando los codos a ambos lados de mi cabeza. Me miró desde tan cerca que podía contarle las pestañas.

—Te quiero —dijo.

—Lo sé.

Empezó a moverse otra vez, más rápido ahora, con la respiración acelerada contra mi cuello. Yo le rodeé la espalda con los brazos y las caderas con las piernas, atrayéndolo más adentro cada vez. Cuando sentí que se acercaba, le mordí el hombro sin querer y él gimió contra mi oído un sonido grave que me terminó de empujar al borde.

Llegamos juntos. Casi nunca pasaba, pero esa tarde sí.

Se quedó dentro de mí mucho rato después, sin moverse, con la frente apoyada en mi clavícula. Sentí cómo le latía el corazón contra el mío, cómo nuestras respiraciones iban encontrando un mismo ritmo. Le acaricié la nuca con los dedos, despacio, mientras la luz de la tarde se iba apagando en la pared del fondo.

—Tenemos que comer algo —dije al rato, riéndome sin ganas reales de moverme.

—Después.

—Andrés…

—Después.

***

Cenamos a las once de la noche, en la cocina, los dos en pijama, el test todavía sobre la mesa entre las cosas que no habíamos recogido. Comimos lo primero que encontramos en la nevera y hablamos de todo a la vez: nombres, habitaciones, cómo se lo íbamos a contar a mi madre, si esperaríamos a las doce semanas para hacer el anuncio oficial.

Decidimos que sí. Que esperaríamos.

Decidimos también que esa noche era nuestra.

Las semanas siguientes fueron las más extrañas de mi vida. Caminaba por la oficina con un secreto enorme dentro y nadie lo sabía. Carmen, mi compañera de despacho, me preguntó dos veces si me encontraba bien porque me había visto vomitar en el baño, y yo le mentí mirándola a los ojos. Nunca había mentido tan bien. Andrés y yo intercambiábamos miradas cómplices en los desayunos, y a veces, cuando llegaba a casa, lo encontraba con la mano apoyada en el aire, como si estuviera midiendo el tamaño que mi tripa iba a tener en seis meses.

A las trece semanas hicimos la cena.

Invitamos a su familia y a la mía a la vez, algo que no habíamos hecho desde la boda. Mi madre vino con las manos llenas de tuppers, como si nos viera a punto de morir de hambre. La suya trajo un vino que llevaba años guardando. Mi hermana Paula apareció la última, despeinada y disculpándose, y se sentó a mi lado preguntando qué celebrábamos.

—Comed primero —dijimos los dos a la vez.

Aguantamos hasta los postres. Andrés se levantó con la copa de vino en la mano —la suya, no la mía— y carraspeó como si fuera a dar un discurso. Yo lo miré y supe que se le iban a escapar las lágrimas antes que a mí.

—Lucía y yo queremos contaros una cosa.

Silencio total alrededor de la mesa.

—Vamos a ser padres.

Mi madre soltó un grito agudo que asustó al perro. Su madre se llevó las dos manos a la boca. Mi hermana se levantó de la silla y me abrazó por detrás antes de que yo pudiera ponerme de pie. Su padre se quedó muy quieto durante unos segundos y después se acercó a Andrés y le dio un abrazo largo, sin decir nada, con los ojos brillantes.

—Ya era hora —dijo al fin, soltándolo y limpiándose la cara con el dorso de la mano—. Sabía que iba a salir un buen padre de aquí.

Paula me apretó los hombros desde atrás.

—¿Cuántas semanas? —me susurró al oído.

—Trece.

—Voy a ser tía.

Me reí contra su mejilla y dejé que me siguiera abrazando.

El resto de la cena fue una sucesión de preguntas atropelladas, propuestas de nombres, ofrecimientos de ayuda, recuerdos de sus propios embarazos por parte de las dos madres. Andrés y yo nos buscábamos las miradas por encima de las cabezas y nos sonreíamos sin decir nada, sabiendo que la noche se nos iba a hacer corta.

Cuando se fueron todos, eran casi las dos de la madrugada. Cerré la puerta y me apoyé contra ella, agotada.

Andrés me miró desde el pasillo.

—¿Estás bien?

—Estoy mejor que bien.

Se acercó y me apoyó la mano en el vientre, que ya empezaba a notarse si uno sabía dónde mirar. Me besó la frente, el puente de la nariz, los labios.

—Ven —dijo—. Vamos a la cama.

Lo seguí.

Y mientras subía las escaleras detrás de él, agarrada a su mano, pensé que la vida acababa de partirse en dos. En el antes y el después de aquellas dos rayas paralelas sobre la encimera del baño. En el antes y el después de aquella tarde en la que él me llevó al dormitorio antes de hablar.

Sigo pensando que fue así. Que la vida se parte en dos a veces, sin avisar.

Y nosotros tuvimos la suerte de partirla juntos.

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Comentarios (7)

cantodecisne

Que momento tan tenso, me quede pegada a cada palabra. Increible!!

MatiasRdr

La imagen del sofa esperando... me lo imagine perfectamente. Se nota que esto paso de verdad, tiene ese peso que no se puede inventar.

Claudia_33

Necesito saber como termino esto por dios jaja. Seguí por favor!!!

LauraCba2020

Me recordo a algo que viví hace unos años, aunque yo lo viví del otro lado. Uf, que flash me pegué leyendo esto.

Martin_Cba

excelente!!! de las confesiones mas emotivas que lei en este sitio, sin dudas

PolarDreamer

Ese detalle de las llaves junto al test es tremendo. Simple pero dice todo. Muy bien narrado.

Seba_Mdq

Y?? que paso despues?? no nos podés dejar asi jajaja. Esperando la continuacion

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