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Relatos Ardientes

Mi primer trío fue con la pareja del mensaje

Era un viernes cualquiera cuando el mensaje apareció en mi bandeja de entrada. Sin remitente conocido, solo una línea: «¿Y si lo que buscas no es una persona, sino dos?». Me reí. Lo borré. Veinte minutos después lo recuperé de la papelera y empecé a contestar.

Hablé primero con ella, después con él, después con los dos a la vez. Me preguntaron qué me gustaba y respondí cosas que nunca había dicho en voz alta. Me preguntaron qué me asustaba y dije la verdad: nada concreto, todo en general. Me preguntaron si alguna vez había estado con una mujer y contesté que no, pero que lo había imaginado más veces de las que admitía.

Las semanas siguientes fueron una tortura dulce. Cada noche, después de cerrar el portátil del trabajo, abría el chat y leía mensajes que me hacían cruzar las piernas en el sofá. Ellos describían lo que querían hacerme con un detalle que me dejaba sin aire. Yo aprendí a contestar sin pudor, a escribir cosas que un mes antes me habrían parecido impensables.

Una mañana de octubre les escribí: «Quiero veros».

Quedamos en un parque pequeño, uno de esos con bancos viejos y poca gente entre semana. Llegué quince minutos antes. Llevaba un vestido negro corto y una chaqueta de cuero que me daba seguridad cuando todo lo demás se me caía a pedazos. Me fumé un cigarro que ni siquiera me apetecía. Pensé en irme tres veces.

Aparecieron de la mano. Ella tenía el pelo rojizo recogido en una coleta floja, él iba con camisa azul y unas zapatillas blancas que me hicieron pensar, de pronto, que eran personas reales y no avatares en una pantalla. Me levanté del banco torpemente.

—Eres más bonita en persona —dijo ella, y me dio dos besos como si nos conociéramos de toda la vida.

—Y tú no mientes en las fotos —respondí, porque era lo único que se me ocurrió.

Caminamos hasta un banco apartado, lejos del parque infantil y de las miradas de los jubilados. Nos sentamos los tres juntos, yo en medio. Hablamos de tonterías al principio: del tráfico, de su barrio, de un restaurante al que querían llevarme algún día. Pero la conversación tenía otra capa, una que los tres notábamos.

—¿Sigues queriendo lo que dijiste por mensaje? —me preguntó él, mirándome directo.

Tragué saliva.

—Estoy aquí, ¿no?

Se rieron los dos. Ella me apartó un mechón de la cara y me miró con esa intensidad que tienen las mujeres cuando saben exactamente lo que están haciendo.

—Antes de seguir, queremos saludarte como toca —dijo él.

Se inclinó sobre ella y la besó con suavidad. No fue un beso corto, fue uno de esos que dicen «esto no es una primera vez para nosotros». Cuando se separaron, él me miró.

—¿Te gustaría que te besara igual?

Asentí sin hablar. Me besó despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Su lengua entró en mi boca y la mía respondió antes de que mi cabeza decidiera nada. Me derretí. Cuando se separó, ella me miraba sonriendo.

—¿Y a mí me dejas?

Nunca había besado a una mujer. Lo había pensado mil veces, lo había escrito en chats anónimos, lo había imaginado en la ducha. Pero nunca lo había hecho. Asentí otra vez, porque la voz se me había ido a algún lugar que no encontraba.

Sus labios eran más suaves que los de él. Más finos, más cuidadosos. Olía a un perfume cítrico mezclado con algo más cálido, vainilla quizás. Cuando su lengua tocó la mía sentí un vuelco entero, como si algo dentro de mí se reorganizara para siempre. La besé con más ganas de las que esperaba tener. Mis pechos rozaron los suyos por encima de la ropa. Cuando nos separamos respiraba como si hubiera corrido.

—Vamos a tomar algo —dijo él, y yo no entendí cómo podía pensar en cervezas en ese momento.

Encontramos un bar a dos calles. Pedimos tres cañas y nos sentamos al fondo, donde una camarera distraída estaba más pendiente del móvil que de los clientes. Hablamos riéndonos, comentando lo locos que estábamos, cómo nos habíamos atrevido. Yo no podía dejar de mirarles la boca a los dos.

Su mano apareció primero. La sentí en mi rodilla, cálida, firme. Subió un poco. Me miró.

—¿Sigo?

—Claro —dije, y me reí porque no sabía qué otra cosa hacer.

Su mano subió por debajo del vestido. Encontró mi muslo. Encontró más arriba. Cuando rozó mi ropa interior estaba completamente empapada y los dos lo notamos. Suspiré bajo y abrí un poco las piernas, lo justo para que pudiera tocarme mejor.

Ella nos miraba con los ojos brillantes. Verificó que la camarera seguía absorta en su pantalla y entonces movió mi mano. La llevó por debajo de la mesa hasta su falda. Hasta más arriba. Cuando mis dedos tocaron su ropa interior, también húmeda, sentí que algo se rompía dentro de mí. No estaba tocando a una mujer en una fantasía. La estaba tocando de verdad. Y ella me dejaba.

Él agarró mi otra mano y la llevó a su entrepierna. Tres personas, dos manos mías, cero pudor. Me acerqué a su oído.

—Vámonos.

***

Su piso estaba a cinco minutos andando. En el ascensor él me empujó suavemente contra el espejo y me besó mientras ella me mordía el cuello. Cuando se abrieron las puertas en su rellano, yo ya tenía el sujetador desabrochado por dentro del vestido y no recordaba en qué momento había pasado eso.

Me llevaron a un sofá grande, color crema, con muchos cojines. Él fue a la cocina por algo de beber. Ella se sentó a mi lado y me miró.

—¿Estás bien?

Lo dijo en serio, y eso me gustó más que cualquier otra cosa de la noche.

—Estoy mejor que bien —contesté, y la besé.

Esta vez no había mesa, ni camarera, ni ropa interior detrás de muchas capas. Sus manos subieron por mi cuello, mi cuello bajó hasta sus pechos, y cuando sentí su pezón endurecerse contra mi palma a través de la camiseta dejé escapar un sonido que no reconocí como mío.

Él volvió con copas que dejó olvidadas en la mesa baja.

—Eh, que yo también quiero —dijo, y se metió entre nosotras.

Su lengua se mezcló con la mía y la de ella. Las tres bocas se buscaban, se encontraban, se separaban un instante para volver a encontrarse. Sentí su mano subir por el interior de mi muslo mientras la de ella me bajaba el tirante del vestido. En cuestión de minutos yo estaba en ropa interior sobre el sofá, con dos personas que apenas conocía adorándome con paciencia.

Ella se quitó la camiseta primero. Tenía unos pechos pequeños, blancos, con pezones rosados que se ponían duros mientras yo los miraba. Quise tocarlos. Quise hacer más que tocarlos.

—Ven —me dijo, y se tumbó en el sofá.

Me incliné sobre ella y, sin pensarlo, sin preguntarme si lo estaba haciendo bien, le tomé un pezón con la boca. Sabía a piel y a perfume. Ella suspiró bajo, su mano me fue a la nuca y me apretó suavemente. Cambié de pecho. Lamí, mordí con cuidado, jugué. Mientras tanto él me había bajado la ropa interior y me acariciaba sin entrar todavía, con esa mezcla de paciencia y crueldad que tienen los hombres que saben lo que hacen.

—Sube —dijo ella, y me tomó de la cara—. Quiero hacerte algo.

Cambiamos posiciones. Ella se sentó en el sofá. Él se acomodó a un lado. Yo me dejé llevar, me dejé colocar entre sus piernas. Cuando su lengua tocó la zona más sensible de mí me arqueé entera. Nunca, ni en la peor de mis fantasías de adolescente, había imaginado que la boca de una mujer se sintiera así. Más suave. Más precisa. Más paciente.

Él se acercó por detrás. Sentí su pecho contra mi espalda, sus manos en mis pechos, sus labios en mi cuello. Mientras ella me lamía, él me apretaba los pezones con una delicadeza estudiada. Tenía dos personas concentradas en hacerme sentir y yo no sabía dónde poner los ojos, las manos, la respiración.

Me corrí casi sin avisar. Apreté los muslos contra su cara y dejé escapar un gemido largo, agudo, que llenó todo el salón. Ella aguantó hasta que terminé. Cuando me dejó respirar, me incorporé y la besé con la boca todavía temblando, saboreándome a mí misma en sus labios. Eso, no sé por qué, fue lo que más me marcó de toda la noche.

—¿Quieres ver algo? —preguntó él.

Hicieron lo que yo no me atrevía a pedir. Él se tumbó. Ella se subió encima. Yo me senté en el sillón de enfrente, con las piernas abiertas, y mientras ellos se movían en un ritmo cada vez más urgente yo me tocaba mirándoles. Verla a ella encima, con la espalda arqueada y los pechos rebotando, mientras él le sujetaba las caderas y la guiaba, me devolvió el deseo entero. Mi mano entre mis piernas iba al compás de ellos.

—Ven —me dijo él, sin parar—. Acércate.

Me levanté. Me subí al sofá, con cuidado, y me coloqué con un pie a cada lado de su cabeza, mi sexo justo encima de su boca. Su lengua subió a buscarme. Ella, frente a mí, me miraba mientras se movía sobre él. Me besé con ella por encima del cuerpo de su pareja. Le toqué los pechos. Ella me los tocó a mí. Nos miramos a los ojos sonriendo, cómplices, como si lleváramos años haciendo aquello.

Me corrí otra vez, esta vez más despacio, una ola larga que duró mientras ella seguía moviéndose. Cuando él dijo, con la voz rota, que estaba a punto, ella se levantó de golpe y las dos juntamos los pechos delante de él. Terminó sobre nosotras, entre risas, entre suspiros.

Nos abrazamos las dos, mojadas, calientes, satisfechas. Ella me lamió un pecho. Yo le lamí el otro. Nos volvimos a besar, esta vez con un sabor nuevo, salado, raro, mío y suyo y de él al mismo tiempo. Nunca había imaginado que un beso así existiera.

Nos duchamos los tres en su baño. Cuatro manos enjabonándome a la vez es algo que no se olvida. Salimos riéndonos, envueltos en toallas, con el pelo mojado. Pedimos pizza. Hablamos de tonterías hasta las cuatro de la madrugada. Me quedé a dormir, no porque lo planeáramos, sino porque ninguno de los tres tenía ganas de romper el momento.

Me marché a la mañana siguiente con la sensación de haber descubierto algo que llevaba esperándome años. Que no me daba miedo una mujer. Que el deseo cabía en muchas formas. Que una pareja podía abrirme una puerta y que yo, al cruzarla, no perdía nada y ganaba todo.

Quedamos otra vez. Y otra. Y otra. Ahora somos amigos los tres. De vez en cuando, cuando los tres tenemos el día y las ganas, repetimos. Nadie de nuestro entorno sabe nada y queremos que siga siendo así.

Aquel mensaje sin remitente fue, sin que yo lo supiera entonces, la mejor cosa que me ha pasado en años.

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Comentarios (7)

Carla_norte

Dios mio, que nervios me transmitio esa parte del parque jaja. Lo senti como si lo estuviera viviendo yo. Excelente relato!!

PatricioR

Y la segunda parte cuando?? jeje, deja con muchas ganas de saber como siguio todo

Manu_Cba

Me pase de largo la hora del trabajo leyendo esto. Sin ningun arrepentimiento.

JulioNqn

Tremendo. Se nota que es de verdad, las confesiones se sienten distintas a los relatos inventados. Muy bien escrito, sin vueltas.

SofiaBaires

La tension del principio es lo mejor. Esa sensacion de querer salir corriendo y al mismo tiempo no poder... me identifique demasiado jajaja

Diegote_77

buenisimo!!! mas asi por favor

PerezFer

Cada vez que leo confesiones me pregunto si el resto somos los unicos que no vivimos estas cosas je. Muy bien contado, se agradece la honestidad.

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