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Relatos Ardientes

La invitada que entró mientras me cambiaba

Para el reencuentro de primavera abrí las puertas de mi casa de campo. Dos grupos de amigos que apenas se conocían entre sí, una excusa redonda para juntarnos antes de que el calor apretara de verdad. La idea era simple: un asado al sol, vino, música baja y la piscina a disposición de quien quisiera mojarse los pies.

Llegué temprano para preparar todo. La mañana se me fue entre cuchillos, hielo y manteles. Cuando los primeros invitados aparecieron, ya había servido la primera ronda de espumante en la galería, y todavía me faltaba bañarme y cambiarme antes de que llegara el resto.

—Sigan ustedes —les dije pasándoles la fuente con quesos—. Yo entro un segundo y bajo enseguida.

Mientras juntaba copas limpias para reponer las que ya estaban en la mesa larga, pensé en lo bien que había salido la idea. Algunos no se conocían entre sí, había tensiones previsibles entre desconocidos, pero al rato ya se reían como si fueran de toda la vida. Pasé al fondo, dejé los vasos en una mesa auxiliar cerca de la piscina y me metí a la casa.

—¡Ya bajo! —grité desde el pasillo—. Si alguno necesita algo, agarren lo que quieran.

Cerré la puerta del baño y me metí bajo la ducha caliente. El día había sido largo, y el agua sobre los hombros me hizo soltar un suspiro que tenía guardado desde la mañana. Cerré los ojos y dejé que el vapor me envolviera.

No supe en qué momento empecé a tocarme. Fue casi automático, como si el cansancio se mezclara con otra cosa, una tensión vieja que me había estado siguiendo hacía días. Apoyé la espalda contra los azulejos fríos y dejé que mis dedos fueran bajando, primero por las costillas, después por el vientre, hasta encontrar un ritmo lento entre mis piernas. Pensé en Renata.

Renata era la amiga de una amiga que había llegado al grupo hacía un par de meses. La había visto exactamente tres veces, y en las tres me había sorprendido buscándola con la mirada. Era alta, de pelo oscuro hasta los hombros, con una manera de hablar que me hacía pensar más de lo que admitiría en voz alta. Esa mañana, cuando entró por la puerta del jardín con un vestido de lino verde y una sonrisa que parecía guardar un secreto, supe que iba a tenerla en la cabeza todo el día.

Cerré la canilla antes de terminar lo que había empezado. No era el momento. Tenía una casa llena de gente afuera y un montón de cosas todavía por resolver.

Me envolví en la toalla y caminé hasta el cuarto. Cerré la puerta detrás de mí, por las dudas. Saqué un vestido del placar, ropa interior limpia, las pulseras que combinaban con las sandalias.

Estaba parada frente al espejo, eligiendo aros, cuando oí que alguien decía mi nombre desde el pasillo.

—¿Camila?

—¡Estoy en el cuarto! —respondí sin pensar—. Me estoy cambiando, ya bajo.

La puerta se abrió.

La toalla se me cayó del susto antes de que pudiera reaccionar. Me agaché para juntarla y, cuando levanté la vista, Renata estaba parada en el umbral. Cerró la puerta detrás de ella sin sacarme los ojos de encima.

—Perdón —tartamudeé—. ¿Pasó algo?

—Te estaba buscando —dijo ella, y dio un paso adelante—. Necesito decirte una cosa.

—Sí, decime.

Otro paso. La distancia entre nosotras se había reducido a nada.

—Es que no sé cómo decírtelo.

Y entonces me besó.

Fue un beso lento, sin apuro, como si llevara semanas calculando ese momento. Yo todavía tenía la toalla a medio levantar contra el pecho, y el agua de la ducha me chorreaba por la espalda. Mi cabeza intentaba protestar —los invitados, lo poco que la conocía, todo lo que se suponía que era yo— pero el resto del cuerpo ya había decidido por su cuenta.

Nunca había estado con una mujer. Lo había pensado, claro, como una se piensa cualquier curiosidad guardada en un cajón con llave. Pero pensarlo no era esto. Esto era el labio inferior de Renata mordiendo el mío, su mano en mi nuca, el calor de su cuerpo a través de la tela del vestido.

—La puerta —susurré.

—Está cerrada.

Me sacó la toalla con una calma que me desarmó. Yo seguía húmeda, todavía caliente de lo que había empezado en la ducha, y ella lo notó al instante. Sus manos subieron por mis costillas, encontraron mis pechos, y se detuvieron ahí. Bajó la cabeza. Su lengua sobre mi pezón fue una descarga.

Mordió suave, soltó, volvió a morder. Yo me apretaba los labios para no hacer ruido. La casa estaba llena. Por la ventana entreabierta llegaban risas, el chapoteo de alguien tirándose a la piscina, la voz de mi amiga Sofía contando una anécdota a los gritos.

Un gemido se me escapó igual.

Renata sonrió contra mi piel. Su mano bajó por mi vientre y me abrió las piernas con dos dedos.

—Estás empapada —dijo—. Empapada de verdad. Se nota que te estabas tocando.

Se me debió subir el color del vino que había servido abajo. Asentí, porque mentirle hubiera sido peor.

—Sí. En la ducha.

—¿Y pensabas en alguien?

No le respondí. No hizo falta. Me metió dos dedos despacio y todo lo que pude hacer fue agarrarme de sus hombros para no caerme.

Caminamos así, ella adentro mío, hasta el escritorio que tenía contra la pared. Lo había puesto ahí pensando que iba a leer, y la verdad nunca lo usaba. Me dio vuelta sin sacar la mano, me apoyó las palmas contra la madera y me dijo al oído:

—Quedate así.

Me incliné hacia adelante, prácticamente en cuatro patas, con el torso apoyado contra el escritorio. Ella seguía moviendo los dedos, ahora más rápido, encontrando un ángulo que me hizo morder el antebrazo para no gritar.

—¿Querés que te la meta?

Tardé un segundo en entender. Ella se levantó el ruedo del vestido, y en el reflejo del espejo del placar vi lo que tenía debajo. No me sorprendió tanto como debería haberme sorprendido. Tal vez una parte de mí lo había sospechado desde la primera vez que la vi cruzar las piernas en aquella sobremesa. O tal vez, en ese momento, ya me daba lo mismo. Lo único que sabía era que la quería adentro.

—Sí —dije—. Por favor.

La penetró despacio, con un control que parecía estudiado. Me la fue metiendo de a poco, dejándome sentir cada centímetro. Era gruesa, más de lo que yo esperaba, y la sensación me arrancó un sonido que tuve que ahogar contra mi propio brazo.

—Tranquila —susurró—. Hay tiempo.

No había tiempo. Había una casa llena de gente esperándome. Pero en esa habitación, en ese momento, los minutos se habían diluido. Empezó a moverse, primero suave, después con más insistencia. Sus caderas chocaban contra las mías y el ruido sordo de nuestras pieles se mezclaba con la música que entraba por la ventana. Sabía cómo me gustaba el sexo sin que yo se lo dijera, encontraba el ritmo justo antes de que yo me diera cuenta de que era ese.

—Renata —dije sin querer, porque su nombre era todo lo que me cabía en la boca.

Ella se inclinó sobre mí, una mano en mi cintura, la otra buscando mi pecho. Me besó la nuca. Me besó el hombro. Me dijo cosas que no voy a poder repetir nunca, ni a mí misma, sin que se me suba el calor a la cara.

Estaba a punto de acabar cuando me hizo girarme. Me sentó al borde del escritorio y se arrodilló entre mis piernas. Me miró desde abajo con una sonrisa que me dejó sin aire, y entonces me incliné yo.

Le pasé la lengua por toda la longitud, despacio, mirándola a los ojos. Le di besos en la punta. Qué hermosa es, pensé mientras seguía, toda ella es hermosa. Se lo dije en voz baja porque era verdad.

Me empecé a tocar mientras la chupaba. No pude evitarlo. Su cara, su respiración cada vez más entrecortada, el sabor salado de su piel, todo me estaba arrastrando otra vez. Renata se dio cuenta y me levantó del piso.

—A la cama.

Caí de espaldas sobre el edredón. Ella se sacó el vestido del todo y se quedó parada un segundo a los pies de la cama, dejándome mirarla. Tenía los pechos pequeños, las clavículas marcadas, las caderas estrechas. Era hermosa de una manera que no se parecía a nada que hubiera visto antes.

Se subió encima mío. Yo le agarré los pechos, le mordí los pezones como ella había hecho conmigo, y mientras tanto ella volvió a metérmela hasta el fondo.

Esta vez no me contuve igual. Lloriqueé contra su cuello, le clavé las uñas en la espalda, me moví debajo de ella buscando el ángulo que me terminara de partir en dos. Ella entendía cada movimiento mío. Cada vez que yo empujaba la pelvis para arriba, ella respondía con una embestida más profunda. Era casi telepático.

—Vení —me dijo al oído—. Vení conmigo.

Y vine. Vinimos las dos juntas, yo mordiéndole el hombro para no gritar, ella temblando contra mí, soltando todo dentro mío con un gemido grave que se me quedó grabado en algún lugar al que vuelvo de noche.

Nos quedamos quietas, abrazadas, mientras las risas de afuera seguían como si nada. Sofía seguía contando su anécdota. Alguien había puesto otra canción. Mi corazón latía contra el pecho de Renata y ella me acariciaba el pelo en silencio.

—Tenemos que bajar —dije después de un rato.

—Lo sé.

—Vamos a oler a sexo.

Se rió, y la risa hizo vibrar todo su cuerpo contra el mío.

***

Nos metimos juntas al baño. Abrí la ducha y entramos las dos bajo el agua. Era la segunda vez en una hora que me bañaba, pero esta era distinta. Nos enjabonamos despacio, las manos pasando por lugares que ya conocían, los besos breves porque sabíamos que si nos demorábamos un segundo más íbamos a empezar todo otra vez.

Salimos. Nos secamos. Nos vestimos. Yo me puse el vestido que tenía elegido, ella se acomodó el de lino verde como si no hubiera estado en el suelo de mi cuarto cinco minutos antes. Nos miramos en el espejo y casi nos reímos: parecíamos dos invitadas más, listas para volver a la mesa.

—Bajá vos primero —le dije.

Ella asintió. Antes de salir se dio vuelta, me agarró la cara entre las manos y me dio un beso más, breve, en la comisura de los labios.

—Después seguimos hablando.

Cuando bajé, dos minutos después, todos seguían en lo suyo. Sofía me preguntó dónde había estado, y yo le contesté que se me había caído un aro detrás del placar y que había tardado en encontrarlo. Renata, del otro lado de la mesa, levantó la copa y me sostuvo la mirada un segundo de más.

Brindamos por la primavera, por el reencuentro, por los grupos que se mezclan. Yo brindé por otras cosas, en silencio, mientras el sol bajaba detrás de los árboles del fondo y la noche empezaba a ponerle sombra a la piscina.

Esa fue la primera vez. No fue la última.

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Comentarios (7)

NachoB

increible!!! me dejo sin palabras

Carmencita_mx

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber como termina jajaja

Clara_Noche

me recordo a algo que me paso con una amiga hace anos. Nunca se lo conte a nadie hasta hoy. Gracias por animarte a escribirlo

RosaMP

Como lo contas se nota que fue real, ese momento debe haber sido una locura. Seguí así!

ElPlayero22

jajaja la toalla traidora no falla nunca

LectorNocturno99

Buenisimo, uno de los mejores que lei en mucho tiempo aca. Espero el proximo con ansias

SandritoLP

corto pero intenso, no sobra nada. bien!

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