Confesión: me masturbaba con sus juguetes
Cada vez que la casa quedaba vacía, yo cerraba la puerta de su cuarto, abría su cajón secreto y me perdía oliendo, chupando y gimiendo sola.
Cada vez que la casa quedaba vacía, yo cerraba la puerta de su cuarto, abría su cajón secreto y me perdía oliendo, chupando y gimiendo sola.
Me masturbé en la ducha pensando en su regreso, pero no imaginé lo que haría conmigo apenas cerráramos la puerta del hotel.
Cerró la puerta temblando, pero cuando lo puse contra la pared entendí que no venía a disculparse: venía a que lo castigara de verdad.
Decía que quería llegar intacta al amor, pero cuando cerré el coche y la besé, abrió las piernas como si llevara días esperando ese momento.
Empezó con una broma sobre su blusa abierta, pero cuando me retó a sostenerle la mirada supe que esa noche no iba a terminar en la mesa.
Todo empezó por un alquiler atrasado y acabó convirtiendo nuestro piso en un juego íntimo del que nadie quería salir.
Mateo le prometió que sería un éxito. Lo que no le dijo es que pensaba esconderse bajo el escritorio mientras ella saludaba a sus primeros seguidores en vivo.
Mi padre nunca volvió a mirarla igual después de aquella semana. Yo tampoco, cuando supe lo que había hecho para salvarnos a todos de la ruina.
Había llegado solo a la primera función de la mañana. Entonces escuché unos tacones acercándose por el pasillo y todo cambió cuando ella se sentó a mi lado.
Me escondí entre los árboles solo para mirarla nadar. Lo que pasó cuando me descubrió aún me hace temblar cada vez que estornudo.
Lo espié por la ventana mientras se tocaba creyendo que nadie lo veía. Al día siguiente bajé con la excusa de usar la bicicleta, y no pensaba irme sin probarlo.
Me lo pedías en susurros, conteniendo la respiración mientras yo buscaba el lubricante. Y nunca te dije que yo esperaba esa madrugada tanto como tú.
Llevaba meses viéndola con suéter y lentes detrás del monitor. Esa noche, con un vestido vino y una copa de más, me miró de una forma que lo cambió todo.
Pensé que lo conocía después de tres años juntos, hasta esa noche en que dejó la copa sobre la mesa y me dijo que tenía una fantasía que no se atrevía a contarme.
Me vestí para impresionar, pero al cruzar la puerta de aquella oficina entendí que no iba a usar el currículum para conseguir el trabajo.
La orden fue simple: arrodíllate. Mi cuerpo obedeció antes de que mi cabeza pudiera negarse, y supe que esa noche iba a cruzar una línea de la que no había vuelta atrás.
Cuando abrí los ojos en el baño de vapor, él ya me estaba mirando. Y yo sabía perfectamente quién era, aunque jamás creí tenerlo tan cerca.
Había hecho tres mil metros a muerte y solo quería el agua caliente sobre los hombros. Entonces él se giró bajo la ducha de al lado y supe que esa tarde no iba a terminar como las otras.
Pensé que solo cenaríamos los tres. Pero mi prima había invitado a sus amigos, y esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar para complacer a su novio.
Le aposté que si le ganaba en la cancha esa tarde me lo cobraría con él. Se rió. No sabía que yo llevaba años esperando ese momento.