Lo que pasó bajo el sauce no se lo conté a nadie
Llevábamos exactamente un mes saliendo cuando Tomás insistió en que celebráramos en La Vuelta, la cafetería junto a la facultad donde nos habíamos visto por primera vez. Era a finales de marzo y el otoño todavía no se decidía a aparecer del todo. La tarde se metía por los ventanales con un dorado tibio que tenía el color exacto de las cosas que uno guarda para acordarse después.
Pedimos lo de siempre. Él, un cortado doble. Yo, un capuchino con canela. Nos sentamos en la mesa del rincón, la que tenía una pata floja y que él reclamaba como nuestra desde la tercera cita. Yo lo dejaba creérselo.
—No me mires así —le dije.
—¿Así cómo?
—Así. Como si supieras algo que yo no sé.
Tomás se rió por lo bajo y se pasó la mano por el pelo. Lo tenía un poco más largo desde el verano, y cuando se inclinaba hacia adelante le caía sobre la frente. Llevaba una camisa de lino blanca con el último botón mal abrochado. Olía a jabón de glicerina, a la colonia cítrica que se ponía detrás de las orejas y, sobre todo, a él. Era ese olor suyo el que se me había metido debajo de la piel sin pedirme permiso, y el que esa tarde, no sé por qué, no me dejaba pensar. Cruzaba las piernas debajo de la mesa y sentía que las bragas ya estaban húmedas de solo tenerlo enfrente.
—Estás rara —dijo.
—Estoy bien.
Mentí mal. Tomás me conocía mejor de lo que yo quería admitir. Estiró el brazo por encima de la mesa y me apartó un mechón de detrás de la oreja. Sus dedos rozaron mi mandíbula y se quedaron ahí, sosteniendo algo que ninguno de los dos quería decir todavía.
—Lucía.
—¿Qué?
—Te estoy mirando. Acostumbrate.
Y me besó. No fue un beso de cafetería. Empezó como si lo fuera, suave, casi formal, pero a los dos segundos ya tenía su lengua apoyada contra la mía, buscándome hasta el fondo de la boca, chupándome el labio inferior, y yo había olvidado que detrás de mí estaba la pareja del bar y a mi izquierda dos chicas con apuntes de derecho. Debajo de la mesa su rodilla se metió entre mis piernas y se apoyó justo ahí, contra el coño, y yo apreté los muslos para retenerla. Cuando me separé, tenía la respiración rota y las tetas se me marcaban duras contra la tela del vestido.
—Pagá —le dije.
—¿Tan mal beso?
—Pagá.
***
Salimos a la calle y la luz ya no era dorada sino violeta. Caminamos sin decirnos a dónde íbamos, agarrados de la mano con esa torpeza que tienen las parejas nuevas, los dedos que todavía no encuentran el lugar exacto en los del otro. El parque Lezama quedaba a tres cuadras. No hizo falta hablarlo.
A esa hora, los corredores ya se habían ido y todavía no llegaban las parejas mayores que sacan a pasear al perro antes de cenar. El parque estaba casi vacío. Cruzamos por el sendero que baja hacia el sauce grande, ese que tiene las ramas tan largas que arman una cortina hasta el suelo. Una vez, Tomás me había llevado ahí a leer y yo le había dicho, en broma, que era el lugar perfecto para esconderse.
Esa tarde no estábamos bromeando.
Él fue primero. Apartó las ramas con la mano y me dejó pasar. Adentro, el aire era distinto: más fresco, más quieto, con olor a pasto recién cortado y a tierra. La luz que se filtraba entre las hojas le daba a la cara unas manchas en movimiento, como si fuera otra persona.
—Vení.
Me apoyó contra el tronco y me miró. Esa mirada suya que yo conocía bien, la que ponía cuando estábamos en su pieza con la puerta cerrada y su madre todavía no se había ido al trabajo. Pero ahí, parada contra un árbol, sin paredes, sin puerta, con el corazón golpeándome contra las costillas, esa misma mirada me hacía otra cosa.
—Tomás.
—Shh.
Volvió a besarme. Pero ahora era distinto. Ahora me sostenía la nuca con una mano y con la otra me agarraba la cintura como si no quisiera que me fuera. Yo no me iba a ir a ninguna parte. Sus labios bajaron por mi cuello, despacio, mordiéndome a veces, y su mano dejó la cintura para subir por debajo de mi vestido. La detuvo a la altura del muslo.
—¿Sí?
Una sola palabra. Yo asentí con la cabeza pegada al tronco.
Sus dedos siguieron subiendo. Pasaron el elástico de mis bragas y se quedaron ahí, tocándome por encima de la tela, sin entrar todavía. Estaban empapadas y él lo notó enseguida.
—Mirá cómo estás —me dijo al oído, y la voz le salió más grave—. Toda mojada. Y todavía no te hice nada.
—Tocame.
—Pedímelo bien.
—Tocame la concha, Tomás. Por favor.
El tronco del sauce se me clavaba en la espalda, áspero a través del vestido. Cerré los ojos. Lo único que escuchaba era mi propia respiración y, lejos, alguien que silbaba en la otra punta del parque.
Apartó la tela de las bragas y me pasó los dedos por toda la raja, de abajo hacia arriba, resbalando en mi propia humedad. Encontró el clítoris y lo apretó con la yema del pulgar, en círculos lentos, mientras dos dedos se me hundían de una vez adentro. Tuve que morderle el hombro para no soltar un ruido demasiado grande. Sus dedos sabían moverse. Siempre habían sabido. Lo había descubierto la segunda noche que pasamos juntos, en la cama angosta de su pieza de pensión, con la luz apagada y la radio puesta para que su compañero no escuchara. Pero acá afuera, sin nada que tapara nada, era distinto. Era más. Los movía adentro con un gesto de gancho, buscándome ese punto que él ya sabía dónde estaba, y con el pulgar me machacaba el clítoris al mismo ritmo. Yo abría más las piernas sin darme cuenta, ofreciéndole el coño, apoyando la pelvis contra su mano para que entrara hasta el fondo.
—Chorreás —murmuró—. Escuchá.
Y era verdad. Los dedos hacían ese ruido húmedo, obsceno, entrando y saliendo, y yo lo escuchaba mezclado con mi propia respiración y me daba más morbo que vergüenza.
—Mostrame —dijo.
Me desabrochó dos botones del vestido y bajó la tela. Yo no llevaba corpiño. Nunca lo llevaba con ese vestido y, esa tarde, había salido de casa sabiendo que no lo llevaría. Tomás se quedó mirándome un segundo, con las tetas afuera y los pezones parados por el fresco, y después su boca estuvo en mi pecho, chupando primero uno y después el otro, mordiéndome el pezón con los dientes hasta que se me escapó un gemido corto. Su lengua tibia iba y venía, y su mano seguía adentro, sin parar, sin apurarse, sin dejarme respirar. Sumó un tercer dedo y me abrió más, y yo sentí el coño estirarse alrededor de su mano y me apreté sola contra él, buscando más.
Sentí que las rodillas me iban a fallar.
—Tomás...
—Aguantá.
—No puedo.
—Aguantá. Correte para mí. Quiero sentirlo.
Pero no aguanté. Me corrí ahí, contra el tronco, con su boca en mi pecho y sus dedos adentro y el silbido de aquel desconocido todavía en algún lugar lejano del parque. Sentí la corrida subir desde adentro, contraerme el coño a espasmos alrededor de sus dedos, chorrear por su muñeca. Le clavé las uñas en el hombro a través de la camisa y le mordí el cuello para no gritar. Él no sacó la mano. Me la dejó adentro, quieto, sintiendo cómo me apretaba y me soltaba, hasta que se me pasó el temblor. Recién ahí retiró los dedos, brillantes de mí, y se los llevó a la boca. Se los chupó uno por uno, mirándome.
—Rica —dijo.
Yo me pegué a su cuerpo como si fuera lo único que me quedaba en el mundo.
***
Cuando abrí los ojos, ya casi no había luz. El parque era ahora un montón de sombras y la luna, todavía baja, había aparecido entre las ramas del sauce. La cara de Tomás estaba apoyada en mi cuello.
—¿Qué fue eso? —pregunté.
—El silbato del jardinero. Cierra a las nueve.
Me reí. Le di un golpe flojo en el pecho.
—¿Cómo sabés?
—Trabajé dos veranos en mantenimiento de parques.
—Sos imposible.
—Sí.
Se separó un poco de mí y bajó el cierre del vaquero. Lo escuché, no lo miré. Después sí lo miré. La luna le pegaba justo en la cara y en el pecho, donde la camisa abierta dejaba ver el lunar que tenía debajo de la clavícula. Se bajó el pantalón hasta los muslos y se sacó la polla. Era gruesa, dura, con la punta brillando en la penumbra, una gota espesa colgando del glande. Me arrodillé sin pensarlo. La corteza del árbol me raspó la espalda al bajar y el pasto húmedo se me clavó en las rodillas.
—Lucía, no hace falta que...
—Callate.
Le agarré la verga con una mano, sopesándola, y le pasé la lengua desde la base hasta la punta, recogiendo esa gota. Sabía a él, salado, denso. Me la metí entera en la boca, todo lo que pude, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta y me hizo lagrimear. La saqué despacio, chupando fuerte, dejando un hilo de saliva colgando entre mis labios y su glande. La volví a meter. Y otra vez. Con las dos manos ahora, una en la base y otra en las bolas, mamándosela con las mejillas hundidas, escuchándolo maldecir por arriba de mi cabeza.
—Puta madre, Lucía... así...
Él me agarró del pelo, no fuerte, guiándome. Yo lo dejé. Le chupé la polla como si fuera lo único que quería hacer en la vida, con la lengua girando alrededor del glande cada vez que salía, con los labios apretados en la base. La saliva me caía por el mentón, sobre las tetas desnudas, y yo seguía. Le lamí las bolas también, una por una, con la mano moviéndosela sin parar, y él tuvo que apoyar una mano en el tronco para no caerse.
—Pará —dijo con voz rota—. Pará que me corro.
Lo solté con un beso húmedo en la punta y me paré. Él me dio vuelta la cara con la mano y me besó fuerte, sintiendo su propio gusto en mi boca.
—¿Acá? —pregunté.
—Acá.
Me levantó el vestido hasta la cintura y me arrancó las bragas de un tirón. Escuché la tela ceder. No me importó. Me levantó la pierna izquierda, la apoyó contra su cadera y yo tuve que aferrarme al tronco con las dos manos para sostenerme. Se acomodó la punta contra la entrada del coño y me la pasó por toda la raja primero, mojándose en mí, rozándome el clítoris con el glande hasta que le pedí, con los dientes apretados, que me la metiera de una vez.
—Decilo.
—Metémela.
—¿Qué te meta qué?
—La verga. Metémela toda. Ya.
Entró despacio, midiendo, abriéndome centímetro a centímetro, y aun así me escapó un sonido que no fue ni gemido ni queja. Sentí cómo me llenaba, cómo el coño se estiraba alrededor de él hasta acomodarlo entero. Tomás me tapó la boca con la suya. Ese beso fue distinto a los de antes. Ese beso me lo daba para callarme.
Empezó a moverse. Despacio primero, sacándola casi entera y volviendo a hundírmela hasta el fondo, haciéndome sentir cada vena. Después no tanto. Me la clavaba con la cadera, golpeándome el hueso, y sus bolas me chocaban contra el culo con cada embestida. La corteza del árbol me arañaba la espalda a través del vestido y yo no podía decirle nada porque su boca seguía pegada a la mía. Solo se separaba para mirarme. Para ver qué cara ponía, cómo se me cerraban los ojos, cómo se me abrían cuando él entraba más adentro de lo que yo hubiera creído posible.
—Lucía...
—No pares.
—No paro. Mirá cómo te la como. Mirala.
Bajé los ojos entre nuestros cuerpos y vi la polla entrando y saliendo, brillante, mi propio flujo blanco marcándole la base. Me dio vértigo. Me la clavó más profundo y se me escapó un gemido largo que él no llegó a callar.
—Callate, boluda —se rió contra mi oído—. Nos van a escuchar.
—Que escuchen.
Se rió más, y me la metió más fuerte. Una de sus manos volvió a mi pecho, pellizcándome el pezón entre dos dedos hasta hacerme doler. La otra me sostenía el muslo, clavándome los dedos en la carne. Yo le mordía el labio inferior, el cuello, la oreja. Lo mordía como si tuviera miedo de que se fuera a ir. Y él respondía con embestidas más profundas, con la cadera buscándome, con esa furia callada que ponen los hombres cuando ya no piensan.
—Date vuelta —me dijo de golpe.
Salió de mí y me giró contra el árbol. Ahora era yo la que tenía la cara pegada al tronco, las tetas aplastadas contra la corteza, el culo hacia atrás. Me abrió las piernas con la rodilla y volvió a entrar de una sola estocada, hasta el fondo. Grité contra la madera. Me tapó la boca con una mano y me la cogió así, atrás, la cabeza tirada hacia arriba, mordiéndome la nuca, cada embestida haciendo que las tetas se me raspara contra el árbol.
—Así te gusta —jadeó—. Puta mía, así te gusta.
Yo solo podía asentir. Cerré los ojos y me dejé coger. Su mano libre bajó y me buscó el clítoris otra vez, frotándomelo rápido, sin ritmo, mientras me la clavaba desde atrás. Sentí venir el segundo. Se me anunciaba en las piernas, en la respiración, en la manera en que el tronco del sauce había dejado de doler para ser solo otra cosa más, otra parte del cuerpo de él.
Me corrí de nuevo, más fuerte, apretándole la polla adentro con espasmos que no podía controlar. Me temblaron las piernas y él tuvo que sostenerme por la cintura para que no me cayera al pasto. No sacó la mano de mi boca. La mordí.
—Acabá adentro —le dije apenas me soltó, sin pensarlo mucho—. Adentro, Tomás. Llename.
Y él lo hizo. Volvió a girarme, me quiso ver la cara, me levantó otra vez la pierna y me embistió tres, cuatro veces más, hondo, lento, hasta que se puso rígido y sentí la primera descarga adentro, caliente, y después otra, y otra. Se quedó quieto contra mí, con la frente apoyada en mi hombro y la polla latiéndome adentro, vaciándose entera, los dos respirando como si hubiéramos corrido cuadras.
Cuando salió, sentí el semen deslizarse por la cara interna del muslo. Él lo miró bajar y me pasó un dedo, recogiéndolo, y me lo llevó a la boca. Yo se lo chupé sin apartar la vista de la suya.
Después no dijimos nada por un rato largo. Él contra mí, yo contra el árbol, la luna ya alta entre las ramas del sauce. En algún lugar del parque, el silbato del jardinero volvió a sonar.
—Lucía.
—¿Qué?
—Me parece que te quiero.
—A mí también.
***
Volvimos al café por las cosas que habíamos olvidado. La camarera nos miró raro. Yo tenía el pelo deshecho, un raspón en la espalda que se vería al día siguiente y las bragas rotas en el bolsillo del abrigo de Tomás. Sentía todavía el semen resbalándome por dentro del muslo cada dos pasos. Tomás tenía el cuello manchado y una marca de mis dientes justo debajo de la oreja. Pagamos lo que faltaba y salimos sin mirarla.
Esa fue la primera vez que estuvimos juntos afuera de una habitación. Después hubo otras. Pero la primera quedó ahí, en marzo, con olor a sauce y a tierra y al jabón de él, debajo de una luna que parecía haberse asomado a propósito para vernos.
Hace cuatro años de eso. Tomás todavía es Tomás. Cuando pasamos por Lezama lo agarro de la mano y, sin hablar, los dos sabemos a dónde mira el otro.
Es la confesión que nunca le hice a mi mejor amiga. Se la hago ahora a quien la lea.