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Relatos Ardientes

El sirviente con vestido que entró en nuestra casa

Llevo cinco años casado con Camila y todavía me parece mentira tener tanta suerte. Yo soy Mateo, mido un metro setenta y siete, tengo el pelo castaño y unos ojos oscuros que delatan cualquier cosa que esté pensando. Trabajo en una agencia de comunicación, así que de lunes a viernes voy enfundado en camisa y pantalón de pinzas. En casa, sin embargo, soy todo lo contrario. Las horas que le dedico al gimnasio me han dejado un cuerpo atlético y muy velludo, un detalle que a Camila le encanta acariciar mientras vemos series en el sofá.

Camila es mi sol. Tiene el pelo largo, oscuro, casi negro, que le cae en ondas sobre los hombros y enmarca una cara con unos ojos verdes que parecen leerte la mente antes de que abras la boca. Su piel es muy blanca y su sonrisa, contagiosa. Es curvilínea, con caderas marcadas y un pecho que sigue siendo, después de todos estos años, una tentación constante. No hay nada que me guste más que verla moverse por la casa con esa gracia natural. Nuestra bisexualidad ha sido siempre un pilar de la relación: una puerta abierta a la exploración y a la honestidad absoluta sobre lo que nos gusta.

Una tarde de sábado, mientras estábamos los dos tirados en el sofá viendo capítulos antiguos de una serie, Camila apagó la tele y se giró hacia mí con un suspiro largo.

—Cariño —dijo, pasando una mano por mi pecho—. Creo que ya es hora. No damos abasto.

La miré sabiendo perfectamente a qué se refería. El trabajo, los planes con amigos y los fines de semana fuera habían hecho que la limpieza de la casa se acumulara hasta extremos vergonzosos.

—¿El tema de la limpieza? —pregunté, y ella asintió—. Tienes razón. Se nos ha ido de las manos.

—Pensaba que podríamos buscar a alguien que viniera un par de veces por semana. Una asistenta. Así tenemos más tiempo para nosotros.

La idea era razonable, pero mi cabeza, como siempre, dio un pequeño salto lateral. La miré con una sonrisa torcida.

No era el momento, pero la idea ya se me había metido entre las costillas.

—Una asistenta… mmm —dije, dejando la frase suspendida—. A ver, podemos buscar a una persona normal o… ¿qué tal si buscamos algo más interesante? Imagínatelo: alguien que limpie y, ya puestos, nos ayude a relajarnos.

Camila soltó una de esas carcajadas suyas que me hacen sentir el hombre más afortunado del planeta. Sus ojos se encendieron con una chispa que conozco demasiado bien. Me dio un golpecito flojo en el brazo.

—Eres un cerdo —dijo, sin dejar de sonreír—. Pero la idea tiene su aquel. ¿Y tú? ¿Tienes algo en mente?

La risa se le suavizó hasta convertirse en una sonrisa curiosa, juguetona. Se recostó sobre mi pecho y empezó a trazar círculos con la punta del dedo, como si estuviera sopesando lo que iba a decir.

—Un hombre… sumiso —dijo casi para sí misma, probando la palabra—. Me gusta. Mucho más que una mujer, la verdad. Y la idea de que fuera una zorrita para los dos… —subió la vista hasta clavarme los ojos verdes— es provocadora. Pero, Mateo, ¿dónde demonios encontramos a alguien así? No es como si pusieran un anuncio en el periódico.

Mi sonrisa se ensanchó. Le aparté un mechón de la cara y le besé la frente.

—No, no salen en el periódico —confesé, bajando la voz—. Pero sé dónde mirar. Antes de conocerte, ya sabes, quedaba con sumisos de vez en cuando. Y te juro que más de uno me confesó la misma fantasía.

Me incorporé un poco para verla mejor. Su expresión iba pasando de la curiosidad al interés genuino.

—No era solo el sometimiento de una habitación cerrada o de un juego de fin de semana —seguí—. Su fantasía era más amplia, más completa. Querían ser sirvientes. Que alguien les diera órdenes todo el tiempo, que les hiciera limpiar, cocinar, llevar uniforme y, por supuesto, satisfacer a su amo y a su ama en lo que se les ocurriera. Un sirviente sexual, veinticuatro horas al día.

Camila tragó saliva. Sus ojos verdes seguían fijos en los míos y la respiración se le había vuelto un poco más superficial.

—¿En serio? —susurró—. ¿Hombres que sueñan con eso? ¿Con ser… nuestra zorrita?

—Totalmente —asentí—. Es una fantasía de sumisión total y no es tan rara como parece. Hay comunidades enteras en internet, foros, páginas especializadas. Podemos poner un anuncio muy específico: «Buscamos chico sumiso para tareas domésticas y servicio sexual a pareja». Te aseguro que recibiríamos contestaciones de sobra. Podríamos entrevistarlos, escoger al que mejor encaje. Alguien a quien se le mojen los ojos solo de pensar en limpiar nuestra casa con un delantal y luego arrodillarse a darnos las gracias.

La sonrisa de Camila era ya pura lascivia. Se acercó y me dio un beso lento, profundo, mordiéndome el labio inferior al separarse.

—Cuéntame más, Mateo —pidió con la voz ronca—. ¿Cómo sería el anuncio? ¿Qué le pediríamos exactamente?

Sus ojos verdes se oscurecieron, brillando con una mezcla de poder y deseo. Se incorporó apoyándose en un codo para poder dominarme con la mirada.

—Sigue. No te pares. Quiero oírlo todo.

Mi cabeza se aceleró, pintando el cuadro con un detalle que me ponía a cien.

—Imagínalo, Cami. No un delantal cualquiera. Un vestido de sirvienta, pero de los cortos, de encaje negro, ajustado. Tan corto que cuando se agache para fregar el suelo no le quede nada a la imaginación. La tela tan fina que se le marquen los pezones, duros por la excitación y por el aire fresco. Queremos que se sienta expuesto, vulnerable, todo el tiempo.

Hice una pausa para que la imagen se le instalara en la cabeza.

—Y aquí viene lo bueno —añadí, bajando aún más el tono—. La regla no negociable. Su polla no le pertenece. Ni se la toca, ni se alivia, ni la usa. Es un adorno inútil entre sus piernas. Va a estar dura todo el tiempo, claro, porque no lo va a poder evitar, pero solo será un recordatorio constante de para quién está sirviendo.

La respiración de Camila se había vuelto audible. Me restregó el muslo contra el mío, una presión deliberada que me endureció al instante.

—Tendría que ser bisexual, evidentemente —seguí—. Necesita desearnos a los dos. Pero la regla principal sería esta: «Tu boca y tus manos son para limpiar y para servir. Tu polla es decoración. Lo único que vas a ofrecernos es tu culo. Tu culo es nuestro, para usarlo cuando y como nos dé la gana». Su única función sexual sería ser un agujero disponible.

La sonrisa de Camila se ensanchó. Era la expresión de alguien que está reconociendo el centro exacto de su deseo.

—Y sé que te gustaría —dije, acariciándole la mejilla—. Sé lo que disfrutas tirándote un buen culo de macho. Esa rendición, esa tensión bajo tu cuerpo… Por suerte para mí, el mío es tu favorito. Pero imagínate tener otro. Uno nuevo, entrenado, que solo ansíe sentirte dentro mientras te mira por encima del hombro, con el vestido subido por la espalda.

Camila se montó encima, sentándose sobre mi erección y atrapándome entre su calor y la tela del pantalón. Se inclinó hasta que su respiración fue un vaho cálido en mi oreja.

—Dios, Mateo… —susurró, con la voz rota—. Quiero uno. Quiero que lo encontremos. Quiero vestirlo y usarlo. Y quiero que tú me lo prepares. Quiero verte follártelo a ti primero, con él mirándome. Y después será mi turno.

***

El timbre sonó a las diez en punto de la mañana. Dos semanas de búsqueda, de filtrar respuestas entusiastas y otras directamente perturbadoras, habían culminado en este momento. Camila y yo cruzamos una mirada de complicidad y fui a abrir la puerta.

Allí estaba Damián. Era exactamente igual que en sus fotos y en la breve videollamada que habíamos tenido: un chico de veinticinco años, delgado, con el pelo castaño revuelto y unos ojos marrones enormes y un poco asustados. Llevaba una camiseta gastada, vaqueros con un par de rotos auténticos y unas zapatillas viejas. Ni mochila, ni bolso, ni nada más. Cumplía a rajatabla la parte que le habíamos pedido: nada de móvil, nada de tecnología, ningún modo de grabar lo que iba a pasar dentro.

—Hola, soy Damián —dijo con una voz mucho más suave de lo que esperaba, casi un murmullo. Sus ojos saltaban de mí a Camila, que se había acercado y estaba apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una expresión de evaluación.

—Soy Mateo y esta es Camila. Pasa.

Entró con una timidez casi reverencial. Sus ojos recorrieron el salón, no como un cliente que mira un piso, sino como alguien que entra por primera vez a un lugar sagrado. Se quedó parado en el centro de la habitación, sin saber qué hacer con las manos.

—Gracias por venir, Damián —dijo Camila, que se acercó y empezó a rodearlo despacio, como una pantera estudiando a su presa—. Como te explicamos, te pagaremos lo mismo que a una asistenta profesional. Por las tareas de la casa. Lo demás… lo demás es un acuerdo entre nosotros.

Él tragó saliva y asintió.

—Sí. Lo entiendo perfectamente.

Me acerqué a una silla que había preparado junto a la pared del salón. Encima estaba doblado, con cuidado, el vestido de sirvienta. Negro, de encaje, con escote profundo y la falda tan corta que parecía una broma. Al lado, un par de medias negras y un liguero.

—Esta será tu ropa de trabajo —dije, señalando el conjunto con la barbilla—. Te cambiarás aquí. Ahora.

Damián miró el vestido y luego nos miró a nosotros. No había ninguna duda en su cara, solo una mezcla de nervios y excitación que le hacía temblar ligeramente. Avanzó hacia la silla.

—Hay… hay una condición —dijo, agarrando el vestido con manos temblorosas. No nos miraba, tenía los ojos clavados en el suelo—. La jaula. Por favor. La jaula no.

Camila se colocó a su lado y le levantó la barbilla con un dedo, obligándolo a mirarla.

—¿Y por qué no, pequeño? ¿Le tienes miedo a un poquito de metal?

Él negó con la cabeza, con la cara enrojecida hasta las orejas.

—No… es que me duele —confesó casi en un hilo de voz—. Y sé que voy a estar duro todo el tiempo. Con ustedes dos no podría aguantármelo. La tensión sería demasiada. Me hace mucho daño. De verdad.

Hubo un silencio espeso. Era una petición de piedad, sí, pero también una admisión muy clara de lo que iba a sentir. Camila y yo nos miramos por encima de su cabeza. La idea de verlo excitado e impotente era tentadora, pero su honestidad resultaba refrescante.

—De acuerdo —dije por fin—. Sin jaula. Pero tu polla no te pertenece, ¿queda claro? Si se te pone dura, se queda dura. No la tocas. No te alivias. Es solo un adorno para nuestro disfrute. ¿Aceptas?

Asintió con un fervor casi conmovedor.

—Sí. Lo acepto. Todo.

—Entonces vístete —ordenó Camila, dando un paso atrás y volviendo a cruzarse de brazos para disfrutar del espectáculo—. Que se nos hace tarde. La casa no se va a limpiar sola.

Con manos que seguían temblándole, Damián se quitó la ropa. Su piel era pálida y lisa. Cuando se bajó los vaqueros y el calzoncillo, su miembro ya estaba semierecto, latiendo en el aire del salón, una prueba viviente de que no había exagerado lo más mínimo. Se puso las medias muy despacio, luego el liguero y, por último, se deslizó el vestido por la cabeza. La tela se le ajustó al cuerpo y, tal como habíamos previsto, los pezones se le marcaban bajo el encaje. La falda apenas le tapaba los glúteos.

Se quedó de pie delante de nosotros, las manos juntas a la altura de la cintura, esperando una orden. Un chaval de veinticinco años, vestido de sirvienta, con una erección contenida bajo una falda mínima, listo para limpiar el piso y servirnos como nuestra zorra personal. El experimento acababa de empezar.

Camila se acercó a él lentamente, rodeándolo otra vez con esa mirada de inspectora. Se detuvo a su espalda y, con la punta de los dedos, le levantó un par de centímetros la falda, dejando al descubierto la curva de su trasero. Damián contuvo la respiración.

—Mmm… me gusta —dijo Camila con una sonrisa muy satisfecha—. Encaja. Ahora, a trabajar.

Se separó de él y, con un tono casual pero firme, soltó la primera orden.

—Empieza por la cocina. Quiero que laves todos los platos del fregadero, que la vitrocerámica brille y que el mármol de la encimera quede tan limpio que se pueda comer encima.

Hizo una pausa para dejar que procesara la instrucción y añadió la regla que habíamos acordado.

—Ah, una norma importante, Damián. Cada vez que entres a una habitación, bajas la persiana. ¿Entendido? Queremos intimidad.

Damián asintió con una sumisión casi palpable. Los ojos le brillaban de un modo que no había visto antes.

—Sí, ama. Gracias por las instrucciones.

Se giró y caminó hacia la cocina. Con cada paso, la falda corta del vestido se mecía y dejaba ver los globos de su culo, firmes y pálidos, contrastando con las tiras negras del liguero. Era una invitación andante, un espectáculo que Camila y yo disfrutamos en silencio desde el salón.

Al llegar a la puerta de la cocina se detuvo. Cumpliendo la orden al pie de la letra, tiró del cordel de la persiana. La tela bajó con un susurro suave que sumió la estancia en una penumbra íntima, aislada del exterior. Un instante después se oyó el grifo.

Damián había desaparecido en la cocina, pero su presencia se notaba más fuerte que nunca. Llegaban hasta nosotros los ruidos de los platos al chocar, el deslizar de los cubiertos en el fregadero, una respiración que de vez en cuando se le escapaba un poco más alta de la cuenta. Camila se acomodó contra mi pecho. Yo le pasé el brazo por la cintura.

—¿Cuánto tiempo le damos antes de empezar? —pregunté, susurrándole en la oreja.

Ella sonrió sin dejar de mirar la puerta cerrada de la cocina.

—El que haga falta. Que se acostumbre al uniforme. Que sienta el aire en los muslos. Que se le ponga la polla más dura cada vez que se agache. Cuando entremos, lo quiero al borde.

Escuchamos un plato chocar contra otro. Una respiración entrecortada. Ya era nuestro y ni siquiera lo habíamos tocado todavía. El espectáculo, para nosotros, apenas estaba comenzando.

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Comentarios (7)

Lectora_Mdp

excelente!!! de los mejores que lei en la categoria confesiones

NicolasBCN

se hizo corto eso si jajaja, necesito la segunda parte ya. muy bueno

Caro_88

Muy bien narrado, se siente que es real. me gusto que no exageraron nada, eso lo hace mas interesante. Mas confesiones asi por favor

MaeraX

el acuerdo firmado... eso lo hicieron ustedes mismos? pregunta genuina jaja, me parecio un detalle muy original

RicardoMDA

me recordó a algo parecido que vivi hace años, aunque mucho mas simple. ese nervio al abrir la puerta... identico jaja

SantiagoMdq

brutal!! sin palabras

LibretoNocturno

Esperando la segunda parte con ansias. saludos desde cordoba

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