El día que perdimos el control en el parque
Llevábamos casi tres semanas sin vernos. Entre mi viaje de trabajo a Bilbao y el plazo que él tenía para entregar un proyecto en la empresa, habíamos sobrevivido a base de audios de voz a deshora y videollamadas que siempre terminaban demasiado pronto. Cuando por fin acordamos quedar el miércoles por la tarde, los dos sabíamos que lo de «salir a tomar algo» era solo una excusa.
Lo recogí a las seis frente a su edificio. Llevaba esa camiseta azul que se pone cuando quiere parecer indiferente y no puede. Me dio un beso en la mejilla al subir, y aunque ninguno de los dos dijo nada, ya estaba claro que no íbamos a terminar en ninguna terraza.
—¿Adónde vamos? —preguntó, aunque su mano ya descansaba en mi rodilla.
—No sé —mentí.
Sí sabía.
Tomé la carretera comarcal que sube hacia los montes del sur. Conozco bien esa zona porque crecí cerca, y hay un mirador al que mi padre me llevaba de pequeña a ver las luces del pueblo. Ahora lo uso para otras cosas.
Él no preguntó adónde íbamos. Solo fue subiendo la mano por mi muslo durante el trayecto, despacio, sin prisa, hasta que llegó al borde del pantalón y metió los dedos por dentro de la cinturilla. No dije nada. Tampoco moví su mano.
El aparcamiento del mirador estaba vacío a esa hora. Había un coche abandonado al fondo que lleva meses ahí, así que aparqué cerca del inicio del sendero y apagué el motor.
—Sal —dijo.
No como una orden exactamente. Como algo inevitable.
Caminamos de la mano por el camino de tierra hasta llegar a los bancos, que están al borde del mirador con vistas a los tejados del pueblo de abajo. Tres bancos de madera viejos, unos pinos que dan sombra, y a esa hora una luz oblicua que olía a resina y a tierra seca.
Se sentó en el banco del centro y me puso encima de él. Intenté besarlo de inmediato —tres semanas pesan mucho— pero cada vez que me acercaba ladeaba la cabeza y se reía. Me tenía exactamente donde quería, y lo sabía.
—Espera —dijo.
—No quiero esperar.
Se rio otra vez. Luego fue él quien se acercó y me besó, despacio, una mano en mi nuca y la otra trazando la costura de mi sujetador por encima de la camisa. Moví la cadera hacia adelante, instintivamente, buscando rozarme. Estaba tan tenso como yo.
El tira y afloja duró más de lo que me habría gustado. Era su manera de marcar el ritmo, siempre lo hacía, y siempre funcionaba. Cuando por fin pasé las piernas a cada lado de las suyas y empecé a moverme sobre él, puso las manos en mis caderas para frenarme.
—Aquí no tan rápido —murmuró contra mi cuello.
Pero a los cinco minutos era él quien ya no podía más.
Me hizo sentar a su lado y abrió mis rodillas con una mano. Metió los dedos por dentro del pantalón, despacio, primero rozando sobre la tela de la ropa interior y luego por debajo. Cuando llegó a mi clítoris, apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos.
Me rodeó la cintura con un brazo y apoyó la palma abierta sobre mi boca. No apretó, solo la dejó ahí. El gesto lo decíamos sin palabras: hay pinos, sí, pero puede pasar alguien. Mientras tanto seguía con los dedos, moviéndolos con la precisión que a esas alturas ya conocía bien.
Cuando estaba a punto de llegar escuché pasos en el camino. Él también los escuchó y bajó el ritmo casi hasta parar, aunque no sacó los dedos.
Era un hombre mayor, con bastón, que caminaba mirando el suelo. Al pasar cerca levantó un momento la vista hacia nosotros, asintió levemente, y siguió. No sé si notó algo. Me costaba controlar la respiración.
En cuanto dobló por el sendero lateral, los dedos volvieron a moverse. Habían permanecido ahí mientras el extraño pasaba, y ese detalle —que no los hubiera retirado, que hubiera seguido como si nada— fue lo que me terminó de descontrolar. Me mordí el labio y apreté su mano contra mi boca, notando cómo el orgasmo me recorría en oleadas mientras intentaba no hacer ruido.
Tardé menos de un minuto en arrodillarme en el suelo de tierra frente al banco.
No medié palabra. Solo lo miré.
Él sostuvo la mirada un momento antes de desabrocharse el pantalón. Lo conocía bien: sabía lo que ese silencio significaba. Esperaba que yo lo pidiera sin palabras, que pusiera la misma cara de necesidad que ponía cada vez que llegábamos a ese punto. Era una dinámica que habíamos establecido casi sin darnos cuenta y que a los dos nos gustaba mantener.
En cuanto sacó la polla me lancé. Sin rodeos, sin pausas. Empecé por la base, subiéndola con la lengua hasta el extremo y volviendo a bajar. Luego la tomé entera, con la nariz rozando su ropa, aguantando la arcada, manteniéndola así un segundo antes de retirarme. Repetí tres o cuatro veces sin apartar los ojos de los suyos.
No tardó en poner la mano en mi pelo.
No para guiarme, sino para marcar el ritmo. Su forma de decirme que ya no me dejaba elegir el tiempo. Empezó a moverme la cabeza, cada vez más rápido, y yo cedí porque quería ceder. En el mirador solo se escuchaba el viento entre los pinos y ese otro sonido que no tiene nombre exacto pero que a mí me ponía más que cualquier otra cosa.
Entonces vi algo moverse por el rabillo del ojo.
El mismo hombre. Volvía en sentido contrario, más despacio, apoyándose en el bastón. Aparté la boca un momento y tiré de su pantalón para que mirara. Lo hizo. Vio al hombre acercándose.
No me dejó incorporarme.
Me apoyó la mano en la nuca, con suavidad pero sin dejar margen, y me instó a seguir. Y yo seguí. El hombre pasó casi a nuestra espalda. No sé si se detuvo un momento. Desde abajo no podía verlo bien.
Solo sé que en ese momento puse todos mis esfuerzos en lo que estaba haciendo. Bajé a recorrerle los testículos con la lengua mientras sujetaba la polla con la mano, volví a subirla a la boca, la introduje despacio hasta el fondo. No sé si era el morbo de la situación o simplemente que llevaba tres semanas esperando ese momento, pero algo se me encendió por dentro que no era solo deseo.
Cuando los pasos se alejaron definitivamente, noté cómo se tensaba. Su agarre en mi pelo se apretó, la respiración se le cortó en seco, y un segundo después me retiró la polla de la boca y se corrió. El primer chorro alcanzó mi cara, el segundo también. Me quedé quieta, arrodillada en la tierra, dejándolo terminar.
Después me metió la polla de nuevo en la boca. Me quedé ahí, moviéndome despacio, hasta que él mismo se retiró con cuidado.
Recogí con los dedos lo que quedaba en mi cara y me lo llevé a la boca. Él me miraba hacer eso, y supe por su expresión que le gustaba tanto como a mí.
***
Me levantó del suelo, me besó, y volvimos al coche.
Abrió la puerta trasera y me empujó dentro. Nada de preguntas ni de pausas. Me acostó en el asiento y empezó a quitarme la ropa sin apresurarse demasiado pero sin perder el tiempo tampoco. Primero el pantalón, después la ropa interior. Luego se desnudó él.
Se colocó encima y me besó. Uno de esos besos largos que hacen que te olvides del resto. Y justo cuando empezaba a relajarme entró de golpe.
El gemido que se me escapó fue involuntario. Después de tres semanas noté cada centímetro. Empezó a moverse, despacio al principio, aumentando el ritmo sin que yo se lo pidiera.
Mis piernas se cerraron alrededor de su espalda, intentando acercarlo más. Me apoyé en el respaldo y me dejé llevar por el movimiento, sintiendo cómo el coche se balanceaba ligeramente con cada embestida. En el interior solo se escuchaba nuestra respiración, el roce de la piel, el golpe sordo de su cuerpo contra el mío.
Agarró mis piernas y las subió hasta apoyarlas en sus hombros. Cambió el ángulo y noté la polla llegar más adentro. Ahí perdí el hilo de cualquier pensamiento coherente.
Me corrí así, con las piernas en el aire y la cabeza apoyada en la puerta del coche, apretando los dientes para no gritar. Él no paró. Siguió moviéndose mientras yo terminaba, y cuando el primer orgasmo acabó ya estaba empezando el segundo.
Intercambiamos posiciones. Él se recostó y yo me senté encima. Una de mis posturas favoritas, no por control —porque el control lo tenía él desde abajo—, sino por la profundidad. Empujó hacia arriba con fuerza y yo me agarré al respaldo del asiento delantero para no caerme.
Estuvimos así un buen rato. El coche olía a sudor y al perfume que le había regalado en diciembre, y afuera los últimos rayos de sol morían entre los pinos. Llegué al límite en algún momento en que ya no podía distinguir dónde acababa un orgasmo y empezaba el siguiente. Estaba medio tumbada sobre él, sin fuerzas, cuando decidió terminar fuera, sobre mi espalda.
Nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aire.
Después me arrodillé entre sus piernas en el suelo del coche. No siempre con la intención de que se corriera, sino simplemente así: yo recorriéndole la polla despacio con la lengua mientras él descansaba, recostado en el asiento trasero con los ojos entrecerrados. Era una costumbre que teníamos desde el principio, una forma de cerrar lo que acababa de pasar.
Aprendí a conocerla bien de ese modo, sin urgencia. El sabor, la textura, el ritmo que prefería cuando no buscaba llegar sino simplemente estar. La introducía suave, la retiraba, la recorría despacio. Él no decía nada. De vez en cuando me miraba con una expresión que con el tiempo aprendí a interpretar.
Seguí hasta que vimos faros en la entrada del aparcamiento. Un coche se detuvo al fondo y escuchamos voces. Nos miramos, nos reímos, y empezamos a vestirnos como pudimos en el espacio reducido del asiento trasero.
Antes de arrancar me besó una última vez. Después volvimos a la ciudad por la misma carretera, con la radio a bajo volumen y su mano sobre mi rodilla durante todo el trayecto.