Esa noche en Lisboa le pedí algo que no hacíamos hace años
Habíamos pasado un día tranquilo en Lisboa, de esos que a veces necesitás más que cualquier excursión. Sin planes, sin apuro, sin alarmas. Nos despertamos tarde, desayunamos en el balconcito del departamento que habíamos alquilado en Alfama, mirando los techos anaranjados y escuchando el tranvía pasar allá abajo. Después salimos a caminar sin rumbo por las callecitas empedradas, nos sentamos en un mirador a tomar café con pastel de nata y volvimos a la tarde a leer y a hacer la siesta. Nada más que eso. Nosotros dos, sin urgencia, disfrutando de estar juntos después de tanto tiempo.
A la noche decidimos ir a un restaurante que habíamos visto el día anterior, un lugar chiquito cerca del río con mesas de madera y velas reales. Pedimos bacalao, una tabla de quesos y una botella de vino verde que resultó ser más traicionero de lo que pensaba. Me tomé tres copas. No estaba borracha, pero sí en ese punto exacto donde el cuerpo se afloja, la risa sale más fácil y ciertos pensamientos que normalmente se quedan guardados empiezan a subir a la superficie.
Cuando salimos y empezamos a caminar por la orilla del Tajo, agarrada de la mano de Andrés, el aire fresco de la noche me pegó en la cara y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
Hoy quiero sentirlo todo. Hoy quiero entregarle eso que no le doy casi nunca.
No dije nada. Solo caminé a su lado apretándole la mano un poco más fuerte, con el corazón latiéndome rápido y una mezcla de nervios y excitación que me hacía cosquillas en la panza.
Llegamos al departamento. Apenas cerré la puerta ya lo tenía encima. Me empujó contra la pared del pasillo y me besó profundo, con la boca abierta, con ganas acumuladas de todo el día. Sus manos me recorrieron la cintura, la espalda, me sacaron la chaqueta. Me fui quedando sin ropa mientras caminábamos a los tropezones hasta la cama, dejando un rastro de prendas por el piso de madera. Cuando llegamos al colchón yo ya estaba solo con la ropa interior y las sandalias.
Me sentó en el borde de la cama y se arrodilló. Me sacó las sandalias con cuidado, una y después la otra, y empezó a masajearme los pies con las dos manos. Fuerte pero atento, apretando las plantas, los arcos, cada dedo. Cerré los ojos y dejé escapar un gemido bajito. Tenía los pies calientes de caminar toda la tarde y sus manos eran exactamente lo que necesitaba.
—Sacate todo vos también —le pedí en voz baja, mirándolo desde arriba.
Se desvistió rápido. Se le notaba que ya estaba excitado. Yo me recosté en la cama, levanté los pies y se los apoyé en la cara, las plantas contra su boca. Él entendió la señal. Agarró mi pie derecho, lo acercó a sus labios y empezó a lamerlo despacio, con la lengua plana, recorriendo toda la planta. Después se metió cada dedo en la boca, uno por uno, chupando suave, pasando la lengua entre ellos. El sonido húmedo llenaba la habitación. Con el otro pie hizo lo mismo pero más ansioso, más hambriento, dejando hilos de saliva entre mis dedos. Yo ya estaba empapada solo con eso.
Le bajé los pies hasta la entrepierna y lo apreté entre las dos plantas, moviéndolas de arriba abajo. Lo sentí endurecerse en segundos. Después me arrodillé en la cama y me lo metí en la boca, rápido, profundo, con mucha saliva. Solo unos minutos, lo justo para que quedara completamente duro y mojado.
Me separé, le di un beso suave en la punta y lo miré a los ojos. Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
—Quiero que me hagas el amor por atrás esta noche.
Vi cómo le cambiaba la cara. Los ojos se le oscurecieron de deseo.
—¿Estás segura, Luli?
—Segura.
Nos besamos largo, arrodillados los dos en la cama, su cuerpo duro contra el mío. Después me agarró de la cintura y me acostó boca arriba. Me levantó las piernas y las dobló hacia atrás hasta casi tocarme los hombros. Quedé completamente abierta, expuesta, y esa vulnerabilidad me excitó todavía más.
Bajó la cabeza y empezó a lamerme. Despacio primero, con la lengua plana, pasándola una y otra vez. Después más profundo, girando la punta, chupando suave. Gemí fuerte y me agarré de las sábanas. Su boca ahí era algo que me volvía loca de una forma que no podía explicar.
Agarró el lubricante de la mesa de luz y se puso bastante en los dedos. El primer dedo entró despacio. Mi cuerpo se cerró por instinto, apretando fuerte, rechazando. Sentí ese ardor conocido, esa quemazón inicial que siempre aparece. Contuve la respiración.
Pero él fue paciente. Giraba el dedo despacio, empujando apenas, dejando que mi cuerpo se acostumbrara. Poco a poco sentí cómo el músculo iba cediendo, aflojándose milímetro a milímetro, cómo el ardor se transformaba en algo diferente. Era como si mi cuerpo recordara de golpe que sabe rendirse así, que alguna vez aprendió a abrirse para él.
Cuando metió el segundo dedo gemí más fuerte. La dilatación se volvió intensa. Sentía los dos dedos separándome, creando un espacio que antes no existía. Cada movimiento hacía que el lubricante se deslizara más profundo y que todo se volviera más resbaladizo, más caliente. Ya no había ardor. Ahora era puro placer, denso, diferente a cualquier otra cosa, un calor que me bajaba hasta las rodillas.
Hacía tanto que no hacíamos esto. Dos años, tal vez más. Casi había olvidado esta sensación tan particular de que me dilaten despacio, con cuidado, con paciencia. Cada centímetro de mis paredes estirándose, adaptándose a él. Una mezcla extraña de vulnerabilidad y placer íntimo, como si le estuviera entregando un pedazo de mí que solo él conoce.
En total habríamos hecho esto menos de treinta veces en los ocho años que llevamos juntos. No es algo frecuente. Requiere preparación, confianza, ganas de las dos partes. Pero cuando pasa, nos une de una forma que nada más logra.
—Sí, así... seguí... quiero sentir cómo me abro para vos —le dije con la voz entrecortada—. Me encanta sentirme tan tuya.
Sacó los dedos despacio, me dejó respirar un segundo y agarró el lubricante otra vez. Se puso una cantidad generosa en la mano y se la pasó entero, desde la base hasta la punta, lento, hasta que quedó brillante y resbaladizo. Lo miré con el corazón golpeándome el pecho.
Volvió a acomodarse entre mis piernas, todavía con mis rodillas contra mis hombros. Apoyó la punta contra mí y empezó a presionar. Suave, pero firme.
—Respirá, Luli... relajá... dejame entrar —me susurró mirándome a los ojos.
Sentí la presión empujando contra mi cuerpo. Estaba tan estrecha que al principio no entraba. Era una presión enorme, al borde del dolor. Apreté los dientes y gemí.
—Despacio, amor... despacio...
—Tranquila. Voy a ir despacito.
Empujó un poco más y sentí cómo me abría. Ese primer estiramiento fue muy intenso. Ardor fuerte, una quemazón que me hizo cerrar los ojos y agarrarme de sus brazos. Un dolor agudo pero conocido, el tipo de dolor que sabés que va a pasar. Seguí respirando y poco a poco mi cuerpo cedió. Lo recibí hasta la mitad. Sentía una presión enorme, como si me estuviera partiendo, pero al mismo tiempo esa sensación de plenitud tan profunda que solo tenerlo adentro me da.
—Estás tan estrecha, Luli —dijo casi sin aire, mirándome con los ojos oscuros—. ¿Estás bien?
—Sí... me encanta, pero despacio... es mucho —gemí con la voz casi quebrada.
Empezó a moverse muy lento, solo con la mitad adentro, entrando y saliendo apenas. Cada vez que entraba sentía cómo mis paredes se estiraban alrededor de él, cómo el lubricante hacía ese sonido húmedo que me ponía más nerviosa. El ardor se había ido y ahora sentía un placer intenso, profundo, diferente a cualquier otro tipo de sexo. Un placer que iba desde el vientre hasta los pies.
Hacía tanto que no me sentía así. Tan llena. Tan íntima. Tan suya. Es como si mi cuerpo tuviera que recordarse cómo abrirse para él. Me encanta esta sensación de estar al límite, de estar luchando para aceptarlo, de que me llene. Me siento completamente entregada y al mismo tiempo completamente amada.
Después de un rato me dijo con la voz agitada:
—Cambiemos de posición. Quiero que estés más cómoda.
Me bajó las piernas, me dio vuelta con cuidado y me puso en cuatro. Me abrió con las manos y volvió a presionar desde atrás. En esta posición entraba un poco más fácil. Recibí otra vez hasta la mitad, gimiendo más fuerte, con la cara contra la almohada.
—¿Querés más? —me preguntó mientras me acariciaba la espalda.
—Sí... pero despacito, amor —respondí empujando apenas hacia atrás.
En esa posición el placer se volvió más intenso. Cada embestida me llenaba entera, un placer denso y profundo que me hacía temblar las piernas. No era solo físico. Era la sensación de estar completamente entregada, de confiar tanto en alguien como para darle lo que más me cuesta, lo que más me duele. Y que él lo convierta en placer.
—Me encanta... seguí así, amor... no pares —susurré con voz entrecortada—. Más... quiero sentirte más adentro.
Él aceleró un poquito el ritmo, siempre controlado, siempre atento. El lubricante hacía que entrara y saliera con facilidad. Yo sentía cada detalle, cada roce, cómo mi cuerpo se iba aflojando más con cada movimiento. Sabía que esa noche no iba a poder recibirlo entero, y no me importaba. Disfrutaba justo así, en ese borde exacto entre la incomodidad y el placer más profundo que conozco.
—Más fuerte... me encanta cuando me abrís así —gemí agarrando la almohada con las dos manos—. Quiero sentirte toda la noche... no pares, amor...
El placer se iba acumulando, cada vez más caliente, cada vez más cerca. Sentía que estaba por acabar solo con la penetración, algo que casi nunca me pasaba. Pero quería mirarlo a los ojos cuando pasara.
—Cambiemos... quiero verte la cara —le pedí casi sin aire.
Me dio vuelta rápido y me puso boca arriba otra vez, con las piernas abiertas. Volvió a entrar, más fácil ahora que ya estaba dilatada, y empezó a moverse con ritmo constante mirándome a los ojos.
Lo agarré de la nuca, lo acerqué a mi boca y lo besé entre gemidos. Bajé una mano entre nuestros cuerpos y empecé a frotarme el clítoris con los dedos, rápido, desesperada, porque ya estaba al borde. La combinación de las dos sensaciones me volvió loca.
—Amor... ya... no aguanto más... —gemí casi sin voz.
Acabé casi al instante.
Fue un orgasmo devastador, de esos que te sacuden el cuerpo entero. Empezó en el clítoris y explotó hacia adentro. Lo más intenso fue sentir cómo mi cuerpo se contraía alrededor de él, apretando y soltando involuntariamente, oleada tras oleada de un placer tan profundo que me hizo llorar. Todo mi cuerpo temblaba, las piernas se me movían solas, la panza se me contraía. Era como si el orgasmo me subiera por la espalda y me explotara en la cabeza.
Mis contracciones fueron demasiado para él.
—Luli... no puedo más... —gimió contra mi cuello, y acabó apenas unos segundos después.
Sentí cómo latía adentro mío, cómo se vaciaba. Cada pulsación me mandaba una nueva oleada de placer. Lo sentía llenándome, marcándome en lo más profundo, y yo seguía apretando alrededor de él, como sacándole hasta la última gota. Él gemía contra mi cuello, empujando un poquito más con cada descarga.
Nos quedamos así un rato largo, conectados. Ninguno de los dos quería moverse. Yo sentía el calor adentro, esa sensación tan particular. Respirábamos juntos, agitados, con la frente de él apoyada en la mía.
Cuando por fin se movió para salir, lo hizo muy despacio. Sentí cómo se deslizaba hacia afuera, centímetro a centímetro, y después ese momento tan particular de vacío repentino, casi doloroso de tan intenso. Me quedé ahí, floja, temblando, exhausta.
Se tiró a mi lado y me abrazó fuerte. Me acurruqué contra su pecho con la respiración todavía entrecortada. Él me acariciaba la espalda, el pelo, y me susurraba que me amaba, que era perfecta, que era suya.
Yo solo podía sonreír con los ojos cerrados y unas lágrimas que no eran de tristeza.
***
Después de un rato nos levantamos y nos bañamos juntos. El agua caliente cayó como una bendición. Nos enjabonamos despacio, entre besos suaves y risas cansadas. Ya en la cama me masajeó los pies otra vez, con cariño, apretando las plantas y besándome cada dedo. Cerré los ojos y me dejé llevar. Fue un momento hermoso, tierno, después de tanta intensidad.
Al día siguiente me desperté con un dolorcito particular. No era un dolor fuerte, sino más bien esa sensación de haber hecho un esfuerzo grande, como cuando hacés ejercicio intenso y al otro día sentís los músculos trabajados. Era tolerable, casi gustoso. Me hacía sonreír para mis adentros cada vez que me sentaba o caminaba. La prueba de que lo de la noche anterior había sido real.
A los dos días ya no sentía nada. Ese mismo día, mientras caminábamos por una calle tranquila del Bairro Alto, me vino un pensamiento claro.
Es algo que hacemos muy poco. Pero cada vez que lo hacemos nos une de una forma especial. En el pasado nos ayudó a crecer como pareja, a perder prejuicios, a entregarnos más. Y ahora, después de tanto tiempo, nos vuelve a unir. Es como si cada vez que me entrego así le estuviera diciendo sin palabras: confío en vos, te entrego todo, incluso lo que más me cuesta. Y él convierte ese dolor en placer. Eso nos hace más fuertes. Y eso hace que yo confíe en él cada vez más.
Esa noche, acostada a su lado, lo abracé más fuerte que nunca. Lisboa seguía afuera, luminosa y ajena, pero adentro de esa habitación solo estábamos nosotros dos, más conectados que nunca.