Lo que hice por dinero antes de casarme con él
Tenía veintitrés años y dos meses para terminar la universidad cuando todo en mi vida empezó a desmoronarse. Mi beca expiraba al graduarme, y la idea de volver a casa de mis padres, en un pueblo pequeño donde nada nuevo pasaba nunca, me apretaba el pecho cada mañana al despertar. Para no pensar tanto, caminaba sola por el campus al atardecer.
Una de esas tardes se me acercó un chico alto, de hombros anchos y sonrisa segura. Se presentó como Daniel, ingeniero mecánico, veintisiete años. Le di la mano sin demasiado entusiasmo.
—Akari —dije—. Estudio aquí. Veintitrés.
—¿Vienes de Japón?
—Mis padres. Yo nací aquí.
Me recorrió con la mirada. Era de esas miradas que no se molestan en disimular.
—¿Y por qué una chica como tú anda tan sola?
—Porque tengo demasiado en que pensar.
—¿Y te dejarías acompañar a pensar?
Sonreí a mi pesar. Me caía bien por su descaro, supongo.
—Si no te molesta caminar al lado de alguien treinta centímetros más bajo que tú.
—Treinta centímetros con cara de muñeca. Eso lo arregla todo.
Nos cruzamos varias tardes más en el campus, hasta que sin darme cuenta caminábamos juntos por costumbre. Un mes después, durante uno de esos paseos, le confesé que después de la graduación tendría que volver a casa. No conseguía nada estable, sólo trabajos sueltos que no alcanzaban para pagar un alquiler.
Daniel se quedó callado un instante.
—Yo trabajo de modelo —dijo—. Una agencia. Me da para mi auto, mi apartamento y para ahorrar. Buscan chicas para fotos en bikini. Si te interesa, te llevo.
—Nunca he modelado.
—Lo harías perfecto. ¿Te da vergüenza posar así?
—Si lo hago en la playa, ¿por qué no frente a una cámara?
Esa misma tarde fuimos a una casa enorme en una zona acomodada. El director me observó como quien evalúa una mercancía. Me pidió que me quitara el vestido para verme en lencería. Dudé dos segundos. La presencia de Daniel y la deuda creciente en mi cabeza decidieron por mí.
Al día siguiente, me maquillaron. Una mujer madura, encargada de imagen, me pasó una recortadora por el vello púbico sin pedir permiso.
—Para el bikini —dijo—. Y aféitate, te conviene para la tanga.
Posé en bikini dentro y fuera de la piscina. Al final me prometieron un contrato de exclusividad pronto. Esa noche me afeité.
***
Las primeras semanas fueron lo que prometieron: bikinis caros, fotógrafos amables, cheques de doscientos dólares. Una de aquellas tardes, modelando una tanga blanca que se transparentaba por completo al mojarse, sentí pánico al ver el contorno rosa de mi cuerpo bajo la tela. La voz del director llegó desde fuera del agua.
—Sube por la escalera. Despacio.
Salí. Posé. Aplaudieron.
Camino al apartamento, conté el dinero en el auto.
—Doscientos esta semana —le dije a Daniel—. Pero el viernes me dan el diploma. Me tendré que ir.
Detuvo el motor antes de arrancar. Me miró de frente.
—Vente a vivir conmigo. Como amigos. Tú en tu cuarto, yo en el mío.
Tres días después, aceptaba mi diploma con la familia y les contaba, sin sonrojarme demasiado, que me quedaba unos meses con una amiga. Esa misma noche dormía en el cuarto pequeño del apartamento de Daniel, con dos maletas y la sensación rara de que algo había empezado.
***
Una tarde, sentado en el sillón, me observaba sin decir nada.
—¿Qué? —pregunté.
—Pensaba que con tu cuerpo y tu cara podrías ganar mucho más.
Lo entendí en el acto.
—¿Pornografía?
—Erotismo.
—¿Cuál es la diferencia?
—Erotismo es desnudos en poses. Pornografía es lo otro.
—¿Y tú haces lo otro?
—También. Y se paga mejor. Te lo digo por experiencia.
Me reí, no de gracia, sino de incredulidad.
—O sea, te acuestas con quien te digan, frente a quien te digan.
—No es acostarse. Es trabajar.
—Acostarse es acostarse.
—No. Acostarse es buscar disfrute con alguien que te importa. Esto es un servicio. Lo haces y lo olvidas.
—Como las prostitutas, entonces.
—Las prostitutas satisfacen a una persona. Aquí no satisfaces a nadie. Vendes el video, no el cuerpo.
—No te entiendo.
—Es como un soldado en la guerra. Mata porque es su trabajo, no porque sea asesino.
Lo miré largo rato. No respondí. Tenía que pensarlo.
***
Volví una semana después de otra entrevista fallida. Las facturas crecían y el sobre que mi padre me había dado adelgazaba.
—Si tú estás en el set —le dije al entrar—, me animo.
Daniel sonrió y me besó en la mejilla.
—Tengo que estar. Eres mi chica.
Esa frase me golpeó. ¿Era yo su chica? ¿O una mercancía que él había llevado hasta el escaparate? Pero no protesté. La decisión ya estaba tomada.
El director me recibió con la calma de quien ya sabe el final.
—Dan me dice que aceptas hacer desnudos.
—Sí.
—¿Y algo más fuerte?
Asentí en voz baja.
—Necesitas anticonceptivos. Y una revisión médica. Es la regla.
Diez días después, en una habitación con sábanas blancas y tres cámaras, me desvestí mientras alguien gritaba indicaciones. Boca abajo. Boca arriba. Las piernas dobladas. La cámara se acercó a mí hasta casi rozarme. Una voz masculina, fuera del cuadro, dijo:
—Está tan estrecha que parece virgen. Va a vender.
Me llevaron a una construcción anexa, un decorado que imitaba un edificio de apartamentos. Me explicaron la trama: el cobro del alquiler, la inquilina sin dinero, la ofrenda del cuerpo a cambio de tiempo. Mi pareja sería Daniel.
—Empezamos en el pasillo —dijo el director—. Tú abres la puerta. Dan te cobra. Tú dices que no tienes el dinero. Te insinúas. Le ofreces tu virginidad. Él se arrodilla, te lame, te desnuda, lo demás ya sabes.
Lo demás ya sabía. Aun así, cuando llegó el momento y Daniel se desnudó delante de la cámara, no fingí la cara de asombro. Estaba mucho mejor dotado de lo que había imaginado en silencio durante las noches que dormíamos en cuartos separados.
Cuando me penetró, el ojo de la cámara estaba a centímetros de mi rostro. Cerré los ojos para olvidarlos a todos. Tuve un orgasmo real que escondí bajo gemidos exagerados. Daniel me miró fijo, susurró «qué linda eres», y terminó dentro de mí. La cámara se acercó a mi vagina. La voz del director gritó «corte».
***
—No puedo entender —le dije esa noche en el auto, mientras cruzábamos la ciudad— cómo lo mantienen duro entre tantos focos y tanta gente.
—Es trabajo.
—¿Acabamos de acostarnos y no me lo respondes?
—No nos hemos acostado. Hemos trabajado juntos. Es distinto.
No volvió a hablar en todo el viaje. Yo tampoco insistí.
***
Una semana más tarde, el director me entregó un sobre con dinero, mucho más del que había cobrado nunca. Me preguntó si quería seguir.
—¿Algo lésbico?
—¿Pagan igual?
—Más, incluso. La gente enloquece.
Mi compañera era una rubia llamada Lana. Tenía pecas en los hombros y una forma de besar que parecía lenta a propósito. Nos lamimos, nos sentamos una sobre la otra, fingimos los orgasmos que la cámara necesitaba. Al terminar, se acercó a mí, todavía sudando.
—Eres muy buena. Me gustó trabajar contigo.
Era la primera vez que una mujer me decía algo así. No supe qué responder.
***
Después vino Tyree. Casi dos metros de hombre, brazos de gimnasio, voz amable. El director nos juntó para un video sobre una alumna y su profesor. Cuando le bajé el cierre y le saqué el pene, me quedé paralizada. Tuve que respirar hondo dos veces antes de poder seguir.
Lo que sentí cuando me penetró sería injusto reducirlo a una palabra. Era un dolor que no quería que terminara. Cambié de postura cuando me lo pidieron, terminé en cuatro, y tuve dos pequeños temblores que oculté detrás de gritos teatrales. Cuando él vació su carga dentro de mí, susurró «me encantó, chiquita».
Me ayudó a bajar del escritorio. Me cubrió con una toalla. Era, contra toda lógica, el hombre más caballeroso que había conocido en meses.
***
Aprendí. Aprendí a fingir orgasmos cuando me tocaba fingirlos y a esconder los reales cuando ocurrían. Aprendí a ignorar la cámara, a buscar mi propia comodidad dentro del decorado. Aprendí también que casi todos los hombres con los que trabajaba, después del corte, me decían algo dulce. Que me veía hermosa. Que les había gustado. Como si la profesión les obligara a recordar, al final, que ahí había una persona.
Hubo otros videos. Tríos donde tenía que masturbar a dos hombres mientras el tercero me cabalgaba. Una escena con tres compañeros donde acabé con uno en la vagina, otro en el ano y un tercero en la boca. Una sesión con una chica llamada Marisa y un latino musculoso al que llamaban Ariel, terminando con líquido falso escurriendo de ella hasta mi lengua.
Una tarde, durante un video de garganta profunda, mi pareja se excitó de verdad y me llenó la boca antes de tiempo. Todos esperaron mi reacción. No la tuve. Saqué su pene, abrí la boca para mostrar, tragué y sonreí. Hubo aplausos en el set.
***
—Debes ser un don juan con tus amigas —le dije esa noche a Daniel, abriendo la segunda cerveza.
—Con ninguna.
—¿Cómo que con ninguna?
—Soy tímido. Por eso me dedico a esto. Aquí no hay que pedirlo. Y nadie te puede rechazar.
Lo miré largo rato. Se levantó, me dio las buenas noches y se metió en su cuarto. Me quedé sentada con la cerveza tibia y un pensamiento que no había tenido nunca: que tal vez tenía razón, que aquello era trabajo, pero que el trabajo nos estaba enseñando a no sentir nada con nadie. Y entonces me acordé de mi exnovio, de la primera vez, del nerviosismo torpe del condón, de cómo me tembló la boca al besarlo. Y entendí que llevaba meses sin temblar.
***
Pasaron varios meses. Mis ahorros se multiplicaron. Una noche, durante la cena, le dije:
—Creo que ya puedo buscar mi propio lugar.
Daniel no respondió. Asintió con la cabeza, recogió los platos y se fue a su cuarto. Más tarde, mientras yo intentaba dormir, encendió la luz de mi habitación. Se sentó al borde de la cama.
—No tienes que irte.
—Ya hiciste suficiente por mí.
—Yo no quiero que te vayas.
—¿Por qué?
No supo cómo responder. Movió las manos en el aire, hacia mí, como dibujando algo. Le sostuve la mirada.
—¿Quieres acostarte conmigo?
Bajó la cabeza. No dijo nada. Acercó la cara con miedo. Cuando nuestros labios se rozaron, abrí la boca y le ofrecí la mía. Fue un beso largo, distinto a todos los que había dado en cámara: sin dirección, sin marca, sin dueño.
Nos desnudamos despacio. Sus besos quemaban donde pasaban. Cuando bajó por mi vientre y llegó a mi sexo, gemí de verdad. Cerré los ojos. «Qué hermosa eres, Akari, no sabes cuánto te he deseado todo este tiempo», susurró. Y lo sentí mío por primera vez, entero, sin guion.
Me penetró de costado, mirándome a los ojos, sin prisa. Cambiamos a la postura clásica y, cuando metió las manos bajo mis caderas, sentí cómo todo se contraía dentro de mí. Mis piernas temblaron, los ojos se me fueron hacia atrás, y un orgasmo largo, completamente real, me sacudió de cero a mil.
Cuando terminó dentro de mí, abrazándome la pierna, susurrando «por Dios» con los ojos cerrados, supe que aquello no se parecía a nada que hubiera grabado.
—Te quiero, Akari.
—¿A pesar de haberme visto hacer todo lo que he hecho?
—Nada de eso me importa. Lo sabes —y mientras besaba mi cuello añadió—: esta es la primera vez que te veo hacer el amor.
***
Y pasó lo que tenía que pasar. Con los meses, empezamos a sentir celos al vernos trabajar. Discutimos. Lloramos. Decidimos casarnos y dejar todo. Nos mudamos a Hawái, donde conseguí trabajo en hotelería —lo que había estudiado, al fin— y Daniel abrió su taller mecánico, el que llevaba años soñando.
Hoy tengo veintinueve. Cinco años de matrimonio. Estoy embarazada de nuestro primer hijo. A veces, en el lobby del hotel, alguien me mira más de la cuenta. Alguien duda. Nadie pregunta. Pero yo sé, sin que me lo digan, que están reconociendo a Yume, la chica de los videos que nadie debió olvidar.
A veces me duele. Casi siempre, no.